Tierras de luz, tierras de sombra

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    PARTE I. DHIRNAM Y LA LEYENDA DE LA REINA NÍVEA.

     

    Se encogió cuanto pudo en ese hueco que los setos dejaban con el muro. “No iba a aguantar a ese fantoche ni un minuto más”. Estaba harta de pretendientes estúpidos, ridículos y pomposos. ¿Por qué tenía que pasar por todo aquello? Su propia mente le dio la respuesta. “Simplemente porque era una mujer, un ser débil que necesitaba la maravillosa protección de un varón”. Lo que esos idiotas no sabían es que ella podía desarmarlos en menos de quince segundos. Apoyó la cabeza en la piedra fría que le servía de respaldo. Ese escondite era perfecto, lo había descubierto diez años atrás cuando llegó a aquella casa y se ocultaba cada vez que quería huir de algo o simplemente desaparecer.

    Y allí estaba otra vez, huyendo e intentando hacerse invisible después de haber dejado como un huracán el salón de la mansión donde ese simple se había quedado con la cara aún más de estúpido, si es que aquello era posible y tan colorado que parecía que iba a estallar en cualquier momento. No pudo evitar sonreírse al recordarlo.

    -Cretino… - y para colmo había osado intentar comprarla con joyas. ¡Con joyas! ¡A ella! Definitivamente ese pobre tonto no tenía ni idea de lo que se iba a encontrar…

    De repente unos pasos hicieron que se encogiera aún más. Sin duda la estaban buscando. Aguantó la respiración y rezó para que nadie descubriera aquel refugio vegetal que las ramas del seto estratégicamente recortadas por el jardinero, ocultaban. Bernard se había convertido en su cómplice silencioso durante años.

    Desde donde estaba solo podía ver lo que había justo delante. Un par de botas negras y sucias de polvo y barro se detuvieron frente al escondrijo. Ella contuvo aún más fuerte el aliento y deseó poder detener los latidos de su corazón por un instante, que en ese momento le parecían ensordecedores. Por lo menos las botas no eran de ese atontado.

    Una mano comenzó a retirar las ramas que la cubrían y el sol penetró a través de los huecos dándole directamente en el rostro cegándola, tuvo que cerrar los ojos y no vio quién era el que había osado irrumpir en su rincón secreto.

    -Adelle, sabía que estarías aquí… -enseguida reconoció la voz que pronunciaba su nombre. Se quitó la mano de los ojos que le servía de pantalla y un rostro bien conocido comenzó a dibujarse entre las hojas que refulgían cuando los rayos de sol las atravesaban.- ¿No te has pasado un poco con el pobre Babineaux?

    -¡Guy! – Adelle se arrastró por el suelo para salir, el vestido se enganchó en una de las ramas, pero tiró de él y sintió cómo la tela se rompía, no le importó y con una brusca sacudida se soltó de la trampa.- ¿Cuándo has vuelto?- se lanzó al cuello del joven que la abrazó y la levantó del suelo.

    -¡Maldita sea Adelle, por mucho tiempo que pase fuera no creces ni un centímetro…!- la dejó de nuevo en el suelo y la miró de arriba abajo. Retiró unas hojas que se habían quedado enganchadas en el cabello dorado de la muchacha, que hacía unos instantes estaba perfectamente recogido a la moda, pero que ahora aparecía completamente despeinado y enredado.

    -¿Eso es lo mejor que tienes que decirme?- el joven se puso serio.

    -Verdaderamente no. Creo que llamar débil y afectado a un Babineaux, nos va a costar caro. ¿Cómo se te ha ocurrido?

    -Guy… Ese asqueroso viejo quería casarse conmigo… Se atrevió a llamarme salvaje y a decir que él era muy capaz de domarme… ¡Ha hablado de mí como si fuera una yegua…!

    -Sea como sea Adelle, eres una señorita y lo que se espera de ti es que te comportes y que te cases con alguien de buena familia llegado el momento… Eso hubiera querido tu padre.

    -Yo le importaba un cuerno a mi padre…

    -De cualquier forma alguien tendrá que calmar a ese hombre que está a punto de explotar y no creo que padre pueda, desde que te has marchado no ha dejado de reírse. Puedes quedarte aquí otro rato. Le diré a Bernard que te avise cuando puedas volver.

    -Guy…- pero el muchacho se había dado la vuelta y caminaba presto
    de vuelta a la casa. Ella se sentó en uno de los bancos de piedra. “¿Por qué
    siempre eres tan frío conmigo?” Acaso tanto deseaba que se casara y se marchara
    de su vida…

    Allí estuvo sentada más de una hora. Contemplando las rosas
    blancas que florecían con ostentosa abundancia a su alrededor y el devenir de
    las abejas, cuando una mariposa negra del tamaño de la palma de su mano se posó
    en el asiento junto a ella. “¡Qué grande era!”. Fijó la vista en las alas,
    tenían una extraña filigrana simétrica dorada en ambas. Y las antenas también
    parecían de oro… “¡Qué animal tan curioso!”.

    De repente levantó el
    vuelo y se dirigió a los rosales, al laberinto de setos del jardín. Ella se puso
    en pie y como hipnotizada la siguió. Avanzó por los caminos de grava hasta
    llegar al muro, la mariposa se posó entonces en una de las piedras de la tapia
    y cuando Adelle estuvo lo suficientemente cerca y alargó los dedos para
    tocarla… ¡Desapareció! La muchacha se quedó petrificada… “¿Había atravesado el
    muro? Imposible… Eso era del todo imposible… Habría volado hacia alguna parte…
    Pero ella estaba allí. Se había desvanecido frente a sus ojos…”. Alargó la mano
    hacia el muro, pero cuando sus dedos casi lo rozaban, una voz a su espalda hizo
    que se volviera.

    -Señorita Adelle… El Señor Guy me ha ordenado que le diga
    que ya puede volver con total tranquilidad – se quedó mirando a aquel hombre mayor de barba
    blanca que estaba delante de ella como si fuera la primera vez que lo veía. Por
    fin reaccionó.

    -Bernard… -el jardinero sonrió.

    -Señorita, parece que ha vuelto a despachar con aires
    destemplados a otro pretendiente…- el anciano sonreía.

    -Era un completo idiota Bernard, me trató como si fuera un
    caballo… Solo le faltó mirarme los dientes… -el hombre rió de buena gana.

    -Entonces hizo bien. Usted se merece algo muchísimo mejor-
    ella asintió con aprobación.

    -Tú eres el único que me comprende Bernard… Será mejor que
    vuelva a casa y aguante el chaparrón que me espera. Mañana seguiremos hablando.

    -Claro que sí señorita - le tendió un capullo de rosa blanca.-
    Es el más bonito que he encontrado hoy y se lo he guardado. Ya sé cuánto le
    gustan –ella lo cogió con delicadeza entre los dedos y le dio un beso en la
    mejilla.

    -¡Gracias! Hasta mañana Bernard –mientras atravesaba la puerta
    del jardín acariciaba la rosa que desprendía un dulce aroma.

    Al avanzar con pasos lentos por la galería central observó
    que había un gran número de paquetes y baúles junto a la puerta de entrada.
    “Sería el equipaje de Guy”. No pudo resistirse y desdobló uno de los
    envoltorios de papel que cubrían los bultos. “¿Habría traído algo
    interesante?”. Pero casi al momento todas sus expectativas se desvanecieron. Eran
    telas, encaje para ser exactos. ¡Qué aburrido! Seguro que eran encargos de su
    padre para hacerle más vestidos.

    -Sigues tan curiosa como siempre…- se giró sobresaltada.
    Delante de una de las puertas de los salones estaba Jérôme Lejeune, el mejor
    amigo de Guy.

    -Y tú tan inoportuno…- justo detrás de él apareció la figura
    de su padre.

    -¡Adelle! ¿Dónde te habías metido? Ese Babineaux se ha ido
    hecho una furia… -Guy también apareció frente a ella.

    -Padre, no sois la persona más apropiada para recriminarle
    nada, aún reías cuando he vuelto de buscar a Adelle- Louis Morel se encogió de
    hombros y fue hacia la muchacha.

    -Lo siento Guy, pero ya sabes que esta chiquilla es mi
    debilidad.

    -Si sigues consintiendo todas sus salidas de tono nunca la
    casarás… - Adelle estaba furiosa. ¡Estúpido Guy! Si él supiera lo que ella
    quería de verdad…

    -No necesito a ningún hombre - se giró airada y dejó a los
    tres contemplando cómo se alejaba dignamente.

    -Pero Adelle… ¿Qué has hecho con el vestido nuevo? ¡Está
    destrozado!- suspiró Louis tristemente. Ella sin volverse respondió.

    -Lo he arreglado. Era horrible - y siguió ascendiendo por
    las escaleras hacia su cuarto.

    -Supongo que esto significa que hoy no cenará con nosotros –
    lamentó Jérôme mientras reía por la ocurrencia del vestido.

    **********

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

    Youri miraba con interés el portal mágico que el anciano
    acababa de ordenar abrir a una joven ante sus ojos y siguió el trayecto de la
    mariposa negra que habían enviado. Tras un tiempo de espera que se le hizo
    eterno, entre árboles y setos de un jardín apareció una joven que caminaba
    guiada por el insecto mágico. La tenía justo delante. Una chiquilla vestida con
    un traje color turquesa entallado y escotado, con los cabellos castaño claro revueltos
    y salpicados de hojas. ¡Qué extraña! ¿Sería ella? Y entonces reparó en eso. ¡No
    podía ser! Se volvió confuso hacia el anciano que contemplaba la escena sentado
    desde una butaca.

    -¡Tiene los ojos verdes! – el hombre de la barba asintió.

    -Pero solo ellos tienen los ojos verdes… ¿Acaso es un…?- el anciano
    que había permanecido sentado se incorporó y se acercó al joven que tenía delante.

    -En nuestro mundo puede que sea así, pero en otros lugares
    no tiene por qué…

    -¿Entonces es ella?- el viejo volvió a asentir.

    Youri miró de nuevo hacia el portal, la mariposa estaba
    posada en él y lo atravesó, nada más hacerlo desapareció dejando en el aire un
    rastro de humo dorado. Ahora solo faltaba que la siguiera. La muchacha se paró
    sorprendida y alargó la mano. “¡Ya estaba, ya la tenían!”. Pero justo cuando el
    contacto iba a efectuarse un hombre apareció detrás y la joven se volvió, habló
    unos minutos con él y después volvió a desaparecer. Youri se giró furioso.

    -¡La hemos perdido!- pero el hombre de la túnica blanca ni
    se inmutó.

    -Habrá más oportunidades… - el muchacho estaba fuera de sí.

    -¡Maldita sea! No tenemos tiempo…

    **********

     

     

     

     

     

     

     

     

    Cerró de un golpe. “¿Qué les pasaba a todos?”. La puerta se
    abrió tras ella y Léonore entró como una exhalación.

    -Pero niña, ¿qué ha pasado?- hemos estado buscándote toda la
    tarde.

    -Otro idiota Nana. Tuve que decirle que se fuera – la mujer
    que llevaba cuidándola desde que nació, se sentó junto a ella en la ventana.

    -Pero mi niña alguna vez tendrás que aceptar a alguno. La
    paciencia del señor no puede ser infinita…- Adelle, la miró con los ojos llenos
    de lágrimas.

    -Pero ya sabes a quién quiero yo…- Léonore la abrazó y la arrulló
    como cuando era pequeña.

    -Lo sé, mi niña lo sé…- acabó de soltar la melena castaña y
    la peinó con los dedos.- ¿Por qué no te arreglamos un poco y bajas a cenar?
    Todos se alegrarán. Además ¿no tenías tantas ganas de ver al Señorito Guy?

    -Ya no Nana… Además no tengo hambre… Solo quiero acostarme.
    Diles que no bajaré –la nodriza acarició una vez más el cabello de la muchacha
    y dejó la habitación.

    Cuando se quedó sola y a oscuras. Lloró, lloró porque sabía
    que Léonore tenía razón y que llegaría el día en que tendría que aceptar una de
    esas proposiciones. Lloró por su amor no correspondido. Lo hizo también por
    ella, por la madre que no había conocido y por el padre que se voló la cabeza en
    frente suyo cuando tenía seis años. Por su fragilidad y su debilidad. Pero
    sobre todo lo hizo por rabia, por impotencia.

    Desde entonces, desde lo que la trajo allí, desde aquello de
    lo que nunca se hablaba, había vivido en esa casa siempre protegida por su
    padrino al que llamaba padre y al que sentía como tal y por Guy, que constantemente
    cuidaba de ella. Pero ahora el tiempo se acababa, la burbuja en la que había
    estado metida estaba a punto de estallar. Se desnudó y se acostó y siguió
    dándole vueltas a todo esto hasta que el sueño acabó venciéndola.

    **********

    Guy y Jérôme estaban desayunando en una de las terrazas que
    daban al jardín cuando un caballo negro atravesó el sendero de grava trasero y
    salió veloz camino de la campiña.

    -Hoy tampoco la veremos - Guy apuró la taza de café apoyado
    en la balaustrada de piedra mientras contemplaba cómo el equino azabache pasaba
    frente a ellos montado por Adelle que ni siquiera desvió la mirada hacia allí.
    El lazo de raso que sujetaba su melena en una coleta en la nuca voló y fue a
    parar llevado por el aire hacia donde estaban. Guy lo atrapó entre los dedos y
    lo acercó a su nariz. Olía a rosas, como su pelo.

    -¿Sigue enfadada por lo del pretendiente?

    -Supongo…

    -Si no te conociera, diría que te alegras cada vez que
    rechaza a uno…- Jérôme miró a su amigo divertido y le arrebató la cinta de
    entre los dedos.

    -No digas estupideces, solo quiero lo mejor para ella…- aún
    contemplaba la estela de polvo que había dejado.

    -¿Y si me ofrezco yo como pretendiente? Puede que no tenga
    un rango de nobleza como el de todos esos, pero a lo mejor a mí me acepta…- Guy
    sonrió.

    -Si quieres convertirte en la diana para sus dardos
    envenenados puedes hacerlo en cuanto vuelva esta tarde.

    -Creo que de momento esperaré a que sean otros los que los
    reciban, pero de sobra sabes que realmente me interesa -Guy no contestó.-
    Cambiando de tema, ¿se lo has dicho ya?

    -No, no he podido.

    -Pues deberías, es algo que estaba pensado desde antes de
    que ella llegara.

    -Lo haré cuando tenga la oportunidad –respondió molesto.

    **********

    Adelle llegó cabalgando junto al lago. Desmontó, sujetó la
    correa de mando del caballo, dándole libertad suficiente para que pudiera comer
    la fresca y tierna hierba y lo liberó de la montura y la brida.

    Se acercó al agua cristalina para humedecerse la cara y se
    vio reflejada. Iba vestida con el atuendo masculino de montar, se había negado
    a llevar esas ridículas faldas y por su puesto lo hacía a horcajadas. El pelo
    se le había soltado, así que liberó una de las mangas de la camisa de la cinta que
    ceñía el puño a su muñeca y volvió a recogerlo en la nuca. Cualquiera que no
    hubiera estado lo suficientemente cerca para apreciar la finura de sus rasgos
    hubiera dicho que se trataba de un hombre. “¡Y cuánto hubiera deseado en ese
    momento que fuera así! No tendría que pensar en casarse, podría viajar con Guy,
    estudiar sin tener que esconderse… Ser una mujer no tenía ninguna ventaja en
    ese mundo”.

    Se dejó caer bajo un árbol, agradeciendo la sombra, el sol
    de abril calentaba con fuerza.

    Todavía recordaba el día que llegó a aquel lugar, solo tenía
    seis años y acababan de enterrar a su padre. Ella todavía tenía grabada a fuego
    la imagen de la pistola puesta en su sien y los ojos de su progenitor fijos en
    ella mientras la pedía perdón. “¿Perdón por qué? ¿Por matarse, por dejarla
    sola, por haber ignorado su existencia durante seis años…?”.

    Todo el mundo cuchicheaba a su alrededor el día del funeral.
    “Que si nunca había superado lo de su mujer, que si no soportaba mirar a su
    hija porque era igual que ella, que si tras la caída de Napoleón se había
    vuelto loco…”. Solo su Nana estaba allí con ella, sin soltarle la mano ni un
    momento. Ella no había llorado, no había derramado ni una lágrima.
    Verdaderamente no conocía al hombre que acababan de sepultar. Puede que la
    gente tuviera razón y que no soportara mirarla porque podía contar con los
    dedos de una mano las veces que había hablado con él. No sentía dolor. Solo
    estaba asustada por lo que ocurriría ahora. Era una niña, pero lo
    suficientemente inteligente como para saber que todo cambiaría, que la vida
    como la había conocido hasta ese momento ya nunca volvería. Y entonces entre la
    multitud de falsos dolientes y de fingidas condolencias había aparecido él, ese
    hombre de mirada afable con bigote que dijo ser su padrino. Ella ni siquiera
    sabía que tuviera uno. Y junto a él un muchacho de pelo negro y ojos azul
    intenso que la miraban con curiosidad. Pero no con pena o con codicia como lo
    había hecho los otros. Los ojos de ese niño mostraban simpatía, una verdadera
    muestra de cariño.

    Se la habían llevado a su casa, siempre cogida de la mano de
    Léonore, que se había hecho cargo de ella desde la muerte de su madre. Comenzó
    una nueva vida, en un nuevo lugar, rodeada de nuevas personas…

    Así pasaron unos meses, hasta que su padrino hizo llegar a
    gente que se encargara de su formación. No había abierto la boca para decir una
    sola palabra desde el momento en que irrumpió en el estudio para buscar papel
    donde dibujar y vio cómo la bala atravesaba la sien de su padre y su sangre le salpicaba
    el rostro. Cada vez que cerraba los ojos por la noche, la imagen aterradora se
    dibujaba en su mente una y otra vez.

    Pero ese día estaba aburrida y esa maldita mujer se empeñaba
    en que aprendiera a bordar no sé qué cosa. Golpeándola una y otra vez en las
    manos cada vez que equivocaba la trayectoria de la aguja. Entonces se había
    cansado, había lanzado el bastidor con
    el bordado contra la odiosa mujer y había salido corriendo hacia el
    jardín.

    Esa fue la primera vez que se escondió en aquel hueco,
    parecía hecho para ella. Solo tuvo que arrastrarse un poco y quedó protegida
    por el muro de piedra y la pared de vegetación. Nadie podía verla. Ni desde el
    jardín ni desde la casa. Estaba segura allí. Pasaron muchas horas. Escuchaba
    cómo la buscaban por todas partes. Mucha gente había pasado delante de ella, pero
    nadie la había descubierto, nadie había reparado en aquella guarida. Estaba
    atardeciendo y empezaba a quedarse dormida cuando de repente alguien se paró
    frente al escondite, unos pies pequeños. Una mano se abrió paso entre la
    hojarasca.

    -Adelle, puedes salir, yo estoy aquí. Estás segura…- era la
    voz de Guy. Y sin saber muy bien por qué ella había alargado la suya y había
    dejado que aquel muchacho la sacara de allí.- No tienes que hablar si no
    quieres, ni tampoco tienes que aprender a hacer todas esas cosas aburridas… Mi
    padre pensó que te gustarían y por eso trajo a esa gente, pero si no quieres,
    no pasa nada… - Adelle se detuvo y miró algo que el chico llevaba sujeto al
    cinto. Lo señaló. Era un florete.

    -Quiero aprender eso. Como tú, Guy- el muchacho sorprendido
    al principio, rió después.

    -¡Has dicho mi nombre! – ella asintió y también sonrió.

    Guy la llevó de vuelta a casa, donde esperaba recibir una
    buena reprimenda, pero para su sorpresa todo el mundo la recibió con alegría, excepto
    su nana que lloraba, aunque también estaba contenta.

    -¡Qué susto nos has dado niña!- Guy aún la llevaba de la
    mano.

    -Padre, Adelle se ha ido porque no quiere aprender esas
    cosas tan aburridas que la enseñan esas mujeres que dan miedo… Me ha dicho que
    quiere aprender esgrima, ¿verdad? – su padrino la miró con sorpresa y ella
    asintió.

    -Así que has hablado al fin…- soltó una fuerte carcajada.

    -También quiero montar a caballo como él… - dijo con voz
    débil y temblorosa y volvió a señalar a Guy. Su padrino rió de nuevo.

    -¡Será como tú quieras! Pero a cambio solo te pediré una
    cosa- ella lo miró con los ojos muy abiertos.- Que sigas tocando el piano.
    Sería un pecado desaprovechar ese talento que tienes- tras pensarlo un momento
    ella asintió. Su padre había enviado maestros que la enseñaron a tocar el
    instrumento desde antes de que pudiera recordar. Decían que era un prodigio con
    el clavecín. Había comprendido cuan débil era una mujer y ella no quería
    convertirse en un florero o un objeto de adorno.

    Y así se había establecido el pacto por el cual ella
    recibiría una educación similar a la de Guy a cambio de tomar clases de piano. Aunque
    siempre se negó a tocar para nadie que no fueran su Nana, su padre o él.

    Todo se había cumplido hasta que el joven cumplió los
    dieciséis y empezó a estudiar fuera y a viajar con el que ella ya había
    empezado a llamar padre. Fue a partir de entonces cuando se forjó su carácter
    rebelde y discordante.

    De cualquier forma, si lo pensaba bien no tenía derecho a
    enfadarse de esta manera. Esos dos hombres habían hecho por ella más que nadie
    en el mundo y si la manera de retribuírselo era aceptando a uno de esos
    estúpidos, quizás era el momento de ceder. Al fin y al cabo ya tenía dieciséis
    años. Sin embargo antes de acceder estaba dispuesta a decir lo que pensaba,
    aunque fuera una última vez.

    Pasaban un par de horas del mediodía cuando atravesaba la
    gran puerta de la finca. Caminaba despacio junto al caballo. Cuando pasaba
    cerca de la casa su padre salió a una de las terrazas.

    -Adelle, ven un rato con nosotros…- ella tragó saliva y
    sonrió.

    -Ahora voy padre.

    Dejó el caballo en las cuadras y regresó. Escuchó voces procedentes
    de la sala de música. Se acercó y asomó la cabeza. Su padre, Guy y Jérôme
    conversaban animadamente. Cuando notaron su presencia, se giraron hacia la puerta.

    -Guy, no sabía que tuvieras un hermano- Jérôme reía su
    propia broma. Reparó en que aún llevaba el atuendo masculino.

    -Y yo no sabía que tuviéramos un empleado del ejército a
    cenar – Jérôme tenía un alto rango en el Guardia Real y su familia tenía
    reputación militar, pero por sus venas no corría sangre noble. Él sonrió.

    -Touché Mademoiselle – ella enseguida torció el
    gesto.- No te enfades conmigo Adelle, que me partes el alma y ven a sentarte con nosotros – antes de que ella pudiera responder
    y se enzarzaran en una disputa lingüística de las que tanto gustaba la joven y
    para las que Jérôme siempre estaba dispuesto, Guy intervino.

    -¿Por qué no tocas un rato? – lo miró sorprendida.

    -Sabes que solo toco para…

    -Por favor, Jérôme es como de la familia y yo mientras he
    estado fuera lo he echado mucho de menos- Adelle reparó entonces en que atado a
    su muñeca llevaba el lazo de raso que había perdido esa mañana. Sin decir nada
    más tomó asiento y levantó la tapa del teclado. Comenzó a mover los dedos con
    delicadeza y agilidad y la música comenzó a brotar inundando la habitación y la
    casa. Su padre asentía satisfecho y Guy la miraba con intensidad. Así
    estuvieron mucho rato, realmente la encantaba tocar, pero odiaba hacerlo para
    alguien que no significaba nada para ella, era algo demasiado importante,
    demasiado íntimo… Jérôme que se había sentado junto a su amigo en un momento
    determinado sonrió y le susurró.

    -Verdaderamente es una buena adquisición tu hermanita- lo que
    pretendía ser una broma secreta llegó con nitidez a sus oídos y dejó caer la
    manos con brusquedad sobre las teclas que retumbaron, sobresaltando a los tres.
    Se levantó del asiento y dejó la sala sin decir nada más. “Otra vez tratándola
    como una mera cosa”, no lo soportaba.

    En la sala de música se hizo el silencio. Guy se levantó y
    aunque no iba con su carácter agarró a Jérôme por la solapa de la levita.

    -¡Eres imbécil!- dejó la habitación y subió las escaleras.

    Unos minutos después estaba llamando a la puerta de Adelle
    con algo bajo el brazo. No obtuvo respuesta, así que entreabrió la puerta.
    Sobre la cama estaba la joven echada, llorando con la cara oculta en una
    almohada.

    -Adelle… Perdónalo, es un idiota, pero no lo hace con mala
    intención… -ella retiró el rostro del cojín y lo miró fijamente.

    -¡Qué más da Guy! Si en el fondo tiene razón. Solo soy una
    mercancía. Algo más que se vende al mejor postor - el joven se sentó junto a
    ella y limpió las lágrimas de sus ojos.

    -Puede que para otros sea así, pero para mí no. Para mí
    vales más que nadie y no por la fortuna de tu padre. Vales por lo que eres, por
    tu inteligencia, por tu fortaleza, por tu carácter… Yo te admiro Adelle, te
    admiro por cómo has enfrentado a un mundo que se empeña en menospreciarte, en
    infravalorarte… Tú has hecho que salga de aquí llorando lo más granado de la
    sociedad francesa…- sonrió y ella también.

    -Pero tarde o temprano tendré que aceptar a uno de esos idiotas…

    -No tienes por qué… He decidido que no voy a hacerte pasar
    por esto más. Tú decidirás con quién quieres casarte Adelle. Te lo prometo-
    ella lo miró emocionada y con los ojos llenos de lágrimas otra vez.

    -¿De verdad?- él asintió.

    -No te pega mucho llorar, ¿sabes?

    -Me lo imagino- posó su mirada en el paquete que él sostenía
    entre los brazos.- ¿Qué es eso?

    -Pues… Un regalo para ti… - ella sonrió, pero enseguida
    torció el gesto.- Como has estado enfadada conmigo desde que llegué no he
    podido dártelo.

    -Si son esos encajes que vi… Pierdes el tiempo, no me
    interesan para nada…

    -¿Crees que yo te traería telas como recuerdo de un viaje?
    Esto está especialmente hecho para ti- le tendió el envoltorio y al cogerlo
    comprobó que pesaba más de lo que creía. Lo desenvolvió con premura y
    curiosidad y cuando la última de las telas cayó al suelo ella se quedó sin
    palabras. ¡Era una espada! La observó con detenimiento. Tenía la empuñadura forrada en piel y la hoja
    triangular con punta aguda. Los gavilanes hermosamente forjados eran dorados.

    -¿Me has traído una espada?- él sonrió complacido al ver su
    cara de asombro y felicidad.

    -No podía estar en Toledo y no traerle una espada al mejor
    espadachín que conozco, después de mí, claro. Además lleva tu nombre grabado- miró
    la empuñadura y leyó en la marca de la hoja “Adelle Legrand”. La madre de Guy,
    era española, de Toledo. Aunque ella nunca llegó a conocerla. Había muerto de
    tuberculosis antes de su llegada.

    -Verdaderamente me siento más Morel que Legrand…

    -Pero es lo que eres… Tu padre fue un gran militar y tu
    madre una dama muy admirada, así que siéntete orgullosa.

    -Y me siento orgullosa, pero mi familia sois vosotros…-él
    sonrió.

    -Y tú la nuestra… -la miró durante unos segundos intentando
    soltar unas palabras que no le salín, Por fin desistió.- Querrás probarla, ¿no?
    – ella asintió.- Pues lávate la cara y te espero abajo a ver si has mejorado en
    mi ausencia y aguantas un poco más…

    -Tienes demasiada confianza en ti mismo y un día te venceré…

    -Lo espero con impaciencia- le guiñó un ojo y salió del
    cuarto.

    En cuanto se quedó sola apretó la espada contra su pecho.
    Hacía años que se había negado a seguir usando el florete en su aprendizaje. “¡Si
    Guy podía, ella también!”. Y no se le daba nada mal, de hecho podría vencer a
    la mayoría de los hombres, pero él seguía siendo mejor que ella. Tal vez era
    porque cuando estaban juntos no era capaz de concentrarse del todo.

    Se enjuagó la cara con agua que había en una jarra en el
    tocador y volvió a recogerse el pelo con una cinta de raso. Estaba feliz, Guy
    había dicho que no tendría que volver a pasar por lo de la elección de
    pretendiente, era maravilloso. Le había prometido que sería ella quien
    elegiría. Sonrió y se miró en el espejo una
    vez más antes de salir.

    Iba tarareando con la espada bien sujeta cuando oyó la voz
    de su padre y de Guy desde la biblioteca. Sin quererlo detuvo sus pasos y
    escuchó. Se asomó por el hueco que quedaba de la puerta entreabierta y vio a su
    padre sentado al escritorio y a Guy de espaldas a ella.

    -Mañana se hará público tu compromiso con Constance
    Dumontier. Ya no puedo retrasarlo más. Su padre me está presionando.

    -Pero padre…

    -¿Tú también me vas a salir con excusas? Lo de Adelle lo
    puedo llegar a comprender, aún es casi una niña, pero tú… Guy es algo que se
    decidió cuando nacisteis, no puedes echarte atrás ahora…

    Adelle ya no pudo oír más, sus oídos se habían taponado, el
    latir de su corazón era tan fuerte que le impedía escuchar. Con las piernas
    temblorosas se dio la vuelta y se alejó de allí. Pasó junto a la sala de música
    donde Jérôme leía recostado en un diván. Al verla pasar salió a su encuentro.

    -Adelle, perdóname. Fue una broma de mal gusto. Sabes que no
    pienso eso de ti ni mucho menos- pero ella no escuchaba lo que decía, solo veía
    abrir y cerrarse su boca. Asintió y siguió su camino hacia el jardín. El
    muchacho se encogió de hombros y retomó la lectura.

    Cuando estuvo en el exterior y el sol y el aire le dieron en
    la cara, recobró la conciencia. Guy iba a casarse con Constance Dumontier, ella
    conocía a esa joven. Era de su edad y las habían presentado en una fiesta que
    su padre había dado en esta casa. Hacía casi un año. Guy había bailado con esa doncella
    refinada y exquisita, mientras ella luchaba por escabullirse todo el tiempo.
    Entonces… En aquel momento ya eran prometidos… Lo eran desde siempre… Y ella
    había seguido soñando como una idiota. Lo había hecho hasta hacía unos
    segundos. Siempre pensando que tal vez él algún día descubriera lo que sentía…
    Qué tonta, qué estúpida… Se la llenaron los ojos de lágrimas de rabia.

    -¡Estúpida!- gritó. Bernard que en ese momento estaba
    adecentando un arriate se volvió hacia ella.

    -¡Señorita! ¿Qué le pasa?- ella lo miró un momento y luego
    sonrió.

    -Que soy tonta Bernard, solo eso… - y echó a correr sin
    rumbo fijo a través del jardín. Cuando las lágrimas contenidas se habían
    convertido en un nudo que le atenazaba la garganta y no la dejaba respirar se
    paró en seco y respiró profundamente. Reparó en la espada que llevaba en la
    mano y con rabia la lanzó con todas sus fuerzas. Sin embargo por mucho tesón
    que puso al lanzamiento, era imposible que la ira hiciera que la hoja cogiera
    tal velocidad. Debió chocar contra el muro, pero para su sorpresa desapareció succionada
    por la pared de piedra. Con la boca abierta se quedó paralizada mirando la tapia
    grisácea.

    Cayó en la cuenta de que estaba en el mismo lugar donde el día
    anterior había seguido a la mariposa. Ya no podía ser un error de apreciación.
    Decidida se encaminó al muro pero mientras avanzaba se enganchó con algo que se
    clavó en su pierna por encima de su rodilla. Con una exclamación de dolor se
    miró el muslo, una rama de un rosal se había clavado en su extremidad
    enredándose en torno a ella. “¿Cómo era posible que no la hubiera visto?”. Acercó
    la mano y observó que la sangre había empapado el pantalón y que escurría por
    la bota de piel negra, hasta la hierba. Las espinas eran enormes, del tamaño de
    su dedo índice, no eran normales, y se habían clavado con fuerza. Apretó los
    dientes y arrancó la rama de un tirón, ahogando una grito. La sangre brotó con
    más ímpetu al retirar las espinas y formó un pequeño charco alrededor de su
    pie. Apretó la lesión, y siguió caminando con dificultad hacia el muro donde
    había desaparecido la espada. Cuando estuvo justo en frente, alargó la mano y
    lo tocó. La roca empezó a ondear como cuando lanzas una piedra al agua y fue
    desapareciendo, hasta dar lugar a una especie de ventana a través de la que se
    veía un bosque. Y allí clavada en un árbol, estaba su espada.

    “¿Qué estaba pasando? ¿Era un sueño? Estaba tan impactada
    por lo que acababa de descubrir sobre Guy que estaba viendo visiones…”. Fuera
    como fuera tenía que recuperar la espada. Pasó una mano a través de la ventana,
    después el brazo, cuando intentó mover la pierna un dolor punzante le recordó
    la lesión y echó un último vistazo atrás antes de introducirse por completo en
    ese extraño bosque. La rama punzante del rosal había desaparecido y ella había
    dejado un rastro de sangre hasta donde se encontraba.

    Por fin se decidió y cruzó la puerta por completo. Estaba en
    medio de un bosque oscuro. No recordaba que hubiera nada así en las
    inmediaciones. Recuperaría el arma y volvería cuanto antes. Anduvo hasta el
    árbol dónde estaba clavada la hoja y tiró de la empuñadura hasta que consiguió arrancarla
    de su prisión de corteza. Entonces reparó en que la pierna ya no le dolía.
    Acercó de nuevo la mano y apretó lo que debía ser la herida, pero no sintió
    nada y la sangre estaba seca. Se encaminó de nuevo hacia la puerta por la que
    podía ver el jardín, pero un ruido entre los matorrales la detuvo en seco.
    Empuñó el arma y permaneció en silencio, expectante.

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