El manto de Hades

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    Los tiempos del Señor Oscuro habían llegado al Universo, en la Tierra todo era tristeza y desolación. El mundo, sumergido en la más profunda y oscura depresión, padecía la tiranía de Hades, príncipe de la oscuridad y las tinieblas.

    El malvado príncipe estaba enamorado de Dzahui, Diosa de la lluvia, hija de Helios, Dios del sol, y Selene, Diosa de la luna; pero su amor no había sido correspondido. El despechado príncipe, en venganza, condenó a la Tierra a vivir en la noche eterna, cubriéndola con un horrendo manto, el manto de Hades. A oscuras y sumido en la más devastadora sequía, el mundo se marchitaba y moría sin remedio.

    A cambio de la liberación, Hades exigía la bendición del Olimpo para su casamiento con la joven Diosa de la lluvia. El Príncipe sabía que si lograba desposar a la bella joven, él se convertiría en Dios y, de esa manera, seria inmune a los poderes de Helios, su principal enemigo, el único capaz de derrotarlo.

    Dzahui, la Diosa más bella del Olimpo, debía casarse con Apolo, hijo de Zeus. Según los Libros Sagrados, dicha boda garantizaría la paz y la prosperidad del Universo. Al aceptar su destino, los padres de la joven juramentaron fidelidad eterna a Zeus, comprometiéndose a mantener a Dzahui inmaculada para Apolo.

    Las exigencias de Hades fueron rechazas y las consecuencias devastadoras. Ni el más poderoso de los ejércitos divinos, ni la más valiente de las tribus carnales podrían con el poder de Hades. Legiones de caballeros ofrecieron sus armas, su valentía y hasta su vida para combatirlo, pero estaba claro que no existía, en el mundo, fuerza suficiente para vencer su poderosa magia.

    El tiempo se escurría como arena entre los dedos. Helios y Selene, con el destino del universo en sus manos, no tuvieron alternativa y quebrantaron el juramento sagrado.

    Y así fue que en una breve ceremonia en el Olimpo, los dioses entregaban a su hija Dzahui a las voluntades del malvado Señor Oscuro. Pronto se convino la fecha y los lacayos comenzaron con los preparativos para la boda.

    La desdichada Diosa de la lluvia no salía de su asombro y sumida en un triste pesar, comenzó a llorar. Increíblemente sus lágrimas, por un instante, pudieron con el manto de Hades. El Universo fue bendecido con una fina llovizna que regó valles, praderas y montañas. Por un instante la lluvia triunfó y a su paso pudo abrir camino al sol. Los hombres pudieron ver y adorar a Febo. Pero pronto el manto, con su furia, recobró fuerzas, redobló la apuesta y pronto todo volvió a ser tristeza y oscuridad.

    El día había llegado, la desazón reinaba en el Olimpo, era el momento de la boda. Zeus, decepcionado, presidiría la ceremonia y Poseidón daría, aun contra su voluntad, fe de ello en los libros sagrados.

    A la derecha del altar, Helios y Selene aguardaban el arribo de su hija. A la izquierda Hades, ansioso, esperaba su momento. La alegría hecha rostro, con su malvada satisfacción, inundando de odio y rencor la atmósfera del Olimpo.

    Los portales sagrados se abrieron y pronto, de sus entrañas, emergió la hermosa Diosa Dzahui. Su belleza, aun opacada por la tristeza, era infinita. Selene no resistió la decepción y explotó en un estremecedor lamento. Helios, haciendo gala de su conocida valentía, contuvo sus impulsos y estoico, resistió demostrar sus sentimientos. Hades, dominado por su ansiedad, hubiese dado parte de su vida para que todo acabara de una vez. Sabia del poder que le otorgaría la boda y el ingreso al círculo principal del Olimpo, por lo que lejos de emocionarse o gozar el momento, solo deseaba no seguir perdiendo el tiempo.

    Pero en su fuero interior, Dzahui contaba con algo que pocos conocían, una valentía arrolladora y una convicción inquebrantable de no traicionar ni a sus padres, ni a los hombres. La bella no estaba dispuesta a casarse con el malvado príncipe.

    De pronto, la joven Diosa, estalló en llanto. Pero no en cualquier llanto, no era un llanto de tristeza o desazón. Era un llanto desgarrador, un llanto lleno de rabia y energía. Un llanto estremecedor, lleno de poder y locura.

    Cuando sus ojos parecían secarse y que ya no quedaba nada por llorar, su cuerpo se hizo agua. La carne se deshacía en lluvia y a raudales, se precipitaba a la tierra.

    La bella Dzahui, transformada en agua, desapareció del Olimpo. La lluvia, con su poder, había despejado el cielo deshaciendo el manto de Hades. Los hombres volvían a sentir el abrazador calor del Sol.

    Pronto Hades se convirtió en cenizas bajo el poder de Helios. El sacrificio de Dzahui dio lugar a uno de los fenómenos más extraños de los que el Universo haya sido testigo. Por un instante, bajo aquel manto de lluvia que producía el cuerpo de Dzahui hecho agua, los hombres alzaron su vista al cielo y pudieron divisar el Olimpo.

    Por primera vez, desde el inicio de los tiempos, bajo el cielo más celeste y el sol mas dorado jamás visto, los Dioses se mostraban a sus fieles. Fue un instante, un segundo en el que el asombro de los poderosos tampoco fue menor. Cara a cara tan solo por segundos pudieron ver los rostros de aquellos que, durante la eternidad de los tiempos los habían adorado; aquellos que, aun en la ignorancia de no saber quiénes o como serían, les juraron fidelidad eterna. Y fue ahí que, por primera vez, dioses y hombres daban por tierra a la fe. Frente a frente, cara a cara, derrumbaron el mito. En el Universo ya no quedaban ciegos

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