El castillo del abuelo

Escrito por
| 69 2 |

    -Él, doctor…

    -¿Cómo se llama?

    -Rolando Cano, doctor.

    -¿Cano?

    -Sí, doctor, don Rolando Cano. Así se llama mi abuelo. Le cuento que despierta muy tarde y se va a dormir muy temprano, porque es la noche con la luna y las estrellas brillando, el momento en que se pone a jugar con sus cartones. Las noches solitarias son el mejor momento para que él se sienta libre y feliz inventando nuevos castillos, de todos los tamaños. Porque crear castillos de cartón es su pasatiempo favorito, le digo.

    Es arequipeño, cholo terco y colorado, de esos abuelitos que tienen la lisura en la punta de la lengua y que la sueltan como quien brinda las gracias. Ya de viejo se ha vuelto barbón, tosco y amargado, pero siempre picarón y hablador como él solo. Antes, doctor, todos los días, con una sonrisa en los labios, esperábamos la tarde-noche para escuchar de mi abuelito una nueva historia, siempre amena y diferente a la anterior: nos hablaba de sus viajes, de sus novias, de su vida de chibolo, siempre habían palabras cuando mis hermanos y yo lo aguardábamos sentados en el sillón más cómodo de la sala y que aún sobrevive en la casa donde crecí.

    Tiene dolores en todo el cuerpo que los olvidaba cuando llegaba el domingo, día en que toda la familia se reunía y él salía de su habitación, y almorzábamos, jugábamos, reíamos, recordábamos los tiempos pasados, los mejores, desde la mañana hasta bien entrada la noche. Pero fue una noche de esas, cuando mi abuelo decidió construir un nuevo castillo y por consecuente, empezar con el problema que le vengo a contar… y es que se le metió en la cabeza una disparatada idea: crear un castillo de cartón tan enorme como una casa real, un castillo en el cual nosotros pudiéramos entrar y pasar horas de horas como una segunda casa. No lo sé, pero yo, desde aquel día, comencé a seguirle los pasos, espiándolo como un detective americano, como esos que salen en las películas: día, tarde, noche y por todos lados. Ese domingo no salió de su dormitorio para nada, pero cerca a las diez u once, cuando ya todos se despedían, salió unos minutos, a paso cansado, solamente para decir:

    -Esta noche comenzaré. Iniciaré el camino hacia mi sueño, mi anhelado sueño. Construiré el castillo más grande que haya hecho, que se haya hecho en el mundo. Sí, lo haré. Lo digo yo, Rolando Cano.

    Mi abuelo estaba emocionadísimo, se le notaba en el rostro y en su manera de hablar. Nunca lo había escuchado así. Todos lo tomaron como algo sin importancia, estalló una risotada y siguieron con los besos y abrazos. Yo sentía que algo andaba mal. Ya tenía decidido convertirme en el espía oficial de mi abuelo y así lo hice, tomándomela bien en serio, doctor.

    El reloj marcaba la una de la madrugada. Había empezado a llover, a llover fuerte, el cielo era como una regadera abierta que no paraba nunca. Mi abuelo cogía los mejores cartones, los examinaba unas tres veces mientras pensaba para qué los iba a usar, y escribía, y anotaba números y medidas. Clasificaba los materiales. Realizaba el boceto de lo que quería hacer. Escribía todo, quería cuidar el más mínimo detalle. Escribía hasta lo más insignificante, porque para él nada era insignificante, todo sería de gran ayuda. Corrían las tres de la mañana y entonces decidió irse a dormir. Se echó muy lentamente en la cama como si hubiese estado haciendo miles de ejercicios y su cuerpo no diera para más; pasaron unos minutos y se quedó dormido. Yo hice lo mismo. Me fui caminando lento a mi habitación, bostezando en cada paso y pensando que mi abuelito era un genio porque haría un castillo de cartón enorme, empezando tranquilo, primero lo primero, como él decía.

    En la tarde siguiente, doctor, llegando del colegio, vi a mi abuelo conversar con Javier, mi hermano mayor. Me escondí, quería saber de qué hablaban, pero no pude escuchar ni la eme. Conversaron poco y terminando, mi abuelo se fue directo a la cocina, y mi hermano, a su habitación por la escalera que da a la espalda de la casa. Era un viernes, tres de la tarde y tenía mucha hambre. Me fui a la cocina. Me di cuenta que mi abuelo aún estaba ahí buscando algo que comer en los reposteros. De pronto encontró una caja de chocolates para tomar, esos que se rompen por tabletas y se ponen a hervir. Le llamó la atención el dibujo de la envoltura, porque se quedó viendo el empaque unos segundos. Pude notar que el dibujo era un castillo enorme, rodeado de pasto con caballeros montados a caballo y soldados cuidando las puertas y las torres inmensas. Después hirvió un poco del chocolate, lo echó en una jarra y con una taza se la llevó a su habitación, el otro poco se lo iba comiendo mientras trabajaba en su castillo, importándole poco los dolores de estómago y la indigestión que ya se le notaba por los gestos que producía.

    Doctor, y cuando pasaron cuatro días… Faltaban dos meses para la navidad y él siempre nos regalaba castillos. Doctor, fueron cuatro días que… Muchas noches son las que mi abuelo pasó en su cuarto, solo, entre lápices, hojas, cartones y chocolates calientes. Nosotros queríamos entrar a verlo pero él siempre mantenía su puerta con seguro y las ventanas cerradas. El único que sabía por dónde verlo y espiarlo era yo, por la única ventana, la chiquita, la que nadie sabía dónde estaba, la que nadie sabía que existía, sólo yo; pues digo que la descubrí buscando un huequito por donde espiar y la encontré, así, de la nada.

    Hubo un día, doctor, y perdóneme por el llanto, que mi abuelo salió como a las doce de la mañana para dirigirse a la cocina. Me di cuenta que sólo tomó su desayuno y volvió a su dormitorio rápidamente. Como a las dos de la tarde, igual, almorzó y regresó, y no volvió a salir hasta las once de la noche por una taza con café pasado que él mismo se preparó al instante y al culminar, asustado porque no quería que lo vieran, volvió corriendo para meterse en su bunker. Corrí a la ventanita, y escuché que decía:

    -Llevo mucho tiempo así. He construido muchas partes del castillo. Estoy cansado, pero a la vez muy feliz porque veo que se está volviendo realidad lo que soñé…

    Los días en que mi abuelo sólo salía para desayunar y almorzar fueron muchos. Doctor, me aprendí su rutina: despertaba, salía a tomar su desayuno y regresaba, salía a almorzar y regresaba. Algunas veces no salía en la mañana y sólo lo hacía por las tardes para almorzar. Nunca cenaba, pero como a las once o doce salía por una taza con café pasado o té o chocolates para que lo calienten en tremendo frío y le disiparan el sueño para seguir con la dura faena.

    Después de un par de semanas todos se preguntaban qué pasaba con el abuelo, porqué ya no salía a leer el periódico todas las mañanas como antes lo hacía, porqué ya no salía a jugar con nosotros como antes lo hacía. Todos se preguntaban lo mismo y nadie sabía la respuesta. Nadie sabía el porqué de esa actitud tan rara de mi abuelo y que recién habían empezado a notar. Nadie sabía nada, menos yo, que lo espiaba a diario y que, desde un comienzo, supe que algo estaba mal. Doctor, no es por nada, pero… llegó un momento en que mi abuelo sólo salía en las tardes para almorzar. Habían veces que ni salía pero al día siguiente sí lo hacía, porque el hambre podía más. Nosotros queríamos saber qué ocurría, el porqué de esa actitud del abuelito que siempre nos hacía reír y ahora ni su sonrisa pendenciera veíamos.

    Cuando Camuchita, mi mamá que ahora vive en París, le tocaba la puerta, mi abuelo abría, salía, la veía y cerraba instantáneamente con seguro. Cuando mi tía Carmen y El Gordo, le preguntaban por qué estaba así, por qué ya no jugaba con sus nietos como antes; usted qué cree, doctor, él respondía, con la puerta cerrada, que todo estaba normal, como siempre lo ha estado, y que si ya no jugaba con nosotros era simplemente porque no quería interferir con nuestras tareas del colegio ni con las obligaciones que teníamos, luego abría la puerta, salía algunos segundos para mostrar una sonrisa forzada, cerraba y ponía el pestillo.

    Después de ese día, nunca más vi a mi abuelo. Por la ventanita donde lo espiaba ya no se escuchaba ni una sola palabra. Parado en el murito de la escalera, alcanzaba a ver que al baño iba cada tres noches y ya no se molestaba en apaciguar el hambre que lo jodía. Toda la familia quería saber cómo estaba el abuelo. Ya habían aceptado que tenía algo, que algo andaba mal, por eso siempre estaban pendientes de la puerta de su habitación, si se abría, si se cerraba, algo. Quería escuchar algo, lo que pasaba dentro de ese cuarto que siempre, cuando entrábamos Javier y yo, de mocosos, nos daba un miedo atroz y el pánico recorría nuestro cuerpo.

    Un par de semanas después, mi tío Rolando, el mayor de los hermanos, llamó a la casa para avisar que vendría en dos días, que ya tenía los pasajes y todos los papeles bien. Le habían contado qué ocurría en la casa y viajó desde Europa, donde trabajaba como abogado de ricachones, para saber lo que pasaba. No sé quién le habrá dicho qué pasaba en la casa pero se enteró y ya estaba en camino. Cuando llegó al aeropuerto, lo recibió mi tía Majo, la última, que con los ojos llenos de lágrimas, le decía que mi abuelito parecía estar loco porque ya ni se le veía y sólo paraba metido en su habitación, como un león enjaulado; y que su cuarto parecía una cueva, oscura, fría, fea, y que se escuchaban gritos y palabras soeces. Yo estaba ahí también. Me abracé fuerte con mi tío cuando me entregó los dulces que me prometió. Me dijo que quería llegar rápido a la casa para ver a su papá, así que salimos de la zona de espera y nos dirigimos al estacionamiento porque mi tía Majo había llevado su camioneta. El viaje nos tardó unos veinte minutos, gracias a que no había tráfico y porque tomamos la ruta más rápida. Cuando llegamos, todos recibieron a mi tío en la sala, felices, porque no lo veían hace dos años y medio, sólo hablaban con él mediante correos electrónicos y cartas. Doctor, todos estábamos ahí, también unos cuantos amigos, los más cercanos, todos, pero no mi abuelito; y mi tío Rolando se dio cuenta de eso y decidió ir a buscarlo. Caminó hasta la parte trasera de la habitación donde estaba la ventana grande, pero ya estaba tapada, yo lo sabía, entonces lo interrumpí, él se molestó, pero llegué a decirle que si se subía en un banco iba a encontrar una ventanita que aunque era bien chiquita se podía ver todo el interior, primero no me hizo caso, pero después de unos minutos lo vi pararse en un banco enclenque y espiar, como yo, por la ventanita; al verlo, sonreí, recordando cuando me hacía jugar pelota en el parque y él reía a carcajadas cuando metía goles y los celebraba. Me quedé ahí, a sus pies, quería saber el final de la historia, no me hubiese perdonado si no resolvía el misterio. Doctor, mi tío Rolando abrió muy despacio la ventanita pero completamente porque un pedazo de cartón lo impedía. No podía ver qué pasaba allí dentro pero sí lograba escuchar, aunque sea bajo, lo que mi abuelito decía. Y cuando pegué la oreja a la ventana grande, logré escuchar algo:

    -Demasiado tiempo llevó acá. Mucho tiempo en un cuarto oscuro tratando de realizar un sueño que nunca será. Demasiado tiempo sin poder conseguir, aunque sea, ver los avances. Demasiado tiempo solo, de verdad me siento solo… muy solo… ¿Y dónde están?…

    Era el veinticuatro de diciembre y los relojes marcaban cinco para las doce. Los cuetones y sus ruidos estruendosos, y las luces multicolores alegraban y jodían la noche pasiva que teníamos. Feliz navidad, se oía por la calle, en la casa de al lado, en la de la vuelta, en mi casa… No era el mejor regalo para mi tío Rolando, ni el recibimiento ideal, ¿no, doctor?

    Al escuchar decir esas palabras, supongo que mi tío Rolando pensó en lo que le dijo mi tía Majo en el aeropuerto, y empezó a creer que su padre se había vuelto loco, porque estuvo así, pensativo, por unos minutos, con una mano tapándose la cabeza y la con la otra cogiéndose bien para no caerse del banco que temblaba por viejo. Yo, pasmado, estaba completamente seguro que se había vuelto loco. Vi a mi tío y sus ojos estaban tan rojos que parecía iban a explotar en cualquier momento y formar un gran charco de lágrimas en esa parte de la casa. No quería creer que era mi abuelito el que hablaba todas esas cosas.

    Y mi tío Rolando se tiró a llorar mientras yo escuchaba a mi abuelito:

    -Cuando empecé todo era maravilloso, sabía que lograría la meta de construir el castillo de cartón más grande y hermoso que se haya visto, el castillo que regalaría a mis nietos para navidad porque los amo demasiado. Pero, ahora, siento que todo quedó truncado. Veo demasiados cartones a mi alrededor. Me siento encerrado entre cartones y no puedo ver ni los comienzos de mi castillo. Me siento muy mal, demacrado, sin nada, mi familia tampoco está, se han olvidado de mí, nadie está conmigo y no sé porqué están así, si yo no les he hecho nada. Me siento mal. Parece que me han abandonado. Y aunque quiero salir no puedo porque estos cartones no me dejan. Esto es una cueva… Todo es feo, todo está oscuro… No veo nada… Dónde… Nada…

    Doctor, falta poco… Ha pasado mucho tiempo desde que mi abuelito dijo que construiría el castillo más grande. Está metido en su cuarto, entre cartones, es su vida, y ahí está, lo hemos visto y usted también ha logrado verlo. Yo lo espío a diario y nadie hasta hoy se ha dado cuenta, y lo que veo o escucho se lo digo a mi vieja, le informo todo del abuelito a Camuchita, y ella me dice y tú cómo sabes tanto y me deja calladito… por la ventanita pues, respondo en mi mente, y río, porque yo lo espío como en las películas. Por cierto, doctor, y gracias por haberme escuchado: su sueño, su anhelado sueño, del que le conté al principio, ya lo puedo ver, y aunque no puedo entrar ni mi abuelito salir, lo contemplo día a día, pensando en la obra de arte que ha sido construida de la nada, en la soledad de un viejo que ama sin medida a sus nietos…

    -Cano, me dice, ¿no?

    -Exacto, doctor, ese mismo.

    -¿Y su castillo de cartón?

    -Su sueño, doctor…

    -Entiendo, entiendo… el gran Rolando Cano…

    -Sí, doctor… don Rolando Cano, mi abuelo y su castillo…

     

     

     

    Lima, navidad del 2011.

    Comentarios

    1. VIMON

      11 mayo, 2013

      Muy buen relato, Fabrizzio, un abrazo y mi voto.

    Escribir un comentario