Polillas zurdas (Prólogo)

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El voluntarioso convicto tuvo la oportunidad de abandonar su prolongado cautiverio, a través de un conducto algo extraño, aunque muy común en esa época y en ese lugar. La decisión de experimentar novedosas formas de actuación, con los reos más sociables, más reinsertables en la sociedad, puso de manifiesto la excelente predisposición de los prisioneros para colaborar con las progresistas autoridades.

 

Ambos extremos de la justicia ordinaria establecieron un acuerdo mediante el cual se podía terminar con los preceptos y las actitudes que habían imperado desde la antigüedad. Este acercamiento se produjo a pesar de la intervención de la patronal y los sindicatos.

 

El gremio de juristas, y el cuerpo policial, concedían la libertad condicional, y en casos aislados, la absoluta, por medio de un sistema entre literario, psicológico, estadístico e histórico. Aquel sujeto que se acogiese a esta enmienda tenía derecho a un colchón de segunda mano, una muda, y además, se le obsequiaría con un bote de medio litro de insecticida

 

Pero, como suele suceder, no todo eran ventajas. Si por alguna razón, los jueces, los agentes de policía, los servicios sociales, y el inocente ciudadano elegido al azar, no encontraban el relato lo suficientemente interesante, o apreciaban que carecía de la calidad necesaria para captar su atención, el reo era ajusticiado al instante, en presencia de su letal jurado.

 

Por ello, los aspirantes se diluían, mimetizaban, desaparecían cuando se llegaba a ese punto en la lectura de las condiciones del contrato. Cualquier miembro les podía conceder el pasaporte para la otra vida. A menudo se incluía al notario en el grupo de pacíficos ejecutores.

 

Uno de aquellos presidiarios a los que les daba lo mismo vivir que morir, que lo habían perdido todo, se convirtió en el pionero, el primero en participar en tan macabro concurso. Aunque se conoce su identidad, él prefiere mantenerse en el más absoluto de los anonimatos.

 

Cuando apareció en su celda el funcionario que le conduciría a la cámara en la que se encontraban las personas a las que había confiado su existencia, se hallaba recostado, observando a las múltiples cucarachas que recorrían el techo y paredes de su austero hogar. En su roído colchón habitaba una cordial y adorable familia de chinches. En las cuatro esquinas de la parte superior, había ubicado una abrupta señora su taller, su lugar en el universo.

 

La sosegada actitud mostrada por el reo, incomodó de un modo increíble al huraño representante de la autoridad. La tranquilidad que desprendía, contrastaba con el nerviosismo en el que se encontraba sumido el infeliz mensajero. Tenía una absoluta confianza en sí mismo, y sabía que aunque su mente estuviese vacía, sin contenido, tarde o temprano aparecería ese relato que tanto necesitaba. Amparado por esos pensamientos, acudió a la sala de los horrores literarios, con envidiable educación y un exquisito comportamiento.

 

Al atravesar la gruesa puerta de acero y hormigón, el tembloroso funcionario le indicó el lugar en el que debía situarse, a la espera de la irrupción del jurado y demás entes de la justicia, y huyó despavorido, sin ni siquiera cerrar la puerta. La soledad intentaba hacer mella en su voluntad, en su pasividad.

 

Media hora más tarde, entró el jurado. Cada uno de ellos ocupó el lugar que le correspondía, y se dispusieron a escuchar, a calificar el relato del convicto Pero el apático personaje se había instalado cómodamente en un continuo mutismo.

Más de una hora más tarde, el reo comenzó a hablar, y solamente lo hizo porque el consejo estaba dispuesto a emitir su veredicto sin más dilación. Le iban a sentenciar sin haber oído su voz. Pero ni siquiera eso le hubiera importado. Lo que no quería era dejar solos a sus apreciados insectos, les había prometido que les llevaría con él, si algún día salía de allí. Esa era una oportunidad idónea para cumplir su promesa.

 

De pronto, sacó su cartera. En su interior había ido guardando un montón de papeles inútiles, a los que nadie les hubiera encontrado ni valía ni sentido. Uno de ellos era la fotografía de un molino de viento. Instantáneamente, la luz llegó a su cerebro. La lucidez se había presentado sin avisar, pero al fin había llegado.

 

Ya sabía de lo que iba a hablar. Como él era manchego, se imponía contar algo sobre; holandeses…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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