Sé que esto que os voy a relatar no es fácil de creer. Pero os juro que todo lo que aquí detallo aconteció de verdad. Me da lo mismo lo que queráis pensar porque yo sé que estoy cuerdo…
Somos un grupo de amigos provenientes de diferentes partes del país unidos por una misma afición: la informática. Desde que nos conocimos por internet, hace ya la ventolera de nueve años, nos venimos reuniendo para pasar unos días juntos.
Cada año elegimos un lugar diferente de la geografía nacional; alguien se encarga de alquilar una casa para la fecha señalada y la víspera, o en el mismo día dependiendo de las distancias, partimos desde nuestros respectivos orígenes hacia el lugar de encuentro. La norma es alejarnos de los ordenadores durante esos días y olvidarnos de todo lo relacionado con la informática. Incluso los Smartphones, iPones, tablets y demás artilugios, son clausurados en un cajón bajo llave al llegar, restringiendo su uso a determinadas horas del día.
Esto, que un principio creíamos que sería difícil de conseguir, no lo fue tanto debido, quizás, a nuestras peculiares idiosincrasias, pero sobre todo porque, salvo Mariel, ninguno trabaja en el mundillo que nos apasiona, por lo que siempre encontramos temas suficientes sobre los que hablar. Nuestras edades van desde los veintiséis que tengo yo, hasta los treinta y ocho que tiene Javier, al que llamamos el Yayo, licenciado en económicas, casado y padre de dos críos. Además de Mariel, hay en el grupo dos chicas más: Electra y África, de profesiones enfermera y fotógrafa respectivamente. África conoció a Sam, abogado, en la primera quedada que realizamos y al pocos de ella nos comunicaron que se habían ido a vivir juntos; ahora están esperando a su primer vástago. El resto, hasta ocho, somos tíos con gustos y profesiones de lo más variopinto.
Encontrar casa que nos acoja a los once no es tarea fácil, sobre todo en Semana Santa, y lo sé porque esta vez me tocó a mí buscarla. Aunque quizás me costó hacerlo por el lugar elegido, ya que esté año decidimos conocer El Valle de Aran. Al final encontré una ganga con cinco dormitorios situada a unos doce kilómetros de un pueblo y a veinte de la conocida estación de esquí de Baqueira-Beret, lo que nos importa un rábano ya que ninguno de nosotros sabe esquiar.
La ganga venía con truco, pues además de los doce kilómetros que había para llegar hasta ella, que se convirtieron en casi tres cuartos de hora conduciendo por una carretera sinuosa e inhóspita, la casa resultó ser un poco siniestra y más por su situación en medio de ninguna parte. Eso sí, las vistas que desde ella se divisaban eran espectaculares.
Como siempre hacemos al llegar, nos repartimos los dormitorios. A África y a Sam siempre le dejamos la mejor habitación por eso de que son pareja. También dejamos que Mariel y Electra, (en realidad su verdadero nombre es Ángeles), elijan cuarto y lo compartan por eso de ser chicas y tendrán sus cosas de mujeres sobre las que hablar. El resto nos jugamos las camas, pero a mí este año me mandaron directamente a dormir al sofá por mi mala elección del alojamiento. No me importó. La casa tenía un desván lleno de trastos que me llamó la atención nada más descubrirlo, y a él me trasladé con mis bártulos.
Mientras unos regresaban al pueblo en busca de provisiones, otros decidimos encender la chimenea para que se fuera caldeando la casa. Tras hacerlo nos dimos una vuelta por los alrededores descubriendo que estábamos rodeados de nieve, árboles, barrancos y más nieve.
Después de comer, algunos decidimos aprovechar la abundancia de la lluvia en polvo para deslizarnos por la montaña sentados sobre unos plásticos, mientras que los más sensatos se quedaron sentados al calor del fuego, charlando o echándose una siestecita. Y así más o menos pasamos el primer día.
Pero en realidad la historia que os quería contar comienza realmente aquí. Veréis: Serian sobre las tres de la madrugada cuando por fin ese primer día nos retiramos a dormir. Yo me fui a la buhardilla y como no tenía aun sueño me puse a curiosear por ella. Un ropero de la época de mis bisabuelos me llamó la atención. Aunque estaba cerrado con llave no me costó mucho abrirlo y averiguar que contenía. Salvo algunas prendas femeninas, novelas apestosamente románticas atacadas por el polvo y la humedad, y unos manuscritos que contaban la historia de una mujer que se había cargado al pastor por haberle sido infiel con una de sus cabras, poco más había que ver. Así que me preparé la cama con un viejo colcho que encontré y unas mantas que previamente había subido hasta allí. Cuando estuvo lista, apagué la luz y me dispuse a dormir.
La oscuridad y el silencio eran absolutos, y por si esto fuera poco, hacía un frío de mil demonios que me hizo arrebujarme entre las mantas mientras me cagaba en todos los apóstoles pensando que mejor hubiera sido haberme quedado en el sofá al lado del fuego. No llevaba ni diez minutos con los ojos cerrados cuando, de repente, sentí que la puerta del desván se abría.
─ ¿Quién es? ¡Quién coño anda ahí!
El silencio fue la respuesta.
Pensé que probablemente la puerta no cerraba bien y que se podría haber abierto por una corriente de aire. Pero el crujir de la madera del suelo me indicó que no estaba solo.
De un salto salí de la cama y me apresuré a encender la luz. Nadie. Allí no había nadie y la puerta estaba perfectamente cerrada. Pensé que quizás esa noche me había sobrepasado con la bebida y todo era producto de mi imaginación. Pero abría jurado por los clavos de Cristo que oí unos pasos acercándose al camastro en el que me encontraba.
Apagué la luz y de nuevo me metí entre las mantas. Al cabo de un rato la situación volvió a repetirse. Las bromas entre nosotros estaban a la orden del día, así que creí que mis compañeros me estaban gastando una. Me dio igual. Acababa de recorrer más de mil kilómetros y estaba demasiado cansado para seguirles el juego. Me costó conciliar el sueño. Confieso que sentir una presencia a mi lado me metió algo de miedo. Pero el agotamiento del viaje y el bourbon, sobre todo los vasos de bourbon que me había metido en el cuerpo, obraron milagros al hacerme caer en un profundo y reparador sueño.
Al día siguiente, al bajar a desayunar cerca del mediodía, pregunté cabreado quién o quiénes habían sido los artífices de la broma que me restó una hora de sueño, pero por sus miradas perplejas deduje que no sabían de lo que hablaba. Eso, o que se estaban haciendo el sueco, por lo que preferí dejarlo pasar.
Así quedó la cosa, salvo que la escena se volvió a repetir esa noche y lo mismo ocurrió en las tres siguientes. Pero entre el turismo que hacíamos para conocer los alrededores, las opíparas comidas que nos metíamos y las veladas que se alargaban hasta casi el amanecer, hacían que cayese en los brazos de Morfeo nada más ponerme en horizontal.
La situación me llegó a hacer gracia. Esperaba que al despedirnos alguno confesara ser el artífice de la broma. Al sacar de nuevo el tema, todos volvieron a mirarme con cara de perplejidad, así que lo volví a dejar pasar. Sin duda, una vez en casa surgirían las bromas por el Facebook. Seguro que se reirían de mí y de lo mal que creyeron que me lo estaban haciendo pasar.
En fin, que como fui yo el que contrató la casa, me tocó a mí también entregar la llave al propietario cuando finalizó la quedada. Ni me extrañó que el paisano me hiciera preguntas raras sobre si habíamos tenido visitas inoportunas. ¿Quién coño se creía que nos vendría a visitar en aquel remoto lugar perdido de la mano de Dios?
Ya salía por la puerta de su casa cuando oí a su mujer hacerle un comentario que me heló la sangre.
─ Ves. Te lo dije. Te dije que el fantasma de la pastora terminaría yéndose de la casa por puro aburrimiento…
Lo dejé pasar. ¿Qué otra cosa podría hacer? ¿Contarles a mis amigos que al final había resuelto el misterio de aquella supuesta tonta broma que creí que me habían querido gastar? ¿Para qué? Si contara lo que les contara yo siempre había tenido fama de loco pachorro y ninguno me iba a creer.
Y paso de vosotros también y si me queréis creer o no. Pero si decidís pasar unos días en el Valle de Aran, que no se os ocurra alojaros en la casa de un tal Eugene Moya, a menos que no os importe que el fantasma de una pastora asesina se pase toda la noche haciéndoos compañía.

DavidRubio
¡Qué gran relato!, Mariav, Un final ingenioso pero sobretodo magistral dominio narrativo. Pero eso no es ninguna novedad. Un abrazo y mi voto
volivar
Mariav: amiga, que el desgraciado fantasma sí que se las hizo buenas al pobre individuo. N’hombre, yo, después del primer susto, hubiera tomado mis bártulos y me hubiera largado mucho a la madre.
Saludos, amiga escritora de las buenas.
Pero analizando un poco tu narración: he encontrado lo que debe de llevar un cuento: desde la primera frase agarrar del pescuezo al lector, y no soltarlo hasta madrearlo de a gacho.
Mi voto, por supuesto
Volivar
María del Mar
Querida amiga, Mariav. Me ha entusiasmado tu relato; me fascinan los de suspense. Has logrado mantenerme pegada a la pantalla hasta el final.
Enhorabuena. Un beso y mi voto.
VIMON
Muy buen relato, mariav, saludos y mi voto.
Lidyfeliz
Muy buen relato, MariaV, me gustó muchísimo y me mantuvo en suspenso. Mi voto