Zombis. Capitulo I

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    -Entonces me separé de la puerta,
    no aguataba más los embistes, a los pocos segundos la cadena que mantenía la
    puerta cerrada se rompió y los zombis entraron como una marabunta en la azotea.
    Sólo me dio tiempo a separarme unos metros, a desenvainar la catana que llevaba
    sujeta a un cinturón de vestir y a prepararme para recibirlos. Al principio fue
    fácil, esos malditos se acercaban de uno en uno y dado el perfecto estado en el
    que mantenía esa preciosidad de acero no me costaba demasiado esfuerzo amputar
    cabezas al ritmo de la octava sinfonía de Bethoween que llevaba en los cascos
    conectados a mi MP3 auto recargable por una dinamo manual. Las cabezas salían
    despedidas como si una fuerza invisible las impulsara a despegarse del pútrido
    cuerpo que las portaba, lo cual siempre me había parecido extraño y fascinante,
    creo que ese efecto se debe a la forma que tiene el filo de la espada que
    utilizaba para practicar las cercenas. El caso es que ya tenía comprobado que a
    la hora de decapitar zombis, hay que tomárselo con filosofía, tranquilidad y
    sobre todo ser lo más preciso posible. Al principio de todo, como le pasaba a
    todo el mundo, al menos a la gente cuerda supongo, me invadía un pánico
    indescriptible que me obligaba a actuar sin cautela tratando de matar a los zombis
    de una forma brutal, desordenada y por tanto ineficiente, una vez logré acabar
    con un podrido a patadas, claro que solo era uno y tardé más de cinco minutos
    en conseguir que su cerebro dejase de mandar señales nerviosas a sus
    extremidades, obviamente este método es basura. Prosigo, ¿por dónde íbamos?
    (piensa un momento) ah! Si, ya me acuerdo. Pues eso, hay que matarlos con
    tranquilidad y buenos alimentos, como decían antes, cuando había alimentos de
    sobra, y sobre todo, cortarles la cabeza de un golpe, limpio y seco, que cada estocada
    proporcionada sea una preocupación con dientes menos. Aquella azotea me daba la
    ventaja temporal de ser lo suficientemente amplia como para poder correr,
    alejarme, matar a unos cuantos, esquivar, volver a correr y así sucesivamente.
    El problema comenzó cuando, a pesar de la destreza con la espada que me había
    proporcionado mi entrenamiento de varios meses de supervivencia y la técnica
    que había adquirido combinando los estoques mortales con la música, técnica que
    bauticé como “la danza mortal”, no es muy original, pero en fin, la elocuencia
    nunca fue mi baza para ligar con chicas, ya me entiendes ¿eh?, ¿no?, bueno eso
    no venía al caso.

     

    -¿Entonces,
    bailabas al ritmo que cortabas cabezas de zombis?

     

    -Exactamente,
    le has dado en el maldito clavo. Como ya te he dicho, para matar a los zombis
    hay que estar tranquilo. Mantenerse sereno y ser mortalmente preciso. No vale
    con saber cómo utilizar una espada como si cortases cualquier objeto estático,
    troncos de madera, por ejemplo. Estos leños se movían, y además, tenían el
    escalofriante aliciente de que intentaban devorarme. De manera que la
    concentración en cada movimiento debía ser total, y no hay nada más
    melódicamente perfecto que el canto a la alegría mientras engarzas sus notas
    con pescuezos de muertos. Claro está que si la situación se volvía muy
    agobiante, echaba mano de un poquito de “Drum & Dass”. Pero en este caso ni
    esos sonidos bajos y rápidos podían seguir el ritmo de la estampida que se
    apretujaba en la entrada de la azotea. Me pregunto cuántos zombis me siguieron.
    Pero todavía me intriga más saber cuántos se despeñaron por el hueco de la
    escalera al ser expulsados por la presión que ejercían sus grisáceos camaradas.
    Muchos zombis. Maté a tantos que la gesta comenzaba a cobrar crudeza al
    tropezarme con cabezas “masticantes” y cuerpos irónicamente dejados. Este apodo
    se lo conferí debido a su curiosa forma
    de morder sin parar, pareciendo un acto reflejo de eterno mastique.

     

    -Es
    curioso. Tal y como lo expones, parece casi un milagro que sobrevivieses sin
    ningún rasguño. Pero sin duda lo que es más sorprendente es que lograses escapar
    sólo de ese atolladero. Y además de esto, tampoco comprendo cómo pudo
    sobrevivir la niña.

     

    -
    Ah! Aquella niña… Martita. Ahora la niña ya es una mujer. Pero si quieres saber
    toda la historia, tengo que empezar por el principio.

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