Caballitos de colores

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    Por lo general me gusta mostrarme como un espectro ante los vivos. Aparecer ante ellos sin aviso previo, asustarles un poco si es necesario. Pero esa tarde me presenté sin ganas en la feria, arrastrando grilletes y pesadas cadenas. Me acerqué al banco acostumbrado. Había un chico sentado en él. A escasos metros de nosotros, al otro lado de la explanada, el carrusel comenzó a moverse. Su sistema hidráulico gruñó como si fuese un prestamista viejo y achacoso. Los chicos, montados a lomos de los caballitos de colores, chillaron al unísono. La atracción comenzó a alborotarse, se desperezó como si fuese un antiguo cohete lunar.

    —¿Estás bien, chico?

    El chico se echó a un lado en el banco y permaneció en silencio. Tenía la mirada puesta en el carrusel. Era la mirada de un pajarillo asustado.

    —¿Dónde están tus padres?

    El chico no contestó. Su rostro era bello, delicado, abombado como una esfera.

    —¿Acaso te ha comido la lengua el gato?

    —Mamá no quiere que hable con extraños.

    —Debes hacerle caso a tu mamá. Aunque yo no soy de los malos. Puedes confiar en mí; solo soy un fantasma.

    El chico posó sus ojos de gorrión en mi rostro indefinido. La atracción fue aumentando la velocidad lentamente.

    —¿Eres un fantasma de verdad? —preguntó.

    —Ajá.

    —No pareces un fantasma.

    —Soy gato viejo.

    —¿Cómo te llamas?

    —Beckett. Soy el señor Beckett.

    —¿Desde cuándo eres un fantasma?

    —Han pasado ya muchos años.

    La respuesta del chico me devolvió a una realidad casi olvidada. Llevaba demasiado tiempo atrapado entre este mundo y el otro. Sentí una profunda tristeza que inundó la explanada. Aún tenía fuerzas para anular el campo electromagnético de cualquier objeto que hubiese a mi alrededor. Detuve la música de feria durante casi un minuto. Las bombillas de la atracción temblaron de un modo intermitente, se apagaron, y luego volvieron a encenderse acompañadas por el griterío de los chicos. Encendí el tercer cigarrillo del día.

    —Los fantasmas no fuman —aseguró el chico.

    —Me gusta fumar.

    Le di una calada larga al cigarrillo. Dibujé una circunferencia de humo en el aire y pregunté:

    —¿Has venido a la feria tú solo?

    El chico esquivó la respuesta con otra pregunta.

    —¿Qué hay que hacer para ser un fantasma?

    —Morir trágicamente después de una mala vida. Llevarte al menos un secreto a la tumba.

    —Entonces mamá será algún día un fantasma.

    Lo dijo usando su lógica inapelable e infantil.

    —¿Qué edad tienes?

    —Diez años.

    —Eres ya casi un hombre.

    El chico esbozó una leve sonrisa.

    —¿Cómo te llamas?

    —Tristán.

    —Veo que te gusta el tiovivo.

    El chico apoyó las zapatillas en los listones del banco.

    —¿Te gustaría subir a uno de los caballitos?

    —Algún día tendré un caballo de verdad. Uno de esos con alas y que pueden volar.

    —A tu edad yo también deseaba tener un caballo.

    Le había dicho la verdad.

    —¿Vives cerca de aquí? No deberías estar lejos de casa sin la compañía de un adulto.

    Tristán escondió la cabeza entre las piernas.

    —¿Y dices que tu casa queda al otro lado del puente?

    Tristán me miró sorprendido. Le mostré mi amplia sonrisa monocroma.

    —Puedo acompañe a casa. —dije—. Tus padres deben de estar preocupados.

    Tristán sacó la cabeza de entre las piernas.

    —No tengo padre.

    Me acerqué un poco más a él.

    —Se marchó cuando yo era pequeño.

    —Tu mamá estará preocupada.

    —Ella tiene suficiente con lo suyo.

    Lo tomé entre mis manos indefinidas, y tiré suavemente de él.

    —Vamos. Te llevaré a casa.

    Tristán asintió.

    —Me gustará conocer a la mamá de un chico tan guapo. ¿Vamos por detrás del quiosco o seguimos el sendero?

    Tristán señaló el sendero con un dedo.

    ____________________

     

    —Veo que te has vuelto a escapar de casa.

    —Mamá dice que los fantasmas solo son malos sueños.

    Una lágrima comenzó a rodar por su mejilla. Senté mi culo antropomórfico en el banco, sequé la lágrima con el dorso de la mano. Pregunté:

    —¿Tu mamá te deja solo en casa cuando sale con hombres?

    —A mamá le gusta mucho bailar y dar besos —musitó él sorbiéndose los mocos.

    —Nada tiene de malo que a tu mamá le guste bailar y dar besos a los hombres.

    —Lo hace para cuidarme —dijo mientras hurgaba con un palo en una de las rendijas del banco—. Suele ser el mismo hombre, aunque algunos son viejos y no los conozco.

    Permanecimos en silencio. El tiovivo resplandecía bajo las luces de colores.

    —Debes ser paciente —dije.

    El día anterior había sido de aúpa. Las continúas apariciones habían terminado por hacer estragos en mi flojo corpachón. Aún así dibujé un círculo en la arena con la punta de mi zapato espectral. Tristán estiró una pierna para descolgarse del banco, y trazó una línea con su pequeña zapatilla deportiva. Le acaricié la cabeza.

    —Ya tendrás edad para montar a lomos de un hermoso caballo, uno de esos capaces de llevarte tan lejos cómo desees. Hasta que ese día llegue, puedes venir aquí siempre que quieras. Montaremos en este carrusel que tanto te gusta. Cabalgaremos, subiendo, bajando, entre risas, dulces de colores, música de feria. ¿Qué te parece?

    Tristán se sorbió los mocos de nuevo. Luego saltó del banco para cogerme de la mano y tirar de mí.

    —Quiero subir a uno de esos caballos. ¡Quiero volar muy lejos, hacia el sur! —gritó.

    El chico se lo merecía. Hice un gran esfuerzo y me incorporé. Estaba realmente fatigado, aún así comencé a correr hacia el tiovivo tirando de grilletes y cadenas, mientras le gritaba:

    —¡Vamos, chico. ¡Date prisa. Este trasto se va a poner en marcha de un momento a otro!

    —¡Uau!, aulló Tristán.

    Y salió al galope para darme alcance, riendo quizá por vez primera en una larga temporada. La poca gente que había en la explanada se paró a contemplar a aquel chico que corría hacia el tiovivo, que reía y hablaba solo. La música tronaba por los altavoces, los otros chicos vociferaban y se agarraban con fuerza a las pértigas de oro y plata, preparados para dar vueltas y más vueltas a lomos de aquellos simpáticos caballitos de colores.

    Comentarios

    1. Mabel

      25 mayo, 2013

      Me ha encantado el cuento, que historia tan dulce, un abrazo y te doy mi voto desde Andalucia

      • Josefa Mendoza

        26 mayo, 2013

        Hola Mabel. Me alegra que te haya gustado. Quise que fuera una historia “triste”, aunque “dulce” suena muy bien. Un abrazo.

    2. volivar

      26 mayo, 2013

      Josefa Mendoza: criticar la obra de la gran escritora, como tú, es una tarea harto delicada, y atrevida.
      Pero ahí va, mira:
      LO BUENO: El estilo que has utilizado para ese encuentro entre el espectro y el niño Tristán, es el directo, que implica claridad, sencillez, naturalidad y originalidad. Tienes gran habilidad para narrar, en este caso, casi todo en diálogo. Desde el principio despiertas la curiosidad del lector, en quien provocas una interrogante: ¿qué va a pasar aquí?
      Muy singular y atractivo el concepto del fantasma. Diálogos hilarantes, preciosos, propios de alguien que sabe mucho del arte narrativo.
      Y el final, o desenlace, me parece muy bueno, pues es patético, fuerte.
      Muy buena intuición del autor.
      LO MALO (A MI PARECER, POR SUPUESTO)
      Exceso de adjetivos, creo que que con uno es suficiente: Su rostro era bello, delicado, abombado como una esfera.
      El autor escribe para un ser sumamente delicado, el lector, y más delicado aún si es un niño, por lo que las palabras soeces, plebeyas, me parecen inadecuadas: Senté mi culo antropomórfico en el banco. Además, creo que se debe de escribir para diversión, y para un lector de cultura media; en este caso, para comprender el significado de antropomórfico tendrá que consultar un diccionario; esto creo qué también puede decirse de la palabra aúpa; tal vez sea de uso común en España, pero en muchos otros países es completamente desconocida; complicado, sería mejor ¿no? Otra cosa: “Ya tendrás edad para montar a lomos de un hermoso caballo”. Lomo, es la espalda de un cuadrúpedo, y por lo tanto, el chico ya tendrá edad para montar a lomo de un hermoso caballo.
      -0-
      Pequeñeces, amiga, pero el asunto es analizar, expresar la intuición de un lector de educación media; claro que la obra literaria no es para ser estudiada, ni analizada, sino para ser leída, y directamente intuida, lo que logras con maestría desde el inicio.
      -0-
      EN RESUMEN: obra divertida; narración elaborada por alguien que sabe mucho del arte literario.
      Mi voto
      Volivar (Jorge Martínez. México)

    3. volivar

      26 mayo, 2013

      Josefa Mendoza: caramba, amiga, faltan 3 horas….Dios Santo… con 2 puntos pasa a portada para que se siga leyendo esto tan hermoso que nos has presentado. Me resisto a pensar que pueda irse al montón este cuento maravilloso…. 2, 2 puntos ¿se lograrán? Dios quiera que haya lectores interesados en saber de la buena literatura.
      Volivar

    4. VIMON

      27 mayo, 2013

      Buen relato, Josefa, el final, tal vez, un poco diluido. Saludos y mi voto.

      • Josefa Mendoza

        27 mayo, 2013

        Hola Vimon. Estudiaré detenidamente lo que comentas del final del relato. Puede que tengas razón. Gracias por leerme y un abrazo.

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