Muerte púrpura

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Corría el año del Señor de 1236 cuando la epidemia de ergotismo tuvo en Europa su momento álgido. La gangrena por un lado
y la locura por otro mataron a millares de personas. El asesino invisible era el centeno, portador de la Claviceps purpurea.

Alfonso era novicio del Monasterio de Ávila, un afortunado hijo bastardo de quién sabe qué señor feudal. Su labor era sencilla aunque casi todos los novicios la odiaban. Tenían que copiar extraños símbolos de un pergamino a otro. Alfonso era el único
novicio que sabía leer. Leía sólo los tratados que le atraían, en los que aparecían figuras humanas. Tras meses de lectura comprendió que se trataba de una Ciencia. Las plantas eran capaces de curar a las personas, aunque también podían matarlas. El poder de la naturaleza se abría ante sus ojos y veía cómo osados maestros de todo el mundo (Hipócrates, Galeno, Rhasis, Abulqasim) practicaban curando el cuerpo.

Comenzaron a llegar al Monasterio —el único lugar donde se curaba cuerpo y alma— enfermos de ergotismo. Alfonso estudió incansablemente en los libros sin resultado. Durante la oración matutina, mientras rezaba a Santiago Apóstol, dedujo que las
dolencias provenían de centeno enfermo. Aconsejó a familiares de los convalecientes no comer cereales. Las recomendaciones del joven tuvieron efecto en todo el Reino de Castilla. El mensaje del Apóstol Santiago a través de Alfonso se difundió a lo largo del Santo Camino, desde La Provence hasta Campus Stella y Finisterre. Guiados por sus pastores, los peregrinos corrieron la voz del hallazgo del santo y joven —ahora Monge— que se hizo famoso como sanador enviado por el Apóstol.

El Arzobispo Pedro Suárez de Deza agasajó a Alfonso en su viaje a Santiago de Compostela. Le pidió que relatara en público el descubrimiento del Santo. Al oír lo que no le convenía, le corrigió implacable: «El poder del Señor ha dotado al camino de Santiago el don de curar a los enfermos. ¡Agradece el designio divino que os ha iluminado! ¡Confiesa tu error!». Alfonso se enfado
muchísimo. Sus conocimientos le impedían seguir con esa farsa. Solicitó una rectificación a su padre confesor y a toda la curia hasta llegar al Papa Honorio III. ¡No había magia en el camino! El Apóstol tal vez le allanara el camino, pero la enfermedad del centeno era algo físico, no mágico.

Ante la negativa de la Iglesia, Alfonso dejó la vida clerical. Pronto fue aceptado en la flamante Universidad de Palencia, donde las artes Médicas y Farmacéuticas aún no tenían un lugar. En ese entorno laico descubrió un mundo rebelde. Lejos de la sombra
eclesiástica desarrollaría sus conocimientos para el bien de la comunidad.

Fue depurando técnicas y separó la Farmacia como una Ciencia específica. Sus discípulos comprendían poco a poco el sentido humano y material, lo estrictamente científico. Acababa de aislar el hongo mortal del centeno cuando cayó gravemente enfermo. A punto de morir recibió una carta de Compostela. Dentro del sobre había una poesía:

«El Camino Santo,

también censura.

Nadie opaca al Señor,

Él actúa con premura.

El grano maldito

os ha dado en suerte,

y por la venia del Señor,

iréis al infierno en breve».

 

Recordó entonces la visita a la Universidad, meses atrás, del Cardenal Pedro Suárez. Sonrisas falsas, disculpas vagas y «el pan de la concordia». Ese pan de la muerte, de centeno purpúreo, del mismo color de su dueño.

Comentarios

  1. mauge

    9 abril, 2013

    Maravillosa iglesia que siempre condenó lo que no le convenía, y lo sigue haciendo. Hermosa historia, gracias por contárnosla. tienes mi voto y abrazo.

  2. VIMON

    9 abril, 2013

    Una historia muy interesante, Per. Gracias por traerla. Felicitaciones y voto

  3. nanky

    9 abril, 2013

    Pernando un relato muy interesante, saludo y voto desde Buenos Aires.

  4. Pernando.Gaztelu

    9 abril, 2013

    Gracias amigos, como en todas las historias hay una parte verídica y otra no tanto, he intentado plasmar un poco lo que se sentía en la época y que alguna vez hemos sentido en el presente, unos más y otros menos.

  5. Mabel

    9 abril, 2013

    Me ha gustado mucho tu historia, mi voto y un abrazo

  6. Lidyfeliz

    9 abril, 2013

    Excelente crónica, Pernando. Y a mí con lo que me gusta el pan de centeno… Mi voto

  7. ROSARIO

    10 abril, 2013

    Me encanto amigo; un relato fascinante… un fuerte abrazo y mi voto.

    Rosario.

  8. volivar

    12 abril, 2013

    Pernando: ahora me doy cuenta de que algunos compañeros tienen razón en que no se han corregido en Falsaria; siguen los errores; yo, por ejemplo, anoche comenté tu narración, y te anoté un voto, pero, al revisar hoy, veo que no se registró ni el voto ni el comentario. Vaya, amigo, me sorprendió esto.
    Pero, bueno, ahí va de nuevo
    Volivar

  9. LUCIA UO

    12 abril, 2013

    Me encantó.
    Muy, pero muy interesante tu historia.
    La disfruté muchísimo.
    Un gran abrazo y un corazón. No sé si se marcó.
    El sistema es demasiado lento y obsoleto.
    Lamentablemente.

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