Botecito que no pesca, se quedó atascado en la orilla. Había abrigado con su calor al muchacho, quien aún no despertaba de un profundo sueño que lo tenía día y días durmiendo.
-¿Estará muerto? – pensó
Pero no encontraba una manera para moverlo, necesitaba la ayuda de algún humano que se acercara y pedirle que moviera al muchacho.
Era inútil, lo sabía. Ser inútil era lo que casi siempre le habían recordado desde que la primera madera fue clavada en su primer viaje, el cual casi lo llevaba a la muerte.
La torpeza es parte del aprendizaje, pero en el momento que la torpeza se volvía una rutina, era fácil admitir el estado de estupidez en el que se encontraba, un círculo vicioso que lo tenía frustrado por no poder entrar más al océano como muchos de sus compañeros. Si ‘compañeros’ porque amigos nunca había tenido, y ante el pesimismo que el mismo sentaba sobre su espalda, difícilmente tendría uno.
Pero entre la torpeza de ese último viaje, fue donde conoció al muchacho. Desde el momento que se subió sobre él, no hizo otra cosa que recostarse y dormir, y ante la llegada a la orilla, seguía haciendo lo mismo.
Ese muchacho podría ser el navegante que lo adentraría al océano, y también seria, su mejor amigo. Se alegró. Tener a un humano que lo había elegido, quizás no en las circunstancias que esperaba, pero por lo menos estaba con él. Lo había elegido. De todos los boten imponentes de la orilla, el muchacho dormía sobre él. No había sentido durante mucho tiempo la felicidad de ser elegido. Solo tenía que despertarlo y embarcarse a su gran aventura, a la aventura de dos amigos que luchan contra los océanos por llegar al final, que no sabía que era, pero quería descubrir.
Para lograr todos esos sueños que nacían uno en su mente creativa, uno a uno, tenía que pedir ayuda. Las señas a los humanos eran inútiles, pero esperaba que alguno de ellos se acercara y viera al muchacho y lo despertara, pero hasta ese entonces los únicos seres viviente en toda la playa eran pelícanos.
Tratando de moverse y acercándose a la playa, fue donde un pelicano se acercó. En un rápido forcejeo empezó a mover al muchacho, y sin lograr éxito, dio un vuelo sobre la playa para tragar agua y echarlo sobre el rostro. Pero el muchacho no despertó.
El pelicano miro triste. Botecito que no pesca también. Era difícil no poder comunicarse con un ser viviente, más aun cuando el solo era una materia hecha por el hombre, que muchos creían que no tenía alma y menos un corazón.
Pelicano dio un vuelo más amplio y ante el seguimiento de sus hermanos, tragaron agua y en grupo siguieron echándola sobre el muchacho, pero no se movía.
Resignado, el pelicano se dirigió a la arena y con su pata escribió muy lentamente, mientras observaba a botecito que no pesca con una nostalgia: ‘está muerto’.


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