Las seis cuerdas del destino

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    “La muerte no nos roba los seres amados.
    Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La
    vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.”

    François Mauriac (1905-1970). Escritor francés.

    Capitulo I: Una cuerda menos

    Fue a eso de las nueve de la mañana cuando desperté. Lentamente me senté sobre el borde de mi cama y ahí estaba mi mejor amigo de todos los tiempos; posado en el suelo, mirándome con esa mirada tan peculiar que parecía decir cosas a través de ella. Sabía lo que quería… tomar un poco de sol en el parque. Así que con el cuidado de todas las mañanas, levanté mi viejo cuerpo de la cama y bajé a la cocina para prepararme una taza de café. Sin pensarlo dos veces, él fue tras de mi.

    Mientras hacía el café, le di de comer en su viejo plato. Siempre me daba gracia verlo comer en la mañana; parecía un dinosaurio hambriento devorando a su presa. Luego al rato, me senté y tomé mi café. Había mucho silencio en la casa. No pude evitar mirar un viejo retrato mío junto a mi fenecido esposo. La foto fue tomada en una época en la que eramos felices como cualquier pareja de enamorados. Teníamos las sonrisas más grandes del planeta marcadas en nuestros rostros. Nos mirábamos el uno al otro y la foto captaba mi vientre de cuatro meses de embarazo. ¿Cómo olvidar aquellos tiempos? Recuerdo que cada mañana sonaba el despertador con su ruido escandaloso y me despertaba toda azorada. Entonces, un día Agustino me despertó con una de sus lindas melodías junto a su guitarra. Mi esposo siempre temía a lo peor en pleno embarazo. Así es… era muy obsesivo con eso de ser padre. Por diez años habíamos intentado de todo para tener un hijo hasta que al fin había
    logrado estar embarazada. Durante el embarazo, siempre estuvo a mi lado preocupándose por todo. Desde entonces me despertaba en la mañana con una dulce melodía con su guitarra. Siempre a la misma hora y desde el mismo rincón del cuarto.

    Fueron muchos los recuerdos que reviví en tan pocos minutos. Había terminado ya mi café y “Cogui” había terminado de devorarse su enorme plato de proteínas mañaneras como yo le solía llamar. Estaba sentado junto a la ventana mirando a las aves revolotear entre las ramas y al niño vecino jugando con su pelota. Así que sabiendo sus planes para el día, subí a vestirme y luego bajé para complacerle en lo que tanto quería, un paseo por el parque.

    Juntos fuimos a caminar por el parque. Me senté en uno de los bancos y le solté la correa para que corriera y gastara todas sus energías. La verdad es que le encantaba ir al parque. Todos ya le conocían. Le gustaba jugar con los niños saltando de un lado al otro. Una de las atracciones que más disfrutaba Cogui era la de perseguir a las aves del estanque mientras todos reían por sus locuras. Era todo un personaje en cuatro patas.

    Mientras Cogui corría libre por todo el parque, comencé a observar a una joven pareja mimarse hasta no más poder. Estaban allí, sentados en el suelo gozando de la naturaleza y de su amor. De repente, Cogui se les acercó mientras éstos se besaban en los labios con tal pasión que ni se habían percatado de la presencia del canino.

    “—¡Cogui, ven! ¡Dejalos en paz! —le grité—.”

    Fue ahí cuando la pareja se percató de su presencia pero no les molestó para nada. De hecho, le acariciaron con ternura y dibujaron una sonrisa en sus rostros igual a la que solíamos mi esposo y yo tener todos los días cuando nos mirábamos a los ojos el uno al otro. Entonces me acerqué a ellos y le coloqué la correa a Cogui. Me disculpé con la joven pareja pero a éstos no les pareció importarle la breve interrupción de Cogui. Allí hablamos por unos minutos. Me preguntaron sobre la edad y raza de mi mascota. Cogui era un hermoso labrador de largo pelaje dorado como el mismísimo sol y contaba con diez años de pura felicidad. Unos minutos mas tarde, me despedí y partí hacia mi casa con Cogui… vaya que estaba muy agotado.

    Al llegar a la casa preparé algo de comer, me entretuve unas horas armando un rompe cabezas y al caer la noche, bebí una taza de té de tilo para relajar mi cuerpo antes de dormir. Me dirigí hacia mi habitación y Cogui estaba allí junto a la cama esperando por mi. Estaba acostado en la alfombra y me miraba con sus enormes ojos hermosos. Procedí a sentarme en la cama antes de recostar mi cuerpo y alcé mi mirada hacia la esquina derecha de mi habitación. Era la misma esquina en la que
    Agustino se sentaba en una silla todas las mañanas, a la misma hora a tocarme alguna dulce melodía para despertarme llena de paz y armonía. Hoy día, solo hay silencio, solo se escucha el crujir de la madera de esta vieja casa. Aún su guitarra sigue reposando contra la esquina de la pared. Aveces, era tanto el deseo de escucharle tocar nuevamente, que aveces juro escuchar sus melodías haciendo eco en toda la habitación hasta quedarme dormida.

    La mañana siguiente abrí los ojos, justamente a la misma hora de siempre. La misma hora en la que Agustino hacía que su guitarra emergiera melodías tan preciosas; las nueve de la mañana. Cogui estaba dormido, vaya que sí estaba cansado. Comencé a levantar mi viejo cuerpo de setenta y ocho años cuando de repente el silencio de la casa fue violado por un sonido tan distintivo que giré mi cabeza de inmediato hacia donde creía que había provenido éste. Curiosamente era de la misma
    esquina en donde reposaba la vieja guitarra empolvada. Supe que no había sido un sueño de esos que te hacen brincar de la cama, pues ya estaba despierta. Además, Cogui se despertó de un brinco al escuchar el mismo ruido que yo misma escuché. Así que curiosa, me acerqué hasta la guitarra para encontrarme con una sorpresa. Misteriosamente, a la vieja guitarra se le había partido una cuerda. Quizás la cuerda estaba tan vieja que no aguantó más la tensión y se partió. No era la primera vez
    que sucedía, puesto a que en el pasado también se le habían partido dos cuerdas. La guitarra que suponía tener seis cuerdas, ahora contaba con tan solo tres. Había sido una mañana muy curiosa pero fue un día totalmente normal para mi. Tomé mi café mientras Cogui devoraba su plato y comencé a mirar la misma fotografía del día anterior. Para mi era casi imposible pasarla por alto. Cada vez que la observaba sentía algo de alegría y sonreía.

    Allí estuve sentada varios minutos mientras terminaba de tomar mi café. Al terminar mi café, noté que Cogui ya se había comido su comida y ya no estaba allí. Le hacía junto a la ventana como todas las mañanas pero no estaba allí. Le llamé varias veces y nunca vino a donde mí. Caminé por toda la casa mientras le llamaba hasta que le encontré sentado mirando hacia la jaula de Lupe, mi vieja cotorra y mejor amiga de Cogui. Cogui siempre le ladraba y ésta le llamaba por su nombre y le repetía otras cosas más que con el tiempo había aprendido. Podían estar horas así. Parecía como si se entendieran y tuvieran conversaciones entre ellos, pero esta vez Lupe estaba muy callada. Al acercarme, me percaté que Lupe estaba tirada en el suelo de su jaula y no se movía. En seguida abrí la jaula mientras Cogui observaba y se mostraba nervioso, caminando de un lado al otro pero nunca despegó su mirada de Lupe. La cogí en mis manos y supe de inmediato que algo malo había ocurrido. Lupe ya no tenía vida. Fue un momento muy triste para mi. Lupe, quien le daba vida a nuestra casa con sus repetidas palabras y conversaciones irracionales, había muerto. La coloqué en el suelo por un momento y Cogui acercó su nariz y comenzó a olfatear su bello plumaje verde. Comenzó a ladrar como de costumbre pero no recibía respuesta alguna de Lupe. Cogui estaba desesperado. Cada vez caminaba más rápido de un lado al otro y seguía ladrando esperando a que ésta le respondiera un: “Hola
    Cogui”, como solía hacer. Entonces me senté en el suelo junto a Lupe y abracé a Cogui por un largo rato hasta que éste se calmó y se durmiese entre mis brazos.

    Ese día mientras Cogui dormía, enterré a Lupe en el patio. Fue una gran perdida para ambos. A pesar del profundo silencio que había en la casa, yo logré superar su perdida poco después. En cambio, a Cogui se le podía percibir una aguda depresión. No quiso salir al parque por varias semanas y comía menos de lo acostumbrado. Pasaba largas horas durmiendo donde solía estar la jaula de Lupe. Era muy triste para mí verle así, pero con el tiempo, sus ánimos comenzaron a mejorar.

     

    Capitulo II: El mejor amigo de Cogui

    Cuatro meses después, luego de mi rutina diaria, salí al parque con Cogui como de costumbre. Allí estuvo jugando con los niños y molestando a las aves del estanque como siempre. Me alegraba verle así, lleno de energía. Yo me encontraba sentada en el mismo banco de siempre. Observaba cómo los niños jugaban cuando de repente perdí a Cogui de vista. Comencé a llamarle pero nunca respondió a mi llamado. Así que me levanté y caminé por los alrededores hasta observarle junto a una pareja que estaba de picnic en el parque. En seguida caminé hasta allá y mientras más me acercaba, mi vieja vista enfocaba cada vez mejor. Para mi sorpresa, se trataba de la misma pareja de hace varios meses atrás. Estaban felices y reían con las ocurrencias de Cogui mientras éstos le alimentaban con un par de salchichas. Nuevamente me disculpé por la interrupción y me dijeron que no era molestia. De hecho, afirmaron que les gustaba ir al parque por la presencia de los animales y la naturaleza que se disfruta allí. Habían pasado varios meses desde que les había visto en el parque por primera vez. Aún se les notaba la
    felicidad en sus rostros y el amor que reinaba en ellos al mirarse ambos a los ojos. Aún así, sé que la felicidad no se puede medir, pero era indiscutible; Se les notaba más felices que la última vez. Luego de una charla con ambos, supe que no me equivocaba y supe la razón por la que estaban más felices que nunca:

    “—¡Vamos a tener un bebé! —exclamaron ambos a la misma vez—.”

    Me puse muy contenta con la joven pareja. Entonces, charlamos por un largo rato hasta que no quise seguir interrumpiéndoles en su picnic. Antes de despedirme les di mis mejores deseos para ambos y su futuro bebé. Me despedí de ambos y me incliné para amarrar a Cogui a su correa y el joven en seguida se levantó y me ayudó a ajustársela al cuello.

    “—¡Ay! Olvidé presentarme. Me llamo Amelia Sotomayor —dije—.”

    “—Mucho gusto Amelia. Mi nombre es Enrique —contestó el joven—.”

    “—… Y yo Angélica. Mucho gusto —dijo la joven—.”

    Entonces me despedí por segunda vez y comencé a caminar de vuelta a mi casa. Todo el camino me la pasé recordando aquellos tiempos en los que estuve embarazada. Mi esposo y yo no nos habíamos sentido tan felices en nuestras vidas. Pero lamentablemente, nuestra felicidad no duró mucho. Justo cuando cumplí mis cuatro meses de embarazo, aborté. La perdida de nuestra criatura nos afectó mucho pero fue a él a quien más le afectó. En seguida que me recuperé, noté que no era el mismo. Iba a su trabajo sin ánimos, no comía y aveces se desvelaba mientras bebía alcohol en su taller. Durante el embarazo, Agustino pasaba largas horas en su taller construyendo una cuna para nuestro bebé. Pero luego, en el mismo taller en donde solía construir parte de sus sueños, se había convertido en su lugar de escape. El habernos esforzado durante diez largos años por tener un hijo y de repente perderle en un santiamén, lo devastó. Nos dimos por vencidos y no lo volvimos a intentar nuevamente.
    Aún así, Agustino seguía su rutina. Me despertaba todas las mañanas con su guitarra melódica. Nunca supe porque lo hacía después del aborto. En fin, me daba consuelo y paz. Con el tiempo noté que sus melodías eran cada vez más secas, desafinadas y las notas no creaban un conjunto melódico. Pues a la guitarra se le había partido una de las cuerdas pero aún así la tocaba. Supe de inmediato que algo no andaba bien.

    Habían pasado dos semanas y me encontraba desempolvando mis unicornios de cerámica. Me encantan tantos… Tenía una gran colección de éstos en mi sala. Puse algo de música mientras limpiaba. Al rato, comencé a escuchar una de las viejas canciones que cantaba Agustino junto a su guitarra y entonces me acordé que su guitarra estaba toda empolvada. Decidí subir al cuarto y quitarle todo el polvo que tenía por los largos años que había estado allí contra la pared. Cuando llegué, me senté en la misma silla en la que Agustino se sentaba y comencé a limpiarla con todo el cuidado. Le retiré la cuerda que se había partido
    hace casi cinco meses atrás y de repente me percaté de que otra de las cuerdas se había partido y no me había dado cuenta. Sabía que se trataba del tiempo que llevaba allí sin que nadie la tocara, le afinara ni le diera su mantenimiento requerido. Mientras removía las cuerdas rotas, escuché a Cogui ladrar en la sala. Entonces bajé y le vi ladrando mientras miraba por la ventana de la sala. Al asomarme, me percaté que se trataba del Sr. López. El Sr. López había sido el cartero de la vecindad por más de quince años. Cogui siempre le esperaba. Cuando yo abría la puerta, Cogui corría hacia él y el Sr. López le entregaba las
    cartas en su boca y luego me las entregaba, toda babeadas pero le hacía feliz. La relación entre el Sr. López y Cogui había sido muy diferente a la que comúnmente tienen los carteros con los perros en estos días. Al menos eso decía él.

     

    Cuando el Sr. López alcanzó llegar a mi casa, abrí la puerta y Cogui le recibió como de costumbre. Ambos estaban alegres de volverse a ver. De momento, se escuchó un trueno y comenzó a lloviznar.

    “—No se moje. Venga… entre —le dije al Sr. López—.”

    Entonces entró y le invité una taza de café a lo que la repentina lluvia pasaba. Hablamos de varios temas y luego me dio una noticia muy triste para mi y para Cogui:

    “—Sra. Sotomayor… Mañana es mi último día de trabajo.”

    Me explicó que había tomado la decisión de retirarse ya que no se encontraba bien de salud y quería compartir mas tiempo junto a su esposa, su hijo y sus dos nietos. Sabía que Cogui le extrañaría, puesto a que siempre le espera junto a la ventana y tan pronto le vé recorriendo el bloque, comienza a ladrar lleno de felicidad. De mi parte también le extrañaría, pues habían sido quince años de buen servicio. Lo menos que podía hacer era hornear un rico pastel para él y su esposa en acto de agradecimiento por tantos años de servicio y amabilidad.

    Al día siguiente, me levanté temprano y comencé a hacer el pastel. Decidí hacer un pastel de zanahorias. Mi esposo solía decir que era el mejor pastel que yo preparaba. Así que primero hice la mezcla, lo coloqué en el molde y luego lo metí al horno. Mientras tanto, le di comida a Cogui y me preparé un delicioso café. Más tarde el pastel estaba listo. Lo saqué del horno y lo coloqué sobre la mesa. Cogui no le despegaba los ojos al pastel después de apreciar su rico aroma que circulaba por toda la casa. El Sr. López acostumbraba llegar al medio día al vecindario, así que sólo faltaban diez minutos. Cogui estaba sentado junto a la ventana mientras yo decidí sentarme en un sillón reclinable para esperarle. Estaba segura de que Cogui me alertaría de su llegada con sus ladridos, así que decidí descansar un poco.

    Al rato me desperté. Me había quedado dormida. Inmediatamente miré el reloj de la pared. Marcaba más de las tres de la tarde. Cogui seguía despierto junto a la ventana. Sabía que si el Sr. López hubiera pasado por la casa, Cogui me hubiera despertado con sus ladridos… pero no fue así.

    Ya eran más de las tres de la tarde y tenía que ir al supermercado a comprar unas verduras. Junto al supermercado había una sastrería. Justamente en esa sastrería, trabajaba la esposa del Sr. López. La mayoría de las personas conocían a la Sra. Matos por los excelentes trabajos que allí realizaba. Así que poco después fui al supermercado y compré las verduras. Al salir, pasé por la sastrería y procuré por la Sra. Matos y uno de sus ayudantes me dijo que no había ido ese día a trabajar.

    “—Me resulta curioso que su esposo tampoco haya ido a trabajar —le dije a su ayudante—.”

    Y éste me respondió:

    “—La Sra. Matos llamó en la mañana para notificar que no vendría a trabajar por unos días. Resulta que su esposo, el Sr. López, falleció de un paro respiratorio en la madrugada… Lo siento mucho.”

    No lo podía creer. Por un instante, sus palabras revivieron aquel triste momento en el que un doctor me avisó sobre la muerte de mi amado esposo. Sucedió un catorce de Abril. Me desperté y miré el reloj despertador en la mesita de noche. Anunciaba las diez con veinte minutos de la mañana. Me resultó curioso que mi esposo no me despertara esa mañana con su guitarra como solía hacer. Me volteé y le vi recostado en la cama. Le intenté despertar pero no respondía. Le sacudí varias veces y le pregunté si se sentía bien pero nunca hubo respuesta. Inmediatamente corrí al teléfono y llamé a emergencias. Tardaron unos minutos en llegar hasta la casa. Había dejado la puerta abierta para cuando llegaran. Mientras tanto, me senté a su lado acariciándole las canas que tanto yo amaba. Con delicadeza, deslizaba mis dedos por toda su cara una y otra vez mientras le miraba con preocupación. Varias lágrimas rodaron por mis mejillas hasta caer sobre sus labios. Justamente en ese preciso momento, sus labios se movieron y me acerqué para escuchar un susurro suyo:

    “—Amelia… Te amo.”

    Entonces los paramédicos entraron al cuarto y me pidieron echarme hacia un lado. Le colocaron un respirador manual, lo subieron a una camilla y luego se lo llevaron hacia la ambulancia. Me subí a mi auto y fui tras la ambulancia hasta el hospital. Allí uno de los mejores doctores le esperaba. Al llegar, aparqué mi auto junto a la ambulancia y me bajé de mi auto. Observé que los paramédicos estaban teniendo complicaciones. Corrían a toda velocidad hacia la unidad de emergencias. A lo largo del pasillo corría junto a mi esposo mientras le sostenía la mano. Por un instante le mire al rostro y noté que sus ojos estaban
    fijados en mi y entonces mientras corría junto a él tomándole de la mano le dije mirándole hacia los ojos:

    “—Agustino… Yo también te amo.”

    Fue ahí cuando sus ojos se apagaron. Lo llevaron hasta el interior de una sala en la que no me permitieron entrar. Cinco minutos después, un doctor salió para darme la mala noticia.

    “—Sra. Sotomayor… Hicimos todo lo posible en nuestras manos. Lo siento.”

    El mundo se me vino encima. Me era imposible parar de llorar. Su muerte fue diagnosticada como una natural. Pero muy dentro de mí sabía que la depresión le había matado lentamente. Decidí que su funeral fuera en nuestra casa y sólo por un día. Todos los familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos estuvieron presente durante su funeral. Al otro día, su cuerpo fue enterrado y desde entonces le visito en su cumpleaños y en nuestro aniversario de boda. A pesar de su muerte y de todos los largos años que han pasado… Aún siento que lo amo con todo mi corazón.

    Una semana después de su muerte, me encontraba sola y muy deprimida por su partida. Me era muy difícil acostumbrarme a dormir sola, cocinar en menos porciones y no escuchar el chasquido de sus llaves abriendo la puerta principal a las cinco de la tarde cuando llegaba de su trabajo. Pero muy… muy dentro de mí lo que realmente extraño es… el sonido de su guitarra despertándome a las nueve de la mañana.

    Regresé a mi casa con los encargos y luego de guardarlos en la nevera, me senté en la mesa y miraba fijamente el pastel que le había horneado al Sr. López. No sabía que hacer con él. No estaba de humor para comer pastel. Admito que mis ojos brotaron un par de lágrimas por la gran ironía. Por mi mente solo pasaba el difícil momento por el cual sabía que su esposa estaba atravesando. Cogui estaba sentado en el suelo mirándome como haría cualquier niño de tres años. Al verme llorar, saltó y caminó hasta la sala. Buscó su correa y me la trajo en su boca. La colocó en el suelo y la empujaba hacia mí con su hocico. Cogui estaba preocupado por mí y quería hacerme sentir mejor. Sabía que me gustaba ir al parque con él. Entonces se abalanzó sobre mí y comenzó a lamerme. Reí por un momento y su inocente gesto me convenció. Era un poco más de las cinco de la tarde. Así que me propuse a dar solo una caminata a lo largo del parque junto a Cogui.

    Fuimos al parque y caminamos juntos como me lo propuse. La verdad es que el aire puro y tanto espacio libre me vino muy bien. Ya no sentía lástima ni tristeza, sino felicidad al volverme a topar con la joven pareja que siempre iban al parque. A leguas, noté que la panza de Angélica había crecido un poco más. Entonces una idea surgió de mi cabeza. Cogui y yo fuimos a saludarles.

    “—Sé que apenas nos conocemos pero les tengo una sorpresa —les dije a ambos—.”

    Ambos se mostraron muy curiosos. Entonces les brindé la dirección de mi casa y les pedí que pasaran al próximo día a eso del medio día. Curiosamente la misma hora en la que el Sr. López siempre entregaba sus cartas por el vecindario. Ambos aceptaron y entonces acordamos vernos el día siguiente en mi casa.

    Al próximo día, Cogui estaba junto a la ventana cuando de repente comenzó a ladrar. Sabía que habían llegado. Eran las doce en punto. Abrí la puerta y Cogui les recibió muy contento. Les invité a que entraran a la casa a tomar una taza de café. Ambos caminaron hasta la sala y se sentaron en el sofá. Les serví café a ambos y luego les avisé que les traería su sorpresa. Fui a la cocina, agarré el pastel de zanahorias y se los llevé hasta la sala. Se mostraron asombrados al verme venir con el pastel en las manos. Estaban muy contentos y agradecidos por el gran gesto. Les dije que había que celebrar de una u otra manera el bebé que aún venía en camino. Les serví un pedazo a cada uno y aseguraron que era el mejor pastel de zanahorias que habían probado en sus vidas. Yo estaba muy contenta con sus cumplidos. Al fin en la casa se sentía algo de vida. Me hacía muy feliz el verles devorando aquel pastel. Allí estuvimos sentados por dos horas hablando sobre todo. Desde cómo se conocieron, hasta anécdotas que compartimos juntos. En varias ocasiones reímos tan fuerte, que Cogui parecía taparse las orejas. Me causó mucha gracia.

    Más tarde, Enrique y Angélica se despidieron pero sin antes darme mil gracias por aquel pastel. Me sentí muy agradecida y contenta con el gesto que había hecho. La verdad la pasé muy bien con ambos. Hacía mucho que no reía tanto.

    Capitulo III: Años caninos

    Pasaron dos meses. Estaba llegando a mi casa del supermercado. Adentro, se escuchaba a Cogui ladrar sin parar. Sabía que algo raro ocurría. Entonces abrí la puerta y solté los paquetes del supermercado sobre el sofá. Los ladridos provenían del segundo piso. Así que subí armada de un viejo palo de escoba. Estaba algo asustada. Al subir, noté que los ladridos salían de mi cuarto. Entré con cuidado y miré para todos lados. Todo se veía normal en el ambiente excepto por Cogui que estaba ladrando hacia la vieja guitarra de la esquina. Solté el palo y comencé a acariciar a Cogui. Lo noté algo nervioso y no despegaba su mirada de la guitarra.

    “—¿Que pasa Cogui? —dije mirándole a los ojos—.”

    Nuevamente miró hacia la guitarra y fue en ese momento en el cual me volteé y noté que otra de las cuerdas se había partido. Tan pronto la quité, Cogui dejó de ladrar y se calmó. Pensé que quizás el ruido de la cuerda al partirse, había asustado a Cogui y por esa razón éste ladraba.

    Por las siguientes dos semanas, Cogui se notaba sin animo. Dormía más de lo normal y comía menos. Se la pasaba junto a la ventana esperando aquella persona que nunca llegaría. Cada vez que veía al nuevo cartero llegar al vecindario, comenzaba a mover su cola entusiasmado. Al verle bajar del auto, ladraba con muchas ganas y al éste llegar hasta la puerta, Cogui se percataba de que no se trataba del Sr. López. Entonces dejaba de ladrar, bajaba la cabeza y se volvía a acostar sin animo
    alguno. Así fue por algún tiempo. Intenté convencerlo varias veces para ir al parque pero no me hacía caso. Se mantenía tirado en el suelo sin ánimos. Era muy triste para mí el verle así nuevamente desde la muerte de Lupe. Recordaba que Cogui siempre había sido muy juguetón y cariñoso desde cachorro.

    Dos semanas después de la muerte de mi esposo, un familiar me dijo que me veía muy deprimida. Me pidió que no me sintiera así… pues por la misma razón había muerto mi esposo. Pero era inevitable el sentirme de aquella manera. La verdad es que ya no tenía ganas de vivir. Me sentía muy vacía y triste. Entonces, el mismo familiar me regaló un cachorrito hermoso en una enorme canasta con un enorme lazo azul y en el collar del cachorrito había una nota que decía así:

    “—Hola. Aún no me han dado un nombre, así que no se por donde comenzar… Me han dicho que te sientes triste y muy sola. Que hasta la misma casa se siente vacía y sin vida. Pero no te preocupes. He llegado para alegrarte y hacer que no te vuelvas a sentir sola jamás. De ahora en adelante llenaré cada rincón de esta casa con amor y ternura. Sólo te pediré que me ames y me protejas con todo el corazón. Si aceptas, por favor… dame un nombre.—”

    Y le nombré, Cogui. Desde entonces le había amado y protegido desde el primer día que lo tuve en mis brazos. Coloqué una camita para él justo en donde colocaron a mi esposo en el funeral. Solo para espantar la esencia que la muerte había dejado y llenar la habitación con un rico aroma a vida. Cogui había sido la cura a mi depresión y otros males. Pero me preocupaba que lo mismo que atacó a mi esposo y alguna vez a mí, le estuviera atacando ahora a él. Lo llevé al veterinario a ver que éste me decía en base a su comportamiento. El veterinario me dijo que Cogui había tenido una larga vida y que ya estaba muy viejo. Me explicó que diez años para Cogui era un equivalente a ochenta años caninos. Quedé asombrada con la suma. Jamás pensé que Cogui pudiera ser mayor que yo. Me explicó que Cogui podía perecer en cualquier momento. Así que lo llevé de vuelta a la casa y le mimé, le acaricié, le abracé, le cuidé y le amé hasta aquel medio día en el que el cartero se aparcó al medio día en el bloque y Cogui solo seguía ahí… tirado junto a la ventana sin mover la cola ni emitir un solo ladrido. Me acerqué a él y puse mi vieja mano sobre su cuerpo peludo. No respiraba. Cogui murió un diecisiete de Septiembre junto a la ventana en la cual todos los días esperaba a aquel cartero carismático que por tantos años le saludaba y le entregaba con cariño las cartas… su mejor amigo.

    Me sentí muy triste con su partida. Sin Lupe y sin Cogui la vida ya no tenía color para mí. Nuevamente la casa se sentía triste, vacía y sin vida. El florero del centro de mesa, sólo exhibía flores marchitadas. Las alfombras estaban sucias y no me animaba a limpiar mi colección de figuras. Una vez más, la depresión volvió a tomarme entre sus brazos.

    Un día común y corriente, pero no más triste que el anterior, fui a comprar algo de comer en una cafetería ya que no tenía ánimos para cocinar. De vuelta a la casa, pasé por el parque. Me senté en el mismo banco desde donde siempre vigilaba a Cogui. Varios niños fueron hasta donde mí para preguntarme por él. Simplemente les decía que Cogui no se sentía bien y que estaba descansando en la casa. La verdad es que no quería romperle el corazón a aquellos niños que le adoraban tanto. Justo
    cuando comenzó a atardecer, me levanté y comencé a caminar hacia mi casa. En el camino, me topé con la pareja más hermosa del parque, Enrique y Angélica. Me saludaron y de vuelta les saludé. Me dijeron que me veía muy triste y sin animo. Entonces preguntaron por Cogui y les conté que había muerto. Les comenté que desde su partida me sentía muy sola y deprimida. Ambos me dieron un abrazo y me pidieron que cualquier cosa les diera una llamada a su móvil y seguido me anotaron el número en un trozo de papel.

    “—Cualquier cosa que necesites, estamos para servirle —dijo Enrique amablemente—.”

    Les di las gracias a ambos por preocuparse pero la verdad es que no había de que hacerlo. Ya estaba vieja y en cualquier momento podía perder la poca vida que quedaba en mí.

    Ese mismo fin de semana, Enrique y Angélica me dieron una inesperada visita. No me sentía preparada para recibir una visita en aquel momento. Las condiciones de la casa no eran de lo mejor. Antes de dejarles entrar les advertí que la casa estaba algo regada pero aún así insistieron en entrar. Al entrar, ambos observaron las condiciones de la casa. Ambos me dijeron que no iban a permitir que yo viviera así. Entonces me pidieron que me sentara en la sala mientras ellos hacían un par de arreglos. Sentía mucha pena y les dije que no se preocuparan pero nuevamente insistieron en brindarme su ayuda. Enrique comenzó a limpiar
    todo mientras que Angélica hacía tareas menos forzosas por sus ocho meses de embarazo, como desempolvar y lavar los platos. Al final del día la casa estaba reluciente. Angélica había cortado un par de flores del jardín y reemplazó las flores marchitadas que habían en el florero por unas frescas. Enrique había trapeado todo el piso y limpió las ventanas. Ahora la casa contaba con un rico aroma floral, color y más luz. La verdad es que se sentía muy agradable. No podía permitir que lo hicieran
    todo mientras yo estaba allí sentada mirando como limpiaban mis desordenes. Así que me animé a cocinar una deliciosa cena para tres. Esa noche comimos y bebimos algo de vino mientras hablábamos de todo un poco. Más tarde dijeron sentirse algo cansados y decidieron irse hacia su casa, no antes sin darle las gracias por su interés en volver a verme sonreír. La verdad es que opino que ambos componen la pareja más hermosa y perfecta que yo haya conocido antes. Al despedirnos en la puerta, se marcharon hacia su casa llevando en sus rostros una sonrisa de felicidad. Fue un día muy agradable para mí.

    Capitulo IV: La llegada de un ángel

    Un mes después, la casa seguía limpia y ordenada. Me había comprometido conmigo misma a mantenerla así. Mientras la casa estaba limpia, le brindaba paz y armonía a mi ser. Las flores frescas daban color y vida a mi alma. De esta manera intentaba contrarrestar los efectos de la depresión. A lo largo de mi vida había vivido muchos momentos llenos de tristeza pero a la vez debía de sentirme agradecida por haber superado aquellos momentos y aún seguir con vida. Era inevitable que en algunas ocasiones me sentía triste. En esos momentos agarraba el teléfono y charlaba con Angélica o simplemente me mantenía
    ocupada haciendo algo. Podía armar rompecabezas por horas con tal de no pensar en las cosas negativas.

    Hacía un par de semanas que no me sentía bien de salud. Mi doctor decía que mi edad me estaba traicionando. Estaba sufriendo todos los males que sufren las personas de la tercera edad. Casi no podía caminar y me sentía muy débil. Comencé a olvidar las cosas más simples y por primera vez en mi vida, comencé a usar un bastón para caminar. No entendía como era posible que en tan corto tiempo todo sucediera tan de prisa. Entonces recordé las palabras que me dijo aquel veterinario sobre
    los efectos de la edad en Cogui y que éste en cualquier momento podría fallecer. Inmediatamente me contacté con mi abogado y quise redactarle mi testamento. Tantos años sola, pero…

    “¿A cual de todos mis familiares le podría otorgar mis bienes si ninguno se ocupó en darme tan solo una visita en diez años?”

    Esa era la pregunta que circulaba por mi mente constantemente mientras me dirigía hacia la oficina del abogado. Un par de horas después, había tomado una decisión final. Tan pronto salí de la oficina, me dirigí hacia mi casa. Estaba muy cansada, así que al llegar a la casa me fui hasta mi cama y me acosté para tomar una siesta.

    Habían pasado tres horas cuando desperté. Lentamente me senté en el borde de mi cama. Me levanté con delicadeza y junto a mi bastón comencé mi recorrido hacia el piso inferior. Tan pronto llegué a la puerta de mi cuarto algo pasó. Mis pies se enredaron con algo y caí hacia el frente. Sentí que me había fracturado una de mis costillas al caer de costado sobre el barandal de la escalera. Varias veces intenté levantarme pero no lo lograba. El dolor interno era muy insoportable y mis piernas
    estaban inútiles. Entonces me arrastré hasta la mesi ta de noche en donde se encontraba el teléfono y llamé a Angélica. Nunca respondió. Así que no tuve más remedio… llamé a emergencias.

    Quince minutos después llegaron. Me subieron a una camilla y me llevaron hasta el hospital a toda velocidad. Durante el trayecto, me quejaba constantemente de dolor en el costado y sentía que el oxigeno no llegaba a mis pulmones. Entonces me colocaron un respirador manual para que así pudiera respirar mejor. Al llegar al hospital me bajaron de la ambulancia y me llevaron a toda prisa irónicamente por el mismo corredor por el que mi esposo había pasado en el mismo estado en el que me
    encontraba. A diferencia de él, nadie sostenía mi arrugada mano. No pasó mucho tiempo para cuando llegué al final del pasillo. Al fin había atravesado aquella puerta que en alguna vez se me negó el paso. Llegué a una fría sala que siempre fue un misterio para mi hasta entonces. Los paramédicos comenzaron a asistirme mientras el doctor en turno revisaba mi costado. A simple vista sabía que una de mis costillas se había quebrado y había afectado mi pulmón izquierdo. Escuché decirle a uno de los paramédicos que era muy probable que tuviera una hemorragia interna. La verdad es que nada de lo que decían tenía algún sentido para mí. Sentí molestia al mover los pies. Entonces alcé mi cabeza para mirar hacia mis pies y allí estaba… La última cuerda de la guitarra envuelta entre mis pies. Entonces por un momento comprendí…

    Recuerdo aquella mañana en la que mi amado esposo me despertó con una de sus hermosas melodías. Tan pronto abrí mis ojos, le comencé a mirar con todo el amor que había en mi corazón mientras acariciaba mi vientre de cuatro meses. De repente, surgió un sonido chillón y desafinado desde su guitarra. Una cuerda se había roto. Poco después mi corazón también se había roto al perder a nuestro hijo por culpa de un aborto espontáneo.

    Poco después, durante una noche fría, escuché el mismo peculiar sonido en la madrugada. Suponía que el frío de la noche había tenido algún efecto consecuente para que se partiera otra cuerda. La mañana siguiente mi esposo murió. Y así pasó con Lupe, el Sr. López y Cogui. Tantos años y no me había dado cuenta. Ahora la última cuerda se encontraba atada a mis pies como si me encontrara atada al destino.

    Mientras los doctores seguían realizando su trabajo para salvarme la vida, brinqué en mi camilla por el susto que me provocó escuchar el azote de las puertas contra la pared. Un par de paramédicos y enfermeras traían a una mujer en una camilla que gritaba a llantos sin no más poder. De prisa, colocaron su camilla junto a la mía. Cuando miré a mi derecha no podía creer lo que estaba observando. Angélica estaba dando a luz. Le miré y susurré su nombre… pero no me escuchó.

    “—¿Conoce usted a esta dama? —dijo el doctor—.”

    Con las pocas fuerzas que me quedaban, asentí con la cabeza. Entonces le avisaron de mi presencia y de inmediato Angélica también se asombró de verme junto a ella. Tomó mi vieja mano como toda un ángel y mientras le pedían que pujara con fuerzas, ésta lo hacía pero sin despegar la mirada de mis ojos. Por mi lado, los doctores hacían todo lo posible por salvar mi vida. Era irónico pensar, cómo una nueva vida nacía mientras yo moría a la misma vez y en la misma habitación. Sostenía mi mano con
    todas las fuerzas del mundo y apretaba aún más cuando pujaba. Ella, en pleno parto, sabía que mis ojos se estaban apagando pero ella gritaba una y otra vez:

    “—¡Resiste, Amelia! … ¡Resiste!—”

    De repente se escuchó un hermoso llanto angelical. Escuché a una de las enfermeras decir:

    “—¡Es un varón!”

    Eran las nueve de la mañana del veintiuno de Marzo cuando aquel pequeño angelito había nacido. El llanto de un hermoso niño barón producto del amor, inundaba la habitación. Las enfermeras le limpiaron con delicadeza y Angélica pidió que lo recostaran de mi lado derecho. Acercaron ambas camillas y ambas acariciamos al niño mientras que a la vez ella dijo:

    “—Amelia, tenga usted el honor de nombrar a nuestro hijo—.”

    Entonces contesté:

    “—No. Él ha llegado a sus vidas producto de su amor. Él les brindará su compañía y les llenará de alegría a ambos. Llenará cada rincón de su casa con amor y ternura. Solo les pediré a ambos que le amen y le protejan por siempre con todo el corazón. Si aceptas, por favor… dale un nombre.—”

    Entonces, mientras Angélica soltaba lágrimas de sus ojos… miró a los ojos del recién nacido y dijo:

    “—Ángel… te llamaremos, Ángel.—”

    Curiosamente ese era el nombre que Agustino había escrito en la cuna que había construido para nuestro bebé.

    De repente, los doctores comenzaron a tener complicaciones para mantenerme con vida. La presión sanguínea había bajado y mis pulmones ya no respondían. Entonces con el último suspiro que quedaba entre mis pulmones dije mis últimas palabras:

    “—Son ustedes mis herederos. Ahora vayan e inunden esa casa con alegría, felicidad, amor y vida de una buena vez. En el taller, hay un regalo para el recién nacido… Gracias por todo. Les amo.—”

    Capitulo V: Un milagro en vida

    Esas fueron sus últimas palabras. Su mirada siguió apuntando hacia los ojos de nuestro hijo hasta éstos agotar todo signo de vida… Entonces se apagaron para siempre.

    Hoy día nuestro hijo es nuestro milagro en vida. Mientras que todos los doctores aseguraban que no podíamos tener un hijo… Ahora éste mismo duerme en su preciosa cuna que fue construida con amor para un milagro en vida… Ángel.

    Por: Fernando De León Cancel

     

    Comentarios

    1. volivar

      4 mayo, 2013

      Fernando de león: amigo, muy pocos tienen la capacidad que has demostrado en este relato: de hilvanar una idea, sin soltarle, sin tomar atajos, sino siguiendo el mismo camino para llegar al final planeado.
      A pesar de ser largo tu relato (largo para leerlo aquí) lo has hecho con gran claridad; lo que quiero decir es que has sabido distinguir perfectamente las diversas partes de la narración; las has distribuido en párrafos determinados, cada uno con su unidad, y relacionados entre sí, inperceptiblemente.
      Tienes una amplia experiencia es esta actividad, pues noto un perfecto uso de los utensilios de este trabajo literario.
      No te sales, a lo largo del relato, de la idea principal.
      En fin, que te felicito por saber escribir tan bien la literatura emotiva.
      Mi voto
      un saludo. Volivar (Jorge Martínez. México)

    2. Fernando De León

      5 mayo, 2013

      Hola Jorge: Me alegra mucho que hayas leído la historia que escribí y gracias porque comentarios como el tuyo, me dan animo a seguir escribiendo. La verdad es que es un pasatiempo que disfruto mucho. Nunca he estudiado algo relativo a la escritura. Así que es puro don o talento el que tengo. A muchas amistades mías, les encantó esta historia y otras que tengo alojadas en mi web.

      Saludos desde Puerto Rico

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