Cuando niño vaciaba mis energías en largas caminatas alrededor de la casa, una casona de mil generaciones cerca de una arroyo cuyo sonido me acompañó tantos años que fue lo primero que extrañé cuando abandoné la casa por la ruidosa ciudad, fuente de todos mis presentes vicios. Mis bromas pesadas a los vecinos pobres de mi señorial familia me había ganado una mala reputación ya a mis 9 años, a ningún niño se le permitía mi compañía, por lo que mi niñez sólo conoció la soledad, pero esta circunstancia estuvo lejos de ser negativa, creo que el ser humano puede amoldarse a toda situación si lo desea, y fue mi deseo entonces el hacer de esta falta de compañía una ventaja, me escabullía por lo tupidos follajes del sur de Chile para vivir miles de aventuras, supe que habían tesoros esperando por mí y los cuales nunca quise compartir, desde niño no necesité de juguete alguno, sólo una dosis de audacia e imaginación, una enredadera era entonces toda una selva desafiándome a penetrarla, los grandes árboles se convertían en gigantes a los cuales derrotaba con mis ardides, otras veces era yo el héroe de las luciérnagas que alumbraban , en agradecimiento, mi camino cuando caía la noche, otras surgía como un generoso rey que se dejaba alabar por las mariposas revoloteando por la mañana, muchas otras veces asumía yo como asesino y protector a la vez de insectos que encontraba a mi paso, ya en esos años creía ser yo un dios con todo tipo de derecho.
Como verán yo era dueño y señor de un vasto reino, pero había un sector vedado para mí, no por los adultos, pues era cosa frecuente que yo rompiera la reglas impuestas por ellos, sino por un terror que me invadía cada vez que veía la orilla opuesta del arroyo. Crecían robustos álamos de aquel lado, en verano cuando el sol caía con rayos calcinantes sobre aquellas ramas, se dibujaban sombras terroríficas, que no representaban monstruosas criaturas ni formas desconocidas, todo lo contrario, sus sombras se asemejaban a las personas que yo tanto disfrutaba torturar, hay estaba el viejo Corrales, a quien le arrojaba piedras mientras dormía en su silla justo delante de su miserable rancho, estaba Doña Celestina al que hurtaba los huevos no para comerlas sino para aplastarla con alguna piedra, estaba Pablo, el hijo idiota de una ancianita al que nunca se le desarrollo el intelecto y que yo en mi gran crueldad lo hacia enojar hasta que el pobre echaba espuma por la boca y decía cosas incoherentes, gritaba, corría tras de mí, se cansaba, volvía a su casa, para yo entonces volver a la carga repetir la escena. No, no sentía culpa, pero se me había inculcado el temor al castigo divino tan profundamente, que no podía evitar pensar que el infierno se abriría bajo mis pies para pagar cada una de mis fechorías, ahora me doy cuenta que el castigo no espera a la muerte, sino que la vida misma se puede convertir en un castigo continuo. Era esa orilla del arroyo y sus sombras casi humanas las únicas cosas que me detenían, sólo el pensar ir al otro lado, cruzar las aguas, dejarme envolver por aquel follaje, me dejaba sin respiración, las sienes se cerraban en mi cabeza y el corazón parecía galopar, no, no podía, pero sabía que no podía temer, era deber mi deber de soberano el atreverme.
Para no ver las sombras, espere astutamente que el sol apagara sus rayos y se desvaneciera, di el primer paso, el segundo, el silencio era total, sin viento, las aguas poco profundas y quietas, mis sienes se cerraban otra vez, pero ya era tarde para renunciar a mi deber, gané la otra orilla, pero aún no sentía la victoria, los álamos se habían alargados aún más hacia el cielo, miré al frente y vi que el claro era mas ancho de lo que se veía desde la otra orilla y se ofrecía como una entrada perfecta, penetré, atrás estaba lo conocido y seguro, adelante todos mis miedos parecían estar presentes, todo pareció detenerse mi alrededor solo unos segundos, entonces un sinfín de sonidos del bosque al unísono se dejaron escuchar, nuestras mente nos juegan una malas pasadas, eso lo sé ahora, no en ese tiempo, o quizás no fue mi imaginación, lo único que sé es que esos ruidos de la naturaleza se convirtieron en voces que llamaban mi nombre, que a pesar de la escasa luz del momento, grandes sombras se levantaron y se lanzaron sobre mí, estaban por todas partes, pude ver claramente que las sombras se transformaban en rostros familiares, si, hay estaba el viejo corrales, con su desdentada boca pronunciando palabras sin emoción, hay estaba Doña Celestina, tratando de tomarme de un brazo mientras con el otro sostenía algo parecido a un látigo, el mismo con el que yo solía golpear a sus queridos perros, y Pablo, sin espuma en su boca sino con una sonrisa patética y lleno de ferocidad, el sí logro asirme de mi pelo, y descontrolado tiraba de mí otra vez, tal vez recordando lo que yo un día hice con él mientras su pobre Madre no vigilaba, otras sombras y caras aparecieron una tras otra , comenzaron las risas y burlas, ecos resonaban, mi corazón galopaba, había perdido mi punto de referencia, ya no sabía donde estaba, vagaba y por todas partes esas sombras surgían, no había escapatoria, me sentí humillado, inútil, sin poder devolver los golpes, entonces realice el único acto al que nunca había sucumbido, lloré, lo hice, amargamente, las lagrimas no me dejaban ver, me senté en algún lugar, y lloré, cobardemente y llamé uno a uno a los miembros de mi familia, algunos de los cuales estaban entre las sombras que ahora tomaban su merecida venganza.
No puedo contar más, sólo hay trazos de recuerdos, unos brazos que resultaron muy humanos me tomaron y muy cálidamente me llevaron a mi casa, mi madre que ni idea tenían de mi ausencia, sólo atino a reír al saber que el campesino me había escuchado llorar al otro lado del arroyo, en medio de los álamos. Decidí, que el llanto no era opción, desde ese día no aparecieron las lágrimas en mis ojos, ni siquiera cuando ya de adulto y en la cárcel supe de mi sentencia al paredón.


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