Despunta el alba. Los primeros rayos de sol colorean el firmamento, comienza un nuevo día en Los Salvados. La ciudad resucita de su aparente letargo nocturno, cuando los primeros transeúntes comienzan a vagar por las calles, los motores de los automóviles rugen en un murmullo distante y los muelles reciben cargamentos clandestinos de whisky. Pedro Lacruz ya está despierto, dejado caer en una silla, observa el exterior tras la ventana, dejando que la barbilla y la mano se encuentren en un gesto pensativo.
-Vamos, vuelve a la cama – dice una voz adormecida. Una chica joven y hermosa se estremece entre sábanas y sueños, pero Pedro hace caso omiso. Mira por la ventana pero no ve nada, sus ojos están perdidos, su respiración es relajada, casi imperceptible, y su mente navega en el recuerdo.
Ese mismo día, quince años atrás, había asistido a las clases de la escuela como hacían todos los niños, lo recordaba todo perfectamente. Recogió a su hermano pequeño y volvieron a casa con el autobús escolar. Estaban jugando en el jardín que precedía al bosque que rodeaba la parcela en la que se erigía su hogar, en las afueras.
-¡No me fastidies y muérete! – dijo el pequeño Héctor rabioso, mientras apuntaba a su hermano con un palo, convencido de que se trataba de un rifle modelo Winchester.
-Te equivocas forastero, has errado el tiro. ¡Pum! Ahora tú estás muerto, te toca contar hasta veinte.
-¡Eres un tramposo!—unas lágrimas de indignación hicieron acto de presencia en sus enormes ojos marrones — ¡Que te mueras!
-Está bien, está bien, no seas llorica – se tiró al suelo imitando a un hombre abatido por un disparo y cerró los ojos – uno, dos, tres…
Instantáneamente, como activado por un resorte, Héctor comenzó a correr, en busca de un buen parapeto donde poder tender una emboscada de nuevo a su hermano. Primero probó tras un banquito de madera sobre el que yacía sentado su padre Juan, con las piernas cruzadas, leyendo un Diario y fumando una pipa ¿o era un cigarrillo?, no, él siempre fumaba en pipa. Era un hombre joven y apuesto, dueño de una pequeña tienda de antigüedades y de toda clase de obras de arte, que la gente empeñaba en su local o de las que él mismo era artífice. Era admirado en la zona por su buen gusto e idolatrado por su dulce Esposa Patricia, cuyo amor que le profesaba era alimentado y correspondido con creces cada día, y cada noche.
-Vas a tener que buscar un escondite mejor, aquí eres un blanco fácil – le dijo a su pequeño con una sonrisa cómplice — ¿Por qué no pruebas detrás de ese matorral? – y le guiñó un ojo.
El ocaso dio paso a la noche, y todos dieron cuenta de la cena que había preparado su madre. Más tarde los acompañó a su habitación y los acostó. Primero arropó al pequeño Héctor, que como de costumbre cayó al instante en los brazos de Morfeo, y después fue a Pedro.
-Mamá, ¿estamos arruinados? – Preguntó en niño ante la desconcertada mirada de su madre.
-Por supuesto que no, ¿de dónde has sacado esas ideas?
-De mis amigos, todos dicen que sus padres están arruinados, y que los míos se arruinarán dentro de poco.
-Eso son tonterías, tu padre trabaja mucho y muy duro, no vamos a arruinarnos, así que no te preocupes y duérmete – dicho esto lo arropó, lo besó y se fue.
La idea de caer en la ruina le rondaba la cabeza y no podía pegar ojo. Todavía no había tocado el reloj de pared la medianoche, cuando unos golpes inusualmente fuertes resignaron los quicios de la puerta principal de la casa, en la planta baja.
-No lo sé mi amor, no sé quién diablos puede ser – oyó decir a su padre mientras lo vio a contraluz cruzar el pasillo y pasar frente a la puerta de su habitación, se dirigía a la escalera.
Levaba algo en la mano, algo largo, debía ser su bate de “baseball”, una medida de precaución inteligente para los tiempos que corrían, pero eso significaba que algo no iba bien. Tras él vio pasar la silueta de su madre, que se quedó expectante en el altillo de la escalera, desde donde podía controlar lo que ocurría en ambas plantas. De nuevo los golpes retumbaron.
-¿Quién llama a estas horas? – Preguntó Juan con un tono de voz evidentemente nervioso. Pregunta que fue respondida por una voz masculina y destacablemente ruda.
-Cuerpo de Policía de Los Salvados, estamos investigando un asesinato que ha ocurrido esta noche, solo queremos hacerle un par de preguntas.
-¿Un asesinat…? – Pero no llegó a terminar la frase que pronunció mientras desbloqueaba los pasadores del portal. Un golpe, que ridiculizó los anteriormente escuchados se sintió, seguido de un grito de dolor y otro agudo de pánico que profirió su madre.
Efectivamente algo no iba bien. Todo ocurrió en unos instantes. Como si las sábanas se hubiesen transformado en ascuas, Pedro brincó de la cama y comenzó a abofetear la impasiblemente plácida expresión de su hermano. Éste abrió los ojos estupefacto. Al instante su madre apareció por el umbral con la cara desencajada, tratando de mantener el máximo silencio posible. Se acercó a la ventana, la abrió e hizo señas a sus hijos para que saliesen por ella. Mientras de abajo provenían unas voces
-¡Por favor! Llevaros las llaves del local, y coger todo el whisky – suplicaba Juan aterrorizado.
-No es el whisky lo que nos interesa, maldito jalapeño, es una cuestión de respeto, las cosas están cambiando en esta ciudad, y estas haciendo negocios con la persona equivocada – dijo la voz ruda.
-Yo no hago negocios, solo soy un hombre desesperado al que le han ofrecido una oportunidad para salir del paso, si ustedes ahora controlan el negocio, trabajaré para ustedes.
-Vaya así que además también eres una sabandija traidora – unas carcajadas de al menos dos hombres tronaron por el hueco de la escalera – el problema chico, es que estamos renovando el personal, digamos que le estamos dando la vuelta al negocio y empezando de cero, y como comprenderás no podemos dejar ningún cabo suelto
-Está bien – se distinguió un hilo de voz, aterrado impregnado por sollozos de desesperación – pero por favor, no le hagáis daño a mi familia…
-¿Es que no entiendes lo que digo? – esta vez la voz no era tan ruda, sino que más bien se distinguió un deje de sádico placer – he dicho ningún cabo suelto.
Tras estas palabras, unos pasos rápidos y pesados se apelotonaron por las escaleras y el pasillo. Una figura robusta apareció, cuando los niños ya estaban descolgándose del tejado, cogiéndose de la mano para sostenerse en caso de que alguno diese un traspié. La última vez que Pedro vio a su madre, esta trataba de salir por la ventana para seguirlos, cuando una mano enorme engarzada por dedos fuertes y gruesos la agarraron de la boca, y en un ademán dejó su preciosa garganta expuesta. Ocasión que aprovechó la otra mano para, haciendo uso de un filo mortal sesgar su vida y arrojarla al suelo. Al instante, apareció por el marco el rostro del verdugo, un hombre grande, fuerte y gordo. Que con una expresión de diabólica felicidad sostuvo la mirada de Pedro, que lo miraba con una mezcla de incomprensión, pánico y odio durante unos segundos que parecieron siglos. Después se precipitó al vacío para ir a caer al porche. Pero el pequeño Héctor todavía estaba agarrado a las tejas, paralizado por el miedo.
-¡Los niños, que no escapen! – gritó el gordo
-¡Salta Héctor, salta! – suplicó Pedro desde unos pocos metros más abajo.
No era una caída demasiado pronunciada, pero sí lo suficiente para que un niño de siete años, tuviese que armarse de valor para aventurarse. Y en esos instantes el pequeño Héctor era presa del terror más absoluto. De pronto la entrada se abrió. Otro hombre apareció mientras en el interior, en un vistazo fugaz se distinguió cómo un tercer hombre golpeaba sin piedad a su padre que yacía en el suelo inmóvil. Ya no pensó más, se volvió sobre sí mismo y corrió sin mirar atrás.
-¿Va todo bien? – Preguntó la chica, ya se había despertado y miraba a Pedro con extrañeza al ver sus ojos perdidos y vidriosos.
-Sí, todo bien, ahí tienes lo tuyo, cógelo y lárgate.


VIMON
Muy buen relato, saludos y mi voto.