42 pasos conté desde la entrada a la UCI de adultos a la entrada de las Salas de Maternidad. Los conté la fría madrugada del lunes 3 de diciembre mientras esperaba que una celadora dijera –familiar de Yolanda Rodríguez - entonces yo saldría corriendo para saber qué había dicho el médico por los fuertes dolores abdominales que tenía mi esposa, que está en embarazo, y que fueron los causantes de nuestra presencia en el hospital.
La sala de espera está ubicada al finalizar una rampla. Cuando uno entra por urgencias, como lo hicimos nosotros, y luego de pasar por el pasillo lleno de camillas con personas tapadas son sábanas blancas – luego mi esposa me dijo que era como pasar por la morgue-, uno se encuentra con la sala de espera, en donde hay dos hileras de sillas plásticas de color azul, una frente a la otra, tan frías como el frío de la madrugada.
A mano derecha de la sala de espera se encuentra la entrada a la UCI de adultos. A mano izquierda y a final del pasillo se encuentra la entrada a las Salas de Maternidad. De una entrada a la otra conté 42 pasos. Yo los di lentamente, creo que si los diera rápido, como lo hacen los enfermeros cuando hay una urgencia serían 35 pasos. 35 zancadas.
4 años atrás estuve en la misma sala. En esa oportunidad no conté los pasos pero el dolor en la boca del estomago y la preocupación era similar. El frío de madrugada también. En esa oportunidad era mi mamá. Ella estaba en la UCI de adultos como consecuencia de un accidente vehicular. Cuando se fue a bajar del bus, de regreso del trabajo, este arrancó, ella se cayó y sufrió una herida en la cabeza que luego se convirtió en un hematoma craneoencefálico. Luego fue cirugía de cráneo abierto, luego fueron 12 días en la UCI de adultos. Allí en la misma sala de espera con sillas azules y bajo el frío de la madrugada tuve que pasar dos largas noches.
Ahora regresaba. Ahora no era mi mamá, ahora era mi esposa. Ahora no era Yolanda la vieja (no está nada vieja mi mamá), ahora era Yolanda la joven, mi esposa. Las dos tienen el mismo nombre.
Eran las 3 de la mañana, mejor, de la madrugada. La celadora no salía a llamarme. La preocupación rondaba mi cabeza. Conté los pasos. No tenía nada más que hacer. En el bolsillo derecho de mi pantalón tenía la base del internet inalámbrico y dentro de mi camisa tenía mi Kindle que lleve para leer mientras esperaba. La preocupación no me dejó ni leer ni conectarme a internet.
Mientras esperaba llegó una chica en trabajo de parto, la acompañaba un muchacho – padre del bebé, supuse – y una señora. Después de un rato de espera y ante la infructuosa llamada de la celadora el muchacho me preguntó a quién esperaba. – A mi esposa –le dije – Yolanda Rodríguez. – Descanse un rato, - me dijo – si lo llaman yo le aviso. Eso se demora. ¿Será? – Pregunté yo.- Es solo una urgencia - me di consuelo. – Yo he venido tres veces y siempre he salido muy tarde – me contra argumentó mi interlocutor. Me quedé pensando un momento. Se nota que está cansado, descanse un poco, yo le aviso – me insistió.
Evalué la opción que me presentaba. Su invitación consistía en pasar a una sala adjunta, a un lado de la UCI de adultos, donde había unas sillas negras de cuero – pura imitación – y que permiten descansar mucho más cómodo. Le agradecí y acepté. Me senté y cerré los ojos. No sé cuanto pasó. Pero descansé un poco. Claro que decir que eso es descansar es una ilusión.
- Familiar de Yolanda Rodríguez – lo que escuché a los lejos. Me paré en un instante de la silla de imitación cuero. Tenía una pierna dormida, solo sentí la sensación del cosquilleo, pasó de inmediato. El muchacho también reaccionó pero no le di tiempo de avisarme. Cuando la celadora dijo -guez yo ya estaba recorriendo los 42 pasos.
Después me enteré que la muchacha que entró a trabajo de parto tenía 17 años, que su acompañante también, que la señora que lo acompañaba era la mamá de la primera. - Son unos chinitos - me dijo mi esposa, después – y ya en esas. Ella fue la que me dijo la edad de cada uno, la escuchó mientras esperaba adentro de la Sala de Maternidad.
La celadora, o alguien, me entregó unos papeles. Debía ir hasta la caja y reclamar el paz y salvo, ya tenía salida. Eso me alegró. Miré a mi esposa, estaba pálida, sentada en una silla plástica de color azul, no hacía tanto frío como hacía en la sala de espera. La caja queda en urgencias. Tuve que haber corrido, atravesé por cuarta vez el pasillo lleno de camillas y personas acostadas tapadas de sábanas blancas. Pensé en la morgue. El olor era horrible.
Después de la experiencia que tuve que pasar con el accidente de mi mamá el olor a antiséptico me quedó en la memoria. Me desagrada. Ese olor te llega hasta lo más profundo. Te indispone. Te recuerda. El olor a antiséptico y otros miles de olores se mezclaban y hacían que el recorrido hacía la caja fuera eterno. Ya era mi cuarto recorrido.
No quisiera comentar todo lo que pasó en caja. Basta decir que después de esperar como 20 minutos terminé por cancelar la cuenta. Mi seguro no lo hizo. Mi preocupación era que mi esposa estaba sentada en una silla plástica azul con deseos de estar en su cama. Ese pensamiento me animó a cancelar el monto de la urgencia.
Volví a a recorrer el pasillo de sábanas blancas, la rampla, la fría sala de espera de sillas plásticas azules, los 42 pasos. Entregué el paz y salvo. La celadora selló un papel – con este le dan la salida en la portería – me dijo. ¿Puedo salir por la puerta principal o tenemos que salir por la puerta de urgencias? – pregunté, no quería volver a pasar por el ya conocido pasillo de camillas y sábanas blancas. – No, por la puerta principal – me contesto. Descansé por un momento.
Tomé del brazo a mi esposa para que se apoyara en mí. La miré. – ¿Cómo sigues? ¿Te pasó el dolor? - le pregunté. Me miró y me dijo – No.
Salimos del hospital. La visita al antro de la “salud” duró alrededor de 3 horas y media. Llegamos a las 2 y 20, salimos a las 5:40 de la mañana. Mi esposa llegó con un dolor fuerte y salió con él.
Ya en el apartamento nos cambiamos. Nos acostamos. Por la ventana pude ver la claridad del día lunes. Tengo que dormir – pensé – y cerré los ojos.
John Anzola.
04/12/2012.


volivar
John.Anzola. He visto tu perfil, y veo que sabes mucho de este arte, el de escribir. Admiro el manej de la estilística. Ese cambio perfecto de los tiempos verbales. El estilo directo, claro, natural, aunque no directo, y disculpa, es mi apreciación: veo que tomas diversos atajos para llegar al punto que te has propuesto, y así dejas ir la atención del lector, que, según los grandes maestros (Antón Chéjov, por ejemplo) debemos escribir sin dejarlo respirar. Y al darle tantos detalles, la atención se desvía. Guy de Maupassant recomienda hacer el escrito, dejarlo en refrigeración el tiempo suficiente para no acordarnos de él y volverlo a a tomar, y entonces sí, a cortar, tijeretear, a ir directo al objetivo.
Esto, amigo, es con la mejor intención, nunca de menospreciar; en esta red estamos todos para ayudarnos y decirnos nuestros fallos, pero así, como amigos.
En el primer párrafo, al notar la falta de sintaxis, uno se desanima y deja el relato (disculpa, pero eso me ocurrió a mí, hasta que lo volví a leer y noté que tienes grandes cualidades: v. gr. excelente uso de lenguaje; gran imaginación, bonito estilo. el error que noté: “entonces yo saldría corriendo para saber qué había dicho el médico por los fuertes dolores abdominales que tenía mi esposa, que está”… debe de ser “estaba”.
Mi voto y un saludo desde México
Volivar (Jorge Martínez)
John.Anzola.
Jorge, muchas gracias por sus importantes aportes. Efectivamente, escribir es una tarea diaria donde se des-escribe más de lo que se escribe. Gracias por tomarse el tiempo de leer y comentar. Eso sí ayuda.
Nicolas.Mattera
Bueno, coincido casi plenamente con volivar en su apreciación. Por mi parte, es evidente que tienes un estilo pulido, puntual, nada de florituras insoportables, eso ayuda. Sin embargo, en mi opinión personal (tan amateurs como tantos): hay un exceso descriptivo que no lleva a nada, solo a mostrar al lector lo qyue bien que escribes (lo cual es evidente), lo segundo: no hay tensión, no pasa nada, la aventura en la guardía no lleva a nada, a contarnos una vez más del tan sabido infierno hospitalario (que todos hemos vivido, por cierto).
En fin, sin ánimo de desalentar ni menospreciar nada, creo que el texto está bien escrito pero no tiene mucha tensión… por ello, si me permites, esta vez no votaré.
No obstante, me gustaría leer otra cosa tuya porque sospecho que tienes más que esto (te sigo).
Abrazo
John.Anzola.
Nicolas, creo que es más importante un “no voto” basado en argumentos, que elogios inanes. Muchas gracias. El tema de la escritura es una tarea diaria. El Twitter encontré esta frase: Escribir es fallar; probar de nuevo, confiar, insistir; es construir, tallar, limar, podar, soplar virutas: leer. Y si hubo suerte, sonreír @sinaralvarado. Por ahora yo sonreiré otro día.
Un abrazo.
VIMON
Es verdad que no es un relato estrujante, pero a mi sí me resultó interesante de seguir. Como todo en la vida, por supuesto que se puede mejorar. Te doy la bienvenida por tu primera publicación y te dejo mi voto.
John.Anzola.
Vimon. Muchas gracias.