Intento acomodarme para lograr dormir, lo sé inútil pero los años no me han resignado y lo sigo intentando. Cada tanto profiero algunos sonidos: Aha, Mmm, ah. Lo justo para no parecer descortés con esa “simpática” compañera de viaje que desde el asiento de al lado me va contando su vida entera.
Es tan suave la marcha del ómnibus que en esta noche penada su leve cabeceo me encuentra navegando a través de un lago de olas mansas.
Miro el pasillo y sonrío reconociendo mi vieja costumbre de sentarme junto a él. Hace más de quince años que no fumo pero recuerdo que cuando el vicio vencía a la prohibición, recorría ese pasillo con desesperación para saludar a los choferes en su cubículo. Compartíamos un mate, nuestros respectivos orígenes, alguna cumbia o cuarteto y un faso en libertad. Increíblemente mi cerebro sigue sintiendo esa grata sensación pero sólo cuando era compartido. Ni rastro de esos malignos cigarrillos sin control que se sucedían en soledad.
Por un momento le presto oído a ese murmullo junto a mí. Parece que ya pasó la adolescencia y está de novia con el que, supongo, más tarde será su marido. Vuelvo a perder el hilo y rememoro por qué estoy aquí.
El timbre, urgente por lo repetido. Micaela y Alfredo, apesadumbrados ante mi puerta. Los veo tan mal que los saludo en voz baja, con miedo. La llamó a Julia mientras nos acomodamos y, sin esperarla, se desahogan a dúo en un torrente de palabras que me inundan.
Cuando llega Julia le hago un resumen tanto para entenderlo yo como para contárselo a ella. Los han llamado de la policía de Rosario, ha sido un robo o una pelea, lo mataron a Marcelito y quieren que alguien reconozca el cuerpo.
Julia se desploma abrazándolos a ambos y sus lágrimas desatan al fin las de ellos.
En un pantallazo lo recuerdo. ¡Pucha! ¡Qué pibe tan malogrado! Ni había empezado su adolescencia que sus padres se separaron. La madre apenas seis meses después se casó con otro. El odio entre ellos fue instantáneo, así que el pobre terminó criado por sus tíos. Micaela y Alfredo no habían tenido hijos, de modo que cuando la hermana de Micaela les pidió que lo criaran se desvivieron por él. Le dieron todo lo que pudieron y lo amaron desde el primer día. Sin embargo, el abandono lo convirtió en un resentido y nunca devolvió siquiera parte del cariño que recibía.
Fue una relación problemática que empeoró a medida que crecía. Creo recordar que hace más de un año, al fracasar en unos exámenes, tuvieron una gran discusión; llenó una mochila y se fue ¡ahí nomás! Todos vivimos en un caos de búsqueda que ni la policía pudo resolver.
Recién dos meses después les llegó una carta desde Rosario. Contaba que estaba bien y trabajando, que haría su propia vida y si superaba su amargura, se comunicaría nuevamente con ellos.
Alfredo me mira a los ojos y tomando mi mano, me pide que viaje yo, que no lo quieren ver así. Que de todo lo demás se encargarán ellos, pero “eso” no pueden. Voy a empezar a escabullirme con palabras, cuando veo los ojos de Julia, enormes, decididos. Asintiendo imperceptiblemente con la cabeza. Bajo la mía avergonzado y acepto.
Ya estamos en la ciudad y los pasajeros comienzan a despertar. La calma se ha roto, se paran, se sientan, van y vienen del baño; cien conversaciones se han iniciado. Mi compañera de viaje se apresura, recién ha comenzado el capítulo de sus hijos y ya se da cuenta de que llegaremos antes.
Finalmente, entre siseos de frenos y barquinazos, nos detenemos y la puerta se abre. Zigzagueo como liebre al no tener equipaje y en un instante, ya he hecho arrancar un taxi y le indico que me lleve al Clemente Álvarez.
Todavía es noche cerrada, de modo que el trayecto resulta sencillo. Me deja en el hospital y justo al entrar, me topo con un policía de guardia. Le derramo encima toda la explicación que retenía con angustia dentro de mí. Se queda mudo y pensativo, luego me indica esperar un momento. Al rato vuelve con alguien vestido con el reglamentario atuendo blanco.
— ¿Usted es de Paraná?
—Sí, doctor. Vine para reconocer a Marcelo Fuentes.
—Soy apenas enfermero, me llamo Raúl— me corrige y me indica que lo siga hasta la morgue, lógicamente está en algún subsuelo al que llegamos por ascensor. Recorremos un ancho pasaje hasta unas grandes puertas blancas.
—Mire, la morgue por ahí lo impresiona. Mejor espéreme acá y yo se lo traigo— me propone con una lástima acostumbrada. Al rato aparece con una camilla y un cuerpo tapado. Me indica que me acerque y descubre la cabeza.
— ¡No es!— exclamo con asombro.
— ¿Cómo que no es? — me contesta molesto.
— ¡No, no es Marcelito! —le grito con una esperanza que se transforma en risa.
—Espere un momento— me indica y se va tras las puertas; reaparece y me entrega una billetera.
—Mire el DNI y la tarjeta de crédito, son de Marcelo Fuentes.
— ¡Pero hombre! ¿Vos viste la foto? No es ni parecido, se la deben haber robado— le digo entre socarrón y enojado.
— ¿A ver? Sí, tiene razón ¡Yo no lo recibí! —se ataja— Le pido mil disculpas, ha sido un error horrible ¿Quiere ir a la cafetería para recuperarse un poco? Yo me entiendo con la policía, no se preocupe.
—Mire Raúl, quizás más tarde lo maldiga, pero por ahora sólo quiero contarle la novedad a los tíos; estaban destruidos los pobres — Le digo mientras busco el contacto en mi celular.
—Acá abajo no hay señal, va a tener que salir del edificio. Vaya nomás, apúrese.
En medio de las escaleras que dan a la calle la señal vuelve, llamo atolondrado y… ¡No tengo crédito! ¿Pero cómo? Me siento el idiota más grande del mundo mientras me sumerjo en el primer taxi de la parada. Le cuento al chofer que necesito comprar crédito urgente y que soy de Paraná.
— ¿Y se va a volver a Paraná también?
—Sí, pero antes tengo que hablar
— ¿Sabe qué? Lo llevo a la terminal; hay un kiosco grande que está abierto siempre y hacen cargas virtuales.
Es la tercera vez que lo llamo a Alfredo en los últimos veinte minutos, la ansiedad no me deja estar quieto. En minutos sale el ómnibus para regresar y no sé qué hacer. Aunque ya festejamos juntos hace un rato, la vuelvo a llamar a Julia para ver si ella los ha encontrado; pero no, probará llamar a amigos comunes a ver si tiene suerte.
Del viaje de regreso sólo recuerdo desplomarme en la butaca. Supongo que tantas emociones encontradas habrán sobrecargado tanto mi cerebro, que en ese mismo instante quedé dormido.
Al apearme vuelvo a llamar esperanzado, pero Alfredo sigue sin responder.
— ¿Julia? Soy yo, ya llegué ¿Supiste algo? A mí no me contestan. ¿Pero nadie sabe nada? ¡Ah! Muy buena idea, se me debió ocurrir a mí hablar a la policía de Rosario ¿Pero qué me iba a imaginar que podrían irse para allá? Mirá, yo me tomo un café con leche, voy a su casa y les dejo un papel por debajo de la puerta, cosa que cuando lleguen, se enteren y llamen.
Me despido con un beso fingiendo una tranquilidad que no siento.
Mientras tomo el café con leche, escribo el mensaje en letras grandes, con fibrón rojo, sobre papel de envolver que me ha provisto a regañadientes el dueño del bar.
Ya frente a la casa, me sostengo del picaporte al agacharme para deslizar la misiva ¡epa, la puerta está abierta! Deben haber llegado. Toco el timbre como loco entusiasmado por dar la buena nueva. Nadie responde. Anoche, cuando salieron con la muerte a cuestas, han debido dejar abierto. Me angustio con tanto sufrimiento inútil.
Decido entrar y pegarles el papel sobre la puerta que comunica al garaje, de modo que no puedan dejar de verla. Revuelvo medio escritorio en busca de la cinta adhesiva. Al fin empiezo la pegatina. Oigo el motor del auto ¡pero qué casualidad! Estacionaron recién, pienso con una sonrisa mientras abro la puerta. Una nube tóxica con olor a nafta me cubre desde esa boca de lobo del garaje. Doy unos pasos hacia atrás, tomo una gran bocanada de aire y me sumerjo en las tinieblas. Voy tanteando la pared hasta accionar la llave eléctrica que levanta el portón. Con desesperación veo la luz del sol que crece demasiado lentamente hacia arriba. Me escabullo por esa abertura salvadora con los ojos inflamados. Me recuesto en la pared mientras respiro agitado. Con la mente en blanco, veo cómo la nube se va diluyendo en la brisa fresca de la mañana.
Al rato, con el ambiente despejado, corro hacia el auto para apagarlo. Subo, giro la llave, el motor se detiene, y mientras el silencio me rodea y me aplasta, los veo al fin, desolado, por el espejo retrovisor. Increíblemente pálidos, abrazados para siempre como amantes en el asiento trasero.
Carlos Caro (Diminutio)
Paraná, 1 de mayo de 2013


Sandra.Legal
Guaaauuu!!! Estremecedor!!!!!!!!!!!!!!! Aún tengo escalofrìos. Felicitaciones amigo
Un abrazo y un gran voto
Carlos.Caro
Gracias Sandra, a veces la fuerza obscura me puede jajaja. Un beso
Eva.Franco
Carlos, amigo, está excelente. Muy bien narrado, mantienes en suspenso al lector hasta el final, previsible por el título, pero no en la forma como ocurren los hechos. De corazón, felicidades, ha sido un inmenso placer leer tu trabajo.
¡Saludos! y un inmenso abrazo.
Carlos.Caro
Gracias Eva, son tan lindos tus comentarios, que amordazando mi molesta modestia, Me los creeré de punta a punta. Un beso
VOLIVAR
Carlos. Caro: muy buena narración; sabes agarrar la atención del lector desde el inicio, y no la sueltas nunca.
Como dice Eva, el final es previsible, por el encabezado, pero tiene su mérito la narración al usar ese estilo directo, claro, preciso, con el que logras que uno viva ese viaje y sus consecuencias.
Un saludo y mi voto
Volivar
Carlos.Caro
Junto con Eva reivindicas mi intención. Imagínalo con un título como “Viaje”, que no pre anuncié nada ¿Sería aún mejor? Un abrazo
Susanna
“Muerte equivocada”, es el título de este cuento y al titularlo , el lector con avidez busca encontrar dónde está el error para que se produzca una”muerte equivocada”, pero con sorpresa, se encuentra, en el desenlace que no hubo sólo un equívoco, sino que fueron dos!!. Y la primera equivocación, desata, inexorablemente, la segunda que es la que no estuvo prevista en ningún momento.Un muy buen desempeño en el suspenso de este relato!!