Sin causa aparente

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    Nadie entendía nada menos la muerta, que ya no sería nunca más: la buena de Ana, ni Anita Dinamita, ni Santa Ana Bendita,
    ni la guapa de Ana, ni esa que trabajó en el cine, ni la que enamoró al
    guaperas que tocaba guitarra, ni sería ni la que daba conversación en el ascensor, ni sería ya la que nunca faltaba a clase.

    ¿Cómo podía ser? ¿Si siempre estaba ahí? con su sonrisa eterna y escuchándote muy atenta con una cerveza.

    ¿Cómo
    podía ser? Si ella siempre mostraba la actitud exacta que necesitabas: la de mejor amiga, de mejor empleada, de mejor amante. Y ahora, decían que
    por llamar la atención (porque ya me dirás tú porqué lo ha hecho) va y
    se mata.

    Deseaba tanto no molestar que tuvo que desaparecer totalmente en un gesto de favor y mofa final a la humanidad.

    Nadie
    parecía saber porqué dejó escapar el gas y que reventara el edificio
    con ella dentro, no era propia de una chica tan agradable como ella.

    Seguro
    que había sido un descuido dijeran lo que dijeran los forenses, decían
    los más formales y respetados. Al fin y al cabo tenía un aire de ida, de
    pajaritos en la cabeza, a veces parecía un poco dejada según los
    vecinos, y a veces demasiado imprecisa según algún jefe muy miope.
    Estos últimos pensaban que si hubiera estado pensando en lo que debía
    no habría hecho estallar el edificio matando a tres gatos, dos pit bulls, tres jubilados, cuatro Erasmus y a una familia con dos hijos.

    Mira que era despistada la chica, ¿cómo no pudo darse cuenta?

    Pero yo solo me cansé de estar siempre ahí, como una papelera a la que todos satura de mierda y nadie agradece su labor.

    Fui
    sonreída por delante pero ignorada por detrás. Siempre eché de menos
    una de estas palabras tras mi nombre, porque pocas veces o nunca fui:
    suficiente, apta, seleccionada, elegida, la más amada, o la más
    apreciada.

    Y aunque yo (la buena de Ana, un sol de chica,
    muy simpática y educada, pero con poca suerte y por lo visto pocas
    luces) nunca fui egocéntrica y detestaba abiertamente este atributo, me explotó la cabeza de pura soledad, de incomprensión y
    superficialidad. Lo siguiente fue hacer lo propio con el resto de mi
    cuerpo, que ya ni quería salir de la cama hastiado de tópicos,
    condescendencia e hipocresía

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