El muchacho abrió los ojos y abrazo al hombre.
- Te traje esto de comer.
El muchacho abrió una bolsa que contenía un pedazo de pollo y dos piezas de pan, los cuales devoro. Hizo una señal con su mano dando la forma de un vaso que se acercaba a su boca.
- ¡Agua! Si toma, es jugo de arándano – le dio una botella - Muy caro, pero lo pude robar del almacén
El hombre solo observaba al muchacho, saco de su bolsillo una pomada y poniéndose detrás de él, empezó a masajear su espalda con la crema. El muchacho apretaba los dientes, sentía dolor pero siguió concentrándose en lo que tomaba.
- Estamos tratando de buscar un escondite y provisiones, tu abuela acaba de vender la televisión – hizo una pausa, sentía cansado sus brazos de tanto masajear, continuo – está muy preocupada por ti.
El hombre lo hecho otra vez sobre el bote y lo cubrió con una manta.
- Trata de dormir, me iré al amanecer, llevare el bote despacio hacia un lugar menos visible.
El hombre bajo otra vez del bote, mojándose empezó a jalar con una cuerda el bote por la orilla. Todo estaba muy oscuro. Sentía un dolor desde el brazo hasta el cuello, pero no se detuvo y siguió empujando. Trataba de recordar un lugar.
Luego de tres horas jalando el bote por toda la orilla, encontró una cueva, saco el bote del agua y lo empujo por la arena hasta adentrarlo en lo más al fondo de la cueva. Estaba muy helada. De vez en cuando el hombre miraba al muchacho quien seguía durmiendo profundamente.
El hombre salió de la cueva. Escucho correr a unas personas y se ocultó, pero luego salió al escuchar su nombre.
- ¡José! ¡José!
- Aquí estoy – grito José
Tres hombres adultos como él, se acercaron mirando de un lado a otro, como si fueran seguidos por algo. Uno de ellos le alcanzo un cigarro y un encendedor.
- Quisiera creer que la suerte este de mi lado – dijo José.
- Lo lamento – dijo el que le dio el cigarro
- Yo también, pero es muy joven, no sé qué puedo hacer para solucionar algo de tan grave magnitud.
- No tienes que hacer nada.
- Algo, algo debe haber, alguien me debe ayudar.
- ¡No tiene caso! ¡Resígnate! – dijo uno de ellos
- No puedo – dijo tristemente José, quien se sentó sobre la arena.
- José tenemos que ir a pescar, ya empezara el amanecer y ya no podemos cubrirte.
Unas lágrimas terminaron de cerrar la presencia de la luna. La luna se iba desvaneciendo entre unos colores brillantes que venían del horizonte, la arena empezaba a tomar color y las olas empezaban a ser más fuertes. Una brisa agradable empezó a cubrir a los 4 pescadores, quienes empezaron a beber licor de una misma botella.
- Tengo planeado algo – les dijo José
Los tres hombres lo miraron, pero no dijeron nada, querían decir mucho, pero no lo hicieron.
- Mi madre es católica, ha rezado toda su vida para que nuestra familia este bien, somos tan humildes, somos buenos pobres y nunca mi hermano le haría daño a nadie
- Pero José…
- Pero nada, tengo un plan y que Dios me perdone, pero si ha de castigarme por lo que he de hacer, lo hare orgulloso por la felicidad de mi hermano.
- José – se acercó uno de ellos y lo abrazo – tengo una esposa y una hija, se lo que quieres hacer pero si esto falla, les fallare, no puedo hacerlo – dijo resignado.
José miro a los otros dos. El que le dio el cigarro simplemente le dio la espalda y se fue. El único que quedaba, lo observó, miro el rostro cansado de su viejo amigo, pensó en sí mismo y en los sentimientos que tendría por acompañar una venganza, sin pensarlo más le tendió su mano y le dijo: No tengo nada que perder.
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