Lentes resquebrajados

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    Vio las luces parpadear frente a sus ojos y luego le sobrevino la angustia, terror sintió en los segundos que tardo su vista en acostumbrarse a la oscuridad. Solo y con frío oyó las manos arrastradas que se le acercaban. Debía correr, correr indefectiblemente hacia cualquier sitio, pero eran tantos, ¿a dónde iría? ¿Y si lo encontraban?

    La lluvia que se colaba por el techo lo tenía empapado y sentía ahora escalofríos que le subían hasta la cabeza.

    Un jadear penetrante le inundaba los oídos y le llegaba al estomago. Las manos mojadas estaban pegajosas de sudor. Revolvió el bolsillo de la camisa con desesperación, los anteojos algo torturados quizás mejorarían su vista, le permitirían ver algo nuevo, ahora sí lo creía posible, después de todo, esas criaturas se le acercaban sigilosamente.

    La eufonía de un vidrio quebrándose resonó en el aire y permaneció un segundo. Los anteojos no sirvieron, pero ante el sonido, las criaturas parecieron detenerse.

    Un silencio incomodo y aún más tenebroso que los jadeos y las arrastradas los cubrió.

    Su corazón fue disminuyendo los latidos con lentitud, pronto solo sentía en su pecho dos golpes por segundo y el sonido de su respiración.

    Dio un paso, luego otro, entonces espero…Nada.

    Avanzo dos zancadas más y de nuevo aguardo…Aún nada.

    Aligero la caminata sin dejar de mirar la luz a lo lejos, luz significaba una salida, y una salida significaba la no muerte para él.

    Corrió ahora con la nueva esperanza de que aquellos no lo siguieran, que hubieran desaparecido…Que se los hubiera tragado la tierra respondiendo a su plegaria. Pero no; los pasos aguachentos empezaron a hostigarlo, cada vez más veloces. La desesperación paso el colmo entonces y ya sin pensar corrió lo más fuerte que pudo, incluso se le acalambraron las piernas y le falto el aire.

    La luz se acercaba a él, pronto ¡pronto estaría afuera! A salvo…en el resplandor…

    Empapado, pegajoso y cansado vio la luz convertirse en ventana y se abalanzo sobre ella, sin mirar atrás o siquiera adelante.

    En picada cayó del piso treinta y seis del afamado edificio. Y mientras se derrumbaba a una muerte segura vio la figura de una criatura, blanca, flaca y de ojos rojos que estiraba el brazo tratando de alcanzarlo, entonces sonrió y la muerte a seguir le pareció mejor.

    Nunca nadie supo el causante de su muerte, solo recordaban los gritos de desesperación que el hombre emanaba en total desconcierto, porque a la vista de todos, incluso a la mía propia, aquellas criaturas no eran más que hombres.

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