Afección

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    Durante un momento pensó que le tomaba el pelo. Volvió a examinarlos y después giró su cabeza hacia mí.

    —¿Le duelen? —sus manos enguantadas de látex presionaban mis talones.

    —En absoluto —lo dije con cierta brusquedad, aplicando a mis palabras, el suficiente aplomo como para alejar de su cabeza la posibilidad de que todo aquello no fuera más que una broma o una mofa. La situación era muy grave, quería que lo supiera.

    —Ahá… —volvió a mirarme los pies— ¿desde cuándo le pasa? —ahora parecía imparcial, el rápido pestañeo me decía que se estaba esforzando de veras en ello.

    —Empezó ayer… —me mesé la barba— que yo sepa, ayer. Estaba en casa de Cristina, me levanté al baño y bueno…sencillamente pasó.

    —¿Pasó? —me miraba ahora por encima de sus gafas estrechas, las cenicientas cejas bien arqueadas. Los pliegues de la frente dibujando dos simplificadas gaviotas. Aquel pragmático hombre no me creía.

    —Si —aclaré mostrando ambas palmas de las manos vacías. —Quiero decir que en ese momento me di cuenta.

    —¿Ha cambiado de calzado… recientemente? —el timbre de su voz fue perdiendo fuerza a medida que era consciente de lo estúpido de la pregunta—. Tal vez los tenga sólo inflamados —concluyó con un hilo de voz.

    Se incorporó emitiendo un pequeño gruñido y las rodillas le sonaron con un chasquido. Se quitó ambos guantes de látex lanzándolos a la papelera.

    —Puede calzarse.

    Fue a su mesa y después de sentarse empezó a escribir en su portátil con ambos índices muy rígidos, lentamente, buscando las letras.

    —Tómese uno cada ocho horas, le ayudaran a dormir —me dio una receta recién impresa que leí inmediatamente con desconcierto.

    —¿Ansiolíticos? —le pregunté algo indignado

    —¿Y qué espera? —respondió.

    —¡Le estoy diciendo que estos no son mis pies! —me volví a quitar el zapato con violencia—. ¿Lo ve? —puse el pie encima de su mesa, encima de sus papeles, quería implicarle en mi problema. —¡Estas no son mis uñas, jamás he tenido unas uñas así! —Aquel acto pareció intimidarle pues reclinado hacia atrás en su sofá, los brazos y la espalda muy rígidos, no dejaba de observarme con los ojos muy abiertos.

    —Tiene una foto de sus… antiguos pies —miraba las plantas de mis pies y después mi rostro y otra vez mis pies y después otra vez mi rostro, en un bucle infinito y a la espera de una respuesta.

    Hice memoria y repasé mentalmente las cochinas fotos del verano pasado. ¿Como recordar aquello? Quiero decir, la gente se hace fotos de la cara, con amigos, en bodas, ¿pero quién cojones le hace una foto de cerca a sus pies?

    —Es posible que tenga alguna, tendría que buscarla- mi pie seguía encima de su mesa.

    —¿Y esa tal Cristina?

    —¿Qué le pasa?

    —¿Vio sus… antiguos pies?

    —No, bueno… si. Pero ella nunca me ha visto los pies —tenia la boca seca—. Quiero decir que no creo que lo recordara…

    Estaba mintiendo soberanamente, no la dije nada por temor a que me tomase por loco. ¿Qué podía haberle dicho? “cariño mira, ves estos pies…pues no son los míos”. Es más, después de aquella noche procuré cubrirlos en su presencia, como el infectado que oculta a sus amigos la reciente mordedura de un muerto viviente, como el leproso que cubre sus llagas a los ojos de los demás, así los cubría, extraños pies de otro, desconocidos pies… que a todas luces no eran míos.

    —¿Y esta pequeña marca que tiene aquí? —dijo acercando mucho los ojos a mis tobillos.

    —¿Cuál? —me esforzaba en mirar.

    —Aquí, ¿ve? —acercó una lámpara con un brazo articulado y me señaló con un lápiz una finísima cicatriz por encima del tobillo, una cicatriz que rodeaba toda la pierna—. Parece una marca antigua.

    —¡Madre de Dios!… tiene razón —me escuché decir asustado mientras acercaba aún más mis ojos allí.

    —Permítame el otro pie… —me descalcé y para mi asombró otra cicatriz por encima del tobillo rodeaba la pierna completamente.

    —Le voy a hacer unas pruebas —dijo abriendo un cajón—. Esto es lo más inusual con lo que me he encontrado nunca.

    Examiné la cicatriz y apenas era perceptible. Una delgada línea blanca trazada a plumilla. Estaba algo acelerado y tuve que sentarme para no poder el equilibrio. Noté el suelo frío bajo las plantas de mis extraños pies. Ahora no tenía las antiguas durezas y aquellos nuevos pies eran mucho más sensibles que los míos, diría que incluso más jóvenes.

    —Pida con carácter urgente una radiografía a la salida y le miraremos esos pies por dentro —dijo a forma de conclusión mientras me tendía una nueva hoja.

    —¿Y ya? —dije extrañado— ¿eso es todo?

    —Cuando tengamos las radiografías veremos qué pasa. Los otros análisis puede que le tarden unas semanas…ahora las cosas van más lentas.

    Permanecí un rato en silencio, mirándole, intentando provocar algo más de implicación por su parte. Por fin cuando comprendí que no iba a añadir nada más, encaminé mis pasos hacia la puerta de salida…

    —Espere… —dijo en voz alta— una cosa más.

    —¿Si?

    —Intente usar sábanas más largas a partir de hoy —lo miré torciendo el gesto— si, ya me entiende, sábanas que le cubran bien los pies.

    —¿Por qué? —me encogí de hombros.

    —Porque estamos en pleno mes de febrero y está haciendo mucho frío…

    Comentarios

    1. Nicolas.Mattera

      25 junio, 2013

      Jajjajajaja, gran relato, Felipe, con tintes del absurdo al mejor estilo de Cortazar y un final que rompe, le da un giro!
      Hacía tiempo que no se le veía por acá… una alegría. ¡A ver si lo llevamos a Portada!
      Un abrazo!

    2. Avatar de coinup(Nicolás)

      coinup(Nicolás)

      25 junio, 2013

      Felipe, me ha parecido muy bueno tu relato, y muy bien narrado. Te dejo mi voto.

      Un abrazo,

      Nicolás

    3. Luisa Gantes Mora

      26 junio, 2013

      Muy bueno, Felipe. Mantiene la atención. Me gustan las metáforas y, como dice Nicolás, tiene tintes del absurdo. El final, para soltar una carcajada.

    4. Mabel

      26 junio, 2013

      Me ha gustado. Un abrazo y mi voto desde Andalucia

    5. AaronSuspense

      27 junio, 2013

      Más que el absurdo, rescato los diálogos. Son una clase. Y justo que estaba buscando buenos ejemplos.
      ¡Saludos!

    6. Orfeo

      27 junio, 2013

      Dime cómo se llama ese médico para que no me examine la cadera.

    7. Felipe.Ferrante

      27 junio, 2013

      Orfeo se llama…Robert Polson.
      Gracias Mabel, Aaron, Paloma y Orfeo.

      ¡Un abrazo!

    8. DavidRubio

      29 junio, 2013

      EXTRAORDINARIO RELATO. EXCELENTE, GENIAL, ESPLENDIDO. Enhorabuena

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