La catedral era imponente. Todo en su interior cobraba armonía y asombraba al espectador. Las filas de banderas intercaladas-argentina y armenia- creaban un sendero de historia en el cual se fusionan estos dos países tan lejanos unos de otros. A uno de los laterales me encontraba yo, resguardada por el azul y blanco; ante mis ojos la tricolor parecía muy lejana, pero mía…nuestra. Sin más, el órgano inundó el espacio hueco y con ecos, una voz de lo más dulce, limpia, sonora y a la vez triste profirió frases en armenio. Mis ojos se nublaron, y las voces a mi alrededor ya no podían ser escuchadas. Todo lo que mi mente y alma acaparaban era esa agonía y dolor, que tan bellas notas disfrazaban.
Trataron de quemar nuestro árbol, frondoso y próspero; pero antes de que los turcos lograran su objetivo, el viento levantó las pocas semillas que quedaban y se las llevó lejos, hacia otras tierras infinitas donde germinaron. La diáspora armenia es mucho más que simples extranjeros perdidos en el mundo; somos las granadas de aquél milenario árbol que, a pesar de los constantes intentos por derribarlo, se enderezó y volvió a florecer.
No habrá pasado más de un segundo cuando este discurso, medio real, medio inventado por la falta de recuerdo me sacudió; me dio un golpe de realidad en la cara, y antes de que pudiera volver mi atención a la catedral, un segundo pensamiento me tomó desprevenida
…siento cómo las generaciones dejan de sentir; dejan de tener noción de por qué están en éste país; siento cómo todo lo que construimos entre lágrimas y luto se desvanece simplemente por el paso del tiempo; por más que conmemoremos lo ocurrido, estamos perdiendo la continuidad de lenguaje y las costumbres; si perdemos nuestra esencia y nos naturalizamos, desapareceremos como pueblo…como diáspora. Casi 100 años pueden parecer mucho tiempo, pero la realidad es que, a fin de cuentas, si la juventud no toma consciencia terminaremos perdiendo…
Un allegado, más no confidente, profirió estas palabras con un tono de impotencia a lo que nosotros, ya la cuarta generación provocamos…sabe que no es apropósito, por eso lo más difícil de mantener, estando lejos de la tierra madre, son todas las cosas que hacen a una cultura.
No puedo mirar a la diáspora con ojo crítico, porque soy parte de ella; porque soy parte de la poca práctica de la legua y las costumbres.
Qué golpe de realidad! Qué golpe de realidad!


VIMON
Excelente texto, Auchy, con la realidad de casi todas las diásporas, excepto la judía, claro, y tal vez la mexicana, a la cual no podemos llamar propiamente diáspora porque está toda en Estados Unidos (unos 20 millones) y no estoy muy seguro de si la migración mexicana allá se ha desculturizado o, más bien, ha culturizado al pueblo norteamericano. Hay allá ciudades y regiones enteras donde se habla más español que inglés y la comida y las costumbres son más mexicanas que gringas. Ya el tiempo lo dirá…Saludos y mi voto.