No importa

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Nadie tenía nombre en ese lugar. Quizás hace mucho tiempo habían tenido una identidad, al igual que las demás personas que llenan las vibrantes calles de la ciudad, pero ahora no eran más que números. Toda su humanidad se había reducido a una simple cifra almacenada en una computadora. A lo largo de los años, muchos habían tratado de rebelarse contra un destino tan frío, pero todos ellos habían terminado igual: estrellándose una y otra vez contra una impenetrable pared que terminó por destruirlos. Pero en ese mar de autómatas destacaba ella. Quizás no era la más agraciada del mundo, pero todos los grandes señores la tenían en muy alta estima por su eficiencia. Sabía trabajar más rápido que ninguna y jamás se atrevía a protestar, sin importar lo difíciles que fueran las tareas que se le encomendaban. Sus compañeros no dejaban de mirarla con extrañeza, además de preguntarse cuál sería el motivo que la hacía soportar las largas jornadas laborales con una sonrisa en los labios.
Unos sospechaban que ella usaba sustancias estimulantes para mantener todo el día una buena actitud, mientras que otros insinuaban que pasar tanto tiempo enfrente de una computadora le había afectado la mente, y por eso ya no podía distinguir entre el dolor, la fatiga y el resto de sus emociones.
Todos esos tontos se equivocaban. Al verla siempre tan silenciosa, trabajando sin levantar siquiera la cabeza, nadie podía
imaginar el gran secreto que ella escondía en su hogar…y tal vez así era mejor. Si ellos se atrevían a poner sus garras en ese fragmento de felicidad, las horas de ella se volverían igual de oscuras que las de los demás.No..era mejor que todo siguiera como siempre, y esperar la hora de la salida en silencio, aguardando la ansiada recompensa. Como niño esperando recibir un dulce, ella no podía esperar para regresar a casa y volver a sentir de nuevo la sangre
fluir entre sus venas. No sucedía como en una película de Hollywood, y sin embargo, era un momento completamente perfecto. Entre los brazos de su “persona especial”, ella ya no era simplemente una cifra. El robot diseñado para trabajar volvía a ser Angélica, la mujer que había ahogado entre el asfalto sus sueños de juventud.
¡Qué importaba si la gente no podía entender la grandeza de su amor! Aguantar una eterna
temporada en el infierno sería como un paseo en el parque; siempre y cuando esos bellos ojos siguieran devolviéndole a su corazón un poco de la esperanza que se había esfumado entre las frías calles de la ciudad .Los corazones envidiosos siempre juzgaran su forma de amar, pero no importa, quizás con el tiempo ellos encontrarán su propia felicidad.

 

Comentarios

  1. volivar

    14 abril, 2013

    Jacaranda, amiga y paisana, yo tambièn te leo por primera vez y veo que tienes grandes cualidades para este oficio. Te felicito, y espero que sigas con nosotros, pues el camino es arduo, tenaz, pero sòlo asì, con paciencia se logran las metas, que me imagino no estar descubriendo el hijo negro.
    Mi voto. Y te aseguro que siempre leerè tus lindas publicaciones, pues èsta me ha gustado mucho.
    Mi voto
    Volivar (Jorge Martìnez. Sahuayo, mICHOACÀN, mÈXICO)

  2. Jacaranda.Dorantes

    15 abril, 2013

    Muchas gracias, volivar. En efecto, comparada con muchos de ustedes, el camino que llevo recorrido no es muy largo, pero allí voy… y por eso mismo agradezco mucho tus palabras, y de corazón, qué bueno que te gustó mi historia.
    Saludos y seguramente andaré por aquí a menudo

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