Esta mañana, antes de acudir al tanatorio, mi abuela había advertido el trazo de la conmoción en mi rostro. Ella poseía esa
sabiduría heterodoxa que se adquiere con el paso de los años en torno a la contemplación serena de la vida y que da lugar a hermosas paradojas, como la escena que se repetía cada final de mes frente a la caja del banco donde cobraba su pensión, al ofrecer un consejo de hondura filosófica al joven empleado que le extendía el papel sobre el que ella estampaba con pudor la
huella dactilar de su dedo gordo. Mientras mondaba con parsimonia unas patatas, envuelta en la negrura de su ropaje, me habló con la naturalidad que otorga la edad avanzada para lidiar este tipo de situaciones: “Ahora estarás un poco confuso, pero lo más duro quizá sea cuando tu mente se aclare un poco. Entonces, tendrás que echar mano de tus buenos recuerdos para sobrellevar la carga”.
Una vez finalizado el funeral en cuerpo presente, los cuatro portadores del féretro iniciamos el paso procesional por
la nave central del templo, mientras a nuestras espaldas un agudo tintineo intentaba en vano ahogar el llanto desconsolado de Matilde, la madre de Octavio. La liturgia que se escenifica alrededor de un cadáver caliente, una vez desprendido de la tutela de la ciencia que confirma la defunción y cae en los dominios de la fe, constituye un esfuerzo por conservar el armazón cívico del ser humano, por mantener su condición de especie depositaria de un racionalismo conquistado en siglos de desarrollo evolutivo, un esfuerzo, en definitiva, por codificar pulsiones primarias compuestas de sollozos, llantos y silencio.
Nada más salir al exterior por la entrada principal de la iglesia románica, recibí el aire fresco como un paliativo a la sensación de mareo que, desde el inicio de la ceremonia, había empezado a menoscabar, todavía más si cabe, el endeble estado de ánimo en el que me encontraba. En cambio, empezaba a notar leves punzadas en mi rodilla derecha, que, a su vez, martilleaban también mi conciencia, ya que esa dolencia me impidió acompañar a Octavio en la fatídica ruta ciclística de ayer por la mañana. Fue un accidente, cierto, pero yo debía haber estado allí con él. Todos sabemos que dos ciclistas en carretera son siempre más visibles que uno solitario, y que circulando en pareja adquieren una entidad mucho más respetada por los demás vehículos, los cuales no tienen más remedio que efectuar un adelantamiento ordinario siguiendo los mismos criterios de deferencia que se lleva a cabo al sobrepasar cualquier otro turismo. No obstante, no era este pensamiento el que despertaba en mí una conciencia tan poco clemente, sino la perspectiva de que el lugar que ahora mismo ocupaba Octavio dentro de ese ataúd bien podría ser mi
aposento de haberse entrelazado de forma muy poco diferente los hilos que tejen nuestro sino. A la edad de diecisiete años, las amistades íntimas trazan sendas paralelas en el itinerario vital de los seres humanos, como si fueran carriles de una vía del mismo sentido que hacen ojos ciegos a las desviaciones que conducen a nuevos rumbos, hasta que una novia, una carrera o un trabajo en otro lugar nos incitan a abandonar la ruta por las que habíamos transitado desde los primeros años de nuestra infancia. El trayecto inacabado que recorría Octavio el día de su muerte, lo había recorrido yo mismo, en solitario y en compañía, en innumerables ocasiones, subido a una bicicleta de la misma marca que, ayer por la mañana, un todoterreno destrozó con la saña embriagada por el exceso de velocidad, ataviado con idéntica indumentaria que la tierra de la cuneta y la sangre convirtieron en un sudario andrajoso, y, probablemente, circulando con similar cadencia de pedaleo que se vio interrumpida repentinamente por un atropello letal. Si algún vecino, de esos que nos saludaban habitualmente a Octavio y a mí al cruzarnos
con ellos durante aquella ruta, lo hubiese visto transitar por la carretera minutos antes de sufrir el accidente, con toda probabilidad rehusaría afirmar bajo juramento a quien pertenecía la figura de aquel joven ciclista que unos metros más adelante toparía la muerte, si a Octavio o a mí. Yo estaba vivo y Octavio muerto, pero las circunstancias que determinaban uno u otro estado habían sido esbozadas con unos trazos muy finos, casi imperceptibles. Sin embargo, lo que sentía en ese momento no era una sensación de alivio proporcionado por el instinto de supervivencia, sino una sensación de vulnerabilidad.
Noté que la multitud que aguardaba fuera del templo se abría al paso de la comitiva. Empezaba a disiparse mi mareo, pero el
dolor de rodilla iba a más. Pablo era el portad or que me precedía en el cortejo y había empezado a sollozar en un tono contenido, con gemidos temblorosos que, tras vencer a su determinación por mantener la entereza, se escabullían por los resquicios de la frágil coraza que cobija las emociones de un adolescente. Para aquellos que conformábamos el círculo de amistades en el que convivía Octavio, era la primera vez que nos enfrentábamos a una experiencia de esta índole. Todas las noticias sobre fallecimientos que, hasta la fecha, lograron zarandear nuestra conciencia habían sido difundidas por una silueta televisiva en un informativo y hacían referencia a personajes famosos, todos ellos desposeídos de atributos reales por su construcción mediatizada. Ni siquiera el epitafio audiovisual que las cadenas solían realizar en homenaje al fallecido, a través de un montaje al ralentí de instantáneas de su vida, acompañadas de una música tristona, conseguía azuzar nuestra sensibilidad apenas unos segundos más allá de la conclusión del relato informativo.
“¿Ya te has enterado?”. Antes de que Octavio me contestase, ya lo había hecho el crespón negro que él mismo se había anudado a su brazo derecho. Fue el día en el que murió Marco Pantani. Esa misma tarde Octavio y yo quedamos para recorrer algunos kilómetros en bicicleta y cuando llegué a nuestro habitual punto de encuentro y reparé en el brazalete supe que Pantani nos acompañaría durante todo el trayecto. “Era el mejor. Siempre ha sido el mejor”. La afirmación de Octavio no correspondía a una alabanza en caliente influida por la emoción del momento, sino que era fruto de una honda convicción manifestada periódicamente en el transcurso de largas conversaciones sobre ciclismo que, normalmente, desembocaban en refriegas dialécticas más o menos acaloradas, más si en el intercambio de opiniones participaba Pablo, menos si la réplica procedía de una voz sosegada como podía ser la mía. Nosotros impugnábamos la afirmación de Octavio esgrimiendo, como no podía ser de otra forma, la gigantesca figura de Miguel Indurain, sobre quien la prensa deportiva en todo el mundo había agotado un amplio repertorio de calificativos, todos ellos concebidos para transmitir una imagen sobrehumana de aquella efigie hercúlea, capaz de ascender puertos de montaña con la imperturbabilidad de un androide que consumía la moral de sus rivales, acomplejados por la inexpresiva superioridad que manifestaba ese pedaleo robotizado. Ese día opté por no rebatir a Octavio, por respeto al fallecido y porque conocía de memoria la cadena de razonamientos de su argumentación, en ocasiones elaborada a partir de reflexiones más bucólicas que convincentes, como aquella vez que comparó a Pantani con Dersu Uzala y a Indurain con el capitán Vladimir Arseniev, los protagonistas de la película de Akira Kurosawa que nos habían puesto en el instituto. “¿Es que no lo veis? Cada vez que Pantani deja el pelotón atrás y protagoniza una escapada en solitario, no está compitiendo contra el resto de ciclistas, sino que lo hace contra la Naturaleza, él solo frente a los imponentes macizos de los Alpes o los Pirineos. Él no se siente feliz en las autovías ni en la ciudad. La montaña es su hábitat natural y cuando llega a ella libera un torrente de energía y ya no es capaz de mantener el culo pegado al sillín. Es la viva imagen de la libertad. En cambio ¿cuántas veces hemos visto a Indurain escalar un puerto en solitario? Para él, las etapas de montaña suponen escollos, pruebas que ha de superar para llegar de amarillo a París después de exhibirse en las contrarrelojes, a fin de cuentas, pruebas urbanas. Es decir, para Indurain la montaña es territorio hostil, como para Arseniev la taiga siberiana, mientras que Pantani, como Uzala, se encuentra a sí mismo en el Alpe D’huez o en el Col du Tourmalet”. No recuerdo quien fue el que, después de oír un poco desconcertados la apasionada perorata de Octavio, cerró la discusión con una frase que, años después, el destino acabó por conferir un sentido premonitorio: “Sí, pero quien muere al final de la película es Dersu Uzala, no Arseniev”.
La comitiva aún no había llegado a la mitad del trayecto que separa la iglesia del camposanto y el dolor de mi rodilla era cada vez más insoportable, al tiempo que mi hombro empezaba a notar el peso del féretro. Detrás de mí, advertía el sigiloso rumor de las pisadas de toda la gente que acompañaba el cadáver de Octavio, con un andar pesaroso, mustio, sumiso a la consigna de silencio que imponía el ritual, sólo resquebrajado por el entrecortado lamento de su madre. Mis ojos permanecían centrados en el negro de la camisa de Pablo, a salvo de imágenes repletas de amargura que amenazaban con perdurar en mi memoria demasiado tiempo, aunque en no pocas ocasiones era tentado por la curiosidad de alzar la vista y contemplar la escena que se
desarrollaba a mi alrededor.
El día de la muerte de Pantani, mientras completábamos una ruta cómoda, dejé que Octavio se sacudiese el sinsabor de la
noticia con un largo panegírico sobre el “Pirata”, así era como lo apodaban en la prensa deportiva, hasta que, paulatinamente, la loa comenzó a adquirir un estilo mucho más existencial que desembocó en una de esas conversaciones en las que afloran preguntas cuyas respuestas se buscan durante toda la vida. “¿Tú crees que hay algo después de la muerte?”. Reconozco que la pregunta me había cogido de improviso, no sólo porque no me esperaba tener que responderla subido a una bicicleta, sino porque, a pesar de haber cumplido, por imperativo maternal, todos los compromisos protocolarios con la Iglesia romana exigidos hasta la fecha —bautizo, comunión y confirmación—, en los últimos años mis inquietudes personales, al amparo de la placentera etapa adolescente, se habían circunscrito a un ámbito mucho más terrenal. “Pues… sí ¿no?”. En la inseguridad de mi respuesta iba implícito el miedo a tener que contestar a una segunda pregunta todavía más compleja. “¿Y, según tú, qué crees que hay después de la muerte?”. Octavio no me miraba mientras planteaba esas cuestiones, sino que mantenía la vista fija en el asfalto, con un brillo hipnótico en sus ojos, desprovistos de vida, como si el objeto de su mirada se encontrase más allá del entorno físico. Rehuí buscar una respuesta a tal pregunta, pero no quería apartarme del tema de conversación, así que opté por hurtarle su posición de interrogador para dejar que fuera él quien tantease primero un terreno por el que parecía transitar con demasiada frecuencia a pesar de su corta edad. “¿Te haces esas preguntas muy a menudo?”, pregunté mientras intentaba desvelar un significado a esa mirada abstraída. Entonces pareció salir de su ensimismamiento. Me miró, esbozó una menguada sonrisa y aceleró sutilmente el ritmo de su pedaleo. “Tonterías mías, déjalo”, indicó.
No eran tonterías. Conocía el desencadenante de esas reflexiones, de resultas de lo cual me opuse a zanjar la conversación en ese punto, consciente de que, en el fondo, Octavio ansiaba hablar sobre el tema, siempre y cuando fuese escuchado sin enjuiciamiento. “¿Sigues viendo a esa mujer?”. Formulé la pregunta con la mayor naturalidad posible, como quiense interesa por el estado de salud de un familiar aquejado de una dolencia leve. “Mi madre. Ya sabes cómo es”, señaló en un tono exculpatorio. “¿Es que has vuelto a tener pesadillas?”. “En realidad, nunca he dejado de tenerlas. No sé por qué mi madre se empeña en seguir llevándome a junto de esa mujer si no sirve de nada”. Esa mujer era doña Bernarda, una anciana a quien acudía muchísima gente de los alrededores para apaciguar los padecimientos del espíritu, algunos empujados por la desesperación tras agotar sin éxito las indicaciones de un tratamiento científico, otros, los más, con el convencimiento de que doña Bernarda poseía un don sobrenatural que le permitía entrar en contacto con el más allá. En el pueblo pocos eran los que resolvían referirse
a esa persona con denominaciones que, en primera instancia, a todos nos vienen de forma automática a la cabeza: vidente, médium, meiga, etcétera; preferían echar mano de la ambigüedad galaica: “es una mujer que ve cosas”. Desde hacía un tiempo, la madre de Octavio lo llevaba periódicamente a visitar a doña Bernarda en la procura de un remedio para esas pesadillas. Cuando me lo confesó, hace ya unos meses, intenté desdramatizar su penalidad describiéndole algunas de las imágenes
oníricas que, de vez en cuando, turbaban mis sueños, incluso exagerando el desasosiego que me infundían, a fin de que no sintiese su aflicción como algo extraordinario, pero bastó que él me relatase una sola de sus pesadillas para percatarme de la inutilidad de mis intenciones. “Lo peor de todo es que, muchas veces, me cuesta despertarme, como si la pesadilla intentase atraparme para siempre”, aseguró con la voz trémula.
Nunca me he atrevido a sonsacar a Octavio los entresijos de sus encuentros con doña Bernarda, por más que mi curiosidad me
animase a hacerlo, pero ese día la muerte de Pantani funcionó como catarsis “La semana pasada oí cómo le decía a mi madre que, cuando la gente se muere, su alma queda atrapada en su propio cuerpo”. Escuchando tal afirmación, comprendí por qué las pesadillas no habían dejado de fustigar el ánimo de Octavio. Intenté discernir el sentido de dichas palabras mediante un ejercicio de empatía, experimentar, aunque fuese por medio de una recreación mental, la conmoción de una existencia recluida dentro de un cuerpo inerte con todas las aptitudes racionales intactas, pero en seguida tuve que postergar dicho pensamiento para no verme sucumbido a un pozo sin fondo, sin luz y con el agujero de entrada sellado. Fueron apenas unos segundos, los
suficientes para notar un gélido escalofrío recorriendo los últimos recovecos de mi esencia. “Pero ¿para siempre”, pregunté. “Sí, para siempre”, repuso tajantemente. “¿Y tú crees que es verdad?”. “Eso no importa, lo crea o no, las cosas no cambiarán cuando llegue el momento”. “No, cuando llegue el momento no, pero sí puede influir en la forma de vivir”. La conversación se quedó en ese punto, justo en el momento en el que la carretera por la que transitábamos comenzó a empinarse.
Cuando mi rodilla parecía que iba a claudicar, llegamos a las puertas del cementerio. Creí que no iba a ser capaz de subir las escaleras que daban acceso a aquel lugar umbrío, pero por una extraña razón los dolores empezaron a apaciguarse. El peso del ataúd se aligeró considerablemente, como si la carga recayese en su totalidad sobre los hombros de los otros tres portadores, mientras yo me dejaba arrastrar por su impulso para apurar los últimos metros hasta llegar al nicho. El olor de las flores era
cada vez más penetrante, los lamentos y los sollozos se hacían más intensos y más desgarradores, hasta el punto de que la oración fúnebre del párroco, antes de introducir el ataúd en el nicho, apenas era audible; era una declamación inacentuada, recitada como un balbuceo carente de modulación sin propósito de hacerse entender, palabras sueltas que se mezclan con llantos, con gritos, con súplicas provenientes de voces que me resultan familiares, palabras que descuellan sobre frases inconexas entre las cuales me parece oír mi nombre en boca del párroco. En un principio lo atribuyo a un error de apreciación, hasta que, nuevamente, mi nombre suena de forma nítida e inequívoca. Noto cómo el féretro es levantado para ser introducido en el nicho, al tiempo que oigo el llanto de mi madre y el de mi amigo Octavio, uno de los cuatro portadores del ataúd. La rodilla que me destrozó ayer por la mañana el aciago todoterreno ha dejado de dolerme. Tapian la tumba y los sonidos del exterior se desvanecen. Descanso ya al lado de mi abuela, en el nicho colindante, quien esta mañana aún tuvo la generosidad de regalarme un último consejo. Busco consuelo en mis recuerdos, en las largas jornadas de pedaleo en rutas de alta montaña, con un pañuelo en la cabeza y respirando el aire fresco de los Alpes.

gabrielc
Genial cuento filosófico. Sin duda tienes talento para describir las situaciones de una manera muy real. El final me gustó muchísimo!!
Hector.Paz
Muchas gracias por el comentario.
VIMON
Excelente relato, muy buen narrado y con un final extraordinario. Felicitaciones y mi voto.
volivar
Héctor. Paz: me ha gustado ese estilo tuyo para llegar a un final inesperado. tu narración tiene un lindo estilo, es claro, directo, completo, preciso, y las expresiones están bien logradas. Felicidades.
Mi voto.
Volivar (Jorge Martínez. México)
Sandra.Legal
Saludos Héctor. Espectacular cuento nos has brindado. Muy bien narrado. Profundo en su contenido y con ese final que nos obliga a pensar cómo será el después de que el cuerpo deje de funcionar…durará mucho ese estado de transición????? En fin…
Mis sinceras felicitaciones y mi voto
Eva.Franco
Me encantó Hector, un pajarito me dijo que pasara por aquí y de verdad tenía razón. Es un excelente cuento, con todos los elementos necesarios para atrapar al lector y un gran final.
Mi voto y un clic en seguir.
Hector.Paz
Muchas gracias por tu comentario, Eva.