El romance del violinista

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Ella conocía de memoria aquella gris calle de su ciudad los cuales recorría diariamente, y la odiaba. Era aburrida, triste y no poseía ni un mínimo de colores así que con el tiempo dejó de observarla y de mirarla, pasando simplemente de largo sin reparar en ella.
Hoy volvía a pasar por ella con pasos adormilados y lentos a causa de su cargada mochila y sus ánimos derrumbados. No había levantado la mirada del suelo en ningún instante hasta que la escuchó. Lenta, suave y cálidamente una melodía comenzaba a envolverla a ella y a toda aquella calle. El sonido solitario de un violín parecía haber transformado al momento todo el lugar, llenándolo de colores y recuerdos nostálgicos. Cerró sus ojos y permanecía escuchando, capturando las imágenes que el instrumento arrancaba de su corazón.
Seguía en la calle, pero era distinta, veía hombres y mujeres vestidos con los más bellos y elegantes trajes franceses, tiendas antiguas iluminadas por la cálidas luces de velas y niños jugando y corriendo en la nieve. Se sentía tranquila y acogida en aquel entorno y por ello el finalizar de la canción dejó en ella una cierta parálisis entristecida. La magia había desaparecido y la calle volvía a ser la misma de siempre.
Poco a poco, tras volver completamente en ella y parpadear, volvía a moverse y si vista se centró en un joven, apenas algo mayor que ella, a unos pocos metros. Estaba sentado en un banco junto a un violín y frente a él el estuche de éste.
Con pasos aún algo adormecidos se acercó y sacó del bolsillo de sus vaqueros todas las monedas que podía coger de una vez, sin mirar, para ponerlas dentro del estuche con una cálida sonrisa. El chico inclinó agradecido y le devolvió la sonrisa con amabilidad.
Su pelo era rubio paja y estaba revuelto, sus ojos azules parecían contener la misma magia que la música que había tocado y tenían un brillo misterioso, finalmente su rostro estaba cubierto de una leve sombra de una barba de unos pocos días. Las ropas que portaba eran una camisa blanca que le quedaba visiblemente grande y unos pantalones negros sueltos.
Se levantó y apartó la vista al percatarse del tiempo que había estado de cuclillas ante aquella persona y estaba dispuesto a irse cuando de improviso una pregunta surgió de sus labios antes d que pudiera acallarla.
-¿Volverás a tocar mañana?-
Miraba con algo de timidez el suelo tras formularla, pero sabía que le encantaría volver a escucharle tocar. El leve movimiento de asentimiento de su rostro hizo que levantara la vista y esbozara una animada y alegre sonrisa antes de girarse y seguir su camino de vuelta a su casa.
Desde entonces siempre que volvía de las clases de la universidad se tomaba tiempo para sentarse en el banco a su lado disfrutando de la música que creaba. Cada día era una canción distinta y siempre permanecía escuchando mientras leía, dibujaba o simplemente sentía, pero siempre le dejaba algunas monedas.
Algunas veces comían juntos el almuerzo y con el tiempo se estableció entre ellas una tierna amistad al mismo tiempo que las melodías iban cambiando. Se volvían más cálidas, más profundas y más emocionales y ella podía sentirlo al escucharle, al observar sus expresiones al tocar, al ver sus movimientos sobre el instrumento.
Con el tiempo se preguntaba a que se debía aquellos cambios en su música, y estaba decidida preguntárselo un día mientras salía de las clases y entraba en la calle, que ya no era la calle gris, sino la calle mágica que cada día la transportaba a otros lugares, otros mundos. Pero hoy no, no escuchó la melodía del violín, y el banco estaba vacío. Miró a su alrededor pero no había ningún indicio de la presencia de su amigo el violinista. Se sentó levemente decaída sobre el habitual banco que siempre compartían, dispuesto a esperarle. Estuvo sentada hasta la noche pero no había llegado. Confundida estuvo aquella noche, y confundida y preocupada estuvo los días siguientes cuando, con el paso del tiempo, no volvía a verle ni escucharle.

Deseaba poder ir a buscarle por otras calles, recorrer aquella ciudad pero no podía, no podía buscar su música, así que seguía esperando durante muchas noches y muchos días hasta que, después de haberse rendido, volvía de repente escuchar aquella melodía que había escuchado la primera vez. Sin dudarlo comenzó a correr hacía el lugar, tirando la mochila contra el suelo y saltando a los brazos del violinista mientras las lágrimas habían cubierto su rostro, de alivio y alegría de verle. Con una asombrada, pero cálida sonrisa, el violinista correspondió al avivado abrazo de la chica antes de disculparse por su ausencia pues había tenido ciertos problemas con su violín que no había podido arreglar por culpa de su apenas perceptible economía. Dijo también que había estado a punto de no volver pero que recordándola había decidido ir una vez más para tocar solo para ella un día entero.
La chica le miraba con los ojos abiertos y aún cristalinos por el llanto mientras se sentaba, empujada suavemente por las manos del joven, sobre el banco. Luego, este colocó el instrumento y comenzó a tocar. Suave antes de ir ascendiendo, veía y sentía la música incrementarse, la pasión profundizarse, los sentimientos liberarse. Tocaba con tanta vida como no le había visto tocar antes, o no lo recordaba. Y sentía la tristeza de aquellas notas que eran de despedida, pues como había dicho, no volvería poder tocar. La chica permanecía inmóvil, capturada entre la red que la música había tejido a su alrededor y que nuevamente la habían transportado a un mundo lejos del cual se encontraba atada.
Cuando quería darse cuenta ya había anochecido y el violín se había detenido. El rostro del violinista jovial estaba cubierto de silenciosas lágrimas que había arrancado de las cuerdas de su instrumento y de su corazón, sus dedos estaban sangrando levemente a causa del esfuerzo que había puesto en aquella melodía, y algunas cuerdas colgaban, ondulando en el viento. Había tocado durante horas sin detenerse, sin parar, derrumbándose ahora pues no podría volver a tocar. La chica en silencio se levantó del banco arrodillándose en frente del ojiazul abrazándole con sus brazos finos y acompañando su silencioso llanto. Pero no permaneció junto él mucho tiempo, se levantó y sin decir palabra alguna tiró de su camisa para indicarle que debería acompañarla.
El chico se levantó dejando atrás su violín mientras seguía a la chica por la cual había tocado aquel día, y se dejó guiar hasta el final de aquella calle, hasta que la chica se detuvo y señaló con el dedo bajo una de las farolas al otro lado de la siguiente calle.
Confundido, el joven avanzó algunos pasos en aquella dirección encontrándose únicamente unas abandonadas y ya olvidadas alcantarillas y cuando quiso girarse para mirar con semblante interrogatorio a la chica esta ya se había ido. Frustrado estuvo a punto de darse la vuela e ir cuando del fondo de las alcantarillas vislumbró un leve brillo. Se arrodilló y en el fondo, encontró una pequeña moneda de oro. Extrañado volvió una vez más la vista a donde había estado antes su compañera, pero al no verla apartó la pequeña reja de metal para saltar dentro. No era demasiado hondo y la luz de la farola iluminaba lo suficiente para no temer daño alguno. Cuando tocó el suelo recogió la moneda y se paralizó en medio del movimiento. A unos escasos metros, entre el umbral de la luz artificial y la sombra estaban las ropas de la chica y su mochila. Desgarrados, sucios y abandonados. Y algo más lejos todavía había una gran cantidad más de aquellas mondas de oro. Con pasos temblantes el chico se acercó, temeroso, viendo aquellas monedas las cuales eran suficientes, no, más que suficientes para poder permitirse vivir del violín y poder cuidar su preciado instrumento durante toda su vida. Cuando se volvió sintió un vuelco en su corazón porque la chica había estado detrás de él, impasible, pero con una cálida sonrisa.
-Gracias a ti he podido ver otros mundos, otras ciudades, otros tiempos. Gracias a tu música he podido salir de esta calle en la cual estaba atrapada. Muchas gracias mi preciado violinista.-
Lo dijo con una voz tan suave como él apenas la había recordado y antes de que su mente pudiera razonar la abrazó con inmensa fuerza.
-Volveré a tocar, tocaré para ti cada día…-
La chica correspondió débil al abrazo, agradecida mientras sentía unas últimas lágrimas recorrer su rostro y desvanecerse entre los brazos de aquel quien la había salvado de su casi eterno encierro.
Desde entonces cada día, junto a aquella alcantarilla, podemos observar a un joven violinista tocando sin parar. Desde la primera hora de la mañana, hasta la última hora de la noche. Y siempre tocaba aquella canción, aquella canción con la cual aquel día la conoció.

Comments

  1. volivar

    20 marzo, 2013

    Tasukra: amiga, tienes una gran facilidad para expresarte; el tema lo desarrollas con fluidez, lo que constituye una de las cualidades para hacer literatura.
    Sigue, amiga; el camino es largo, espinoso, de trabajo intenso; tienes todo, pero aún falta algo, ese toque mágico, sí, pero nada difícil de encontrar, como es la aplicación de la sintaxis, es decir, a la concordancia entre los términos, en los tiempos de los verbos. Cosas leves, porque lo pesado y fuerte ya lo tienes: la inspiración y el entusiasmo, que han logrado hacer de ti una narradora ágil, con inmensas cualidades.
    te felicito, Mi voto. volivar

    • Tasukra

      20 marzo, 2013

      Muchísimas gracias querido Volivar. Me animan muchísimo tus palabras y estoy ya, gracias a la universidad, aprendiendo las formas sintácticas correctas, concordancias y demás y poco a poco supongo que las iré incluyendo con la práctica a mis relatos.
      Miles de gracias nuevamente y un muy fuerte abrazo.

  2. VIMON

    21 marzo, 2013

    Muy buen relato, Tasukra, saludos y mi voto.

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