Inmigración

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María miró hacia adelante. Hacía un calor infernal y olía a corral. La mayoría estaba dormida, pero una señora que llevaba una pollera hecha a mano, un gorro de cuero no procesado, y la cual a su lado había un costal grande de maíz, miraba hacia el chofer con ojos abiertos y atentos que denotaban cierta angustia. El pequeño ómnibus se tambaleaba por los baches violentamente. Cuando pasaron por las montañas una llanta había explotado y casi se habían desbarrancado. A su costado dormía ese señor misterioso. Debía tener no más de treinta años lo cual contrastaba con su notoria barba desprolija. La había ido a visitar a su casa y luego de haber hablado con sus padres se la llevó.

-Mañana el señor te lleva a la capital, ¿sí? Él me dice que te va a dar mejor vida ¿ya? Vas a ir a su casa y ahí vas a tener que vender, pues- le había dicho su madre

Lloró porque supo que ni a su hermanito ni a sus amigas las volvería a ver. Al comienzo se negó, pero un par de correazos solucionaron el debate.

-¿Quieres un poco de agua?- le ofreció José, el nombre del enigmático. Estaba despierto. Con la cabeza negó y asomó su cabecita por la ventana. El paisaje había cambiado. Primero cuando salieron del pueblo hubo montañas inmensas y majestuosas, ahora eran puras dunas secas, aburridas.

José le gritó al chofer que parara y este obedeció. Todos quienes estaban despiertos voltearon sus cabezas y los siguieron con la mirada hasta que salieron del vehículo. El sol hizo que los ojos de María se cerraran, pero pudo distinguir el contorno de unas casitas. Cuando se acostumbró a la luz vio que todas estas viviendas eran de esteras. Casi todas estaban pintadas con propaganda política.

-¿Alguna vez habías estado en la capital?-

-No-

-Te va a gustar, ya verás-

-¿Pero que tengo qué hacer?- Era la primera pregunta que había hecho desde que lo conoció. En verdad no tenía idea.

-Vas a tener que vender solamente-

Miró al cielo y se percató que ya no había esas nubes pomposas que parecían dinosaurios, sino que eran planas, aburridas. Simples caballos. Seguro está con las ovejas, pensó en su hermano, las debe estar molestando. Se acordó que hace unos días Marco había estado pegándole a las vacas y a las gallinas con unos palitos que había encontrado. Llegaron a una casa chica, a medio derrumbarse. Entraron. Había una sola cama, al lado una piel de animal que apestaba y sobre la cual las moscas revoloteaban sin parar.
Una cocina vieja a gas completaba el interior.

-Siéntate, que ahorita traigo a Miguel, él te va a ayudar-

Abandonó el recinto y la dejó sola. Ése Miguel me va a ayudar. Todos los Migueles son buenos. Mi papá se llama Miguel. Debe estar en la chacra recogiendo todas las papas y todo el maíz. Marco lo debe estar acompañando. ¿Marco vendrá cuando sea grande? Sí, seguro va a venir, y cuando llegue, nos mudaremos a una casa más grande, tendremos un campo más grande, tendremos muchos conejitos, vacas, ovejas y cabritas.
Vamos a poder jugar todo el día. También van a llegar mi mamá y mi papá y todo volverá a ser como antes. Quedó pensativa por o que salió y buscó con la mirada a otros niños. Había una niña que gritaba riendo, mientras la perseguía un chiquito. Del otro lado salió un tercero que corrió a la pared y gritó: “Ampay me salvo”. La boca de María se arqueó en forma de una sonrisa. Empezó a caminar sin rumbo alguno. Llegó al filo de un barranco de donde pudo ver el mar. Era grande, más grande que cualquier hacienda que ella hubiera visto alguna vez en su vida. Contó cuantos barcos había y vio que eran tres. Ella una vez había visto uno hace unos meses. Don Carhuanca había llegado con una pequeña barca a la plaza. Todos los hombres corrieron a verla, admirándola y admirando a su propietario. El sol comenzó a bajar y pronto desapareció debajo del mar. Bostezó. Tenía mucho sueño. Habían sido dieciocho horas de viaje en los cuales casi vomitó por el calor infernal. Se dio cuenta de que quizás
Miguel ya había llegado por lo que corrió lo más rápido que pudo a la casa. La encontró justo a tiempo, ya que una camioneta grande se aproximó en el momento en el que ella ingresaba. Entraron José y un hombre de unos cuarenta y cinco. Corpulento, pero algo bajo. Su ropa no estaba rota, lo que significaba que no era de esa zona de la ciudad.

-María, él es Miguel, con él vas a empezar a trabajar-

-Bueno- respondió la niña confundida.

-Yo voy a regresar cómo en una hora, luego ya podrás ir a dormir-

-Bueno-

-Adiós- antes de salir por la puerta y miró a Miguel y con un movimiento de mano señalándola le dijo:

-Cuídamela, va a ser mi mina de oro- sonrió. Miguel le guiñó con un ojo y José se fue.

Se acercó lentamente a María y le dijo con voz suave y demasiado cariñosa:

-Siéntate en la cama- Así fue el primer día de trabajo de María en la capital, donde las posibilidades de trabajo para un provinciano son infinitas.

 

Lima, 2013

Comentarios

  1. VIMON

    11 abril, 2013

    Una historia, por desgracia, muy real y muy frecuente en nuestros países, Gabo. Muy bien narrada. Saludos y voto.

    • gabrielc

      11 abril, 2013

      Muchísimas gracias VIMON. Es verdad, estas escenas se repiten demasiado en nuestros países.

  2. Eva.Franco

    12 abril, 2013

    Gabriel, está excelente, lo que más me impresiona es la madures de su contenido por tu edad. De verdad no tengo que ser adivina para ver un gran futuro en ti. Felicidades!!!
    Mi voto

    • gabrielc

      12 abril, 2013

      Muchas gracias Eva, comentarios como los tuyos te hacen escribir más y mejor!

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