En un rompimiento de gloria, sobre nubes de algodón, una copia de la Inmaculada, representada en una mujer hermosa y benevolente, tutelaba el salón principal. A lo largo del cordón de la lámpara que pendía del cielo raso, podían otearse miles de excrementos de mosca. Desde los pinos del patio central se elevaba el chirrido uniforme de las cigarras que franqueaba todas las estancias y adormecía la tarde. Mieta, la vieja niñera, doliente y encorvada, se esmeraba en el bordado de una “C”, rematando el ajuar de Camila, a un mes de su boda. Por radio se escuchaba la retransmisión desde Washington, de una marcha en la que miles de americanos alentaban a un pastor estadounidense mientras pronunciaba con pasión la consigna de su cruzada frente a la desigualdad. Camila, entornaba los ojos ante la luna del armario para verificar que las líneas negras, dibujadas con tiento en el borde de sus párpados, lucieran un trazo perfecto. “Hoy he tenido un sueño” traducía el locutor, en un tono insulso y desprovisto de emoción. Ella abría las palmas de sus manos, recolocaba su anillo, atusaba su cabellos: “que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de los ex esclavos y los hijos de los ex propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad”. . .
A las seis de la tarde, como de costumbre, el claxon del seiscientos de Jorge le daba la señal de reunirse con él.
Se despidió con un beso de Mieta, que sin desasir su labor murmuraba, Dios sabe qué, sobre sus quehaceres del día. Al llegar al callejón empedrado, accedió al vehículo y besó a su prometido mientras elevaba su mirada al ventanal del salón del antiguo casal palmesano: Mieta no sabía que aquella tarde, la pareja salía sin carabina mientras los señores se ausentaban para ultimar detalles de la boda. Jorge acababa de ganar las oposiciones a Abogado del Estado. Vivirían en un piso céntrico que los padres de éste último les habían regalado con motivo de su enlace. A ella, le hubiera gustado estudiar ciencias: “ciencias exactas”, decía, pero su padre consideraba un desatino que una mujer de su condición marchara sola a Barcelona. Solía comentar ella que, acaso la ilusión o las perspectivas de esa nueva vida, sin obstáculos ni imposiciones, le harían desistir felizmente de ese proyecto.
Al llegar al puerto descendieron del vehículo, pasearon por la dársena y trataron de de soportar el ambiente, cargante y pegajoso de la calima de aquella tarde de agosto. Los mástiles de los barcos amarrados, bailados por la ventisca, dejaban escapar sonidos metálicos al chocar entre sí.
Se encontraron con él a varios metros: tanta prisa llevaba, que a punto estuvo de no detenerse a saludar, de no ser porque ella le llamó por su nombre: Arnau. Hacía tres años que no sabían nada el uno del otro
Se saludaron sin entusiasmo. Le presentó a Jorge, miró al suelo con expresión grave, alzó la cabeza y retirándose un mechón del rostro, le preguntó por sus padres. Luego sonrió, volvió la vista hacia su prometido y, acto seguido, le anunció a Arnau su compromiso.
Esa tarde estrenaban Del rosa al amarillo. Jorge le propuso ir a verla. Sin necesidad de volver al coche, llegaron hasta una sala cercana:
Hola Margarita tengo que hablarte de asuntos de capital importancia para mí, no puedo ocultarlo por más tiempo… recitaba en forma de monólogo la voz en off del protagonista, desvelando aquello que, por timidez, no se atrevía a expresarle abiertamente a su enamorada. La escena finalizaba con un plano en blanco y negro de las manos entrelazadas de dos adolescentes con música de saxofón como telón de fondo… Jorge tomó la mano de Camila, ella le miró con ternura, volvió su vista a la pantalla y siguió el argumento con atención. Al salir de la proyección, la orquesta del Miami interpretaba melosos acordes de canciones
brasileñas que se diluían en una brisa nocturna y placentera. El calor remitía lentamente y como un rescoldo, recalentaba la noche, las paredes, el asfalto. . .
Se encontró de regreso a Perdido, moviendo la cola frente al perchero del zaguán, en el que estaba colgada su correa. Desde la sala llegaba el eco del murmullo de Mieta, sus padres y otras dos muchachas del servicio, rezando el rosario: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestra necesidad, antes bien, sálvanos siempre de todos los peligros Virgen gloriosa y bendita.
Aquellas palabras: “Virgen gloriosa y bendita” eran el santo y seña mediante el que, el viejo animal, asociaba el final del rosario con su hora de salir a la calle, y el pobre, se debatía inquieto entre hacerle carantoñas a Camila o esperar a que Mieta le ajustara la correa para escapar por la puerta.
-Camila –dijo Mieta con voz cansada- al aparato, preguntan por ti.
Se dirigió a la sala y besó a sus padres antes de contestar:
-Si. -Hola, soy Arnau. ¿Vamos a cenar?
-Ahora, es imposible –dijo- mirando a su padre de reojo, que en ese momento leía absorto el ABC.
-¿Has perdido la costumbre de salir por el patio trasero como en otros tiempos?-dijo Arnau con sorna-, venga invito yo, he vendido un cuadro.
- ¿A quién?
-A una extranjera vieja. Vieja y rica
-Joajana, Oye, dame veinte minutos.
-Te espero en la calle de atrás, desde aquí vigilo a Mieta.
Subió al dormitorio, sacó del armario un pantalón pitillo, una camisa a cuadros: se desprendió del vestido, del cancán almidonado, de los zapatos; contempló su desnudez en el espejo por unos segundos y se vistió con rapidez. Tras
comprobar que Mieta regresaba con Perdido, atravesó el patio de puntillas. Abrió la verja lentamente, cuidando de que los goznes no rechinaran y cerró con precaución.Al volverse se dio de bruces con Arnau.
-Hola-dijo él.
-Hola- contestó Camila- .Quién te ha visto y quién te ve.
-Lo mismo digo, futura Señora de… ¿cómo se llama tu novio?
-¿Tienes un cigarrillo? –terció ella.
-Me ha sorprendido el anuncio de tu boda –dijo Arnau- mientras le encendía el pitillo.
-¿Por qué? -dijo ella- aspirando la primera calada.
-No sé, oye, porque me ha sorprendido –,vamos, tengo mesa reservada aquí cerca, me muero de hambre.
En el pequeño restaurante situado detrás de la catedral, la hora, algo avanzada, ponía de mal humor a los camareros. Hablaron de sus respectivas familias, del poco tiempo que duró su relación, de la pasión de Arnau por la pintura, de lo difícil que era vivir de ella. Había decidido instalarse en Barcelona para probar suerte. El suyo, decía, había sido un romance adolescente, que desde su nueva perspectiva recordaba con dulzura. Similar al de la primera parte de la película que había visto con Jorge esa misma tarde, replicaba ella: un amor desdibujado, inacabado, tal vez, por la falta de proyectos en común, por su escasa madurez.
Subió a su habitación. Daban las dos. Se acostó rendida. Algún sueño la hizo revolverse entre las sábanas: empapó la almohada en sudor. Aquella desagradable sensación posiblemente la despertó.
El ventilador de techo no conseguía sino avivar el aire cada vez más caldeado de la cocina. Mieta, espolvoreaba las berenjenas con galleta picada, a un segundo de introducirlas en el horno que llevaba media hora a pleno rendimiento. Camila, empujaba las migas de pan del desayuno con la yema de los dedos. La Ser anunciaba que Federico Martín Bahamontes no había conseguido ganar el Tour por tan sólo tres minutos y medio. Su madre, recién llegada de misa de doce, la reprendía por no haberla acompañado a la iglesia, haberse quedado dormida y pasear a esas horas en camisón. Le tenía dicho, que una mujer decente no lleva puesto el camisón a las doce del mediodía, qué cómo iba a llevar una casa si ni siquiera sabía conducirse a sí misma. Camila resolvió dejarla con la palabra en la boca y subir a vestirse.
De camino a su dormitorio sonó el teléfono
-Si
-¿Camila?
-Yo misma
-Soy Arnau. Había pensado que me gustaría que nos viéramos antes de que yo regrese a Barcelona. Verás: mi trabajo ha evolucionado en estos tres años, hay en toda mi obra un salto de calidad, creo. Quiero que me des tu opinión.
-Hoy es imposible, a las seis viene Jorge a buscarme. ¿Qué te parece mañana? Tengo que ir a la modista a las once para una prueba del vestido de novia. Si quieres podemos quedar a las doce. El taller está en la calle Fortuny, ya sabes, donde siempre.
-Mañana a las doce, estaré allí.
“Un milímetro a la derecha” indicó Madame Odette, con expresión severa a una de sus costureras, mirando el corte central del
cuerpo del vestido por encima de sus gafas. Por la puerta del taller irrumpieron tres aprendizas sujetando, todas a una, un fardo enorme envuelto en una sabana.Al desenvolverlo apareció la cola de su vestido. Tres metros y medio de organzade seda, sobre una base de raso de noviaarmado con boata. El velo de capilla sobresalía unos diez centímetros por encima de la cola cubriéndole el rostro a la altura de los antebrazos.
-Madame –dijo Camila-, yo no veo ningún defecto- ,¿por qué un milímetro a la derecha?
-Para verlos estoy yo- terció Madame sin dar lugar a más comentarios.
-Camila –dijo Madame en tono disciplente y con un marcado acento francés-: ahora vas a aprender a caminar con esto puesto. El corte es perfecto, las puntas de tus zapatos se ven al caminar, por lo tanto, no necesitas sujetar el vestido. No hay nada más ridículo que una novia alzando su falda al andar. Cuando llegues al altar, recuerda esto; da dos patadas hacia atrás, eso te ayudará a colocar el vestido, sin que nadie lo perciba. Y ahora, fíjate en la cola; hay cosidos dos vivos a ambos extremos de la misma que hacen las veces de manecillas, cuando quieras sujetarla , por ejemplo, para bailar ;te agachas irguiendo la espalda, sujetas una manecilla luego la otra, y doblas la cola sobre tu antebrazo, así de sencillo…
Arnau la esperaba apoyado en el portalón de una casa contigua al taller mientras contemplaba el trabajo del afilador. El roce de la piedra con el acero provocaba un silbido estridente y renovador que estallaba en mil chispas anaranjadas. Se saludaron con una sonrisa y permanecieron unos segundos observando abstraídos la labor de aquel artesano. De camino al estudio se detuvieron en el jardín del Palacio Episcopal: contemplaron los helechos y endemismos; la pérgola del viejo estanque carecía de hojas verdes por la extrema temperatura. Camila encendió un cigarrillo, bajaron por la calle Pedro Nolasco y llegaron al estudio.
Una escalera estrecha de baldosas hidráulicas, llevaba a un tercer piso abuhardillado con un mástil haciendo las veces de
jácena. El olor a trementina, se filtraba desde la escalera, las telas se amontonaban ocupando todas las paredes del estudio.
-Ha ganado color, toda tu obra –dijo Camila- mirando pausadamente un trabajo tras otro-, han desaparecido las figuras de otras épocas, la luz ha adquirido intensidad. Oye, arriesgas cada vez más al mezclar colores. Me gusta, sí, creo que me gusta.
-¿Crees que te gusta?
-Sí, me gusta- respondió apretando los labios, para no estallar en una carcajada, ante la mueca inocente y algo insegura de aquel artista que sin querer, la hacía depositaria de todo su espacio, de todas sus inquietudes. Empezó a llover.
La lluvia empapaba los cristales de la ventana, transformando en barro el polvo reseco de tantos días de calor.
Con las yemas de sus dedos y mirándola de reojo, acarició la palma de la mano izquierda de Camila que siguió contemplado las telas. Entrelazó sus dedos con los de ella desplazando ambas manos por detrás de su cintura atrayéndola hacia sí, y sujetándole el mentón con la mano que aún le quedaba libre, la beso. Sus labios temblaron, como única respuesta y no tuvo el coraje necesario para dejar de mirar al suelo.
Volvió a besarla, esta vez su lengua se enroscó en la de ella, girando y girando. Mientras la besaba levantó lentamente su falda,
tiró del portaligas le bajó las medias y tomándola en brazos la introdujo en su cama. Por primera vez ella le miró a la cara; si su obstinación en principio fue inicial; tras una leve rasgadura, la calidez los envolvió: si la angustia había paralizado aquel primer instante ;el deseo representado en su respiracion entrecortadas aclimataba todo el estudio; si los movimientos en un principio eran torpes; empezaron a acelerarse: si ella en un principio lo sostenía por los hombros para tratar de controlar todos sus movimientos; en cuestión de segundos colocó sus puños cerrados bajo su espalda para elevarse hacia él, rodeando sus piernas con sus hombros: el movimiento creció y creció a un ritmo acompañado, esperándose el uno al otro para llegar juntos al final y descansar finalmente extenuados.
Una mancha de sangre en la entrepierna de Clara la obligó a levantarse para lavarse.
Se vistió, se despidió de Arnau y decidió regresar sola a casa. La lluvia se intensifico. La campana de la iglesia daba las cinco. Se detuvo por un segundo, completamente empapada, apoyándose en el muro de un jardín del que sobresalían ramas de almendros. Rompió a llorar. Un olor ofensivo a orines de perro removidos por la lluvia la obligó a devolver. A mitad de agosto el final del verano estaba en puertas. De pronto se acordó de que a las seis se reunía con Jorge. Como de costumbre.
La Almudaina
Palma, 6 de abril de 1963
Ecos de Sociedad
Natalicios
La Señora de Villalonga y Dezcallar, de soltera, Camila Ruíz Enseñat, ha dado a luz a un niño, el primero de sus hijos, que en el bautismo recibirá el nombre de Jorge y será apadrinado por sus abuelos paternos.

AmilcarMartinez
Hermosa historia de reencuentro…. El erotismo también se hace presente para redondear este fenomenal relato. Bien hecho, Laura! Congratulaciones mujer! Mi voto ♥
Sandra.Legal
Guauuu!!! Estimada Laura. Qué placer volver a leer un relato tuyo, con esa exquisita y brillante manera de describir, de ambientar la trama. Me has llevado a aquellos años, de almidonadas costumbres, de besos adolescentes furtivos, de verdades ocultadas por los prejuicios de la época. Mis sinceras felicitaciones querida. Ya conoces mi sentir frente a tu narrativa, no es otra que de admiración y agradecimiento.
No te alejes de Falsaria, no nos dejes sin tu talento
Un beso y un fuerte abrazo.
volivar
LAURA.FERRAGUT: una muy bien realizada narración; amiga, muchos piensas que con dominar las reglas, la retórica, se llega a ser un buen escritor. Pero no, el escritor nace y se hace.
De nada le serviría emplear a la perfección las herramientas si no es escritor, es decir, sino puede ni sabe, ni quiere, expresar sus sentimientos, elemento esencial de la literatura.
Tu has logrado esto tan bello por ser eso, escritora de nacimiento y de estudio, estudio a fondo, según veo, de las normas literarias.
Mi voto
Volivar
LAURA.FERRAGUT
Gracias, Almicar, Sandra, Volvivar, Nancy y Rafa. No os podéis imaginar cuanto animan vuestros comentarios. Ahora lo difícil es encontrar tiempo para escribir y para leeros a todos, que lo hacéis muy bien. Hay épocas en las que el estrés laboral (que no ayuda nada a la creatividad) y las demandas de mis hijos no me dejan pensar en nada. Supongo que a nadie le cuento nada nuevo.
Un abrazo, y reitero es un placer compartir con vosotros.
Dana
Hola Laura
Acabo de leer tu relato. Interesante. Muchas felicidades
Dana
LAURA.FERRAGUT
Gracias Dana, un abrazo