Madrid

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    7

    Ella se pone de pie en un movimiento tan rápido que durante un segundo él tiene la sensación de que algo ha ocurrido. Pero no, ella avanza por el salón a los saltitos, como las niñas que juegan a la rayuela. A continuación, saca algo de su bolso —algo alargado, ligeramente chato— adornado por un papel y un lazo que bien podrían ser de navidad. Naturalmente no es navidad.

    —Feliz cumpleaños —dice y le entrega el paquete.

    —Bueno, sí. Es cierto… un año ya. ¿Pero un regalo?

    —Por supuesto, feliz cumpleaños, gordito. Ahora tienes la suerte de tener dos cumpleaños. En definitiva, es como si hubieras vuelto a nacer. Así que… ¡Por muchos, muchos, muchos más!

    Él abre el paquete y dentro encuentra un libro de colores cuyo título reza «101 recetas de cosas ricas sin azúcar» y se ríe. Por supuesto, él está acostumbrado a ese tipo de cosas.

    —Creo que es un golpe bajo… ya bajé cinco kilos —protesta mientras le da un beso.

    —Con más razón —contesta ella y se le tira encima—. No podemos perder la batalla contra los corticoides.

    Él ojea el libro y ambos se ríen de la cantidad de cosas malas que, llegado el caso y en ciertas circunstancias, podrían ser sabrosas. Hablan de «Una bomba de gelatina con frutas», de un «Crepe flambeado con plátano» y de recetas similares con nombres francamente comestibles. Luego él se levanta y va hasta la cocina. Organiza un esquema de pastillas que incluyen un micofelonato, dos tacrolimus y algo nuevo que nunca recuerda el nombre. Se los toma. Avanza nuevamente hacia el salón donde ella, ahora, lo espera semidesnuda —la lencería es, claramente, el verdadero regalo— y dulcemente arrodillada en el sillón. Se abrazan. Ella, antes de quitarle la ropa, empieza a besarle el brazo cuyas protuberancias deformadas como albóndigas laten y vibran e inmediatamente sigue el caminito de pequeños puntos blancos donde solían entrar ciertas agujas. Desde luego ella baja por el cuerpo de su novio hasta llegar al pene que es un grito. Un firme y hermoso grito. Cuando ella lo introduce en su boca, él ya ha dejado de pensar que hace exactamente un año, un riñón que no era precisamente suyo, ha empezado a funcionarle.

     

    6

    Antes de eso, exactamente tres meses antes de que dos jóvenes de veintiséis años hagan el amor sobre el sofá de algún departamento regularmente amueblado de Madrid, un hombre apoya sus codos sucios y temblorosos sobre la barra de un bar. Detrás de la barra hay dos neones viejos, de esos que uno no ve pero, por la luz tímidamente verde que emiten, sabes que están.

    —¡Hombre, llena la jodida copa! Llena la jodida copa y cierra tu puta boca…

    —¡Ey, Toño, no me hagas esto! Solo te pido que no me hagas esto. Sabes perfectamente que no voy a darte ni un puto chupito.

    El barman, que es primo de sangre del hombre, mira desconcertado a la chica que, tres veces por semana y solo de seis a una de la madrugada, lo ayuda en las tareas más ominosas. Ella también intenta convencerlo.

    —No haga esto, Toño. Vete a casa ¿Es que no ha aprendido nada?

    El hombre, acodado en la barra, no contesta. Observa el piso del bar repleto de papelitos desechables y porquerías no precisamente biodegradables. El problema, para aquellos que alguna vez han tratado con alcohólicos crónicos, es que no hay ayuda posible para ellos. Esto, por supuesto, no lo sabe la chica que simplemente trabaja tres veces a la semana, y solo de seis a una de la madrugada, para pagar sus estudios de Filología Hispánica. Ella lamenta que por sus dos grandes tetas y su metro setenta y cinco de estatura solo consiga ese tipo de trabajos.

    —Llena la jodida copa, copón. Toma, toma, puta rata, toma… —dice el borracho al tiempo que saca euros arrugados y sucios de su bolsillo.

    —Eh, guarda el dinero, Toño. Es que no has entendido nada. Me cago en tus muertos, joder. Que aún recuerdo a tu mujer llorando en el hospital. Eres un mierda, tío. Ahora mismo voy a pedirte un taxi…

    El hombre, que ya no está acodado sobre la barra húmeda y brillante, se aleja tambaleando y cuando llega a una máquina tragaperras, donde un parroquiano mete monedas como si fuera una retroexcavadora mecánica, se detiene.

    —Eh, tu —dice el borracho—, escucha, voy a comprarte esa copa, tío —el vaso de plástico está estático sobre la máquina—. Sí, voy a comprarte la puta copa. Toma, ven ¿Cuánto? ¿El doble? Aquí tienes, ven…

    En el intento de acercarse, el borracho empuja al tipo y el tipo choca contra la máquina y el vaso se cae. El tipo, que ese día ha hecho casi setecientos kilómetros desde Lisboa a Madrid y aún le quedan otros tantos hasta Bilbao donde deberá entregar su carga, se cabrea y lo insulta en portugués.

    —¡Eh, jodido portugués de mierda! Deberían darnos las gracias que aún existen. Puta mierda de país, vaya…

    El camionero, que ha nacido en Castelo Branco y entiende bien el español, lo suficientemente bien como para comprender lo que ese tipo de palabras significan, saca al borracho del bar y comienza a golpearlo. Justo cuando el barman llega a la escena, el borracho sencillamente se desmaya. Es improbable que antes de perder el conocimiento haya tenido el más mínimo recuerdo del infierno que ha tenido que pasar hace exactamente nueve meses, cuando un hígado, de alguien a quien jamás conocerá, ha empezado a funcionarle.

     

    5

    Antes de que aquel hombre perdiese el conocimiento en manos de un portugués de Castelo Branco, exactamente un mes antes, un guía turístico mediocremente pago hace una advertencia con la mano en alto. Es una señal silenciosa —ella, que está al lado, la percibe mejor que nadie—, y entonces, aún en el estrecho sendero de montaña por donde han llegado, se prepara. Ella ha estado esperando ese momento gran parte de su vida. Se acerca al guía, que es de mediana edad —esa edad indeterminada que suelen tener lo árabes— y se toma de su hombro. Si ella hubiese ido acompañada, como la mayoría de las personas que han optado por su mismo tour, no tendría que sostenerse a un hombre de mediana edad que no conoce. Pero, ciertamente, no le importa. Se sujeta a él y cierra los ojos. Se deja conducir y cuando un golpe de luz, perfectamente reconocible pese a su ceguera transitoria, la golpea en la cara, ella los abre lentamente. Entonces, solo entonces, todo lo que ha estado sufriendo en los últimos meses se materializa en la montaña perfectamente tallada que tiene enfrente, manchada de sombras naranjas.

    —Muy bien, muy bien, ¿eh?… No los engañé, verdad que no, ¿eh? Sí señor, este es «El Tesoro» —dice el guía con un terrible acento francés.

    Ella lo sabe, sabe que se llama «El Tesoro» y ahora comprende que no hay un nombre más indicado. El guía habla de los edomitas, de los nabateos y, en términos generalas, del parque arquitectónico de Petra que ella, pese a serias recomendaciones de su cardiólogo, está a punto de descubrir. Aún le quedan muchos kilómetros de bellezas perfectamente entalladas en la montaña pero ella, claudicando a ciertos puntos bastante razonables de su equipo médico, ha decidido limitar su recorrido y volver en burro para no exponer sus pulmones y su corazón a una fatiga innecesaria.

    Ahora es el guía quien la toma del brazo para explicarle que los puntos, como pisadas perpendiculares en la roca, constituyen una serie de molduras por donde los nabateos colocaban el andamiaje para tallarla. Ella, como es lógico, se lo agradece e intenta avanzar pero él la detiene. Son las siete y media de la mañana —han salido a las seis— y es, dice él, el mejor momento.

    —Solo un poco más. Tranquila, solo un poco más…

    El guía señala un punto en la parte superior del monumento. El sol empieza a moverse, a comerse las sombras naranjas que antes abrazaban la montaña tallada.

    —¿Ve? Es solo un momento y… ¡Pum! —dice el árabe con una sonrisa que solo pueden tener, y tienen, ciertas culturas.

    Es cierto, es una explosión de luz. El sol avanza de manera implacable sobre la roca detrítica mientras gran parte de la gente, por impaciencia fotográfica, se aleja. «El Tesoro» queda absolutamente desnudo, rajado por ángulos perfectos de luz y sombra y ella, ensimismada, es incapaz de percibir las dos lágrimas que han empezado a recorrerle la mejilla, acaso porque ha dejado de temer que su corazón se detenga. Que lo ha logrado. Que, pese a las estrictas recomendaciones de su equipo médico, ha llegado a donde siempre ha querido estar. Tampoco recuerda, desde luego, que hace exactamente siete meses los pulmones y el corazón, de alguien a quien ella jamás conocerá, empezaron a funcionarles.

    4

    Cinco meses antes de que una mujer volase casi exclusivamente desde Madrid a Amán y luego a Petra para contemplar «El Tesoro», una niña de trece años recorre los pasillos de un hospital de Madrid con sus ojos completamente vendados. Es cierto que su madre, que hace días o tal vez semanas que no duerme, la lleva de la mano pero de no ser así, ella podría ir perfectamente sola: han ido tantas veces a la misma consulta que conoce el camino de memoria. Naturalmente, ese día no es un día cualquiera.

    Aun dentro de la consulta su madre no logra soltarla y de tanta presión empieza a hacerle daño.

    —¿Cómo estamos hoy? —pregunta la oftalmóloga que conoce a la niña desde los seis años cuando, súbitamente, quedó ciega.

    —Súper contenta —dice la niña pero la madre, a quien en realidad la oftalmóloga mira, niega tajantemente con la cabeza y se cubre la boca. No llora, eso significaría arruinar las ilusiones de su hija.

    —Bien, bueno. Hablamos de esto varias veces, ¿no? —dice la oftalmóloga, que jamás habla de trasplante de córnea sino de queratoplastia.

    —Sí, está todo bien. Yo lo sé —dice la niña con una madurez que en el colegio y en ciertas instituciones para ciegos donde ella concurre ha causado verdadera impresión.

    Naturalmente, la niña no es adivina ni mucho menos, pero desde hace semanas ha empezado a sentir efectos extraños. Ella no sabe cómo es un caleidoscopio porque, si lo supiera, le diría a su oftalmóloga que siente exactamente eso: como si tuviese un caleidoscopio metido en los ojos. Esa impresión, que la madre jamás atribuiría a un resultado positivo de la operación, para la niña es el rastro del éxito.

    Sin embargo, a la oftalmóloga y a la psicóloga que acaba de entrar a la consulta, no les preocupa tanto eso, o sí, pero también otras cosas.

    —Ok, pero me tienes que prometer que vas a estar tranquila, ¿ok?

    —Ok, te lo prometo —y la abraza, aún sin verla, la abraza.

    La niña pese a ser increíblemente coqueta —utiliza para ello un inagotable sistema de asociaciones de colores que aun retiene en su cabeza junto a la percepción de ciertas texturas—, recuerda muy poco de cuando la visión nutría su cerebro.

    La oftalmóloga ha hecho esto cientos de veces. Antes de quitarle las vendas, baja ligeramente la luz del consultorio. Son varias vueltas de venda y luego retira suavemente dos gasas de sus ojos. Le pide que abra los ojos. Ella obedece y durante un instante parpadea incómodamente. Algo le obliga a cerrarlos o, por el contrario, a abrirlos demasiado. La oftalmóloga sube la intensidad de la luz y de pronto la niña se pone increíblemente rígida e, incomprensiblemente, comienza a llorar. La madre la toma de la mano y lógicamente lloran juntas. La niña mueve su cabeza positivamente —la emoción no le permite formular palabras— y la oftalmóloga, que ha hecho esto cientos de veces, se emociona y se felicita y son esos los momentos en que siente que todo vale la pena. Ahora la niña puede corroborar la improbable combinación de ropa que ha estado seleccionando su madre. Cuando finalmente se pone de pie para dirigirse hacia una lámina de las Islas Canarias que cuelga en una pared y cuyo verde esmeralda le ha inundado completamente sus ojos nuevos, ya no recuerda que hace exactamente dos meses alguien, a quien ella jamás conocerá ni le importa, le ha donado sus córneas.

     

    3

    Dos meses antes de que una niña de trece años recuperase la vista, y casi un año antes de que dos jóvenes festejasen un año de trasplante haciendo el amor en el salón de un departamento de Madrid regularmente amueblado, un hombre despierta de un sueño artificial.

    Al hacerlo, al poner en orden su aparato cognitivo, recorre con la mirada el cuarto en el que se encuentra. Las paredes laqueadas, algunas mesas con material que él no logra comprender, su cama inmensa y alta como solo pueden serlo los altares. Un instante después, alguien ocupa su campo visual, luego se va y al rato, durante un tiempo que lógicamente él no puede precisar, su hija aparece con una sonrisa cansada, las sombras de un llanto largamente esperado. Él, fiel a su estilo, le sonríe. Es el intento de una sonrisa despreocupadamente paternal.

    —Ey, pa. ¿Cómo estás? ¿Te duele algo?

    Él dice que no. Miente. No puede hablar pero dice que no e intenta levantar la mano para acariciarle el cabello. Objetivamente no está seguro de haberlo conseguido.

    Su hija, que hace doce horas está en el hospital de una ciudad al norte de Madrid, a veces con su madre —es decir, con la ex esposa de su padre—, a veces sola, tiene la mirada eyectada. Lo abraza. Insiste en la idea de que todo ha terminado. Susurra que ya está, que ahora solo les resta aguantar. Ella, en relación al sufrimiento de su padre, siempre habla en plural. Extrañamente unidos por ciertas agonías que han durado cinco años, ambos se quedan sumergidos en un silencio agitado. Es el silencio de dos corredores que han llegado juntos.

    —Te van a tener unos días aquí y luego, seguro, te llevan a una habitación donde vamos a poder estar mejor —dice ella y se echa a llorar.

    Una enfermera se la lleva y él se queda solo. Siente que el cuerpo se le parte en dos literalmente. Mueve las sábanas y observa por primera vez su cuerpo al que le salen dos tubos plásticos que, supuestamente, drenan sangre. Hay cables en cada centímetro de su cuerpo o eso imagina él. Intenta poner sus ideas en orden. Recuerda el momento exacto en que lo trasladaron al quirófano. Su médico ataviado, feliz, que le sostiene la mano y dice «Llegamos, viste que llegamos. Había que tener paciencia». El anestesista que, un segundo antes, saca una especie de bate de béisbol y le dice «Ok, ahora vamos a proceder a dormirte», al tiempo que sacude el palo. Todos ríen. Él imagina que repite la performance con cada paciente. No le importa. Recuerda que intentó sonreír pero, de pronto, su cuerpo empezó a temblar como una hoja. En ese momento, no logró contener el temblor que imaginaba producto de la mesa de operaciones —metálica y fría— o del yodo que le estaban pasando en el abdomen. Sin embargo, todos lo saben: es miedo. Un miedo químicamente brutal, en estado puro. Finalmente la anestesia sube por su brazo y toma su cuerpo —se lo arrebata— con una sensación dulce. Se va alejando y la idea de imaginarse despierto, horas después, con todo resuelto lo tranquiliza.

    El hombre, que tiene cincuenta años y hace dos se ha divorciado, desconoce que durante los próximos nueve o diez días engordará aproximadamente quince quilos de puro líquido. Que a medida que la morfina se vaya apagando el dolor será insoportable. Desconoce que tendrá que tomar medicación de por vida, que la palabra creatinina y urea serán compañeros de aventura. Claramente desconoce muchas cosas de su futuro y sin embargo se siente increíblemente sereno. Seguramente nadie, jamás, ha tenido una noción tan exacta del tiempo. Ahora, piensa. Ahora es este tiempo, aquella espera.

    Una enfermera invade su campo visual, le pregunta cómo se siente y luego se agacha un poco, no mucho, lo necesario para toquetear una bolsa que parece llena de sangre. No lo es, es orina. La enfermera está terminando su turno, un turno agotador y complejo pero antes de irse, antes de que lleguen el cirujano o el nefrólogo a confirmar ciertas cosas, ella se adelanta a todos ellos —sencillamente porque hace demasiados años que trabaja en esto y sabe exactamente lo que está a punto de ocurrir—, y se acerca a él para decirle:

    —Todo está bien, tranquilo. El riñón está funcionando. Seguimos adelante, campeón.

    Ella podría no haber dicho nada. No es, de hecho, su función, pero lo hizo y el hombre respira aliviado y se hunde en su sueño químico sin dolor. No piensa, bajo ningún punto de vista, quién ha compartido la otra parte de su suerte, es decir: qué otra persona en algún rincón de Madrid ha recibido el otro riñón. Ni a quien pertenecían. Él, simplemente, duerme.

     

    2

    Una mujer, pésimamente maquillada, apoya su frente en la pared laqueada, estéticamente diseñada bajo los mismos protocolos hospitalarios que tiene, en la otra punta de la ciudad, la sala de terapia intensiva donde veinticuatro horas más tarde despertará un hombre de cincuenta años junto a su hija.

    La mujer pésimamente maquillada arrastra su frente y su mejilla contra la pared y una señora bastante mayor, que se ha cuidado mucho de no utilizar ciertas palabras, no la toca. Ni siquiera se mueve. Aguarda silenciosamente detrás de ella. Ha hecho esto muchas veces, sabe, como saben pocas personas en el mundo, que su trabajo requiere de una frialdad que solo poseen quienes están convencidos de algo. Ese algo, como ha bromeado con otros colegas, es el bien mayor. Algo superior, esencialmente divino, indudablemente científico.

    La mujer pésimamente maquillada deja de moverse. Indudablemente ese es el momento, piensa la señora a sus espaldas y continúa hablando.

    —Debes entender que esto es lo que él deseaba. Ha dado su consentimiento explícito. ¿Me comprendes?

    La mujer pésimamente maquillada no contesta. Seguramente no pueda.

    —Por otro lado, es importante que comprendas la dimensión de todo esto, lo que está en juego: cinco personas a quienes tu decisión les salvará la vida.

    La mujer pésimamente maquillada, que aún viste un vestido de noche y unos zapatos negros, mira hacia abajo —sin separar la frente de la pared—, y se pone a jugar con las teclas de su teléfono móvil hasta llegar al mensaje que ha visto, en las últimas horas, aproximadamente doscientas veces. El mensaje dice «Me retraso. Voy en camino… espérame». Ella, lógicamente, lo esperó. Finalmente besa varias veces el teléfono y milagrosamente deja de llorar. A continuación, sin darse la vuelta, es decir: mirando exclusivamente la pared, responde:

    —Está bien. Está bien. Háganlo… Pero por favor, déjeme en paz.

     

    1

    Diez horas antes de que su esposa, a quien pensaba llevar al teatro, tuviese que tomar una de las decisiones más importantes de su vida, él aún está retocando el plano de un edificio que ha modificado ya mil veces. De pronto recuerda el compromiso y sale corriendo. Solo dispone de quince minutos para cruzar medio Madrid y sabiendo que en quince minutos es imposible atravesar medio Madrid, le escribe a su esposa un mensaje de texto que dice: «Me retraso. Voy en camino… espérame» y, sin levantar la mirada del aparato, cruza la avenida.

     

     

    Comentarios

    1. LUIS_GONZALEZ

      11 abril, 2013

      Excelente cuento una historia esperanzadora, me hizo recordar a la película “siete almas”, mi voto…

    2. VIMON

      11 abril, 2013

      Excelente relato narrado en secuencia regresiva. Muy original y bien escrito. Felicitaciones y mi voto

    3. nanky

      11 abril, 2013

      Nicolás: muy buena historia, bien estructurada. Deja escurrir entre sus letras aquellos rasgos que aún nos hacen tener esperanzas en la humanidad. Te recomiendo, si no lo has leído “El intruso” de Jean-Luc Nancy es una lectura imperdible. Este “peroncho” te envía un gran saludo, felicitaciones y voto, desde Buenos Aires.

      • Nicolas_Mattera

        11 abril, 2013

        Hola, Nanky. Pues no, no lo he leido, gracias por la recomendación, lo buscaré en la biblioteca.
        Gracias por leer el artículo, pese a que quedó un poco largo.
        Abrazo desde Madrid.
        Nicolas

    4. Paloma

      11 abril, 2013

      Increíble, Nicolás. No había leído un cuento tuyo en mucho tiempo y este es verdaderamente distinto a todos los demás. Fabuloso. Me ha encantado. Una estructura muy interesante y la relación entre los personajes, “vital”.

    5. Eduardo

      11 abril, 2013

      EXCELENTE LO SUYO MAESTRO !!

    6. Lorenzo

      11 abril, 2013

      Excelente! historias de vidas y milagros humanos!!!

    7. Sandra Legal

      12 abril, 2013

      Excelente y fascinante a la vez. Una historia de vida que se prolonga en otras historias de vida y esperanzas. Muy buena la estructura narrativa. Felicitaciones y un muy merecido voto
      Un abrazo

      • Nicolas_Mattera

        12 abril, 2013

        Muchas gracias, Sandra por la lectura y el voto. Me alrega que te haya gustado!

    8. LUCIA UO

      12 abril, 2013

      Excelente.
      Me encantó. De principio a fin, no tiene desperdicio.
      Muy, pero muy interesante.
      ¡¡Felicidades!!. Escribes muy bien.
      Un gran abrazo y un corazón.

    9. volivar

      13 abril, 2013

      Nicolás_Mattera: siempre me gustaba mucho leerte; creo que publicas en esta red desde mediados del 2011. tus relatos, son pues, como los cometas, que de vez en cuando aparecen, pero dejando una estela de luz para iluminar el camino literario de muchos que te seguimos.
      Mi voto
      Volivar (Jorge Martínez. México)

    10. oscardacunha

      13 abril, 2013

      Magnífico relato Nicolás, me gustó el estilo narrativo, la incorporación de los personajes, y el espíritu que desprende. Lo disfruté, se merece una segunda lectura y unos momentos de reflexión.
      Mi felicitación y un abrazo.

    11. Papo

      14 abril, 2013

      Bueno, que decir! no voy a hablar del argumento porque ya sabes…
      En cuanto a la estructura, ademas de regresiva, se podria inventar el termino “embudica”, cinco historias confluyen en una… como la vida no?

    12. Richard

      14 abril, 2013

      Hola Nicolas.
      Realmente una historia sobre historias de vida y con un mensaje arrollador que debe estar siempre presente.
      Sensible. Conmovedor.
      Abrazo y voto

    13. AquaVioleta

      1 mayo, 2013

      Me quedé pensando: ¿Por qué “Madrid”? Supongo que yo soy corta de entendederas y no capté el mensaje. Igual, me gustó la intención del relato y la retrospectiva del asunto. Mi voto y un abrazo.

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