El misterioso turista inglés

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Vivía en un pueblo lejano, casi en la frontera norte del país. Hombre poco viajado, Juan era el típico hombre de campo; bruto, torpe y hosco.

Negocios inherentes a la empresa familiar lo habían obligado a trasladarse a la Capital. Este era su segundo viaje a la Gran Ciudad, y al igual que el primero, había sido una experiencia traumática.

Ahora, cargando sobre si el peso de la aventura en la Ciudad, se encontraba descansando en el tren de regreso a su pueblo.

Compartía camarote con un excéntrico lord ingles y dos solitarias damas con quienes, como era su costumbre, no había podido entablar un diálogo fluido.

Su comportamiento lo retrataba como a un hombre “pesado”. Lo insignificante de su personalidad lo llevaba generalmente a realizar comentarios grotescos y chistes, que por cierto no hacían reír a nadie, solo con el fin de captar la atención e intentar agradar.

Pero a pesar de ser un hombre tosco, que a veces parecía carecer de los más mínimos modales y educación, Juan era un hombre bueno y honesto. Solo que, por más que se esforzara, nunca llegaba a caer bien.

Acostumbraba, en su brutalidad, a realizar comentarios fuera de lugar y chistes “subidos de tono”, a viva voz y casi siempre en lugares y situaciones inoportunas.

Para colmo de males, era dueño de una irritante risotada estridente con la que solía festejar sus propias ocurrencias.

Todo este combo explosivo hacia de Juan, cuanto menos, una persona desagradable; a la que la mayoría intentaba evitar.

Con esa particular forma ser Juan solo había conseguido, en casi dos horas de viaje, saber que el lord ingles era un turista sin rumbo y que las dos solitarias damas viajaban a visitar a una amiga.

En esos menesteres se hallaba Juan, tratando de conquistar la simpatía de sus ocasionales compañeros de viaje, cuando noto cierta incomodidad en el extraño pasajero ingles.

Si bien se daba cuenta de que el “agrado” de las dos damas era más que forzado; el desagrado y la irritación que causaba en el pasajero ingles eran más que elocuentes. En su rostro se notaba el malhumor y el fastidio, y ni siquiera la amable y educada idiosincrasia británica lo ayudaban a disimularlo.

Habiendo percibido Juan la incomodidad que generaba, con solo su presencia, decidió abandonar el camarote para dirigirse al coche comedor a beber algo antes de la cena.

Se acerco a la barra y pidió una cerveza negra, dispuesto a matar el tiempo. La cerveza se iba acabando y los minutos consumiendo cuando Juan descubrió que había olvidado su billetera en el camarote. Se excuso ante al camarero y marcho al compartimiento en su búsqueda.

La incredulidad pronto dio paso al estupor y el horror. Por la puerta entreabierta del camarote, Juan pudo ver los cuerpos apilados, aparentemente sin vida, de las dos damas. Del turista ingles ni el menor rastro, había desaparecido.

Dominado por el pánico y la ansiedad era habitual que un hombre como Juan tomara decisiones equivocadas, y esta no sería la excepción.

Había decidido intentar mantener el hecho en secreto para investigar por su cuenta el supuesto crimen. De inmediato, ingresó sigilosamente al camarote y cerro cuidadosamente la puerta. Su intención era efectuar una exhaustiva revisión del lugar del hecho.

Una vez dentro, verifico que las damas realmente estaban muertas y de inmediato inicio una inspección ocular del camarote.

No tenía idea de lo que buscaba y, si así fuere, seguramente no se habría dado cuenta de que lo había encontrado. Torpemente guiado por su instinto, recorrió con la mirada cada rincón del compartimento. Nada parecía estar fuera de lugar. Tan solo las dos mujeres muertas, el ingles desaparecido y un sobre.

Un sobre que Juan estaba convencido de haber visto debajo de la lámpara de mesa del camarote y que ahora ya no estaba. El dato del sobre le pareció menor, por lo que decidió abocarse a la búsqueda del desaparecido turista ingles.

Apago las luces del camarote, cerró celosamente la puerta y partió con la intención de recorrer el convoy. Camino por el vagón comedor, el coche biblioteca, los baños y hasta reviso los vagones de clase turista y nada. Ni rastros del enigmático lord, como si se lo hubiese tragado la tierra.

Lo que tenia de tosco, lo tenia de tozudo, así que lejos de rendirse, Juan camino durante horas revisando de extremo a extremo el tren pero sin resultados.

Abatido y agotado, decidió tomar un descanso y regresar al camarote. Quería ver que sucedía allí. Ni bien atravesó la puerta de acceso al pasillo del vagón correspondiente pudo ver que el incidente ya había sido descubierto. El guarda del tren, dos mozos y los dos policías de seguridad del tren habían hallado los cuerpos y empezaban con las averiguaciones de rigor.

Juan sintió que era la oportunidad. Podría contarle a las autoridades lo que sabía para que ellos se encarguen de buscar al misterioso ingles, a su entender, el principal sospechoso. Pero mayúscula fue su sorpresa al acercarse al grupo y oírles decir
que, de acuerdo a la nomina de pasajeros registrados, solo tres ocupaban el camarote 687; las dos damas muertas y él. Del turista ingles ni registros.

A pesar de lo atormentado y exhausto que se encontraba, Juan pudo darse cuenta que esto lo convertía en el principal sospechoso del crimen. Dominado por el miedo opto por alejarse del lugar y buscar un refugio donde descansar y poder evaluar los pasos a seguir.

Solía Juan, ante situaciones límites, buscar lugares cerrados y oscuros para ocultarse. Ya desde niño sus travesuras terminaban siempre en el oscuro galponcito, del fondo de su casa. Rápidamente encontró un buen lugar. Se refugió en el depósito de mercadería de la cocina del tren. Allí, en la oscuridad y la soledad, podría pensar con tranquilidad que hacer; como cuando era un niño.

Pero la suerte no lo acompañaba, y mucho antes de lo previsto la puerta del depósito se abrió y este se iluminó dejando a Juan al descubierto total.

El viejo asistente del cocinero, buscando materias primas para la cena, se dirigía directamente hacia él. No había dudas de que lo había visto por lo que Juan decidió permanecer allí, inmóvil, esperando a que el anciano hiciera su primer movimiento.

- “Hombre, ni que hubiese visto un fantasmas”, dijo el viejo

- “Algo así”, respondió una tormentado Juan

- “Que hace acá?, sabe usted que este es un lugar restringido para el pasaje?”, increpo el anciano

- “Si lo sé, solo que algo que vi me asusto y termine ocultándome aquí. Lo siento” respondió apesadumbrado Juan

- “El misterioso turista ingles” dijo el viejo

- “Que? Como lo sabe? Quien se lo dijo? “, pregunto Juan cada vez mas aturdido

- “Mire joven, soy el ayudante del cocinero de este tren desde hace treinta años y conozco mejor que nadie la Leyenda del Misterioso Turista Ingles”

- “Que leyenda? De qué habla?”

-
“Según cuenta la leyenda, hace cincuenta años, un turista ingles fue asesinado en el camarote 687 de este tren. Como el crimen nunca fue resuelto,el espíritu de la victima permanece en el tren y ronda fantasmagóricamente aterrando a todo aquel que ocupe su camarote”.

- “Yo viajo en ese camarote”, interrumpió Juan. “Pero yo vi al turista ingles, viaja sentado a mi lado. Compartía camarote con él y con dos damas. Me está queriendo decir que ese señor con el cual comparto este viaje no existe?”

- “Yo no dije eso, solo le cuento la leyenda del espíritu que habita este tren. Solo usted sabe si lo vio o no lo vio, si existe o no, si cree o no” afirmo el anciano.

- “Pero en ese camarote ahora hay dos mujeres muertas” vocifero Juan, al borde de un ataque de nervios.

- “Lo que sí puedo asegurarle joven, es que el turista ingles nada tiene que ver con las muertes que usted menciona”, dijo el viejo y se alejo.

No pasó mucho tiempo hasta que la seguridad diera con Juan, cotejara sus datos con el registro de pasajeros y la asignación de camarotes para proceder a su inmediata detención en el calabozo del tren. En cuanto llegaran a destino, sería trasladado a prisión hasta que su situación pudiera ser aclarada.

Descartada la opción del ingles asesino, todos los caminos conducían a la culpabilidad de Juan. La desesperación se apoderaba de él. A medida que el convoy se acercaba a su destino, las posibilidades de Juan disminuían. De no hallarse al culpable pronto, ni bien llegaran al pueblo él terminaría en prisión.

El tiempo corría más rápido que el tren y la ansiedad había consumido la poca cordura que la humanidad de Juan aun poseía. Aquella era la última noche en el tren. Al otro día llegarían a destino e indefectiblemente iría a prisión.

Le costó conciliar el sueño pero al fin, presa del agotamiento, Juan se rindió y cayó en brazos de Morfeo. La noche parecía tranquila y el tren, a paso firme, consumía los kilómetros del último tramo del largo viaje.

Cuando de pronto Juan despertó violentamente. Como poseído por un demonio dio un salto del catre y comenzó a caminar en círculos por la celda. Un sueño, un sueño revelador le recordaba algo que quizás podría traer luz al asunto.

El sobre, si el sobre que desapareció del camarote, quizás allí esté la clave. Era su última chance, rápidamente llamo al guarda y solicito que revisaran el camarote a la búsqueda de aquel misterioso sobre. El guarda, pacientemente, le explico que ya había
sido requisado debidamente el camarote. Hasta el último rincón había sido revisado y no se encontró ningún sobre. De haber habido alguno, seguramente lo habrían encontrado.

Lejos de claudicar en su predica Juan insistía pidiendo una nueva revisión. Tanto insistió, que el guarda accedió a ir con él al camarote y constatar que no existía ningún sobre.

El guarda y Juan, acompañados por los policías de a bordo, se dirigieron al compartimiento. Al llegar al frente de la puerta identificada con el numero 687, respiraron hondo, abrieron la puerta y encendieron la luz.

Ni bien ingresaron, allí estaba. Debajo de la lámpara de la mesa, tal cual Juan lo recordaba, el sobre. El estupor era generalizado, todos juraban no haber visto nunca un sobre allí.

El guarda, decidido, tomo el sobre lo abrió y leyó en voz alta:

“Nosotras; Maria y Magdalena, nietas de Sir Charles Main, asesinado en el camarote 687 del tren Pacifico del Norte, dejamos constancia de nuestra voluntad de quitarnos mutuamente la vida. Ambas nos hemos enamorado del mismo hombre y ninguna de las dos estuvo dispuesta a claudicar en sus sentimientos. En virtud de ello y habiendo juramentado, que en caso de mutua traición, ambas procederíamos a quitarnos la vida en el mismo lugar donde nuestro amado abuelo fue asesinado. Damos cumplimiento a lo pactado, siguiendo los preceptos de educación vertidos por nuestro abuelo, con la convicción de que dos hermanas que se traicionan mutuamente, no tienen derecho a vivir”.

 

 

 

 

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