La pelea desvalida de la cotidianidad

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Con cierto desdén veía pasar el día a día, con la esperanza que había procedido en el futuro. He de admitir que la vida es más difícil ahora, las 2 cuadras que caminaba a partir de la estación de autobuses me solían llevar 5 minutos, actualmente me
toma más de una hora si voy apurado, quizás.
Los retos y las competencias de lucha, marcaron una época pasada, donde cada golpe y cada coñazo recibido implicaba una pelea financiada; aunque este recuerdo se resume hoy en día, a un dolor genérico en la espalda por el paso de los años.

Aún así, veía como los libros de la estantería adquirían cierto tono amarillento con el cambio de almanaque, sin embargo cada una de esas historias siguen presente en mi mente, como películas que hubiera presenciado alguna vez, las cuales nunca salieron de cartelera.

Suelo pasar diariamente con mi bastón por toda la ciudad, percibo a través de unos lentes que han soportado diferentes batallas , como la ciudad ha ido cambiando a lo largo de los años, mucho más presente en la conciencia de cada ciudadano, que en las tiendas o las calles de esta jungla de concreto. Soy de creer, que discutir de política o religión, son discos rayados que se cambian con respecto a la época, la primera ; siempre tendrá intenciones de controlar a los demás a través de ciertas condiciones como marionetas, y la segunda, se reduce al sentido de respetar las creencias y de resumir todo un conjunto complicado a un solo Dios que quita y otorga vida alguna.
En fin, qué puede saber un viejo como yo.

Los últimos días de Noviembre de aquel año, fueron de los más difíciles que he vivido, recuerdo que estaban aquellas interminables colas para cobrar la pensión, donde terminabas hablando con otro compañero que simulaba oírte, porque se quedaba dormido o ya padecía de sordera. Tras ser ignorado, mientras era dejado de lado por el servicio de la pensión y el
transporte de la capital, llegué por fin a la camioneta que me llevaría al terminal.

Al entrar en aquel desgastado transporte, también sofocado por el paso del tiempo, miré con resignación a cada uno de los pasajeros del autobús, la mayoría fingían estar dormidos o quizás sordos bajo el efecto, de una sordera perpetua. Me dije a mí mismo, que daba igual, que en la sociedad no hay educación, se había quedado pasado al igual que las buenas costumbres, en
mis tiempos todo era mejor.

De una forma inusual, se levantó un niño de 6 u 8 años y me dio el puesto, mientras los demás seguían durmiendo como muertos vivientes despiertos, ignorantes de la realidad.

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