El Destino, pequeño pueblo a orillas del pantano, en el extremo norte de la Mesopotamia. De pocos habitantes, su gente vivía básicamente de la caza, de la pesca y el cultivo del arroz.
Nada de especial tenía el pueblo, a excepción de Ismael. Ismael es un muchacho de unos 21 años, de pelo castaño y ojos almendra. No se le conoce familia y nadie recuerda ya cómo había llegado al pueblo. Vivía en una pequeña cabaña abandonada en las afueras, justo en el límite con el pantano.
Se mantenía gracias a la solidaridad de la gente del pueblo, que lo alimentaba y le regalaba ropa y zapatillas, a cambio de pequeñas tareas como cortar el pasto, barrer veredas, etcétera.
Ismael es lo que, comúnmente, se conoce como el “tonto” del pueblo. Personaje pintoresco, dueño de una de las más extrañas y divertidas manías que se conocían hasta el momento.
Ismael coleccionaba sapos. Sapos de todo tipo y tamaño. Sapos vivos a los que alimentaba y con los que convivía en su casa.
Todas las tardes, desafiando el calor y las alimañas del pantano, se lo veía partir con una vara en su mano derecha y una bolsa en la mano izquierda. Durante horas se adentraba en él, para regresar sobre el final de la tarde con un sapo dentro de la bolsa.
Para los niños del pueblo, ese era el momento más divertido de la tarde. Al ver llegar a Ismael todos se sentaban, formando una ronda, en el suelo de la plaza para escuchar sus increíbles historias, sus anécdotas, y los detalles de la dura cacería del sapo. De más esta decir, la gracia que causaban estas historias en los niños, quienes se burlaban y mofaban de él.
Los adultos del pueblo, por el contrario, no estaban muy contentos con la costumbre de Ismael.
Era habitual ver que la plaza, el almacén y hasta algún hogar cercano se viera invadido por los sapos de Ismael, cuando estos escapaban de su casa. Sistemáticamente por las noches, todos los sapos ganaban las calles del pueblo, para brindarles a sus habitantes dulces serenatas que, a menudo, hacían que dormir no fuera descansar.
Al amanecer del día siguiente, era comun ver a Ismael corriendo por la plaza detrás de los sapos, tratando de encerrarlos nuevamente en su casa.
Pero esa tarde, no parecía una tarde más. Ismael se veía más animado que nunca, todo lo hacía con una sonrisa. Cuando llego la hora de su expedición al pantano, una alegre melodía en forma de silbido, acompañaba sus preparativos. Feliz como pocas veces, Ismael partió de cacería.
Nadie comprendía tamaña alegría en Ismael, a excepción de Pedro. Pedro era uno de los niños del pueblo, hijo del herrero, considerado el mejor amigo de Ismael. El conocía su más íntimo secreto.
Pedro sabia que la obsesión de Ismael era llegar a tener quinientos sapos. Y sabia, además, que hasta hoy llevaba capturados cuatrocientos noventa y nueve.
No sabía la razón que impulsaba esta obsesión. Pero si que debían ser quinientos. Vaya a saber que loco pensamiento deambulaba por esa mente tan especial, que extraña fantasía impulsaba a Ismael a esta cacería.
De ahí la particular felicidad y el desmesurado optimismo de Ismael. Hoy era el gran día, si nada extraño ocurría, Ismael traería un sapo mas, su sapo numero quinientos.
Y así fue que partió. Contento como nunca, pero como tantas otras veces, Ismael se adentro en el pantano. Ya sobre el final de la tarde,
todos los niños se reunieron en la plaza a esperar la llegada de Ismael. Ninguno parecía conocer la importancia de aquel día, a excepción de Pedro.
No paso mucho tiempo para que empezaran a oírse, por el sendero que da al pantano, los pasos de Ismael aproximándose de vuelta al pueblo. Acompañaba sus pasos con ese mismo alegre silbido con el que había partido.
Pronto se lo vio llegar, vara en mano y la bolsa inflada como un globo, en. Sin dudas, dentro había un sapo. Pero lejos de sentarse junto al resto de los niños, veloz como un rayo corrió hacia la cabaña. A su paso por la ronda de niños, tan solo atino a gritar:
-“Atrape mi sapo numero quinientos, y aunque no lo crean es rojo”
Y sin mediar más palabras se encerró en su casa. Los niños no salían de su asombro. Desde hacía meses, todas las tardes Ismael gustaba hablar de sus hazañas en el pantano, pero esta vez opto por encerrarse en su casa.
Al grito de los adultos, cada uno de los niños retorno a sus hogares con el amargo gusto de no haber podido divertirse con
Ismael y sus aventuras.
El último haz de luz de la tarde dio paso a la noche y pronto todos los habitantes de El Destino se encontraban descansando. Los niños dormían y los adultos aguardaban, con cierto fastidio, el momento en que los sapos de Ismael escapen de su casa para hacer de las suyas.
Extrañamente, esa noche los sapos no salieron de su casa, el silencio reinante así lo demostraba. El pueblo disfrutaba, feliz, de una noche de descanso total.
La noche paso sin sobresaltos, y el sol del amanecer pronto comenzó a inundar de luz la plaza central. Las mujeres del pueblo, las primeras en levantarse, asomaron sus adormecidos rostros para ver a Ismael corriendo por la plaza detrás de sus sapos.
Nada de esto ocurría, la plaza amanecía desierta y la cabaña de Ismael toda cerrada. A todos les pareció extraño pero, tratándose del “tonto” del pueblo, no había de que preocuparse.
Pronto todo el pueblo había amanecido y se prestaba a comenzar con sus labores diarias. De Ismael y sus sapos aun ni noticias. Pedro, preocupado, decidió acercarse a la cabaña de Ismael para ver que estaba ocurriendo. Golpeo con fuerza la vieja puerta de madera y espero un instante. Al no tener respuesta, decidió asomarse por una de las ventanas laterales de la cabaña. Ismael no estaba, solo los sapos. Algunos saltaban, otros dormían.
Pedro preocupado por la ausencia de su amigo, dio la alarma al resto de los niños. La noticia corrió como reguero y pronto todos los adultos estaban informados y a la búsqueda de Ismael. Jamás, en los años que hacía que vivía en el pueblo, Ismael había desaparecido sin avisar, y menos durante la noche.
El día paso demasiado rápido buscando a Ismael sin resultados. Se recorrió el pantano, el camino vecinal y la ruta que vincula a El Destino con el próximo pueblo, y nada.
La llegada de la noche sorprendió a todos sin Ismael y con una invasión de sapos que, ya hambrientos, se habían apoderado de las calles del pueblo. Con buen criterio, se decidió entregar los sapos al Zoo de la ciudad más próxima.
Pronto una cuadrilla de veterinarios y cuidadores del Zoo se presentaban en el pueblo a fin de trasladar los sapos. Luego de horas de trabajo, todos los sapos estaban dentro de jaulas en el camión. Según los registros de los veterinarios, los sapos eran quinientos uno y se resaltaba la presencia de dos sapos rojos. Según los especialistas del Zoo no existía en el
mundo ninguna especie de sapos de color rojo.
A su arribo al Zoo, los sapos fueron clasificados y colocados en hábitats artificiales adecuados para su supervivencia. A excepción de los dos sapos rojos que fueron aislados y llevados al laboratorio para su posterior análisis.
Luego de varios días de análisis, no se arribaron a conclusiones contundentes sobre el origen del color rojo de los sapos. Tan solo se determino que se trataba de dos machos jóvenes de alimentación omnívora. Se determino, además, que podian representar una amenaza para el resto de los de su especie por lo que se recomendó su aislamiento.
A todo esto en El Destino se lloraba la perdida de Ismael. La policía local daba por cerrada la investigación y certificaba la desaparición y muerte del joven.
Se realizaron funerales sin cuerpo presente y pronto todos, a excepción de los niños, retomaban su ritmo de vida normal. En los niños perduraba aun la tristeza y el dolor por el amigo perdido, en especial en Pedro.
Fue Pedro, quien a modo de homenaje, había pedido a los niños del pueblo seguir con la tradición de juntarse a la tarde en la plaza del pueblo. Solo que esta vez no estaría Ismael para contar sus nuevas y fantásticas aventuras, pero lo recordarían
afecto. Y fue Pedro quien tuvo la idea de, por lo menos una vez al mes, viajar al zoo de la ciudad para ver a los sapos de Ismael.
Obviamente, al principio, la oposición de parte de los padres fue inmediata.
Pero atendiendo a razones más emocionales que racionales finalmente accedieron.
Y así fue que, una vez al mes, un micro con los veinte chicos y tres adultos partía de El Destino rumbo al zoo de la gran ciudad para ver los sapos.
Imposible describir la emoción de los chicos la primera vez que viajaron al Zoo y encontrarse con los animales de su amigo. La gente a su alrededor no entendía tanta devoción por unos animales tan desagradables. Parecía que se conocían de toda la vida, y los sapos parecían responder a tanta algarabía. Saltaban y croaban, como nunca lo habían hecho.
Todo era felicidad en el grupo que, aprovechando la ocasión, quiso recorrer y conocer el resto del parque. Así que el grupo se alejo del estanque de los sapos y comenzó la recorrida. Tan solo Pedro, en un momento de distracción de los mayores, se separó del grupo. Su perspicacia le había hecho notar la ausencia del sapo rojo, y fue en su búsqueda.
La tarde iba llegando a su fin, como la visita. Decididos a emprender el regreso, los adultos comenzaron a pasar revista al grupo antes de subir al ómnibus. Hecho el recuento de niños, solo faltaba Pedro.
Sin desesperar y entendiendo que, en su emoción, aun estuviera deambulando por allí, el grupo decidió separarse para buscarlo.
No muy lejos de allí en la oficina del jefe de veterinaria del zoo un mensaje por radio, de uno de los cuidadores, lanzaba una alarma.
- “Doctor, creo que debería venir al sector H. Algo raro ha ocurrido, tal vez sea grave”.
-“Voy para allá”, dijo el doctor.
El sector H correspondía al de las especies en aislación, y allí se encontraban los sapos rojos de Ismael,
Para sorpresa de todos, en el hábitat de los dos sapos, ahora había tres sapos rojos.

VIMON
Muy buen relato. Saludos y mi voto.
Sandra Legal
Excelente relato. Me encantó. Felicitaciones y mi voto
Un abrazo
volivar
Diego Alejandro: narracion que se lee con sumo interés. Te felicito. Mi voto. volivar