La caracola

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De pequeña, Margarita llegó a sentir verdaderos celos de sus dos hermanos, sobre todo del mayor, Yago, debido a las atenciones que su padre les dedicaba. Sin embargo, eso cambió un fin de semana en el que su progenitor le trajo de la isla en la que trabajaba una caracola que de grande que era apenas podía abarcarla con las dos manos.

—Escucha con atención —le dijo aquel día el padre colocándole el caparazón pegado a la oreja—, porque si lo haces podrás oír el mar y lo que dicen las sirenitas que habitan entre las olas.

Por más que lo intentó, ese día Margarita fue incapaz de percibir otra cosa que no fuera un leve rumor, tan monótono y aburrido como el fastidioso zumbido de un moscardón. Pero estaba contenta con el regalo, pues a pesar de su tosco y áspero exterior, el nacarado interior de la caracola irisaba los colores del arco iris otorgándole un aspecto mágico.

Margarita, que a su corta edad de seis años aún no había visto el mar, salvo en fotografías y por televisión, empezó a hacer preguntas sobre él. ¿Qué de grande es? ¿Huele? ¿Tiene sabor? ¿Por qué es azul si es agua y el agua no tiene color? Preguntas que al no estar su padre para responderlas se las hacía a su madre, a la que terminó por agotarle la paciencia y dejó de contestarle, en parte, porque la buena mujer no sabía las respuestas. También se las hacía a Yago, ya que Guille era más pequeño que ella y dudaba que hasta supiera lo que era el mar. Pero su hermano mayor siempre estaba enfrascado en sus propios asuntos y tampoco le prestaba atención.

Y entonces ocurrió sin más. Un día oyó voces. Aquello fue algo mágico. Margarita, asombrada, miró la caracola sin dar crédito. Era verdad lo que le había dicho su padre de que si escuchaba con atención podría oír a las sirenitas. Es más, aseguraba que hablaba con ellas y estas le contestaban. A partir de entonces se convirtió en un incordio constante, pues a toda costa quería que la llevaran hasta el mar para conocer a sus nuevas amiguitas.

Más que por la cabezonería e insistencia que mostró, su padre le prometió que una vez finalizara el curso escolar, llevaría a todos con él de vacaciones hasta la isla, y es que a la vista de las largas conversaciones que mantenía a través de caracola, tanto a él como a su mujer le empezó a inquietar de que la niña no estuviera en sus cabales.

Así fue. Llegado el verano, la madre empezó a preparar el equipaje y una mañana de principios de junio abandonaron el pueblo de alta montaña en el que vivían y partieron rumbo al lugar en donde su padre llevaba ya varios años trabajando.

La isla no era muy grande y estaba prácticamente deshabitada. Tan solo había un pueblecito de pescadores en ella, con casas inmaculadamente blancas construidas entorno a una plaza en la que se lazaba el alto campanario de la iglesia desde el que, en días claros, se podía divisar la costa peninsular. El padre de Margarita vivía de pensión, pero en honor a su familia y para mayor intimidad, alquiló una casita en la misma orilla de la playa.

Margarita nunca f ue tan feliz. Todas las mañanas se levantaba ilusionada queriendo salir a la búsqueda de maravillosos tesoros, pero su madre la retenía obligándola primero a desayunar. La niña lo hacía apresurada, aunque daba igual las prisas que se
diera porque su madre después siempre después le encomendaba alguna tarea. Aquello sacaba de quicio a la niña que no entendía por qué mientras que a ella sí, a sus hermanos no se les exigía nada. Estaba más pendiente de la ventana, a través de la cual los veía corretear por la playa y jugar con los escasos niños del pueblo que de asearse y hacer las tareas, lo que la retrasaba y le valía alguna que otra reprimenda de su madre que la amenazaba con castigarla sin dejarla salir de casa.

—Nunca haré nada bueno de ti —le decía— Cada día eres lo más parecido a un marimacho.

Margarita se rebelaba ante esas palabras y notaba como los celos hacia sus hermanos crecían en su interior. Afortunadamente
en esos días su padre andaba siempre cerca e intercedía por ella ante la esposa.

—Déjala tranquila, mujer. Es todavía muy pequeña. Ya tendrá tiempo de aprender a comportarse como una señorita cuando crezca.

A regañadientes la madre cedía y entonces Margarita corría hacia el mar, en donde se dedicaba a recoger las pequeñas caracolas que las olas habían arrastrado hasta la playa. Ese verano fue el más feliz de su vida, y no solo porque su padre había pasado gran parte de su tiempo con ella enseñándola a nadar y a pescar, sino también, porque cuando terminaron las vacaciones había reunido una gran colección de caracolas y aunque no sabía muy bien qué hacer con ellas, se sentía ufana por ser la poseedora de tan preciado tesoro.

Ese año el invierno llegó pronto a Tierras Altas. Si bien fue uno de los más crudos que en los últimos años padeció la comarca, no se recordaría por las bajas temperaturas o las grandes nevadas que la asoló dejando a un buen número de pueblos aislados durante semanas, sino por el trágico accidente que conmocionaría a todo el país. El autobús escolar regresaba de vuelta a casa con su carga de pequeños duendes cuando el hielo adherido al asfalto lo hizo derrapar en una curva y salirse de la carretera, precipitándose seguidamente hacia el vacío donde al poco estalló y fue envuelto por las llamas. Margarita podía sentir el peso de su hermano protegiendo su pequeño cuerpo con el suyo, pero también, como lenguas ardientes le devoraban la piel. El abrasador dolor que le causaban hizo que perdiera la consciencia.

Gritos desaforados la despertaron.

—¡Venid aquí, vamos! ¡Hay una niña con vida!

—¡Tranquila, pequeña! ¡Aguanta! ¡Te vamos a sacar de aquí!

Sonido de sirenas, susurros entrecortados; voces extrañas y sin sentido llegaban hasta su cabeza.

—¡Pobre niña…! ¡Está completamente quemada!

—¡Qué lástima…!

—¡Ha tenido suerte! ¡Ha sido la única superviviente!

Y por fin las conocidas, las deseadas las amadas de sus padres.

—¡Oh, Dios mío! ¡Mi niñita! ¡Ojala te hubieras ido con el pequeño Yago.

—¡No vuelvas a decir eso! ¡Me oyes! ¡Nunca lo vuelvas a decir!

Margarita no entendía porque gritaba su padre. Nunca antes lo habían hecho. ¿Y por qué lloraba su madre? ¿A dónde se había ido Yago? Si aquello no doliera tanto… Por qué no dejaban de discutir y apagaban de una maldita vez aquel fuego. Quería gritar, maldecir. Hacer que se callaran todos y la sacaran de una vez de aquel maldito infierno.

—Shuuu, tranquila. Duerme.

—¿Yago? ¿Eres tú? ¿Dónde estás…?

¿Por qué no puedo verte?

—Shuuuu, tranquila, estoy a tu lado.

—No me dejes.

—No te dejo.

—Prometemelo.

—Te lo prometo. Yo te cuido y te sacaré de aquí… Pero ahora, calla. Vuelve a dormir.

Tras el accidente, nada volvió a ser lo mismo en la vida de Margarita. Su mundo de fantasía desapareció para dar paso a la cruel realidad. Su hermano mayor había muerto y ella no se reconocía cuando se miraba en el espejo. Dónde estaban sus trenzas…, el largo cabello que cada noche su madre le obligaba a capillar. ¿Y su piel? ¿Por qué aquellas arrugas no desaparecían y estiraban sus labios convirtiéndolos en una sonrisa perpetua, cuando a ella lo que menos quería era hacerlo?

Los meses fueron pasando. Durante todo ese tiempo Margarita fue sometida a interminables intervenciones quirúrgicas y
dolorosas curas sin que se le oyera salir de sus labios la menor queja. La existencia de la niña se asentó sobre una monótona apatía, aislándose en un obstinado silencio. Languidecía en vida ante la impotencia de sus padres que no sabían que hacer para arrancarla del estado de abandono en el que se había sumergido. No tenía que ir al colegio y ya ni su madre la molestaba exigiéndole que la ayudara con las tareas de la casa. Cada día era igual al anterior. Margarita se sentaba junto a la ventana mirando hacia el exterior sin ver nada y allí pasaba el día en silencio hasta que las sombras se cernían sobre el interior del cuarto, llenándolo de una oscuridad tan negra como sentía que ahora era su vida.

Un tarde a mediados de primavera, casi dos años después del funesto accidente que trastocaría su infancia, su madre
apareció portando una gran caja.

—Mira que tesoro he encontrado. ¿No te parece maravilloso?

Margarita echó un rápido vistazo al interior de la caja antes de responder lacónica y volver la vista hacia las montañas.

—No es ningún tesoro. Tan solo es una caja llena de estúpidas caracolas vacías.

—Bueno…, entonces no te importará que me las quede.

—Haz lo que quieras.

En las siguientes noches su madre contagió a la familia en una actividad frenética a la que a ella permaneció indiferente. El padre contribuía haciendo minúsculos taladros en las caracolas por donde la madre insertaría un sedal. Incluso su pequeño hermano contribuía pintándolas con esmalte de brillantes colores. Las pequeñas caracolas se iban transformando en collares,
pulseras, pendientes y en cajas decoradas con ellas en las que iban guardando los abalorios.

Fue precisamente Gille, que ya había cumplido los sietes años y que atrás se salvara de sufrir el accidente porque entonces había enfermado de gripe, quien una de esas noches descubrió la inmensa caracola que le había regalado su padre.

—¡Eh! ¡Es Yago! —gritó tras colocarla pegada a su oreja

Las actividades se pararon y el silencio se hizo ensordecedor.

—¿Yago? —preguntó con un apagado timbre de voz Margarita, saliendo de su habitual apatía.

—¡Guillermo, vete inmediatamente para tu cuarto!

Su madre si que debía estar alterada para nombrar a su hermano con todas las letras de su nombre

Sin embargo, el padre instó a su hijo para que siguiera hablando.

—¿Y qué dice, hijo?

—Que ella es fea y tonta —dijo señalando con un dedo a su hermana—. Y que se arrepiente de haberle salvado la vida…

Margarita se rebeló.

—Eres un mentiroso…, no puedes oírlo —gritó—. ¡Las caracolas no hablan!

—¡Sí que lo hacen! —porfió el niño— Es Yago y dice que ojalá te hubieras muerto como él.

Esa noche Margarita se levantó de la cama y recorrió con pequeños pasos la distancia que separaba su dormitorio de
la sala. Sigilosa, se acercó hasta la caja que contenía las caracoles, ajena a unos ojos tan azules como los suyos, que en silencio y con el corazón desgarrado, la observaban desde las sombras.

Con manos trémulas agarró la gran caracola y la acercó hasta su oído rogando oír la voz de su hermano. Tenía que hablar
con él. Sin embargo, por más que lo llamó, fue incapaz de oír otro sonido que no fuera el rumor de un mar que se le antojó embravecido.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, su madre sorprendió a todos diciendo que el próximo verano lo pasarían en la isla.

—Me lo ha pedido… —y su voz se ahogó antes de pronunciar con un hilo de voz el nombre del hijo que ya nunca podría acoger entre sus brazos.

—Siiii… A mí también me lo dijo —se apresuró a seguirla Guille. Y terminó por sentenciar—. Tenemos que volver.

El padre de Margarita miró a su esposa e hijo como si se hubieran vuelto locos. Después, miró a su niña que permanecía con su habitual actitud silenciosa.

—¿Tú que dices?

Pero Margarita se encogió de hombros y con indiferencia, volvió la vista hacia las montañas, como si nada de lo que allí se hablara tuviera que ver con ella.

Sin embargo, a su progenitor no le pasó desapercibido el temblor de su pequeño cuerpo, ni como sus puños se cerraron hasta volverle los nudillos blancos.

—Decidido pues. Este verano lo pasaremos en la isla.

Y regresaron a la misma casita de antaño. Todo en ella permanecía igual. Todo parecía como entonces salvo que eran conscientes de la presencia que faltaba y esa ausencia, a cada cual y a su manera, le desgarraba los corazones.

Margarita se sorprendió de que, cada mañana, su madre fuera la primera en insistir en que saliese de casa, y más por aislarse que por complacerla, así lo hacía. Buena parte de su tiempo lo pasaba sentada en la arena mirando el mar. La visión de tanta agua en calma y la luz solar causaba en su mente un efecto relajante. Al contrario de cuando había marejada.
Entonces sentía crecer una furia incontrolable en su interior que le subía hasta la garganta, en donde se le agarrotada hasta casi sentir que la ahogaba. Y era precisamente en esos días de mares agitados cuando Margarita sentía que la vida bullía en su
interior.

Lo siento, pero en este cuento no tiene final, ni feliz ni triste, ya que todavía está escribiéndose.

Sí, lo sé, no es justo, me diréis. Pero pocas cosas hay en la vida que sean justas ¿no?

Se aprende a vivir con lo que se tiene; lo que se cultiva es lo que se recoge.

A veces nadie la entiende, pero baste decir que Margarita es feliz, a su manera. Que han pasado los años y sigue sintiendo como la vida bulle en su interior, que no es poco. A pesar de lo duro que es la vida y que la mantiene con los pies bien asentados sobre la tierra, sigue creyendo en hadas, en duendes y en esas sirenas que surcan los mares, de los que muchos poetas hablan pero que en realidad pocos han visto. Y cree fervientemente que un mundo mejor es posible. Su fuerza radica en vivir la vida sin apegarse demasiado a ella…, en crear espirales que interiormente irisen todos los colores de arcoíris y que la
aprecien por ello, y no la rechacen por ese exterior áspero que a veces enseña y que ha salivado como una perla ulcerosa endureciéndose para protegerse de lo efímero y banal.

Margarita se siente una caracola de esas que escupe el mar, aunque aun señalándolo, serán muy pocos los que comprendan el porqué.

Comments

  1. LuchoBruce

    3 abril, 2013

    Maravilloso Mariav, me gustó muchisimo, final abierto para algo que es ta facil de entender y tan dificil de admitir…un beso, Lucho

    • Mariav

      4 abril, 2013

      Gracias, Luccho. Tras escribir varios finales ninguno me llegó a convencer.
      Me gustó eso de “final abierto para algo que es ta facil de entender y tan dificil de admitir” . Lo define todo muy bien. Un abrazo.

    • Mariav

      4 abril, 2013

      Me alegra de que te gustara.
      ;)

  2. Mabel

    3 abril, 2013

    Es magnifico. Mi voto y un abrazo

    • Mariav

      4 abril, 2013

      Gracias, Mabel. Un beso.

  3. Lidyfeliz

    3 abril, 2013

    Qué buen escrito, MariaV. Me encantó ese final abierto. Te felicito. Mi voto.
    Entro poco no porque no desee sino porque tengo dificultades con Falsaria, ultimamente.

    • Mariav

      4 abril, 2013

      Si que se ha vuelto lento esto de entrar por aqui, pero supongo que lo arreglaran pronto. Es Bueno saber de ti, aunque te sigo por tu blog palabrasdearenas. Un abrazo.

  4. VIMON

    3 abril, 2013

    Muy buen relato, Mariav, al cual le quedarían bien varios finales. Un saludo y mi voto.

    • Mariav

      4 abril, 2013

      Pues animate, Vimon, mis relatos no tienen copyright o cosa por el estilo. Cualquiera los puede hacer suyos.
      Gracias por leerme y opinar. Un abrazo.

  5. volivar

    4 abril, 2013

    Mariav: desde que publicaste eso tan lindo lo leí, y me quedé fascinado por esta cualidad que posees de narrar de maravilla. Para serte muy sincero, todo lo que publicas me ha gustado, y lo que hoy has publicado es maravilloso, así de simple, con ese final, como acostumbras, inesperado. Dice tus comentaristas que puede haber varios finales, y yo digo que puede ser, el caso es que eras maestra en esto de escribir con arte.
    ¿Sigues igual de linda, amiga? Yo digo que sí, faltaba más.
    Volivar (con v de volivar. ¿Recuerdas?, y no con v de Valverde, tu apellido) Eres a toda madre
    Mi voto, por supuestoñ.

    • Mariav

      4 abril, 2013

      Jajajaj, Volivar, más que linda. Me miro en el espejo y cada vez me veo mas guapa y simpatica. Ahora ya apenas digo tacos (palabrotas) Me estoy convirtiendo en toda una señorita como queria mi madre que fuera. En cuanto a lo de la V si que me reí recordando viejos tiempos y es que la V da para mucho como Victoria, Volivar, Vimon, Voto, Voz, Vida…
      Como sabrás, tambien soy Jose, pero así solo me llaman mis abuelos paternos que eran de Bilbao, es decir Vascos. Me gusta mi V de Valverde, como la de mi tocayo Josemari Valverde. ;)
      Un beso.

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