El perro que soñaba palitos

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    Se arrimó un poco más a la pila de troncos, donde el operario pateaba tablones y puteaba por el calor, y fue entonces que Anselmo lo vio. Era un perrito moteado, sin marca, con una barba desbigatada en negro y ojos como lunas que se había agarrado a un palito de álamo como si fuera una teta.

    Estaba acurrucado entre dos vigas, lo mismo se hubiera partido el cuello cada vez que la máquina movía la pila de troncos pero no, ahí estaba y cuando Anselmo lo levantó del lomo e intentó sacarle el palito de la boca, el perro gruñó. Fue una queja, no una amenaza. Después lo miró de reojo y Anselmo se rió.

    Anselmo tenía setenta años y se dijo que uno a los setenta años no debe agarrarse a las cosas de este mundo. De modo que, simplemente, lo sacó del predio de la Forestal donde cada tanto se acercaba para buscar tronquitos de álamo o de cedros que luego trabajaba pacientemente con la navaja toledana, y lo soltó entre los matorrales resecos. El perro, con el palo en la boca, lo siguió a diez pasos. Ni uno más ni una menos.

    Anselmo se repitió, además, que los perros nunca sobreviven a sus dueños y calculó, por eso de la regla del siete por uno, que si le daba algo de comer envejecerían juntos.

    El perro lo siguió hasta la casa, pisando las mismas sombras que pisaba el viejo y una hora después, cuando el sol era una amenaza nuclear, Anselmo se fue a dormir la siesta pero antes, en la galería oscurecida por las ramas de la parra, dejó una vieja lata de dulce de membrillo llena de leche.

    El perro se la bebió y ya no se fue. Pero, ciertamente, tampoco se quedó del todo.

    Las cosas, entre ellos, se fueron dando de a poco. Compartían su tiempo y en eso consistía la felicidad del perro, que a las nueve de la mañana empezaba a vagar por el pueblo y meaba los yerbatales y se comía los restos que a veces le daba Gertrudis y las salchichas rancias de la despensa «Los Angelitos» y los panes duros que el pibe de la panadería «La Estrella» le tiraba al vuelo y perseguía gatos bravos y palitos entre las vías semi desiertas. A las dos de la tarde, religiosamente, el perro volvía a la casa donde se echaba una siesta bajo un sauce llorón mientras el viejo tallaba y lijaba troncos.

    El Anselmo seguía convencido que uno a los setenta años no debe tener nada que lo sobreviva pero esa misma noche, en un rincón de la galería del patio, arrinconó esparto y trapos dentro de un cajón de frutas y se fue a dormir porque las noches le traían recuerdos. Naturalmente, el perro era de todo el pueblo pero en su cabeza solo existía el viejo y desde entonces pasó
    sus noches durmiendo bajo la parra que a veces escupía uvas chinches.

    Por aquello de que los perros nunca sobreviven a sus dueños, el viejo jamás le puso un nombre. Para ser exactos, lo intentó pero desistió enseguida, en parte porque sospechaba que el perro tenía otros planes. «El perro del Anselmo». Así lo llamaban todos y ciertamente daba lo mismo porque era fácil distinguirlo entre tantos otros perros moteados: siempre andaba con un palo en la boca.

    Al respecto había muchas anécdotas, o medias mentiras que en los pueblos son lo mismo. Algunos decían que el perro lograba beber y hasta comer sin soltar el palito y más de uno declaraba haberlo visto montado a una perra jadeante con el palo entre los dientes.

    Esto último parecía cierto: Gertrudis, que era viuda, había calculado que en el año y medio que el perro llevaba en el pueblo había engendrado más de cuarenta crías de todos los colores y formas. Otros lo creían una exageración pero nadie dudaba que desde la llegada del perro en el tren carguero de la Forestal la población canina se había quintuplicado.

    El asunto se puso serio y Don Ramón Jáuregui, el intendente, se trajo a los de la Protectora de Animales y en cuatro días cortaron más huevos que en pascua. El perro de Anselmo, sin embargo, se echó al monte. Desapareció ocho días. Ocho días en que tuvo que soportar las lluvias de agosto y las heladas que teñían los pastos de marrón como si estuvieran enfermos. El viejo, lógicamente, lo creyó muerto.

    Pasó unos días de mucha tristeza y cuando intentaba tallar un caballo le salía un perro. Sentado en la silla de mimbre contempló la camita que él mismo había construido con esparto y cajón de manzana y se dijo: «Ya sabía yo que esto iba a pasar, Anselmo…». El problema era que volvía a recordar el dolor tan seco que causan las cosas cuando se creen de uno.

    Al final, flaco y desgarbado como el tifus, el perro se apareció bajo la parra del Anselmo y sentado frente a él lo miró directo a los ojos con una profundidad de sentimientos perfectamente claros. A su modo el perro le habló. El viejo movió la cabeza y luego se quedó oscurecido entre las sombras de la galería y mientras metía leche y pan duro en la lata de dulce de membrillo le contestó con una voz muy queda:

    —Se haga como Ud. quiera. Pero no me haga estas cosas…

    A las ocho y media de la mañana del día siguiente, el Anselmo se presenció en la Intendencia y pidió por Jáuregui. El despacho del intendente estaba lleno de fotos del País Vasco y banderitas argentinas y aquellas estampas municipales que tanto se habían propagado desde Perón.

    Jáuregui le pidió que se sentara pero el viejo sacudió la cabeza con la boina entre las manos y respondió que era breve, qué no quería molestar a un hombre de ocupaciones diversas. Sacó la mano derecha del pantalón de pana y lo señaló como se señalan las cosas que no tienen nombre. Entonces dijo:

    —Al municipal que le toque las bolas al perro le abro el pecho —y salió por la puerta.

    Dos horas después, la cuadrilla blanca de la Protectora de Animales, que andaban en una F100 destartalada, salió por la calle de tierra y ya nadie volvió a verla.

    Por supuesto, un hombre como Jáuregui no se asustaba con cuatreros analfabetos, campesinos desdentados y mucho menos con viejos que se pasaban la tarde tallando madera. Pero el viejo que se pasaba la tarde tallando madera era Anselmo Achereteguy y Jáuregui le sabía secretos desde sus tiempos en la Capital del país, allá por el 55. Por tanto, si había alguien en el pueblo dispuesto a abrir pechos a escopetazos, ese era Anselmo.

    Es justo decir que, desde entonces, la población canina se mantuvo a raya en términos estadísticos. Fiel al trato con el viejo, al perro no se lo volvió a ver más por los patios de los vecinos, ni persiguiendo perras limoneras y redondas, ni metiendo el hocico, que era largo y peludo, en las casas donde no era bienvenido. Mucho menos robando huevos en los gallineros que le había costado que un vecino le hiciese tragar a la fuerza seis huevos con sal gruesa y aceite de cerdo para vomitarlo y perdiera así la costumbre. No la perdió, pero ahora las cosas habían cambiado.

    Así pasaron los años y por aquella regla del siete por uno, Anselmo calculó que ya deberían andar compartiendo vejez y eso lo puso triste. Se les había hecho hábito sentarse en la galería de la casa, que daba a la calle de tierra vacía, cada tarde cuando los vientos empujaban la buganvillas moradas, el viejo a tallar sus maderas y el perro a masticar sus palitos y a su modo cado uno hacía arte.

    Dos veces el viejo talló una plaquita de madera que le ataba a un piolín del cuello. Dos veces intentó escribirle un nombre con un rotulador negro pero el perro, las dos veces, se terminó comiendo la plaquita y era por eso que ahora llevaba una muy bonita, atada de ese mismo piolín, pero vacía. Es decir, sin nombre.

    —Póngale algo, don Anselmo. A ver si un palurdo lo mata sin saber que es suyo —le dijo Gertrudis.

    —Parece que no le gustan ninguno de los que yo elijo… —contestó Anselmo en el mercado y se fue seguido del perro que andaba robando manzanas.

    El perro, a pesar de los años, siguió cazando palitos en las vías del ferrocarril y el pibe de la panadería «La Estrella», que se había casado, le seguía tirando panes y lo mismo hacía Gertrudis sencillamente porque nadie imaginaba otra cosa.

    Un día, cuando el perro volvió puntualmente, como cada día, a las dos de la tarde para hacer siesta junto al viejo, comprendió que las cosas habían cambiado. Lo comprendió de esa exacta forma en que los perros detectan el miedo: todo estaba en el aire.

    Esperó dos días en la galería pero el Anselmo no volvió. Una tarde siguió a Gertrudis, que tenía olor al viejo, y se quedó en la puerta del Sanatorio Municipal mientras las cosas pasaban. Cuatro días estuvo así y al quinto, como Gertrudis ya no apareció, se puso a seguir al pibe de la panadería «La Estrella», que ya se había casado y tenía un niño que a veces le tiraba de las orejas.

    Lo siguió hasta el Cementerio Municipal y en la entrada pasó un día entero tumbado, sin cubrirse de los vientos que volaban los toldos y los árboles. Por allí pasaron todos. De alguna forma por el arco del Cementerio pasó el pueblo entero. Menos Jáuregui.

    En la tumba le habían puesto una cruz de madera de cedro muy bien armada con su nombre tallado y todavía quedaban flores para el Anselmo pese a que en el 55 había hecho cosas malas.

    Cinco días después de la muerte del viejo, Raimundo San Román, el down que cepillaba y barría el cementerio, encontró la cruz del Anselmo rota, literalmente partida como suele decirse. Solo quedaba un palo recto, vertical y solitario que rompía, por su forma decididamente absurda, el imperio de las cruces.

    La voz llovió en el pueblo y Gertrudis y el pibe de la panadería «La Estrella» no tuvieron dudas y cuando llegaron a los campos donde el pasto hacía desaparecer las vías de un tren que ya no pasaba, encontraron al perro del Anselmo tumbado de costado, con un gran palo en la boca y definitivamente muerto.

    Solo él y Jáuregui sabían que esa cruz le era impropia. Pero el perro que soñaba palitos masticó tanto el pedazo de cruz que cualquiera podría haber pensado que era una obra de arte, de aquellas que tanto amaba el viejo, y no la forma de borrar un nombre.

    Al día siguiente los enterraron juntos. Sin nombres ni lápidas. Tal y como hubiese querido el perro.

     

    Comentarios

    1. VIMON

      1 abril, 2013

      Que buen relato, Nicolás, lleno de una nostalgia que se respira. Felicitaciones y mi voto.

    2. oscardacunha

      1 abril, 2013

      Verdaderamente magnífico, un relato que, una vez terminado de leer, vuelves a él y te cuesta abandonar esos personajes. Entrañable y áspero a la vez.
      Mis respetos y un abrazo Nicolas.

    3. Eugenio Ortiz Magro

      1 abril, 2013

      Buen relato.

    4. volivar

      2 abril, 2013

      Nicolás Mattera: amigo ¿pues dónde andabas? recuerdo aquellos tiempos del año pasado, los primeros meses, a decir verdad, que me quedaba boquiabierto al leer lo que publicabas, tan pulcro, tan interesante, con esos temas de la vida ordinaria, si quieres, pero narrados como lo sabe hacer un maestro.
      Te felicito por tu regreso, y espero que sigas aquí, con nosotros, que tratamos de aprender de los que saben de este oficio.
      Mi voto
      Volivar

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      24 abril, 2013

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    6. LuchoBruce

      7 mayo, 2013

      Excelente, acabo de leer a un clasico…desde ahora siguiendoté, un saludo, Lucho.

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