Estaba finalizando mi libro, al que iba a titular Cuatro Años en París. Era una mañana lluviosa, y ni un alma rondaba por las calles de la ciudad de la luz. Una terrible jaqueca me abordaba; no podía dejar de pensar en el extraño sueño de aquella misma noche. Me había dejado algo confusa y asombrada… No obstante, de repente, alguien llamó insistentemente al timbre y tuve que abandonar, con hastío, mi taza de café humeante.
-Madame Duval –era el joven cartero, un muchacho que apenas llegaba a ser un puberto-. Tengo un paquete para usted.
-¿Quién lo envía? –le pregunté al chico, cogiendo el paquete. No pesaba en absoluto.
-No cuenta con remite alguno, Madame.
Revisé el paquete de arriba abajo, volteándolo una y otra vez, y cierto era que no tenía remitente visible. Cuando alcé la vista para darle las gracias al muchacho, éste había desaparecido. Se esfumó de inmediato.
Me encogí de hombros y regresé a mi butacón y a mi taza de café. Debía acabar el último capítulo de mi obra, pero pensé en tomarme un descanso y abrir tan misteriosa correspondencia. El cartón estaba reblandecido por la lluvia, de modo que no tuve que hacer un soberano esfuerzo para liberar lo que contenía en su interior. La sorpresa me la llevé cuando al hacerlo lo primero que hallé fueron un montón de hojas, hojas otoñales. Vacié todo el contenido sobre mi mesa. Finalmente, y mecido por una gracilidad especial, tal vez mágica, cayó un sobre. En su interior albergaba una carta redactada con pulcra pluma y un inglés exquisito. La firmaba una tal Mary Wollstonecraft Godwin, y databa del 10 de septiembre de 1797.
Me senté intrigada, y mientras removía con la cucharilla mi amargo brebaje, comencé a leer…
“He decidido escribir el que será mi último alegato, y plasmar en papel mis últimos pensamientos, recuerdos y sensaciones. Yazco en el lecho y apenas puedo sostener la pluma. Mi querido William ha dispuesto sobre mí un tablero de madera para que pueda iniciar mi tarea. Aún lo oigo quejarse. Él no está de acuerdo en que malgaste mis últimas energías en esto, pero sé que me adora y él siempre tiene en cuenta lo que me hace feliz.
Bien, comenzaré diciendo que a pesar de que me halle exhausta, desaliñada y moribunda, siempre he sido una mujer intrépida, aventurera, quizás debido a que durante mi infancia y juventud no permanecí mucho tiempo en el mismo lugar. Lo cierto es que si tuviera las fuerzas necesarias, ahora mismo volvería a embarcarme en un largo y emocionante viaje. Mi amado William ya conoce de sobras mi alocada cabezuela, y fue uno de los motivos por los que se enamoró de mí. Digamos que mi vida ha sido enteramente guiada por mis sentimientos, no dejando lugar a la razón frente a ellos. Una mujer impulsiva, sí, visceral incluso, ¿pero acaso hay algo más humano que dejarse llevar por lo que anhela el espíritu? A las mujeres también nos pusieron cabeza para pensar, pues el razonar no es algo exclusivo de los hombres, aunque así nos lo hagan creer… Como ya he dicho en otras ocasiones, las mujeres no somos inferiores a los varones, la simpleza e incluso “estupidez” de algunas es debida a la educación recibida. Si ambos sexos fueran educados por igual, la mujer no se preocuparía únicamente por su imagen exterior, si no que cuidaría y adecentaría también su cabeza.
Hablando de este interesante tema, y que ha sido uno de los pilares más sólidos a los que agarrarme para basar la mayoría de mis escritos, y de mis actos personales también, recuerdo que la pasada noche, una noche incómoda y febril, soñé con una mujer. En el sueño, permanecía de pie delante de ella. Giré la cabeza hacia ambos lados, intentando vislumbrar dónde me hallaba. El lugar era frío, onírico, excesivamente luminoso, pero era una luz que en ningún momento llegaba a dañar los ojos. Sentía helor bajo mis pies, aunque lejos de molestarme, me agradaba aquella fresca sensación. Entrecerré los ojos para agudizar la vista y descubrí que me hallaba como en una especie de inmensa explanada de hielo y nieve. La espesa niebla no me permitía averiguar las dimensiones aproximadas de aquel extraño lugar que parecía perderse en la eternidad.
Dicha mujer se hacía llamar Olympe, y poseía un recalcado, aunque natural, acento francés. Ella parecía conocerme muy bien, yo sin embargo dudaba de quién era aquella misteriosa dama cuyo rostro parecía ocultarse entre la espesa bruma que enturbiaba mi visión. Intentaré plasmar palabra por palabra su mensaje, pues hoy al despertar he tenido la certeza de que aquella mujer pretendía compartir conmigo algo más que un simple sueño.
“…y llegará el día en el que nuestra labor será reconocida, y nuestras peticiones y anhelos, no serán más que obviedades.”
Me dejó claramente confusa… ¿Qué querían decir esas palabras? Fuera lo que fuese, sonaba tajante y concluyente, sin dejar lugar a la duda. Seguidamente, vi como una gran sombra negra la obligaba a postrarse de rodillas en el suelo, puso su cabeza hacia delante, y una guillotina de enormes proporciones, sucia y oxidada, segó su cuello. La cabeza de Olympe rodó hasta mis pies.
William acaba de entrar en la habitación con la pequeña Mary en brazos. Di a luz a Mary hace tan sólo diez días. Ha nacido sana y fuerte. Sé que algún día, mi pequeña Mary Godwin será alguien relevante, lo supe desde que nació y me miró a los ojos. Aquellos ojos lo dijeron todo, sentí que me pedía disculpas porque su celebrado y bienaventurado nacimiento fuera la causa de mi enfermedad, pues la muerte me acecha desde su alumbramiento. Pero también me miró con dulzura, fuerza y mucho vigor, ansias de conocimiento y unas inmensas ganas de vivir. Me voy tranquila al pensar que se queda en buenas manos…
Ahí se aproxima, con paso decidido, mi hija mayor Fanny Imlay, mi preciosa niñita fruto de un amor frustrado. Hemos vivido tantas cosas juntas, que si miro su hermoso rostro acercándose a mí con el semblante tan triste, no puedo evitar sentirme apesadumbrada. Ahora que la muerte roza mi blanquecina piel con su guadaña aguardando el momento oportuno, sé que Fanny no tardará demasiado en reunirse conmigo, pues veo la desdicha en sus ojos. Espero equivocarme…
Le acabo de comentar a William mi sueño, y él la ha reconocido como la difunta Olympe de Gouges, la autora francesa de La Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadanía, que falleció hace apenas cuatro años, en 1793 si mal no recuerdo. Lo cierto es que a mí también me recordaba bastante a aquella ilustre mujer, condenada también, como el rey Luís XVI, a perecer bajo la guillotina. Sería un orgullo para mí que tan ilustre dama, aunque a veces se ensucie por las malas lenguas su memoria, me esperase para darme la bienvenida allí, en el otro lado.
Olympe fue una de las primeras en alzar la voz y decir “Nosotras también tenemos derechos”, por eso me recuerda a mí, con mi obra que titulé Vindicación de los Derechos de la Mujer, donde argumentaba porqué es absolutamente necesaria la educación para la mujer igual que para el hombre. William adora esa obra, se la ha leído cientos de veces. Ambos hemos llegado a la conclusión que educará a la pequeña Mary tal y como lo estamos haciendo con Fanny, en un sentido liberal, progresista y artístico.
Es curioso el destino, pues dos veces he intentado quitarme la vida, y las dos veces se me fue negada. Y ahora que soy realmente feliz, deberé arrojarme desconsolada a los fríos brazos de la muerte, y sin clemencia más que una efímera lástima, me mirará directamente a los ojos y mi pecho dejará de moverse al tiempo que mi triste corazón se detiene.
Y ahora siento un tenue redoble de campanas dentro de mi cabeza, como marcando el momento, sellando mi destino y poniéndole punto y final. William me coge de la mano, intenta disimular su llanto porque Fanny ronda por la habitación con su muñeca preferida en brazos, meciéndola de un lado a otro. La dulce Mary descansa apaciblemente.
El dolor es ya insufrible, William me ruega dejar de escribir. La agonía es demasiada… Sé que será un largo recorrido el que llevará a las futuras mujeres a tener exactamente lo mismo que cualquier varón, pero algo en mi interior me dice que será posible, pues no les deseo que tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas.”
Increíble. El sueño que Mary narraba con sumo detalle, era el mismo sueño que acababa de tener yo aquella misma noche. De algún modo, Olympe quiso comunicarme lo mismo que en su día a la señora Wollstonecraft.
De modo que guardé la carta a buen recaudo y continué escribiendo mi obra. Tal vez, algún día, yo seré el remite.
“Dedicado a la memoria de Victoria Kent, Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges”.


volivar
Lianne: un homenaje muy merecido y de alta calidad literaria a esas mujeres, luchadoras por los derechos femeninos, amiga. Te felicito, mi voto y un saludo desde México
Volivar
alfavara
Cuánto talento para narrar una historia apasionante! Un cuento extraordinario que me atrapó de principio a fin. El argumento es más que interesante y reivindicador. Gracias por compartir tu cuento, disfruté mucho leyéndolo.
Felicitaciones.
Mabel
Me ha encantado esa libertad de expresión. Un abrazo y mi voto desde Andalucia
Asunfer
Excelente relato, muy cuidado y ambientado apropiadamente, además de ameno con un contenido revelador. Un placer su lectura. Enhorabuena. Saludos.
Orfeo
El homenaje que haces merece mi aplauso. El relato está muy bien elaborado.
Lianne
Muchísimas gracias a todos. Un fuerte abrazo