El llanto. 4ª Parte

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Mostrando las ropitas encontradas en el río. Y una mirada cargada de odio. Acusadora.

-¿Por qué, Laura?

-¡L-lo siento! –Sollozando, su esposa, dio un paso hacia atrás.

-¿¡Lo sientes-¡? –Él, furioso, arrojó las sucias y raídas ropas contra la cara de su mujer.

En eso instante, la pequeña Sarah, que había estado presenciando la escena desde la puerta de su dormitorio, se acercó a sus padres.

-¿Mamá, qué le pasa a papá? –Dedicó una suplicante mirada a sus padres, con sus enorme ojos azules, ojos que a Edward le recordaban a los de su primera hija.

-Ven, cariño –sin pensarlo dos veces, su padre la tomó en brazos y, para sorpresa y desesperación de su madre, le dijo-. Papá ha descubierto que, gracias a vuestra madre, ni tu hermanito, ni tú, vais a conocer nunca a vuestra hermana mayor.

-¡Eres un maldito bastardo! –La bofetada restalló en la mejilla izquierda de Eward como un latigazo-. ¡No metas a los niños en esto!

-De acuerdo –su esposo, dejó a la pequeña en el suelo, y se dirigió a Laura, con estas duras palabras-. Voy a buscar al Doctor Taylor, para pedirle una explicación; cuando regrese, espero no encontrarte aquí –se encaminaba hacia la puerta de la calle y, antes de salir, se volvió hacia su esposa-. Yo, de ti, me acercaría, lo antes posible, a ver al Reverendo McCorich, la confesión es buena para el alma.

-¡No me hagas esto, Edward! –Quedó Laura, aporreando la puerta desde dentro-. ¡Lo siento, lo sientooo!

Rex, aquella misma noche, tomó el tren con destino a Essex, llegando a dicha cuidad al alba del día siguiente.

Se hospedó en una posada cercana a la estación y, tras dar cuenta de una abundante y deliciosa comida, se dedicó a buscar al anciano Doctor Richard Taylor.

Finalmente, gracias a las indicaciones de una agradable aya, encontró al viejo galeno, paseando solo, por las cercanías de la casa donde vivía con su hija, su yerno, y sus tres nietas.

El anciano médico, ya retirado, tardó unos minutos en reconocer a Edward, mas, cuando lo hizo, gruesas lágrimas brotaron de sus azules y cansados ojos.

-¡Mr. Rex, cuánto placer volver a verle!

Edward, estrechó la mano que le tendía el viejo y, tras ello, lo condujo hasta un banco cercano.

-Doctor Taylor, lo sé todo –Intentó mantenerse firme ante el anciano-. Pero, me gustaría que hablásemos.

-En fin –Taylor suspiró, con aire aliviado-. ¿Qué desea saber?

-¿Usted lo sabía todo?

-Sí. –Taylor, bajó la mirada-. He vivido los diez últimos años sin poder dormir ni una sola noche, pues, cada vez que cierro los ojos, me vienen a la memoria los hechos de aquella terrible tarde –Richard Taylor, descansaba sus manos sobre un bastón de madera-. Noche tras noche, revivo la escena.

-¿Por qué no hizo nada?

-No lo sé –el anciano, clavó sus azules ojos en los de su interlocutor-. Me quedé allí, parado, viendo como Laura hundía a la pequeña en el agua helada de río –lloraba como un niño.

-¿Por qué no lo denunció? –Edward, apretaba los puños.

-Laura me dijo que, si decía algo, me acusaría de complicidad…

-Gracias, Doctor –Edward, se alzó del banco, y tomó las arrugadas manos del anciano entre las suyas-. Usted ya ha sufrido bastante durante todos estos años.

-¡Y-yo… debí hacer algo! –Balbució Taylor-. ¡La niña lloraba, lloraba y su madre la ahogó en el río!

Rex, se alejó del lugar, dejando al anciano gritando y suplicando perdón.

Regresó a Londres al día siguiente.

Su aspecto, antes alegre y vital, había desaparecido, dando paso a un hombre cansado destrozado, tanto física como anímicamente.

Abrió la puerta de su casa, con cierto esfuerzo, tropezando, cara a cara, con un grupo de personas, entre las cuales se encontraban el Reverendo David McCorich, y el Inspector Jefe de Scotland Yard, James Deacon que, con semblante serio, le tendía una carta.

-Mr. Rex, esto es para usted.

Edward, tomó el papel, y leyó para sí.

Era la letra de su esposa:

Querido Edward, gracias por hacerme ver y comprender la maldad de mis actos.

Jamás podré pagar el daño que he causado a tanta gente, en especial a ti, y a los niños.

Sé que nunca podrás perdonarme, tampoco te lo pido.

Cuando regreses de tu viaje, yo ya no estaré aquí.

Busca a los niños en casa de McCorich.

Yo me reuniré con nuestra pequeña en el río.

Hoy he oído su llanto. Un bebé no puede estar sin el cariño de su madre.

Cuida de Carter y de Sarah.

Gracias por tu amor”.

Laura M. Rex.

Eso era todo…

-¿Dónde está mi esposa?

-Edward –con gesto amable, casi paternal, el Reverendo se acercó al dueño de la casa y, poniendo una mano sobre su hombro, le dijo-. Lamento decirte que, hace un par de horas, encontramos a tu esposa muerta. Al parecer se quitó la vida, ahorcándose en uno de los árboles cercanos al río, muy próximo a vuestra vieja cabaña de madera.

-Que Dios me perdone, pero… Lo sabía –Edward, bajó la mirada, y sollozó-. Por lo menos, podrán descansar las dos juntas.

Días más tarde, y bajo expresa súplica del desconsolado padre y marido, Laura fue enterrada junto a las ropitas de su pequeña.

Edward, no volvió a casarse, y dedicó su vida a cuidar y a educar a sus dos hijos.

Falleció, a edad muy avanzada, de un ataque al corazón, mientras paseaba por las cercanías del río.

Con el paso de los años, la gente del lugar, hizo correr el rumor de que, el día que Edward murió, se pudo escuchar la risa de un bebé…

¿Fantasía? ¿Realidad?

¿Quién sabe?

Estamos hablando de la ciudad que vio actuar a Jack…

FIN

 

Comments

  1. volivar

    27 marzo, 2013

    JAVIER HARO HERRÁIZ: un relato muy interesante; bien logrado, mucho suspenso. Te felicito por tu excelente estilo.
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