La casa grande

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    Sentados veíamos pasar la vida por nuestros ojos, cansados de caminar por la tierra de los muertos.
    Jacinto me cuidó desde que yo era pequeña; me arrullaba en su pecho cantándome canciones de niños para que me durmiera sin miedo.
    Mis padres murieron cuando yo tenía dos años.

    Es que vino la revolución, y nos robó las ilusiones de una gran familia.
    Muertos por todos lados; nada de amor y de tranquilidad se respiraba en estas tierras áridas de Zacatecas.
    Jacinto era el encargado fiel de la hacienda donde vivían mis padres; cuidaba del ganado, de los caballos y de todo aquello que era importante para mantener en orden el trabajo de un lugar como ése.
    Según me contó mi querido Jacinto, mi madre era muy bella, adornada con vestidos de seda, con grandes sombreros y con finas joyas que mi padre, sin ningún reparo, le obsequiaba sólo para ver el encanto de la sonrisa que le nacía cada vez que ella recibía lo que esperaba de su amado esposo.
    El buen mozo, Don Enrique de Mayorga, la había conquistado en un baile de gala, al que los hijos de muchos hacendados asistían en busca de pareja, de mujeres finas y bellas; ellas aparecían como animalitos que salieran de sus escondites después de una tormenta, para ver qué cazaban, antes de llegar a los veinte años y quedarse solteronas y amargadas.
    -Los bailes eran impecables; todos los hombres distinguidos llegaban en sus bellos automóviles importados. Ya no había carruajes tirados por grandes animales, mi niña, eso ya era cosa del pasado- decía Jacinto, con aire melancólico.
    Los buenos modales se hacían notar en aquellas reuniones al estilo francés; los mejores vestidos se despegaban con mucha gracia del cuerpo de aquellas mujeres; los guantes, el satín, el terciopelo, las joyas, todo aquello que distinguía a la élite, esa élite que siempre quería imitar las modas europeas.
    Ahí, en ese lugar, conoció a mi madre, Margarita de la Barrera, de la que yo trato de imaginar su hermoso rostro, sus bellas manos y su dulce voz, llamándome.
    -¡Marcela, la cena está lista, querida!
    Pero esto que les cuento sólo es el eco de mis sentimientos, una vieja pared de barro que se desmorona con el tiempo.
    La revolución se incrementó; los campesinos, como era de esperarse, luchaban por sus derechos, y muchas veces saqueaban las grandes haciendas, dejando muertos y podredumbre por doquier.
    Mis padres fueron víctimas del caos, de la pobreza, de la locura que se desarmó en silencio.
    La madrugada del 19 de noviembre de 1910, yo volvía a la hacienda –siguió contándome Jacinto- impulsado por las voces que corrían diciendo que matarían a todos los hacendados para dar las tierras a los campesinos que las trabajaban; ésas eran las demandas de los revolucionarios, y nadie los podía detener.
    -Cuando me bajé de mi mula, prosiguió Jacinto, corrí a la puerta de la casa grande, gritando:
    -¡Don Enrique… Don Enrique!
    -Corre, Jacinto, estamos en la cocina- respondió mi padre.
    -¿Pero, qué es lo que pasa?
    - Jacinto, ayúdame; han herido a Margarita; los campesinos están saqueando la casa; la niña está en su recámara y yo no puedo dejar sola a mi mujer; está malherida.
    -No se preocupe, Don Enrique; yo ahorita mismo voy por la niña y la saco de aquí; aguante, patroncito, que yo vuelvo por ustedes.
    Jacinto vivía cerca de la casa grande con mi nana Estela, una mujer muy linda, con grandes ojos negros y con trenzas llenas de listones de muchos colores.
    A mí, cuando pienso en ella, me llega un olor a tortillas recién hechas; pienso en esa otra madre que siempre cuidó de mí y que un día, una enfermedad de esas nuevas, atacó sin previo aviso su pequeño cuerpo; ella luchó siempre, pero la muerte se la llevó a la tierra donde se comen los gusanos a los muertos.
    -Aguanta, Margarita, no te duermas- dijo Don Enrique, abrazándola –me siguió contando Jacinto-.
    -Enrique, ¿dónde está la niña? ¡Ve por ella, por favor!
    -Jacinto ha ido a buscarla, querida, tranquila, todo estará bien.
    Don Enrique escuchó los pasos de un hombre, pensando que era Jacinto y lo llamó.
    -Apúrate, Jacinto; aquí estamos.
    De la obscuridad salió un hombre de aquellos que andaban en la revuelta, con sus calzones de manta sucia de tizne y de sangre.
    -Muévanse, pues- les gritó, con voz llena de odio y de miedo, a la vez.
    -Señor, no nos haga daño, por favor; puede llevarse todo lo que quiera de esta hacienda; mi esposa y yo no nos opondremos; solo déjenos salir de aquí, por vida de Dios.
    -Mire, pinche hacendadito, sus ruegos me vienen guangos; en este momento usted y su esposa se me van al infierno, na’más faltaba que yo les perdonara la vida.
    Jacinto salió de la habitación de la niña y se fue a su casa; el alma se le escapaba de tanto correr; no quiso usar la mula para no llamar la atención de aquellos hombres que se llevaban todo, hasta la vida de los hacendados.
    -¡Estela, abre la puerta! -gritó al llegar a su casita.
    -¿Qué pasa, hombre? ¿Por qué tanto escándalo?
    -Han llegado los campesinos a reclamar sus tierras; están saqueando la hacienda; a doña Margarita la han herido, y me pidieron que sacara a la niña de la casa grande; cuídala, mujer.
    -Tranquilo, Jacinto, explícame bien…
    -No hay tiempo para eso, mujer; apaga las velas y no le abras a nadie la puerta.
    Jacinto regresó a la casa grande como alma que lleva el diablo; a lo lejos pudo ver cómo le prendían fuego; no sabía si volver o dejar que todo se quemara.
    Pero su conciencia no lo dejaba tranquilo, así que se arriesgó y fue a ver qué encontraba, o saber si, de puro milagro, don Enrique y su amada esposa seguían con vida.
    Justo frente a la casa grande había un árbol viejo, un huizache que sobresalía a la luz del fuego.
    En la obscuridad, pero con el reflejo de las llamas de la casa ardiendo, Jacinto distinguió las siluetas de seres humanos colgando de una rama del árbol.
    Caminó despacio para mirar bien quiénes eran los ahorcados. Y ¡cuál sería su sorpresa al ver que eran sus patroncitos, que, bañados en sangre parecían dos manzanas rojas, cada uno atravesado por balas de escopeta!
    Antes de todo esto, Marcela no contaba con algún otro familiar; sus abuelos habían muerto antes de que ella naciera; su madre era hija única, y don Enrique sólo tuvo un hermano bastardo, al que nunca conoció.
    Jacinto no tuvo más remedio que huir de aquellos lugares, temeroso de que los revolucionarios llegaran de nuevo y le quitaran lo poco que habían dejado; así que decidió partir rumbo a Durango, a un pueblito pequeño llamado Rodeo, donde le sobrevivían algunos familiares.
    Marcela se crio con el amor de Jacinto y con el de su esposa amada, pero cuando la querida Estela murió, en Marcela, que ya era toda una señorita, se desató un enojo incontrolable; ya no tenía la luz que brillaba en sus ojos; algo de ella había muerto también con Estela.
    -Papito Jacinto.
    -Dime, mi niña- contestó el hombre.
    -¿Dónde están enterrados mis papasitos?
    Intrigado por aquella pregunta, que después de tantos años le llegaba de golpe al corazón, el hombre respondió:
    -¿Por qué preguntas eso, Marcelita?
    -Tengo ganas de ir a visitarlos, a dejarles flores, como lo hacen todos con sus muertos.
    -Pero, ¡hace tanto que no vamos para allá, querida! Ni siquiera sabemos si existen aún esas tumbas.
    -Pues yo quiero ir…
    -¿Cuál es la prisa, hijita?
    -Ya te dije, quiero ir a verlas; sueño mucho con mis padres.
    -Está bien, ya lo hablaremos con calma.
    -No hay nada qué hablar, papacito, ya todo está decidido; me voy mañana antes de que el gallo cante.
    -Pero… ¡No puedes irte así nada más…!
    -Pues me voy…. y te pido que no me lo impidas.
    Aquella mañana, temprano, salió Marcela; no hubo poder humano que la detuviera.
    Llegó al pueblo más cercano a la hacienda que había sido de sus padres; se bajó del autobús; se dio un estirón; se sintió radiante; algo se estaba apoderando de su alma, una especie de éxtasis y de furia le remarcaban la sonrisa en el rostro.
    Se acercó a unos carros viejos que hacían viajes a diferentes lugares.
    -Disculpe, señor, ¿podrá llevarme a la vieja hacienda de los Mayorga?
    -Se ha de referir usted a la hacienda de los Colgados, señorita.
    -Sí, señor, a esa misma.
    -Claro que sí, jovencita, la llevo; el que paga manda.
    Marcela le pidió al hombre que la esperara unos minutos en lo que iba ir a comprar un café y a tomárselo para desmodorrarse por completo, pues el viaje había sido muy largo y casi no había dormido, pensando en todo lo que haría cuando llegara el momento indicado.
    -Ahora sí, podemos irnos.
    -Jovencita, hemos llegado, ¿gusta usted que la espere?
    -No, señor; no tenga cuidado; voy a estar por aquí un largo tiempo.
    -Esta bien, pero cuídese mucho.
    -Muchas gracias-contestó Marcela.
    Tocó a la gran puerta de madera de la casa grande, que había sido restaurada por los nuevos inquilinos.
    -Toc, toc…
    Casi de inmediato le abrieron, asomándose una señora, no muy vieja ni muy joven, que le preguntó:
    -¿Qué se te ofrece, jovencita?
    -Disculpe la molestia, bella dama, pero he estado perdida por algunos días, pues vine a buscar las tumbas de unos familiares y no las he encontrado; estoy muy cansada y quisiera saber si usted puede regalarme un poco de agua fresca.
    -Pero claro que sí, querida, pasa.
    -Muchas gracias, señora; es usted muy amable.
    -No te preocupes, niña; un vaso de agua a nadie se le niega.
    Marcela entró de inmediato a la casa donde algún día sus padres habían vivido, y sintió un dolor profundo que se agudizó en su corazón; construyó recuerdos en pocos minutos, inventando una sala para su madre y para ella, donde juntas bordaban manteles para ocasiones especiales; imaginó todos los recuerdos que nunca tuvo en esa casa.
    -Pero ¡qué desatenta soy, querida! ¿Cómo te llamas?
    -Marcela Iturbide, para servirle.
    -Muchas gracias, corazón; qué gentil eres.
    -¿Y usted?
    -¡Ay, pero que torpe soy! Olvidé presentarme, querida; me llamo Dolores de Domínguez.
    Después haber platicado un largo rato, Doña Dolores ofreció a Marcelita su casa para pasar la noche en ella, pues sentía que la pobre jovencita podía sufrir algún percance al andar por ahí sola en medio de la nada.
    -Marcela, me atrevo a pedirte que te quedes a pasar esta noche en casa
    -Muchas gracias Doña Dominga, aceptaré la invitación porque estoy en verdad exsahusta de tanto caminar sin poder encontrar ni una sola tumba.
    -Te comprendo niña, por mientras te voy a preparar un poco de agua para que te des un buen baño.
    La señora le preparó la tina del baño a la joven adornando con flores frescas el taburete y prendiendo unas velas que iluminaban los bellos cielos rasos y después se fue a la cocina a organizar la cena.
    -¿Te gustó el baño, Marcelita?
    -Si, señora; me siento relajada.
    El sonido de la puerta, abriéndose, interrumpió la plática.
    -Buenas noches- dijo el esposo de Doña Dolores, al entrar a la cocina.
    -Buenas noches -contestó Marcela.
    Yo me llamo Aurelio, muñequita, y no tengas ningun temor, que aquí estarás segura; mañana, temprano, te ayudaremos a buscar las tumbas de tu familia, pues mi esposa me ha contado que a eso has venido.
    -Muchas gracias. Pero, ¿ustedes no tienen a alguien más que pueda llevarme? No quiero importunarlos.
    -No te preocupes, querida, lo haremos nosotros; hace mucho tiempo que vivimos solos y es un placer poder ayudarte.
    -Si me permiten un momento, iré a la sala por mi maleta, pues tengo un poco de frío y será mejor que me abrigue.
    Se dirigió a la sala donde tenía su maletín; lo abrió lentamente, cuidando de que no viniera ninguno de los dueños de la casa, y extrajo un máuser, hecho por la Fábrica Nacional de México 1930, que pudo conseguir en el mercado negro, antes de viajar a Zacatecas.
    Lo tomó con mucho cuidado, y lo puso en su mano derecha; caminó a la cocina donde la pareja conversaba después de haber tenido un largo día; entró con cuidado, apuntándoles de una manera tan fría y segura, que parecía que el alma de un bandido se había apoderado de ella.
    Doña Dolores la miró, sorprendida, y le preguntó:
    -Pero, ¿qué te hemos hecho para que ahora quieras robarnos?
    -¿Y qué le hace pensar que vengo a robarles?
    Don Aurelio trató de correr a la sala, y sin pensarlo mucho, Marcela le soltó un balazo, justo en el pecho, mientras Doña Dolores gritaba, horrorizada, al ver que esa hermosa niña, que parecía tan ingenua, había sido capaz de matar a su esposo.
    -¡Deje de gritar, por el amor de Dios!
    -Pero, ¿qué te hemos hecho? ¡Sólo queríamos ayudarte!
    -¡Y yo, lo único que quiero es que usted también se muera!
    Marcela volvió a disparar, matando a la mujer.
    El viejo árbol que se encontraba frente a la casa, el huizache del que le había contado su Jacinto, aún seguía ahí.
    Como pudo, Marcela arrastró los cuerpos. Les amarró una soga en los pies y con la ayuda de un caballo que había en el corral, los jaló, hasta subirlos y dejarlos colgando de una gruesa rama del viejo huizache.
    En un trozo de madera talló finamente un letrero para que lo vieran todos lo que por ahí pasaran: “ÉSTA ES LA HACIENDA DE LOS COLGADOS”
    Exhausta, lanzó un gran suspiro, y en voz muy tenue dijo, con la vista al cielo:
    -Ahora sí, los colgados serán éstos; ustedes, papacitos míos, ya pueden descansar en paz.
    Fin.

    Comentarios

    1. RafaSastre

      9 marzo, 2013

      Mariana, ¡pero qué buen relato! Es de verdad sensacional. Me has dejado impresionado… Pensé que lo tuyo era la poesía y te has sacado de la manga esta maravilla. Muchas gracias por compartirla. Un beso y mi voto.

      • Mariana2510

        10 marzo, 2013

        Muchas gracias querido Rafa, y pues igual me gustan los cuentos, y con este estoy debutanto, muchas gracias por leerme, te mando un abrazo grande.

    2. volivar

      9 marzo, 2013

      Mariana: bellísima narración. ¡Cuántas herramientas literarias tienes para hacer tus obras de arte!
      Mi voto
      Volivar

      • Mariana2510

        10 marzo, 2013

        Gracias querido Volivar, te mando un abrazo, y sin tu ayuda no me sería posible, te mando un grande abrazo.

    3. elpotro

      9 marzo, 2013

      Hola Mariana!!!!!!!!!!!!! Que bueno regresar y leer esta excelente narración!!!!!!!!!!!!! Mi voto!!!!!!!!!

      • Mariana2510

        10 marzo, 2013

        Gracias Niko, muy amable, te mando un saludo grande y abrazo.

    4. SALAMANDRA

      9 marzo, 2013

      Estupendo Mariana por un momento me sentí parte del paisaje de Zacatecas un abrazo.

    5. LAURA.FERRAGUT

      9 marzo, 2013

      Enhorabuena, me ha reflexionar: al final todas las revoluciones tienen el mismo esquema. Precioso relato y mi voto

    6. LuchoBruce

      9 marzo, 2013

      Andale! Una verdadera hiistoria en tan pocas palabras…maravillosa Mariana, excelente, un beso y mi voto, Lucho.

    7. Lidyfeliz

      9 marzo, 2013

      Qué historia, Mariana. No sé cuanto tendrá de verdad y cuanto de ficción, pero me resultó muy inteesante. Muy bien escrita. Mi voto

      • Mariana2510

        10 marzo, 2013

        Gracias Lidya querida, y pues no tiene nada real jeje, bueno sólo los datos históricos que la acompañan, pero de ahí en fuera nada es real, te mando un beso.

      • Mariana2510

        10 marzo, 2013

        Gracias fafaca, eres muy amable te mando un beso y abrazo grandes.

    8. VIMON

      9 marzo, 2013

      Muy bien, Mariana, en la mas pura tradición rulfiana, se siente la fuerza y la furia de la Revolución Mexicana…Un abrazo y mi voto.,

      • Mariana2510

        10 marzo, 2013

        Muchas gracias querido Vimon, lo heredé un poco mas de Gabo Márquez y con un poco de amor hacia la novela de “No me olvides cuando mueras” de Hugo Chaparro, que igual esta enamorado del realismo mágico, te envío un grande abrazo.

    9. Gödel

      11 marzo, 2013

      Un «me gusta» honorario por ser el primer relato que te leo.

      Y aunque historias semejantes son comunes una y mil veces en México (basta leer «A la sombra del Ángel», de Kathryn S. Blair), sin duda tu texto es uno de calidad.

      Palabras bien cuidadas, expresiones sutiles; todo en orden.

      Te felicito. :D Saludos.

    10. jose

      11 marzo, 2013

      muy buen cuento. felicidades. Mi voto

    11. Barcelonette

      11 marzo, 2013

      Felicidades Mariana, buen cuento y VIVA MEXICO.
      Enhorabuena, mi voto.

      • Mariana2510

        12 marzo, 2013

        Gracias Barcelonette, te mando un abrazo y claro que si, VIVA MÉXICO!!..

    12. Rubén Vázquez Charolet

      11 marzo, 2013

      Una narracción muy buena con un excelente y sorpresivo final, muchas felicidades Mariana por tu progreso y evolución en las letras, te mando un abrazo

    13. Yanne

      11 marzo, 2013

      Hola: Mariana me gusto mucho tu relato .! Mi voto nuevamente saludos que estes muy bien. Atte: La hermosa Yanne :D !

    14. Luis.Osorio

      13 marzo, 2013

      Excelente historia Mariana, que gusto me da leer algo que te ha salido directo del corazón. Gracias por compartir.Un beso y un cálido abrazo.

    15. DavidRubio

      16 marzo, 2013

      Estupendo relato, si este es el primero ¡Madre mía!. Un voto lleno de admiración y un abrazo

    16. Mariana2510

      5 abril, 2013

      Perdon que hasta ahora conteste David te envio un grande saludo, y gracias por leerme.

    17. Eva.Franco

      11 mayo, 2013

      FELICITACIONES MARIANA, muy merecido el lugar que ocupa tu relato. En hora buena que entres en la publicación escrita. ¡Toda una escritora!
      Un inmenso abrazo amiga.

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