La religión (pero eso ya lo señaló A. la semana anterior en Sh.) acaba siendo el ornato de nuestro desconcierto. S., agnóstico, le replicó que a él en su desconcierto le sobran las galas festivas.
Un postminimalismo desconcertante y pulcro.
La cena de anoche: agua embotellada y pasas de Corinto. El almuerzo de hoy: una brocheta y una copa de vino. Para la cena: Kierkegaard (y un sándwich de queso).
De tres a cinco en el MET.
Despierto a las 6. ¿Estoy sola? Ha sido mi primer pensamiento, o todavía resonaban las voces de mi sueño. Es totalmente de noche. Pero ya sé que será un día gris y oscuro, lleno de nieblas otoñales.
28-12-1956. Aún faltan días para mi cumpleaños. 21. Pero dijo: No importa. Me invitó al Winter Garden. Troilo y Crésida: ¿por qué combatir más allá de los muros de Troya, cuando en mi corazón ya se bate una lucha tan cruel?
Oído en el restaurante: “Ayer por la mañana cogí cuatro taxis. Y estuve prácticamente todo el tiempo entre la 42 y 73.”
El Interrogador: ¿qué te mueve a definir los palos del sombrajo, artista?
Ésta le mira desde muy lejos, sin ánimo de reproche, ni siquiera con lástima.
El sostén de mi obra, amigo, es la piedra filosofal, susurra la mujer invisible.
Y eso dicho más allá de una medianoche de mayo, de aire caliente y vagamente perfumado a piedra recalentada y colonia de mujer próxima, en un Gotham doblemente misterioso donde las calles sombrías y anónimas al atardecer, salpicadas de trecho en trecho de pequeñas y dinámicas luces rojas, no acaban nunca.
1969: Bowery.
A estas alturas aún se alzan maltrechos a ambos lados de la calle algunos hoteles siniestros con grandes letras de neón que por la noche se apagan y se encienden chirriantes.
Huele a lo más raro, y es lo más raro para él porque no logra identificar con nada conocido el maldito olor con lo que parece estar impregnado todo: las paredes, los muebles ruinosos, las sábanas de tacto indescriptible, las mantas raídas, el agua, la comida, él mismo, su piel que siempre parece pegajosa y sucia.
Todavía huele a mataderos.
Entre asesinos, ladrones y borrachos despliega su talento.
En el 134. La mirada tranquila entre resinas, fibra de vidrio, los óxidos.
La cripta que desmiente los terrores nocturnos y se abre al sol de la mañana, la casa que se habita. Ora et labora.
No eran los suyos ojos implorantes. Todavía no; al contrario, la irritación le iba aproximando a la agresión (física, si pudiera) hacia todo aquello que se oponía a la más inveterada de sus creencias. Pero la enfermedad que iba a matarla estaba tan cerca que podía tocarse con los dedos, quizá estuviera ya sobre la piel de su rostro, de una plácida hermosura, a punto de entrar en ella, o ya en ella, dispuesta a revelarse a la luz, esa luz macilenta de cascotes y herrumbre que nos rodeaba.
-No soporto la alusión tan directa, todo aquello que sea capaz de interpretarse, dilucidarse, reconocerse. No hay nada que pueda hacer contra esa maldición. Y en mi obra he de intentar que sea nada, corporeizar la nada.
-Es inevitable la analogía, el sobreentendido, todo ese fárrago de lo denotativo –afirmaba él.
-Es un asco –replica vehemente, y después de un corto silencio (se podía oír su respiración entrecortada)-: Ya sé que nos traicionan los objetos, las imágenes y sus equívocos, el entramado grosero de su materia, su función o no…
Él secundaba lo que ella decía, pero con un cansancio infinito, y porque entendía perfectamente lo que trataba de decirle la artista, así que su discurso era vago y hasta desinteresado, como liberando del cerebro el lastre de unos pensamientos confusos:
-Los objetos siempre explican algo a despecho de la invención o lo estrafalario de su disposición en el espacio. Hasta la misma materia que los constituye parece connotar lo indecible, lo inexistente.
Se escondió casi del todo debajo del abrigo negro y largo, talar, por poco no rozando la mugre de la tierra.
De la parte del río y las naves destartaladas y ruinosas que se alzaban en sus orillas soplaba un aire helado y turbio en un crepúsculo por instantes más sucio y desolador.
La sirena de una barcaza a lo lejos pareció precipitar la noche.
No le miró al hablar, dirigía la vista hacia las grandes moles sombrías de las chimeneas que descollaban más allá de los muelles ya en tinieblas.
-No quiero que nada de lo que hago explique algo, signifique algo, recuerde a algo. No quiero discursos de ningún tipo, ni lenguajes, ni siquiera me hace falta la imagen.
-Pero –repuso-, ese noarte es imposible. Necesitas el objeto. Ese aislamiento, esa selección ya lo concreta, lo define incluso en lo ininteligible.
-Detesto las formas, pero ¿cómo trabajar con ellas desmaterializándolas, reduciéndolas al más completo silencio, a la mudez más asignificativa?
-No existe, y puede que no exista jamás, el arte invisible, que ni signifique, ni sea materia, ni sea objeto, apariencia…
Baja él la vista al suelo después de hablar. Tiene los zapatos y parte del dobladillo de los pantalones embarrados. Toda la desazón que sentía al final de ese día la focalizó ahí, resumía una congoja inexplicable en esos sucios grumos de barro y polvo de hierro.
-Eso es lo malo de las apariencias –dijo ella después de una pausa meditada-. No sólo nos delatan, también nos disfrazan de malentendidos contra nuestra voluntad, nos llenan de supercherías. –Suspiró, y añadió con voz lúgubre, premonitoria-: A nuestro pesar, siempre terminan por explicar algo que no deben.
(…)
En ese recinto ha entrado. Y ha sentido el gélido aire de la ausencia en el espinazo, el miedo al vacío que le espera, todas las palabras inútiles fluyendo sólidas y apestosas del agujero obsceno de la boca.
De él no nace el consuelo. ¡Qué pérdida de tiempo!
¿Para qué sirve?
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Se había ofendido. Le dio un manotazo en el hombro. ¿Qué te has creído? La notó enérgica, firme.
¡Otro idiota con una pluma en la mano!tro
Nueva York. Primavera, 1970.
Mira a través de la ventana.
Una luz verde y blanca parece dominarlo todo.
Está sola en la habitación. Una asepsia total.
Está reclinada en la cama, la cabeza apoyada sobre la almohada, y tiene el rostro vuelto a la luz de afuera.
Está quieta.
Es una joven mujer calva.
Una moribunda sedente y rota directa a lo desconocido.
Las manos pequeñas, artesanas, poderosas sin duda, arrugan las sábanas, crean puñales.
El bloc de notas y la estilográfica han caído al suelo hace rato, cuando se adormiló un poco. Pero ahora, aturdida, no tiene ganas de inclinar el cuerpo maltrecho, esforzarse desde la cama para recobrarlos. Además, ya ha escrito demasiado en ese bloc. En los últimos meses, aún descifrando los mimbres de la fatalidad que el destino le deparaba, exaltada por la rebelión y la ira inevitables, casi prestaba más atención a las notas que escribía que al pensamiento de la escultura.
El cerebro asesino todavía deja capturar algunas frases, palabras aisladas. Yacente, entrevé el dibujo de unas obras que nunca va a realizar.
Las visiones eran propias de un léxico que nacía de la entraña rocosa que era ella, aunque las alentaba el soporte heteróclito, el detritus de la técnica. El material era una escritura (a pesar de todo), un alfabeto de pensamientos y ocurrencias destinado a fagocitarse a sí mismo deviniendo metáforas en un proceso de reconversión objetual, un discurso pletórico de laberintos y del recoveco que proporciona el equívoco plural del imaginario terreno.
En el fondo, y lo piensa ahora, que vuelve la cabeza hacia el vaso de agua sobre la mesilla, que no siente ninguna gana de llorar pero sufre callada, a escondidas, en la blancura total de la indefensión, corroída por la pena, sólo la soledad de esa hora, de esa luz ultra que empieza a convertirlo todo en irreal, recrea aquello que la impelía a trabajar en la armadura tenaz de su obra: la luz irreal, la forma irreal, tan desconocida, un tropo que a fuerza de disparates alcanza el místico sentido de lo inefable.
La fórmula arbitraria que sustentaba la obra era una reflexión desde un museo formal compuesto del fantástico basural de materiales de aluvión, y vertía el drama de su conversión sobre el vacío, el cuerpo, la nada. Un biomorfismo que pendulaba entre lo mitológico y lo matemático, la razón y lo gestual. Luego, se adentraría en el no-caos. Para ello tuvo que arrumbar la referencia, la tautología de unas formas siempre enmascaradas bajo mil disfraces. Pura metáfora de lo indecible, puro nihilismo. El vocabulario extravagante de lo trágico.
Por fin, en el instante que estira el brazo hacia la luz, sin fuerzas para nada, sabe que el arte era exactamente eso, una puerta abierta a lo desconocido.
Delira: adelante Monsieur Van Gogh, estos son los grandes amarillos del 67.
-Repítemelo de nuevo –dice.
(7.1969)
Una frase de él (cualquiera sabe cuál) la ha confundido. El cuadrado de Josef Albers… el cuadro, quiero decir, ese acabado como de diseño de revista, de paquete alimentario, de envase de medicinas, nos conduce más tarde a la pulcritud minimalista del vago. ¿Acaso un arquitecto coloca los ladrillos de la obra…? ¿Por qué había yo de pintar o construir mis cuadros?
Cuadrado como hoja de papel: y el color la escritura, la tonalidad del adjetivo, una invención cromática exacerbada que lo mismo que pervierte tu sistema psíquico puede que al mismo tiempo destierre el alma al puesto más próximo de perritos calientes.
El mejor refugio es el recuerdo (que nada tiene que ver con el pasado).
De aquel día registra una feliz sonrisa en sus labios, el cabello recogido en una cola de caballo graciosa y con garbo, y miraba el agua turbia, algo del cielo azul de la mañana (que pronto fue gris) reflejado en la centelleante superficie, la forma de una plancha metálica a la que ella no dejaba de lanzar medidos vistazos, sumida en el cálculo de su apropiación: el arte está en la mirada, y de lo que deriva de ésta finalmente; lo expuesto sólo es lo residual, la excrecencia material, en ocasiones hasta lo más prescindible.
Esta mística del escombro hace un uso magno del desperdicio: de sobra sabe ella la sustancia de lo entrópico en un universo cuya huida le aboca a su misma desaparición. Esta guapa y lista cuenta con el aliado del tiempo: a sus obras constituidas por lo más perecedero del material del siglo las concluirá el deterioro inevitable, se destruirán, se harán trizas y, contaminadas por los años y su decurso letal, se volverán definitivamente invisibles. Ya calculaba ella su desintegración, el final apoteósico de una agonía prevista en el enunciado mismo de su concepción. La ecuación postrera, implícita en su obra, la resuelve lo temporal.
De aquel día, acaso memorable por lo insustancial de sus anécdotas, recuerda el paseo escrutador entre metales y tierras oscuras, las aguas verdes, a ella raspando la oxidada baranda y recogiendo en el cuenco de la mano la raspadura y el polvo como un tesoro.
De regreso a su taller, escondido en un área de lofts al sur de la ciudad, se detienen en una cafetería tosca y algo siniestra con una luz roja de neón alumbrando la puerta, aún en la zona de los muelles. Ha empezado a llover. Se toman un par de cervezas fuertes y muy frías acodados en la barra de latón, bajo la persistente mirada de unos hombres silenciosos y serios, manchados de grasa, que comían y bebían y no parecían comprender nada de nada.
Se ha manchado ella con el kétchup, el rojo desleído sobre el abrigo negro. Mira la artista el goterón en esta época de extrañezas… Tan fría la cerveza, como desafiando el tiempo calamitoso de afuera, donde el cielo negro descargaba un aguacero bíblico.

Sandra Legal
Roger, por Dios!!!!! Cómo puedes escribir así???? Con esa profundidad, con ese arte y referirte a la esencia misma del arte. ERES UN PENSADOR . Me obligo a partir de ahora a releer cada escrito tuyo,las veces que sean necesarias, por tu exploración introspectiva y la explosión de tu palabra , para imbuirme de tu espíritu y de tu luz creativa.
Un abrazo y mi voto.
Nos seguimos leyendo
Sandra