Las emociones se acumulaban a lo largo de la mañana, como la lluvia en los charcos.
Al igual que otras veces ocurría durante el recreo, un corrillo de niños se
formó en el patio de atrás sin que los profesores lo advirtiesen. Las voces
infantiles jaleaban al unísono animando a un mismo luchador, a Raúl, y
abucheando al que en ese momento era golpeado por él y al que le tocaba perder
irremisiblemente.
África levantaba la cabeza de vez en cuando para observar desde cierta distancia el
círculo hecho de cabecitas morenas, aburrida de jugar a las cocinitas con el
barro formado por la lluvia primaveral. En ese momento, en el que estaba a
punto de concentrarse en su repetitivo juego de recetas grumosas, la niña alta
irrumpió con rápido paso de tijera cortando en dos el patio de recreo. Tras su
estela, corrían sus secuaces como ponis de patas cortas, siempre pegados a sus
talones, siempre como enanos de circo saltando alrededor del payaso triste.
África siguió atenta su trayectoria de torpedo de guerra a través del Mar de
Japón en busca de su objetivo: el corrillo de niños. Atraída por la inminente
deflagración que parecía iba a provocar la niña alta, África saltó por encima
del barrizal y la siguió al trote junto a otros niños, que se movían como migas
de pan sobre el mantel.
El corrillo se abrió como las paredes de una ameba dispuesta a fagocitar a la niña
alta en sus entrañas, para cerrarse después. África tuvo que conformarse con
adherirse a esa pared exterior, encajando los empujones de los que llegaban en
último lugar y querían colarse para ver la escena desde más cerca. Tras los
vaivenes de acomodación de los últimos mirones, el círculo se quedó en una
calma inquieta, expectante a lo que ocurría en su interior.
En el centro, la niña alta miraba desafiante a Raúl, quien soltó a su víctima
inocente como un cervatillo y enseñaba los dientes apretados al nuevo enemigo,
los brazos en tensión pegados al cuerpo al final de los cuales los puños
crispados dejaban blanquecina la piel que cubría los afilados nudillos.
—Has pegado a Joaquín —gritó la niña alta, fijando los ojos en los ojos reconcentrados
de Raúl.
—Yo no he pegado a nadie —su tono agudo hizo que algunos niños se riesen nerviosos.
Parecía una niña asustada que rehuía la pelea. Pero África ya había oído antes
ese chillido del que más valía alejarse, causado por la furia que bullía en su
interior cuando se disponía a lanzarse a por otro inocente mártir.
—¡Joaquín! —tronó la niña alta, quebrando el viento con su voz. El corro guardó la
respiración. Como por arte de magia, un niño regordete con cara de primera
comunión resurgió por un lateral, a la vista de todos. Tenía en las mejillas marcas
rojas de las lágrimas y se tocaba un lado de la cabeza con gesto dolorido. La
niña alta ni le miró. Seguía con los ojos clavados en los ojos de Raúl, quien
giró la cabeza levemente y reconoció al niño.
—¡Él ha pisado mi circuito de chapas! —los gritos de Raúl se hacían más agudos.
—¡Fue sin querer! —sollozó Joaquín. El corro lo engulló hacia atrás dando por
terminado su papel de doliente.
—Nadie pega a mi pandilla.
Aquella frase que imitaba el estilo de una heroína de dibujos animados dio comienzo a
la pelea. El círculo, precavido, dio unos pasos atrás para dejar más espacio en
el improvisado ring.
César, más bajito que los niños que tenía delante, ocupaba uno de los lugares atrasados
en el corro. No podía ver la escena, y mantenía el equilibrio de puntillas con
la esperanza de captar algo. Sabía que su nuevo amigo Raúl podría fácilmente
con la niña que alguna vez le había pegado. Que les había pegado a todos.
La niña alta lanzó una patada hacia el vientre de Raúl, quien la recibió de
soslayo y sin dejarle tiempo a bajar la pierna saltó sobre ella golpeándola con
los puños y rodillas, gritando como un animal de granja desbocado, la vista
perdida en un punto lejano entre la cara de la niña y el pavimento bajo ella, enseñando
la perfecta hilera de dientes blancos enmarcada en una mueca sardónica.
Atrás, César vio la cabeza de África sobresaliendo del círculo. Dejó de mirar la
pelea, cuyo resultado ya sabía, y optó por mirar a la niña que le hacía
sentirse bien.
El corro comenzó a agitar puños, a gritar, a empujarse en serpentina para alcanzar
un sitio mejor desde el que ver la pelea en primera fila.
En el jaleo, César notó un fuerte estirón en el jersey que lo echó hacia atrás y
le hizo perder el frágil equilibrio de sus pies en puntillas. Giró la cabeza y
vio frente a sí a un niño que no conocía. Se llevó una sorpresa cuando comprobó
que no era don Pedro.
—¡Ese es mi jersey! ¿De dónde lo has sacado?
César permaneció atónito, sin comprender a qué se refería aquel niño con cara enfurecida.
Se le pasó por la mente que tal vez don Pedro lo enviase a pegarle.
—¡Responde! ¿De dónde has sacado ese jersey? —el niño lo sujetó de una manga y lo agitaba
de un lado a otro—. Ladrón, ¿de dónde lo has robado?
Raúl pegaba a la niña alta en las costillas, el estómago, el cuello, la cara, con los
puños cerrados. Ella, tumbada boca arriba y con Raúl encima, hacía fuerza con las
piernas tratando de librarse arreándolo en la espalda con sus piernas libres,
dándole rodillazos con toda su fuerza. Pero Raúl no perdía el equilibrio ni se
quejaba de los golpes recibidos. Como si no sintiese el dolor, seguía golpeando
donde su cerebro cegado sabía que más dolía por experiencia propia. Los puños
golpeaban la lana naranja, hundiéndose un poco en la carne, retomando impulso
para volver a caer una vez más, y otra, dejando la huella de unas líneas
paralelas de rosa oscuro en el vientre, marca de los nudillos golpeando sin
parar.
Fuera del círculo, la primera cachetada llegó con la mano abierta. Una patilla de las
gafas se salió de la oreja de César sin llegar a descolgarse del todo.
—¿Robas ropa, cerdo? Eres asqueroso y ladrón.
—¡Yo no he robado nada!
La segunda bofetada le volvió a poner la patilla en su lugar.
Dentro del círculo, la niña alta, al ver el hilo de baba cayendo de la boca de Raúl,
comenzó a gritar «¡Ayudadme!, ¡ayudadme!» con desesperación. Como una orden de
zombies, sus secuaces quisieron romper el cerco y ayudar a su jefa. Pero el
corro de niños les cerró el paso. Aquello era una pelea justa y no permitirían
que terminase tan pronto.
El niño zarandeaba a César de un lado a otro sin soltar el jersey como si se
tratase de un trofeo arrebatado. César llamó a Raúl, pero su amigo no lo
escuchó.
El corro gritó de júbilo al ver a la niña alta llorando en el suelo suplicándole a
Raúl que se detuviese. Todos saltaron con el puño en alto festejando la
victoria. Todos ellos habían sufrido alguna vez la ira de la niña alta, y con
aquella derrota ella había perdido en público su poder.
—¡Es de la parroquia! —acertó a decir César—. Lo trajo mi madre de la parroquia.
La tercera bofetada se detuvo a mitad de camino.
—¿De la iglesia? —preguntó el niño desconocido, con cara de recordar algún dato
interesante—. ¿De la ropa usada? —y dejó caer a César al suelo, quien comenzó a
sollozar de rodillas—. ¿Es que llevas ropa usada? —rió—. ¿No tienes dinero para
comprarte ropa, cerdo?
Raúl, por su parte, sólo oía sus puños golpeando sin moverse un ápice sobre la niña
alta, sin saber que la pelea había terminado. Siguió pegándola, babeándole
encima, mostrando los dientes apretados mientras ella lloraba dolorida sin
saber encajar más golpes en su cuerpo aprisionado. El corro de niños, juez
unicelular, dio por finalizada la pelea satisfecho de la derrota pública. Con
esfuerzo sobrehumano, quitaron a Raúl de encima de la niña alta, quien escapó
corriendo nada más verse liberada a llorar en un rincón. Sus secuaces se
escabulleron como cucarachas temerosos de correr la misma suerte.
El niño desconocido que había pegado a César lo dejó en paz y volvió al círculo
para celebrar la victoria. Aislado a un lado de la multitud César pudo
incorporarse con dificultad por el temblor que le paralizaba las piernas, y se
alejó cojeando, odiando el jersey que llevaba puesto, odiando a su madre por
aceptar ropa usada, odiándose a sí mismo por no saber defenderse, odiando a su nuevo
amigo Raúl por no haberle ayudado. Se quitó el jersey con furia y lo tiró en
mitad del patio. Prefería sentir el frío de aquella mañana primaveral antes que
volver a ser acusado de ladrón.
Raúl, aún sin comprender por qué habían dejado escapar a la niña alta, se sintió zarandeado
por el corro de niños, gesto que interpretó como un nuevo ataque, por lo que un
par de niños que lo sujetaban recibieron sendos puñetazos que los dejó con la
nariz espachurrada. Cuando su cabeza comprendió que lo elogiaban, relajó los
músculos y se dejó alabar por el patio entero que lo paseó como si de un
campeón de boxeo se tratara.
El timbre que anunciaba el fin del recreo deglutió a los niños, satisfechos de la
acción heroica que los había librado de las garras de la Tirana, quien,
entrando la última, se secaba las lágrimas de rabia, con mezcla de dolor. La
vorágine instalada en su cabeza buscó una solución para restablecer su mandato
de terror, pero la intensidad de la pelea no le dejaba pensar con claridad. Una
profesora la regañó por entrar la última al edificio mientras las puertas de
acceso al patio zanjaban ese día de victorias y humillaciones.

volivar
Paloma Benavente: un gusto haber leído tu narración, por su estilo bien logrado; nos has proporcionado una obra para estudiar cómo escribir con belleza. Telicidades.
Volivar
Paloma Benavente
Gracias, Volivar por tus palabras y por tu tiempo de lectura.
Un saludo
Sandra Legal
Saludos Paloma. Excelente escrito. Me encantó tu estilo narrativo.
Mis felicitaciones y mi voto
Nos seguimos leyendo
Sandra
Paloma Benavente
Gracias, Sandra, por tus palabras. Hacía tiempo que no entraba en Falsaria y se me había olvidado cómo se sentía una al recibir comentarios.
Un saludo
nanky
Paloma excelente relato, prolijo en extremo y si me permites, hay una frase que no logro encajar “Aquella frase que imitaba el estilo de una heroína de dibujos animados dio comienzo a
la pelea.” , no se aun por qué, pero me suena fuera de este relato. Mi comentario es puramente intuitivo. Te envío un gran saludo y voto desde Buenos Aires.
Paloma Benavente
Gracias, Nanky por leerme. Le echaré un vistazo a lo que me dices, a ver si se puede mejorar.
Un saludo
VIMON
Buen relato, Paloma, que se sostiene por si mismo aunque sea parte de algo mayor. Saludos y mi voto.
Paloma Benavente
Vimon, gracias, es verdad que esto forma parte de algo bastante más amplio, pero me alegra mucho saber que funciona por sí mismo.
Un saludo
oscardacunha
Aunque leído como parte de un todo, tiene vida propia y un estilo muy personal que atrapa al lector, me pasaré por el resto de tus relatos.
Un abrazo
Paloma Benavente
Muchas gracias, Oscar. Es un honor enorme recibir comentarios a un texto que podría estar pudriéndose en un cajón.
Un saludo
Luna de lobos
Personalmente me encanta esta historia, y me alegra mucho tener de nuevo por aquí un pedacito que la continúe construyendo.
El ambiente y los personajes están, a mi modo de ver, muy logrados, y con cada capítulo sus contornos se van definiendo más.
Espero encontrar de vez en cuando más partes de esta historia.
Un abrazo, Paloma!
Luna
bearui
Hola Paloma,
Me he encontrado con tu relato y me ha encantado. Besos
Nicolas Mattera
Excelente capitulo, Paloma como todo lo que subes!
Un beso!
Dana
Paloma
Me ha gustado muchisimo tu relato. Veo labor, pensamiento y desarrollo muy bien logrados. Creo que el oficio del escritor se honra cuando nuevas plumas hacen su aparición. Me gustaria hablar de literatura
Recibe un saludo de Lima Perú
Dana