Pueblos de la inocencia

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    Llegaba, hace mucho tiempo atrás, la primera obra de arte desde la provincia de Buenos Aires al pueblo del oeste riojano, lo que ocasionó gran entusiasmo entre las familias que comenzaban a juntar peso por peso, para ir a la velada organizada en un salón de la escuela pública.

    Por la tarde, una camioneta rural circulaba por la calle principal y a viva voz invitaba al pueblo a la primera obra de teatro que se iba a llevar a cabo, al compás de la música y los panfletos que volaban por los aires calurosos. Los actores saludaban a la gente, que solo acostumbraba a ver tal despliegue cuando venía algún circo pobre, con caballos viejos, payasos tristes y algún que otro león flaco.

    La gente comenzaba a amontonarse para saludar y pedir autógrafos a los actores que jamás habían visto, pero sentían la motivación de repetir la acción de quienes saludaban y elogiaban, también querían cazar algún que otro panfleto de color rosa que significaba “ paga uno y entran dos”.

    Al llegar la noche, el pueblo ya estaba listo para entrar al salón de la escuela pública que albergaba un centenar de sillas de chapa.

    Familias enteras, de todas las clases sociales del pueblo estaban dispuestas a ver tal espectáculo. Algunos vestidos con sus mejores ropajes, otros que no habían entendido muy bien de que se trataba, habían llevado, por las dudas, el mate amargo con unas ramitas de muña y algo para picar.

    La obra estaba por comenzar, todos en silencio, las luces tenues dejaron de alimentar el ego de las polillas que se amontonan alrededor de la lámpara; a oscuras lo único que se podía oír era el murmuro de los asombrados y el infaltable llorisqueo de un bebe… El “SHHH” de los que ya habían oído hablar de que en las obras de teatro se debía guardar silencio, comentario de algún pariente viajero que traía novedades.

    La escena ya estaba montada en el escenario, una historia familiar que acontecía entre la tristeza de una madre que luchaba contra la indiferencia de su marido, el alcohol y el castigo, un hijo rebelde que la maltrataba acusándola de ser la culpable de sus miserias.

    La historia reflejaba el maltrato familiar hacia la mujer que hace de madre y esposa.

    Una de las escenas de la obra mostraba a la madre, cansada de los malos tratos recibidos por su hijo ya mayor, llorando desconsoladamente, mostrando como la angustia puede instalarse en una familia producto del alcohol, el egoísmo y el mal trato hacia la parte más débil.

    El público atónito observaba la escena de más tensión de la obra, la madre yacía en el suelo tomando de los pies al hijo, llorando, arruinada por los años y el dolor pidiéndole por favor que deje de maltratarla e insultarla, mientras el hijo cada vez más aumentaba los maltratos… cuando de repente, entre el silencio, admiración y atención… Una fuerte voz retumba en el salón antiguo, cargado de bronca, impotencia y llanto se escuchó… “Caradura, no te da vergüenza hacer sufrir así a tu madre, malagradecido con todo lo que hace ella por vos y tu papa”…

    El grito feroz provenía de la octava fila a la derecha, era un hombre de, aproximadamente, unos cincuenta años de edad que no había terminado de entender que lo que estaba sucediendo era solo ficción, la representación de una realidad que no estaba sucediendo…

    Las carcajadas colmaron el salón, los artistas no pudieron contener la risa, perdieron la concentración del protagónico, y los aplausos ese día fueron dedicados a aquel hombre que había demostrado que para la inocencia no había edad…

    Que lo gestos de la inocencia nunca mueran, es una marca registrada que todavía guardamos los pueblos del interior.

     

    Autor: Alejandro Daruich (h)

    Comentarios

    1. volivar

      5 abril, 2013

      Alejandro: te felicito por esto tan hermoso que nos has compartido; es motivo de riza la voz del espectador, pero luego uno se pone a reflexionar que aún hay pueblos, arrinconados, olvidados, como dices, pero en los que la gente vive feliz en esa inocencia de la que nunca deberíamos haber salido.
      M i voto
      Volivar (Jorge Martínez. México)

    2. Alejandro

      5 abril, 2013

      Muchisimas gracias amigos, todavia hay pueblos que guardan los gestos de la inocencia, aquella que se niega a la picardia urbana, la que se siente comoda, la inocencia de los que muchas veces se olvidan…
      Besos y abrazos grandes gracias

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