Injerto

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Siempre que lo veía entrar por las mañanas, de cuerpo ahusado y cara mullida, profanamente dulce e impertinente, volvía yo a experimentar la sensación de sorpresa y vergüenza ajena que había tenido la primera vez que lo conocí, como si todo él fuera una cosa inaudita a la que nunca me acostumbraría. Prestado a este mundo en una versión alterna del ser humano, versión hasta entonces desconocida para mí y que más bien me parecía un boceto humanoide que nunca llegó a fraguarse del todo, Ricardo fue mi compañero de trabajo por exactamente tres años, al cabo de los cuales desapareció. Digo esto literalmente: un buen día no llegó al bufete y me quedé sin acompañante en el coffee break que habíamos compartido religiosamente hasta ese momento.

Ricardo portaba dedos regordetes pero sorprendentemente largos, que terminaban en un piquito fusiforme de uña limpia, y que se movían, fastidiosos, por encima de las libretas de taquigrafía que usaba todos los días y que guardaba celosamente en la primera gaveta de su escritorio, seguro de que las otras secretarias ansiaban
robárselas.

Inexplicablemente, estaba casado y su mujer lo adoraba. Ricardo no era feo, pero tenía un aire infantil desconcertante, que se paseaba entre lo femenino y lo masculino de un momento a otro. A veces parecía que lo habían hecho poco a poco, o sea, que las distintas partes de su cuerpo no tenían la misma fecha de
producción, y que venían de padres diferentes, o que se habían desarrollado sin ton ni son. Dependiendo del día, o de la hora, sus manierismos podían atraer o incomodar a los demás: a veces pizcaba la servilleta de un modo cursi, y me ofrecía a probar el pastelillo que en ella guardaba, y todo esto era tan desagradable que yo no sabía por dónde meterme para esconder mi aversión. Porque cuando a mí me da asco no sé esconderlo: en mi cara se nota todo lo que siento.

Otras veces Ricardo era un imán. Llegaba temprano y de punta en blanco, viril y seguro de sí mismo, oliendo a Paco Rabanne y listo para enfrentarse a los retos del día, y por alguna razón sabía todo lo que estaba ocurriendo en el mundo, y nos convidaba a reunirse con él a la hora del coffee break para escucharlo exponer sus
opiniones sopesadas y eruditas sobre el Ayatollah Khomeini. Yo me lo creía todo. Esas veces Ricardo era mi periódico, mi enciclopedia, mi árbitro y juez. No podía uno evitar escucharlo, embelesado, y admirarse de la lógica contundente de su comentario político e histórico. Y yo no entendía por qué se había metido a trabajar como secretario del montón cuando podía haber sido catedrático.

Llegué a hablar con su mujer un par de veces, en las fiestas de Navidad de la oficina. Era una mujer encantadora. Por más que le busqué un defecto o peculiaridad que la hubiera provocado casarse con Ricardo (quizás era víctima de una manía psicológica, o le debía una deuda terrible, pagable sólo por matrimonio, o quizás era ella la monstruosa, la desencajada, la inaudita), no lo pude encontrar. Brenda parecía normal, y eso sólo añadía al misterio de Ricardo y a mi leve, pero palpable y creciente, obsesión.

Si se le preguntaba algo a Ricardo, nunca se sabía cómo reaccionaría, ni si su respuesta era verdadera, o siquiera relevante. A veces nos arrojaba una mirada de sombras que me parecía extranjera, andina quizás, una mirada que contaba siglos de opresión, que admitía saber mucho más de lo que decía y que se negaba a decirlo por despecho, por la amargura de ser colonizado, por ser ésa su única venganza contra el opresor, por confundir, por joder. Entonces cantaba incongruencias. Decía que las mimeografías estaban cansadas, o que la carta necesitaba una firma porque sabía a limón, o que la libreta de taquigrafía estaba echando humo. Como si le acabara de dar un derrame. Pero esto pasaba a cada rato, así que estábamos acostumbrados. Ahí era que los demás empezaban a alejarse, poco a poco para no ofenderlo ni provocarlo. Como Ricardo salía de esos arranques alucinantes después de un par de horas y siempre terminaba su trabajo a tiempo,
estas declaraciones absurdas nunca le costaron el empleo.

Otras veces Ricardo aparecía alegre, fiestón. Llegaba, rebotando por los pasillos como uno de esos muñecos siempre parados, con su sonrisa abierta y otra vez un poquitín profana, echándole flores a la recepcionista,
que siempre se secaba el pelo con blower para parecerse a Farrah Fawcett. Ricardo era el único que lo notaba. Digo, lo notábamos todas las demás, pero la recepcionista era bastante antipática y no nos daba la gana de decirle que el pelo le quedaba de lo más bien, porque para qué darle el gusto.

Una vez acompañé a su hija de cuatro años a su clase de ballet en Miramar. Ni Ricardo ni Brenda habían podido llevarla esa tarde y yo me ofrecí, ya que me había cogido el día libre para buscar mi certificado de Barbizon. De camino la nena no dijo palabra alguna, pero cuando pasamos por el Aeropuerto de Isla
Grande comentó, muy tranquila y algo robótica: “Papi es una avioneta todos los jueves. Se come unas ciento en boca con queso y tira los motores hasta que Mami le da sus cuartillas.” “Ajá”, le contesté, porque no sabía responder de otro modo a un disparate, pero con eltiempo me fui dando cuenta de que sus palabras reflejaban certeramente el descuadre de su padre, y de tanto repetírmelas, de tanto balbucearlas en los momentos más incongruentes de mi vida, me las he memorizado. Han pasado más de treinta años y yo nunca me
he olvidado de lo que dijo la nena de Ricardo esa tarde.

Los que lean esto me dirán que no es más que un ejercicio pedante, basura de estudiante universitario en taller de escritura creativa, ensayo para personaje de ficción primeriza, pastiche de muchas personas que recuerdo y que he decidido combinar en el mismo cuadro de un pobre loco. Un homenaje a la contradicción,
o quizás un triste atentado de personalidad múltiple. Pues sí, es verdad que terminé yendo a la universidad: mis tres años de secretariado me confirmaron que lo único que me gustaba dela oficina era la maquinilla, y no para tomar dictado. Hice mi bachillerato en literatura comparada, seguí acumulando títulos en el mismo campo, enseñé en una universidad norteamericana por veinte años; cuando volví a sentir asco, me fui. Limpié morgues y serví sándwiches en la cafetería del Capitolio. Ahora tengo tiempo, más del que nunca he tenido, para el onanismo de recordar y escribir. Pero Ricardo no es un personaje inventado, y no estaba loco (pues la locura es un patrón) ni tampoco era meramente contradictorio. Me ha tomado conocer a mucha gente en mi vida
para determinar que Ricardo era Caos, y que se había insertado en mi vida para mostrarme que los patrones, las predicciones y las probabilidades no existen.

De la misma manera que parecía atraer y repeler a los demás sin seguir un patrón, Ricardo me producía un miedo tenue, un sentido de—y lo digo otra vez—incongruencia, que me atraía a él y me avergonzaba a la vez, como si el mero hecho de compartir un espacio con él me desnudara, revelara todos los secretos que la gente se pasa la vida tratando de enterrar. Podían transcurrir meses en los que Ricardo se comportaba predeciblemente, tanto que yo empezaba a dudar de mis impresiones y a creer que el caos de su personalidad me lo había imaginado. Pero entonces su quijada suave y esponjosa tomaba fuerza, se tornaba angular, y esa piel imberbe parecía endurecerse con un vello impasible, y Ricardo era, todo él, una claridad cegadora, una lógica irrefutable. Y, de nuevo, esa dureza desaparecía, veloz, como el vuelo de sus dedos taquigráficos, y Ricardo se volvía ñoño. A ratos falso, cariñoso, sagaz. Vengativo, paternal e iluminado. Miserable. De él aprendí que los fascistas pueden ser buena gente. Un día noté una gotita de sangre que se le salía por el oído. Ricardo se la secó con su pañuelo y me sonrió. Al otro día no vino al trabajo, y nadie –nadie, y mucho menos yo— preguntó por él. Ni la semana entrante, ni a los dos meses. Era como si nunca hubiese existido. Creí ver expresiones de alivio en las caras de todos mis compañeros de trabajo, pero no estoy segura: es posible que me lo haya imaginado.

 

 

 

 

 

 

Comments

  1. volivar

    27 marzo, 2013

    Anarua: qué bien describes a Ricardo… y yo me pregunto: ¿con cuántos Ricardos nos encontraremos en un día, vaya, en una hora? Esos seres que pueden o alegrarnos o fastidiarnos a su gusto.
    Mi voto
    Volivar

    • anarua

      27 marzo, 2013

      Gracias, volivar, por tu lectura generosa… Hace tiempo que no me daba la vuelta por aca y me alegra ver que sigues regalandonos tus relatos y las descripciones de la gente de tu tierra.

  2. WalterBarba

    28 marzo, 2013

    Ricardo, como mi padre. Muy buen relato te dejo mi voto. Espero tu critica

    • anarua

      28 marzo, 2013

      Gracias por tu comentario y lectura….suena interesante tu padre….Voy a leerte tambien!

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