El legado terrenal

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-No
lo viste

- No,
¿A quién?

-Al que me dio la estampita, estaba ahí
afuera

-No, ni lo vi, debe ser un San Nadie, de esos
que piden con cara de pobrecitos.

Él se jactaba de los apodos que inventaba
para la gente. Miré la estampita, era de San Jorge. En verdad la elegí yo, no
quería decírselo, me diría que era un tonto que desperdicia dinero en gente que
no se lo merece, y ¿qué se merecen?

El dragón estaba en el piso con el cuerpo
doblado, su cabeza mirando al caballero. Éste se encontraba vestido con su
armadura, yelmo y casco, mientras apuntaba con su lanza a la bestia. Así lo
venció dice el relato católico cristiano. Escondida de la escena principal, una
Virgen observa la escena con las manos en plegaria, por detrás de ambos un
camino terminaba en lo que pareciera una especia de convento o iglesia, no
logré descifrarlo.

Las puntas de la estampita estaban
despegándose. El cartón se marchitaba y los colores parecían ajados. Quería
recordar la cara del sujeto que daba las estampitas, era imposible, ningún
rasgo en particular venía a mi mente. San Nadie repetí, ese sí era bueno,
guarde la imagen y seguí caminando.

Siempre pasaba por aquella esquina del banco,
los trámites que hacía semanalmente me llevaban a terminar allí. Intenté buscar
al vendedor de estampitas varias veces, pero sin resultado. Vi otros que
ofrecían ramos de flores, los que limpiaban los autos estacionados, aquellos que
pedían monedas en los semáforos, algunos vendían baratijas para los celulares o
luces para leer e incluso repasadores. Una fauna de mujeres, hombres y niños ambulantes
que se instalan como trapecistas en las calles y veredas para lograr subsistir.
Parado al costado observé como circulaban y funcionaban aquel grupo anónimo,
perecían casi imperceptibles, como si uno dijera: están y no están, aparecen y
se muestran cuando ellos quieren. Nuestros
ojos acostumbrados al diario trajín no los registra, perecieran parte
del paisaje, los naturalizamos sin mirarlos detenidamente.

-Me compra una estampita señor –me dijo una
voz susurrante por detrás.

Me di vuelta y lo vi. Los ojos apagados, la
piel que los bordeaban se acumulaban en bolsitas que se caían de color tostado,
al igual que todo su rostro y manos. El cabello y la barba crecida estaban
encanecidos. Las piernas apoyadas mostraban grietas diminutas y blancas que se
perdían entre las medias y las vendas que estaban alrededor de los tobillos.
Pedacitos de escamas incrustadas como cenizas frágiles, a punto de desprenderse
y quedar suspendidas en el aire. Su vestimenta gris parecía fundirse con la
silla de ruedas que lo sostenía.

Era observado por él -No salgo tan bien en las estampitas, en
verdad el dragón no era tan grande.

- Perdón, no entiendo lo que me dice, le
dije.

-Que las imágenes de las estampitas no me
favorecen, señor.

Lo mire atónito, en verdad no estaba muy bien
de la cabeza, pensé. -Eso se lo dice a
todo el mundo como chiste ¿no?, le dije en un tono sarcástico. Me detuve en una
manta que tenía puesta y que al parecer
alguna vez fue roja, la mire detenidamente, caía detrás del respaldo de la silla
como una capa. Se movía al ras del piso, formando olas por la ligera brisa que
empezaba a correr.

-No soy el único, si no me cree le muestro. En aquella esquina vendiendo otras
estampitas está San Pablo, ofrece la suya primero, cuestión de prioridades dice
él. En aquella otra esquina está Santa Ana, rodeada de tropilla de enanos y
jóvenes embarazadas, seguramente no de una manera inmaculada. Más allá
limpiando autos está San Agustín, no habla mucho, es recién llegado y no le
gusta esta vida. Somos varios, algunos
eligen destinos y cuerpos, otros no. Como en todo trabajo, el Jefe manda, más
el nuestro.

-No entiendo nada de lo que me dice. Soy poco
cristiano, pero si fuera así como cuenta, no creo que ustedes resuciten en
estos cuerpos. Gente vagabunda, sucia, olvidados, no podrían hacer los
supuestos milagros que dicen. Es increíble, además no sé cómo me enganche
hablando.

-Usted me eligió por que le tiene miedo a las
arañas, una conexión entre nosotros, yo
lo sabía. Soy el santo patrono de las arañas. No sé porqué los hombres les
tienen miedo, ellas hacen su natural vida cerca de los humanos. Reconozco que
son medias feas, digo, ocho ojos son demasiado. Solo se defienden, como cualquier
criatura. Otra cosa, a su amigo no le gustamos mucho ¿no? Me di cuenta por sus
miradas y gestos, además cuando pasa nunca saluda ni nos registra.

Me sentí avergonzado, deje de mirarlo
fijamente. Era verdad que mi amigo hacía eso, tampoco podía decirle que le
decía San Nadie. –Discúlpelo, es su carácter y pensamiento. Ve con malos ánimos
a la gente que pide, dice que “son unos vagos,
prefieren estar tirados que ir a buscar trabajo y esforzarse”. Seguía renuente a creer que era un santo, pero me
atraía la conversación.

-No hay problema, estamos acostumbrados a ese
tipo de personas. Lo que me preocupa es que usted también lo repita, cuando sé
que no es lo que verdaderamente piensa. La casualidad no existe, por eso le di
la estampita que estaba buscando.

Me hizo un guiño de ojo. De repente dijo
sobresaltado –No, no, no, no. Ese lugar es mío, no te hagas el vivo- le decía a
otro vendedor, en este caso de manteles, que se estaba acercando a la puerta
del banco sigilosamente.

-Estos tipos nuevos- siguió diciendo-se creen
que porque somos santos, tenemos que ser
siempre buenos. Es San Martín Caballero, patrono de los comerciantes, si me
decís a mí ni le daba el puesto. Un sinvergüenza. Perdón, pensarás este loco
que se cree santo y encima me habla- Mientras me decía eso acariciaba a una
lagartija o algo parecido, el animal estaba como amodorrado por encima de la
pierna, cerca de la cintura, su cola se perdía hacia abajo.-Este es mi amigo
Pedro, no sé si usted sabe pero yo liberé a una princesa de ser devorada por un
dragón, la leyenda dice que lo maté, pero en verdad no fue así. No tenía el
coraje, entonces pedí por su vida y el de todos los que andaban en el mundo, y
para que no lastimaran más Dios los convirtió en lagartijas y otros reptiles,
menos dañinos y no tan grandes. ¿Sabía usted eso? ¿Que fui caballero?

-Así parece por lo que veo en la estampita,
pero no conozco la historia. ¿Qué paso con aquella princesa?

-Fue un encuentro entre un hombre y una mujer. Nada especial- Noté que sus ojos
se desviaron, y empezó a mover la silla.

-Me tengo que ir ya, hay que ganarse el pan,
no dan limosna y si sigo charlando me van a robar el puesto. Me costó
conseguirlo, y por acá el que no corre vuela. Nos estamos viendo, esto queda
entre nosotros, no quiero una fila de viejas milagreras pidiendo boludeces, ni
a los curas aprovechando de la propaganda, demasiados beneficios tiene la Iglesia. San Pedro sí que tiene atada
a la vaca.

-Sí, sí. Entre nosotros, igual nadie me va a
creer. Tienen que ver para creer y sin milagro nada funciona

-Puede ser, pero vos guardalo, nunca se sabe
lo que nos depara el día. Lo mejor pasa cuando no lo esperas.

Lo vi alejarse, las manos dirigían hábilmente
la silla hacia el lugar donde nos encontramos por primera vez. Todavía no podía
creer lo que había pasado. El sol con su ritmo habitual ya se estaba por
esconder y la brisa de la tarde seguía en aumento. Era hora de regresar e intentar
olvidar la conversación.

Sábado por la mañana. Afuera un día soleado que invitaba a salir. Me
desperté con la sensación de haber soñado algo muy extraño. Vestido como un caballero de la edad media, arriba de
un caballo esbelto y color negro azabache, oía voces detrás de mí, figuras
difusas. Recuerdo distinguir un rostro ovalado, pálido y con rizos rubios. No
levantaba la cabeza, parecía acongojada o suplicando. En medio de eso siento
calor cerca de mi cara, volteo y distingo un monstruo, recuerdo que tenía alas.
Me miraba fijamente, sus ojos se encimaban.
Sentía que me rodeaban, que se multiplicaban, cuatro, seis, ocho parpados
que parecían no cerrarse nunca. El sueño de difuminaba.

La ventana de la cocina deba al jardín,
mientras el agua llenaba la pava vi una fila que se movía, desde el bajo mesada
hasta el techo que daba al altillo. Una perfecta línea oscura deslizante. Acerque
mí vista, eran arañas. Me acorde del
viejo, patrono contra las arañas. Sí que era irónico, tenía su estampita y no
me protegía. La busqué entre mis cosas, pero sin resultado ¿dónde la habría
dejado?

Subí al altillo, prendí la luz, y al instante
pude ver el sendero de arácnidos. Lo seguí. Levante unas cajas, trapos, papeles
viejos y ropa que alguna vez pensé en dar. Debajo de una silla con tres patas
solamente, encontré un cartón viejo. Era la estampita. La di vuelta, estaba
como me la había dado él. Pensaba en
cómo llegó hasta aquí. Las arañas daban vueltas encima de ella. La tome con
asco, y le mire. Seguía igual, solamente un detalle llamaba mi atención. El rostro
del caballero me era conocido, sentía que un poco más viejo. Una araña que se
quedo prendida recorría apresuradamente mi mano, se detuvo encima de la figura
de San Jorge. La acerque más, no podía creer lo que mis ojos me mostraban. No
podía ser cierto. Aquel caballero era…era yo.

Comentarios

  1. volivar

    28 marzo, 2013

    Alex, te felicito por esa enorme imaginación para esta narración, que te ha salido maravillosa.
    Mi voto
    Volivar

  2. alex.estragon

    29 marzo, 2013

    Gracias a los dos por sus comentarios y lecturas! alientan a seguir escribirndo…
    Saludos

    Alex

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