Sin título

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    Fue durante algún momento que no puedo precisar, como cuando dejo algo en un lugar pero luego no se dónde. Es tan inútil preguntarme dónde fue la última vez que lo vi, como qué fue lo que salió mal. Fue algo tan gradual como lo es el paso del día. Aunque percibo que el sol se está ocultando, por más que intente estar alerta en algún momento voy a bajar la guardia sin poder determinar exactamente cuándo se hizo de noche. Es una transformación sutil y rápida que concluye en oscuridad y no hay nada que pueda hacer al respecto.

    Fue así como un día comencé a sentirme estúpida más allá de mis límites. Ingenua. Con toda la frustración y tristeza que conllevan estas emociones. Desde ese día revivo cada momento de todo lo que hice y todo lo que hubiera hecho mortificándome ante la humillación de recordar todas las mentiras que escuché y la falta de reciprocidad a la que me sometí eventualmente. Revivo la indiferencia, la frialdad y la mordacidad de sus palabras. La falta de palabras. Su creencia de que al no hablar sobre los conflictos se borra su existencia, como una manera más silenciosa de mentir. Revivo como una vez le tomó cuarenta segundos caminar hasta la puerta e irse. Fueron cuarenta segundos que reviví ininterrumpidamente durante un tiempo que se me hizo una eternidad. Fue como si le hubiera tomado una eternidad irse, sin embargo, en esa eternidad, en ningún momento pude hacer nada para que se quede. Pasó muy rápido, una y otra vez, constantemente. Desde ese entonces, se siente como si aún hoy en día lo estuviera viendo irse.

    La diferencia entre aquellos días y una pesadilla ordinaria, además de la innegable realidad, es que al contrario de mis sueños, los puedo recordar con indeseada nitidez, a cada uno de esos momentos, como si acabara de despertarme: con la evocación precisa de cada hecho, el corazón en la garganta y las lágrimas empañándome la vista. No puedo darme el alivio de decirme a mí misma que no fue real, mientras me seco el sudor, recupero el aire y vuelvo a dormir. En cambio, me ahogo de nuevo arrinconada en un sentimiento irremediable de soledad y desesperación cuando revivo su manera tan poco sutil de evitarme. De evitar conversaciones, mi mirada y mi presencia. Como si nunca hubiéramos sido quienes fuimos, me dejó ir. Hizo lo que quiso, como siempre hizo. Una y otra vez.

    Revivo las conversaciones repetidas infinitas veces, sin efecto ni reacción alguna, como si pudiera ver mis propias palabras rebotando en un aura sólida y fría. Las mismas respuestas monosilábicas y automáticas de su parte o directamente su silencio, con la mirada gacha, evitándome, como siempre.

    Siento una pérdida, similar a ese pequeño infarto cuando uno no siente el celular en el bolsillo, pero extendido y multiplicado y lo único que deseo es volver a la normalidad, lo que eventualmente mirando en retrospectiva es algo que siempre pasa, sea cual sea la normalidad a la que uno se reintegra.

    Qué horrible sensación no contar con la posibilidad de despertarme mientras el resentimiento me carcome despierta. Resiento la irremediable sensación de vacío que me quedó después de tanto tiempo, esfuerzo y desgaste emocional. Resiento a todo el mundo que alguna vez me metió esta idea romántica y utópica de que nunca hay que renunciar a lo que uno quiere. Con fé ciega y dudosa al mismo tiempo, una parte mía creía que mientras no renunciara todo iba a salir bien. Como cruzar los dedos o tocar madera, aferrándome a una creencia que me producía cierta seguridad sin fundamento lógico, como una cábala. Lo único que tenía que hacer era no renunciar. ¿Pero cuál era el sentido de tener lo que quería si una y otra vez se desintegraba frente a mis ojos? La verdad es que nada de lo que hice importa, ni importa quién soy. Al fin y al cabo resulté ser irrelevante y desechable.

    La dimensión de la impotencia ante la situación me tiene completamente vacía excepto por la frustración que me hierve en las venas. Y así, cansada, frustrada, impotente, triste y dejada de lado, publico esto. Que después de tanto tiempo es lo único que me queda y lo único que puedo hacer al respecto, mientras me doy una palmada en la espalda diciéndome a mí misma que al menos no se me va a atascar más el jabón en la alianza.

    Comentarios

    1. VIMON

      7 marzo, 2013

      El mundo no se acaba ni con las peores frustraciones, y siempre te queda el recurso de escribir para desahogar tus tristezas. Y quién sabe, a lo mejor eres la próxima Virginia Woolf…Por lo pronto te dejo un abrazo y un corazón en forma de voto.

      • irene.loayza

        7 marzo, 2013

        Muchísimas gracias, Vimon. Aprecio mucho tu comentario, como siempre.

    2. LUIS_GONZALEZ

      8 marzo, 2013

      Impresionante escrito, ya sabes que soy seguidor de tu estilo, con esas historias del chico del Hall Center, espero ver mas historias, nos seguimos leyendo, mi voto por ahora…

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