El Almirante del Infierno
La Reinvención de Caronte
Hace frio, acá abajo siempre hace frio. Y me duelen los huesos, siempre me duelen los huesos. Siempre es la palabra que debería utilizar para este lugar. Es eterno, inmortal. Los viajes al otro lado del rio ya son parte de mi vida. Ese movimiento monótono de mi barco. Ver las caras impasibles, deformadas, demacradas de los muertos que no hablan ni respiran. Me entregan una moneda para pagar su viaje y eso es lo único que tengo. Solo eso. Pequeñas y redondas monedas de plata que siempre me han entregado y que siempre me entregaran.
En la tierra han sido reyes, príncipes, héroes, soldados, prostitutas, mercaderes, artesanos… Pero acá son todos iguales, no hay nadie que sea diferente acá abajo. Esa pequeña moneda que casi todos traen es la única diferencia que pueden hacer. Si no la traen, alimentan el rio. Odio a los que no pagan. Se retuercen cuando el barco pasa y los veo intentar subirse para por fin ir al Infierno. Ni vivos ni muertos, para siempre estarán ahí por haber cometido la insolencia de no pagarle al Barquero. A veces me apiado de ellos, al fin y al cabo el sufrimiento o la paz vale solo un puñado de plata.
El olor a muerte impregna el aire. ¿Cómo huele? No lo sé. Ni siquiera podría expresarlo, ya no se hablar. El tiempo, el “siempre”, me ha borrado las palabras. La muerte es silenciosa, nunca grita, ni se apura. Igual que yo. Yo no soy Ella, pero soy su enviado, su lugarteniente. La diferencia entre que siga alimentándose de almas, o no. ¿Estaré muerto? ¿Cómo saberlo? El trabajo que ya es parte de mi vida me nubla la vista. Quizás fui elegido entre millones de almas en pena, elegido para guiarlas al otro lado del rio.
No recuerdo nada de mi vida, ni siquiera se mi nombre. Solo me dicen “El Barquero”. Algunos, otros simplemente ni me nombran. Tampoco sé como soy, el espejo del agua solo sirve para los muertos que no han pagado el viaje y de poco sirve mirarme. Cuando bajo la vista solo veo una enorme capa negra que me cubre, a veces me pregunto si seré solo aire. Una ilusión. Un miedo latente para que a la Muerte se le siga temiendo. No lo sé. No sé nada, la única certeza que tengo es que si alguien no atraviesa al Cancerbero (ese inmundo perro) con una moneda de plata, se va al rio.
Nunca vi a Hades, La Muerte, o como se lo llame actualmente. Algunos dicen que su misma figura hiela la sangre del mundo y que con solo verlo, todo se vuelve gris. Solo conozco a su esposa, o si se puede decir así, solo está con el seis meses, y es la única que puede volver del otro lado del rio. El claustro de piedra, oscuro y con olor a muerte invade todo lo que conozco. Mi alimento, mi vida, mis gustos y mi corazón se reducen al Negro. Al negro de la Muerte.
Ahora me doy cuenta que nunca la veré. Nunca la tocare, a pesar de convivir con Ella, nunca seré parte suya. Porque ella me debe mucho, y nunca va a pagar su deuda conmigo. Soy la única persona, o como se quiera llamar, que no le debe nada a la Muerte. Incluso soy más eterno que un Dios, porque aquel puede ser olvidado, reemplazado por la mente de los vivos. Pero Caronte no, Caronte siempre esta, Caronte es el miedo de la oscuridad absoluta. Y el miedo al oscuro rio de almas en pena que no le han pagado a La Muerte su moneda de plata.


NicolasMattera
Che, muy bueno, muy bien escrito, oraciones cortas, sin desperdicio, un gran cuento sobre el barquero de Hades.
Abrazo y mi voto!
VIMON
Muy buen relato, Oliver. Buen estreno en Falsaria. Bienvenido y mi voto.