Fulgencio el enterrador

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Ni
siquiera el gélido aliento de aquella noche de invierno de mil
novecientos ochenta y tantos fue capaz de amedrentar a Fulgencio, que
salió a pasear su borrachera por los alrededores, como solía hacer
siempre después de cenar (salvo que no pudiera tenerse en pie). Girando a la izquierda en la primera esquina se topó con don Eugenio
P…, de cincuenta años. Fulgencio se detuvo, hizo una reverencia
burlona y alzó la botella de vodka barato que llevaba en su diestra,
en ademán de ofrecerle un trago. Pero, como era lógico, don Eugenio
ignoró la oferta de aquel impresentable y siguió descansando
tranquilo, en paz. El borracho, que se lo esperaba, sacudió la mano
con desprecio, bebió más vodka y siguió calle abajo entonando
cánticos soeces. Tanto se tambaleaba que sus hombros se topaban con
las paredes de ambos lados y los salientes angulosos de las repisas
de mármol se le hincaban en los riñones; y sin embargo, su
borrachera le hacía inmune al dolor, y avanzaba impasible, en zig
zag, rebotando como un pedazo de carne sin cerebro ni consideración
y perturbando la tranquilidad de los que allí dormían.

Se
paró frente a la bella Lucía R…, de veintiocho años, y la saludó
de una forma tan exagerada que perdió el equilibrio y cayó de
espaldas sobre la gravilla. Cuando se repuso de la conmoción,
respiró tranquilo al comprobar que la botella de vodka no se había
roto, y dio un gran trago para celebrarlo; después, se incorporó
pesadamente y se acercó a la joven. Sus dedos mugrientos y ásperos
acariciaban el cristal que tapaba el rostro de Lucía y, con cada
caricia, la excitación del sátiro iba
in
crescendo

(en parte porque él, con su otra mano, también se tocaba
otra
cosa
);
hasta que al final frunció los labios y plantó un repugnante beso
sobre la pobre chica; y acto seguido lamió el cristal. Quiso
repetir, pero, entonces, el vodka hizo su efecto y Fulgencio se
mareó. Sintió cómo los tropezones de tocino de la cena le subían
desde el estómago hasta la garganta, y finalmente vomitó sobre la
desgastada lápida de mármol travertino. Conforme se despejó y vio
el desaguisado, el enterrador dio media vuelta y, refunfuñando, fue
a por un cubo con agua y un trapo para limpiar tal guarrería, pues,
aunque era un vago y un patán, sabía que su vómito corroería en
poco tiempo el frágil mármol y dejaría una enorme mancha que los
parientes de la muerta verían el próximo día de Todos los Santos.

Lucía,
pequeña, ¿te encuentras bien? –preguntó doña Aurora G…, de
sesenta y siete años.

S…
sí, señora –contestó la bella Lucía entre sollozos.

Don
Remigio F…, de setenta y cuatro años, interrumpió el llanto de la
joven muerta:

¡No estarás tan bien si
lloras así! –y añadió: –¡Hay que castrar a ese sátiro!

¡Pero mirad a la pobre
criatura, si le ha dejado la lápida hecha un asco! ¿Cómo no va a
llorar? –dijo el viejo Manuel, de noventa y dos años, refiriéndose
a los trozos de tocino macerados en vodka y a medio masticar que
bajaban lentamente por el mármol.

¡Pues el muy puerco se orinó
el otro día en mis flores! –se quejó desde su nicho la señora
Vicenta M…, de ochenta y dos años. Alguien le quitó importancia
al asunto diciendo, con cierta sorna, que así se regarían; a lo que
ella contestó molesta: –¡Pero si son de plástico!

Fulgencio era hijo del último
alcalde que hubo en el pueblo y el único habitante vivo de aquel
lugar durante casi todo el año; menos en verano y Semana Santa, que
venían algunos domingueros buscando turismo rural, y el día de
Todos los Santos, cuando los antiguos vecinos acudían al cementerio
para honrar a sus parientes muertos. Ése era sin duda el día
favorito de Fulgencio, pues los
de
ciudad
le
solían dar muy buenas propinas “por tenerlo todo tan bien
cuidado”… ¡Qué ingenuos! No sabían que, en realidad, Fulgencio
era un gandul redomado cuyas únicas aficiones eran la bebida y
perseguir a las fulanas en bares de mala reputación, un parásito
impuesto a dedo por su padre para cubrir la absurda plaza de
enterrador en un pueblo que se quedaba ya vacío por momentos. Desde
entonces Fulgencio se dedicó a holgazanear, a beber y a perturbar la
paz de los que allí reposaban, con total impunidad.

¿Y
qué me contáis de la zanja? –dijo don Eleuterio B…, de ochenta
años, refiriéndose a la zanja que se abrió hace años para buscar
una fosa común de tiempos de la Guerra Civil donde yacían decenas
de fusilados anónimos, y cuya excavación fue abandonada cuando ya
no quedó nadie más en el pueblo.

¡Oh,
sí, sí! Por lo visto, al imbécil le funcionan mejor las tripas que
los sesos, y cuando se queda sin alcohol, sus intestinos se le
retuercen ansiosos por echarlo todo… –interrumpió doña Nieves
B…, de ochenta y seis años–. ¿Y sabéis dónde se alivia el muy
marrano? ¿Lo sabéis? ¡Sí, sí, dentro de la zanja, encima de los
pobres soldados!

Enterrados
como perros y cubiertos por la mierda de un idiota… ¡Vaya destino!
¿Se puede ser más desgraciado? –dijo alguien desde otro nicho–.
¡Pero miradlos, si ni siquiera se quejan ni dicen nada, los pobres!
¡Fulgencio debe morir!

A
los pocos minutos, Fulgencio llegó con un cepillo y un cubo lleno de
agua y jabón, y limpió a regañadientes los vómitos del nicho de
la joven Lucía. Acabada su labor, el cafre siguió bebiendo vodka y
deambulando por el cementerio, como de costumbre, y molestando
también a los muertos con sus gamberradas. Así, al menos, hasta que
se quedó sin vodka y sus tripas enseguida le avisaron de una
inminente evacuación. Fulgencio corrió desesperado a la zanja, se
bajó los pantalones, se sentó de cuclillas y, apuntando con sus
nalgas peludas a la fosa común, dejó caer toda la inmundicia que
alojaba en sus entrañas sobre la cabeza de los pobres soldados.

Unos
turistas alemanes encontraron dos meses después los restos
putrefactos de Fulgencio dentro de la zanja, con los pantalones
bajados y una botella de vodka medio enterrada a pocos metros de él.
La autopsia reveló que murió al romperse el cuello cuando cayó de
espaldas, y que no había indicios de violencia ni forcejeo alguno
sobre su cadáver; también reveló que había ingerido grandes
cantidades de alcohol, causa probable de su mareo y posterior caída.
Pero, en realidad, la muerte de aquel gañán trascendió bien poco
en comparación con el hallazgo y posterior exhumación de los restos
de los fusilados de la Guerra Civil, que por fin fueron enterrados
dignamente en ese mismo cementerio, en un bonito mausoleo con una
placa conmemorativa, y pudieron descansar en paz. Lucía y sus
vecinos también descansaron en paz desde entonces, libres todos ya
del pesado de Fulgencio.

Comments

  1. volivar

    28 marzo, 2013

    Jeremiaswayne: amigo una enorme felicitación por este relato, extraño en verdad, pero tan bien escrito que uno se imagina esas fúnebres conversaciones, ah, y la muerte de Fulgencio, por andar haciendo sus necesidades en donde no.
    Mi voto Volivar (Jorge Martínez. México)

  2. Jeremiaswayne

    28 marzo, 2013

    ¡Gracias, Jorge! ¡No veas cuántos quebraderos de cabeza tuve para poder subirlo! Y ahora que lo veo, está otra vez alineado como una poesía (y mira que lo edité, y desapareció del timeline… pero esto es otra historia). En fin, que no me ha gustado nada el cambio; y paro ya, que me estoy yendo por las ranaa. Insisto, Jorge, muy agradecido por tus palabras. Un saludo

  3. RafaSastre

    28 marzo, 2013

    Muy buen ejercicio imaginativo, Jeremías. Me han molado los diálogos de los muertos y enterrados, es una idea espectacular. Mi voto y un abrazo.

  4. Jeremiaswayne

    28 marzo, 2013

    Gracias, y perdón por esa horrible ¿maquetación? (no sé por qué ha salido así). La verdad es que estaba ya cansado de escribir en primera persona, mi ego me pedía que hiciera algo decente en tercera persona, y llegó el bueno de Fulgencio. Saludos a todos.

  5. VIMON

    28 marzo, 2013

    Muy buen relato, Jeremías, felicitaciones y mi voto.

  6. DavidRubio

    28 marzo, 2013

    ¡QUÉ BUENO ERES JEREMIAS!, Fantástico relato, en todos los sentidos. Muy bien escrito y orignal. Mi voto. Desde la nueva Falsaria voy un poco perdido porque no me llegan las notificaciones a mi correo electrónico. Os pasa lo mismo?

  7. Jeremiaswayne

    28 marzo, 2013

    Sí,David, me pasa lo mismo que a ti; y lo que dije de la alineación. Y también me sucedió algo raro al publicar, pues, al hacerlo, traté de editarlo al ver “la masacre”, y volvió a revisión una vez creí haber arreglado el patatal; hasta aquí, normal. Lo extraño es que el cuento estuvo pendiente un mínimo de 5 o 6 horas, y en cambio, la hora de publicación que consta es la misma que cuando lo publiqué antes de editarlo (inútilmente, como podéis ver). Pregunto: ¿os ha pasado?

  8. AmilcarMartinez

    29 marzo, 2013

    Un suceso lleno de dramatismo singularmente narrado!!
    Muy bueno, Jeremías! …. Mi voto ♥

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