Despedidas

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Brilla, por un punto, el clamor de los ojos que se encuentran en el vacío. Sus miradas exaltadas danzan derramando la vida en
copas que siempre permanecieron secas, para luego, avergonzados, volverse sobre su propio cuerpo, fuente de certeza, de seguridad. De una seguridad hueca. Sendos cuerpos enfrentados, separados apenas por unos centímetros que juegan a fusionarse, elidirse o reproducirse según avance el pesado minutero del reloj de la estación.

Ninguno de los dos se atreve a romper el silencio, no por la grandiosidad del recurrente oro literario que embadurna corazones que rugen al mismo son; no por el temor a asesinar una belleza infinita que los acoge en su pecho; no. Simplemente porque ninguno de los dos sabría con certeza qué decir. Y por eso callan, y juegan a que sus mentes encontraron cientos de asuntos en los que sumergirse para que jamás se cierna sobre ellos la ausencia del otro.

Los viandantes caminan de un lado a otro de la estación creando una sensación de alienación para con ellos, que se mantienen rígidos e ilógicos, como el astro alrededor del cual el resto del universo sigue girando y que permanece ahí, brillante, grandioso, y rematadamente solo.

Es el tren el que atraviesa el espacio que los separa y es como si ambos saliesen del trance. Se dirigen palabras programadas para cualquier despedida, un quizá, un de nuevo, un volveremos a vernos, feliz vida y luego se funden en un abrazo torpe, largo y viscoso. Como perezosas bestias que salieren de un largo letargo, se separan. Y ella sube al tren y él ve al tren marchar.

Y, en el fondo, son como niños asustados. Niños que no entienden quienes son ni donde están; niños que, por buscarle el sentido al juego, dejaron de jugar. Quizá si hubiese oscurecido, si hubiesen podido renegar de sus falsos modales de vida gris, hubiesen sabido despedirse.

Palpitaba en ellos la indecente necesidad de absorberse, de estrujarse y de beberse. Allá mismo hubieran replegado al espacio entre sus pechos, hubieran llorado con respiraciones entrecortadas al compás del desespero. Se hubieran aferrado con las uñas a la espalda del otro. Mordiendo su hombro, ahogando un grito. Susurrado sus nombres, empapando la cara en lágrimas y saliva. Se hubiesen lanzado al suelo y hubieren pataleado como los residentes del Edén a los que se arrancara una costilla y hubiesen rogado a la vida que no les arrebatase tal golosina.

Pero ninguno de los dos fue jamás dueño de tal locura. Es por eso que el tren se aleja y los corazones, adultos, callan.

Comments

  1. bearui

    30 marzo, 2013

    Lualla, me ha gustado tu texto y mucho el final. Mi voto.Besos
    Bea

    • Lualla

      30 marzo, 2013

      Muchas gracias Bearui, un abrazo enorme!

  2. Lualla

    30 marzo, 2013

    Me gusto es un bello relato con candencia y musicalidad bien orquestada. Felcidades a la autora que por primera vez leo
    Recibe un saludo de Lima Perú
    Dana

    • Lualla

      30 marzo, 2013

      Muchas gracias! En verdad tenía duda sobre sí el ritmo del texto era el adecuado, espero que no sea la última ;) Un abrazo

  3. AmilcarMartinez

    30 marzo, 2013

    Una trama prolija, de encuentros y desencuentros! Me encantó, Lualla!! Dejo mi voto ♥

    • Lualla

      31 marzo, 2013

      Muchísimas gracias, Amilcar, eres muy amable! Un gran abrazo.

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