Paseaba por el camino, con pasos lentos y cansados, como si la suela del zapato se derritiese y fundiese con el alquitrán del asfalto. La luz ensombrecía su mirada con gotas salinas que irritaban sus ojos. No entendía lo que ocurría, la señal le había indicado el camino pero parecía perdido, a cada paso, el que comenzó siendo un camino claro y recto, giraba, cambiaba de rasante, el asfalto se agrietaba, aparecían socavones, gravilla, divisiones de camino sin señalizar. Todo aquello había debilitado su espíritu, lo que en su cabeza había sido durante años una carrera por cubrir metas, se convertía en una agónica maratón en la que cada meta se alejaba cuando estaba a punto de conseguirla. Sus rodillas se doblaron y la piel desgarró el asfalto. Podría haberse quedado ahí, no moverse, dejar que la brisa acurrucase sus pensamientos acariciándolos suavemente, dejando la lucha y el sufrimiento en la misma cuneta que sus sueños. Quiso hacerlo por un momento, pero la piel repelió el alquitrán y con un fuerte impulso avanzó, un pie primero, otro después y sin darse cuenta no corría, pero avanzaba, no conocía el camino pero tomaba la decisión de ir a izquierda o derecha, no sabía donde estaba su meta, pero si cual era. Podría llevarle más tiempo del esperado pero acabaría cruzando su linea, atrapando su sueño, disfrutándolo y despertando uno nuevo que seguir persiguiendo. Porque los caminos se van haciendo y a veces…casi siempre, son más duros y con más imprevistos de los que desearíamos encontrar, pero siempre hay un aliento, una voz, una luz, una brisa que nos guiará, que nos acompañará y nos dará fuerzas. Porque la vida es un camino y sobre él dejarás tus huellas


volivar
Leamus Rut: hermoso texto que imprime entusiasmo en el lector. Mi voto y un saludo
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