Oíd el cielo tronar, versículos descabellados del hombre endurecido, caminando sobre la piedra mórbida, silbad sus entonaciones al vacío, el eco extinguiendo la flama del día.
La luz del solsticio que agotase la fuerza del engendro, las trompetas hilvanándose en vuestro coraje, gritabais al azar, caed como Dioses os dije al partir.
“Valor mis austeros” cantó el ave poseída desde su caballo, la lluvia del cielo bañaba el estandarte tejido a manos sucias y flacas. No podréis arrebatar el misterio encimado de la noche irreal, huir, no seais carnada de pichones embalsamados.
A vuestra espera la muralla insostenible de hombres enardecidos, en un diorama de espesa calma Filister hijo del padre Ugnón, rey y soberano de todo lo material e impalpable, os amenzaba, con pudor, aguerrido a su orgullo y languidez atrevida.
Vuestro coro insistente retumbaba en la penumbra, a la espera de un gran instante olvidado, peleabais por vuestra libertad, os aguardaba solo muerte y pena.
Por las heces de la hierba y el sudor alimentado de redención caminaba Pickamir de la dinastía abandonada de los Tolkor, conocido como el rey sin corona , por ser arraigado, por ser persistente, por ser traicionado. Nada movía mas al mundo que unos pasos aposentados de un hombre en velo de venganza. Movido por su nobleza atisbaba una quietud equidistante entre el punto medio del vacío que separaba ambos ejércitos. Os hubiera jurado, el miedo ambivalente calcinaba los pensares de vuestros añejos corazones sin patria, buscando explicaciones ilícitas del robo persistente.
Lejos en la infamia deshilachando raíces de un trono entristecido por cristales de plomo y lúgubres manías de acérrima tempestad. Gritos fuertes, honor , epifanías, lanzas y escudos toscos de gran pudor. La armadura dorada de vuestro rey os enardecía, sentíais aquellos pequeños gusanos carcomiendo estigmas de un pasado inmemorable, mil años, de una histeria insostenible.


manuel-aguado
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