Euria

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Esta noche no es como todas las demás. El frío nos apuñala por la espalda y el viento, discípulo siberiano, nos corta la piel de las falanges digitales. Estamos el uno frente al otro, mirándonos con seriedad. El tren sobre cuyo gélido acero apoyas tu mano, ha echado raíces. Se aferra fiero al suelo. A esta tierra húmeda y fértil.

Me distraigo viendo cómo se besan dos extraños, a pocos metros de nosotros. Parecen obcecarse en aparentar que son felices el uno con el otro. Como si cuanto más durara el beso, más difícil fuera separarse. Me río. Y tú te ríes conmigo.

—Sube —te susurro, utilizando mi preciado imperativo. Y me dejo hipnotizar por tu figura. Este momento es pesado. Pesado porque carga con mis sentimientos, que de forma momentánea se manifiestan gritones y faltos de esa discreción tan nuestra. Entras en el vagón y ya no te veo, y el reloj se actualiza deprisa. Suspiro profundamente y me hincho con el aire que hago mío. Me hincho de orgullo y satisfacción, como el monarca del vecino.

Siempre me pregunto cómo haces para llevar mi casa a cuestas, en ese bolso diminuto, y no padecer cansancio ni hartazgo alguno. Me gusta pensar que en realidad es tan tuya como mía, que el hogar es mutuo y no tiras de él, sino que nos sigue como un perro fiel, deseando detenerse en algún lugar del camino y no moverse nunca más. En realidad, la casa es solo un sueño. Una esperanza.

Un día nos iremos. Nos iremos de esa tierra que no es nuestra pero ocupamos durante un tiempo. Me relaja saber que hace frío y calor en todas partes. Aquí y allí hay playas y montañas y árboles y prados, y también llueve. Pero en cualquier parte llueve más que en ese lugar que mancillamos. Y eso me hace feliz.

—¿Eres feliz? —me preguntas.

—Sí —te respondo con decisión—. Siempre que llueva de vez en cuando.

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