Tomates

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    I

    Un niño de trece años, sentado en la bañera de su casa en una zona bohemia y recuperada de Madrid, permanece clavándose un destornillador de punta estrella en los muslos y luego en el abdomen. El niño, que debería estar haciendo un trabajo sobre los Mitos Griegos junto a sus compañeros del instituto, sangra por las pequeñas marcas que se ha ido haciendo y tiñe de rojo la cortina de baño Eggegrund que su madre ha comprado en IKEA.

     

    II

    Para lograr comprender por qué un niño de trece años se lastima las piernas con un destornillador de punta estrella, es imprescindible registrar la larga estela de acontecimientos que han ocurrido durante las últimas veinticuatro horas anteriores a ese hecho.

    En un rincón de la estación de metro Diego de León de Madrid un músico, que debería haberse ido hace media hora, permanece tocando As time goes by de Carl Simon solo porque en su piso compartido del barrio de Cuatro Caminos no hay calefacción. En ese momento una mujer íntegramente vestida de blanco se detiene frente a él y, simplemente, comienza a llorar. Naturalmente él la ve pero no deja de tocar, imagina que hay algo hermoso que se están diciendo. Él tocando solo su órgano y ella con sus lágrimas que, es evidente, la conecta a algo profundamente hermoso de su juventud. Antes de que la canción termine, ella apoya su bolso negro en la papelera que hay amurada junto a ellos, saca un billete de cincuenta euros y lo arroja al estuche del órgano que él coloca delante suyo justamente para ese fin. El músico sonríe y la mujer, sin levantar la cabeza, desaparece por el túnel del metro.

    El músico finalmente guarda el órgano y comienza a irse. Antes toma el diario de circulación gratuita que la mujer ha dejado apoyado sobre la papelera en el momento en que se puso a buscar el dinero, empuja el carrito con el amplificador y sube las escaleras mecánicas.

    Ya en la calle, el músico comienza a caminar hacia Cuatro Caminos pero antes, y gracias a la suerte que ha tenido, llama por teléfono a su antiguo productor musical —que ahora, simplemente, es su camello—, para reservar un gramo de cocaína. Luego se mete en un bar y pide algo caliente. Son las tres de la tarde de un día de febrero.

     

    III

    Un hombre, que aparenta quince años más de los que realmente tiene, camina con un diario de circulación gratuita, que le ha pedido a un músico en un bar, plegado sobre la cabeza. El hombre, lógicamente, se sostiene el diario de circulación gratuita con una mano y a veces con las dos. Naturalmente no llueve en Madrid, por el contrario, pese a ser un día frío, no hay una sola nube en el cielo. Aun así, el hombre que aparenta quince años más de los que en realidad tiene, se mete en su Renault Clio oxidado y busca la M30.

    Apoya sobre el asiento del acompañante una inmensa cantidad de papeles que esa misma mañana ha entregado en el Ayuntamiento y otros, más pequeños, que ha estado pegando laboriosamente por todos los postes que hay en las calles circundantes al metro Diego de León. Los pequeños carteles, que él ha impreso en su casa, dicen en letra muy grande «No Chemtrails» y un poco más abajo «¡Dejen de contaminar nuestros cielos!».

    Treinta minutos más tarde, el hombre deja el auto en la puerta de su casa, en unos de esos pueblos rurales a las afueras de Madrid, vuelve a ponerse el diario de circulación gratuita sobre su cabeza y entra a su casa. Sobre uno de los laterales del terreno ha construido pajareras donde cría ninfas, cotorras, periquitos y loros que luego vende por internet.

    El hombre, que jamás dejaría que las estelas de condensación repletas de productos químicos que rajan el cielo toquen su piel, ahora lleva puesta una gran máscara de nylon transparente similar a la que se usan, justamente, para fumigar los panales de abejas. Atraviesa su terreno y se detiene bajo un huerto orgánico de tomates biológicos sin contenidos tóxicos y protegidos por otro inmenso nylon transparente que forma, en realidad, una especie de invernadero protector contra el bario, aluminio y estroncio que arrojan las grandes potencias en su desenfrenado intento por controlar el clima. Con mucho esfuerzo, distribuye estratégicamente seis tubos de cobre, de dos metros de largo, cargados de orgonita por todo el terreno. Luego escucha palmadas en la puerta de su casa y maldice la hora en que comenzó a venderle tomates a esa estúpida mujer.

     

    IV

    La mujer cierra la puerta de su chalet, en uno de esos pueblos rurales a las afueras de Madrid, y se sienta en el sillón. Sobre la pared que tiene enfrente, justo encima de los trescientos libros de la biblioteca, hay cuadros de Rita Angus, Philip Absolon, Jan Zrzavý y carbonillas irregulares compuestas por su ex marido. En los últimos seis meses ha adelgazado seis kilos. Uno al mes. Tal vez por eso ya no se quita el chándal.

    Tiene la total convicción de que, teniendo en cuenta el tiempo que pasa limpiando el chalet de dos pisos, ya no tiene sentido cambiarse. Son las cuatro de la tarde de un día de febrero y ha pasado exactamente cuatro horas limpiando solo la planta superior, que alguna vez fue pensada para alojar un hijo que finalmente nunca llegó y que ahora, simplemente, está repleta de cables, papeles y las cosas que su ex marido no ha logrado llevarse: una mesa de dibujo, libros de arte, maquetas del Guggenheimer de New York y una vieja Apple.

    Al igual que el chándal, ella estima que tampoco tiene demasiado sentido quitarse los guantes de látex amarillos. Naturalmente, ella sí se quita los guantes cuando se baña, algo que realiza cuatro veces al día.

    Solo en algunos momentos muy concretos —después del almuerzo o por la noche— ella extraña al cocker spaniel que ha regalado a su hermana porque, lógicamente, era imposible mantener una casa limpia con un perro que representaba, para ella y su ex marido, una verdadera plaga bacteriana.

    Otra de las cosas que ella hace es comer solo tomates biológicos sin contenidos tóxicos que compra a un vecino del pueblo. No obstante, y pese a las condiciones ideales con que su vecino cultiva esos tomates, ella pasa bastante tiempo quitándoles la piel.

    A un costado del sillón donde ella está sentada, permanecen los tomates que su vecino le ha vendido envueltos en un diario de circulación gratuita. Son muchos, son irregulares. Toma uno y, sin pelarlo, lo muerde. Inmediatamente escupe el trozo y comienza a gritar. El trozo ha caído sobre el piso de madera y ella se arrodilla y comienza a limpiarlo. Pasa quince minutos limpiando el pequeño sector donde ha caído el trozo de tomate biológico pero, por alguna razón, el piso no logra quedar todo lo limpio que debería. Naturalmente ella comprende que ya no podrá volver a comer tomates y en un acto de absoluta indignación se pone a lanzar los tomates contra los cuadros que hay colgados sobre la biblioteca y que representan la verdadera joya de su malogrado matrimonio. Cuando quedan exactamente tres tomates, ella vuelve a envolverlos en el diario de circulación gratuita que le ha dado su vecino, los mete en su cartera y a continuación se pone a limpiar la pared.

     

    V

    Durante los últimos dos meses, otra mujer ha estado recibiendo llamadas molestas en su teléfono móvil. Las llamadas, aun siendo distintas, son similares: siempre son hombres y siempre dicen llamar de parte de Ana. Naturalmente, durante las primeras cinco o seis llamadas, ella ha intentado aclararles que no conoce a ninguna Ana y que, es evidente, su número se ha traspapelado entre millones de números telefónicos. Por alguna extraña razón —que, sin embargo, ella no tiene intención de investigar— ese episodio singular de su vida no lo ha compartido con su madre.

    Sin embargo, las llamadas continúan y todos y cada uno de los hombres, por un espacio de dos o tres llamadas a la semana, dicen, simplemente, llamar de parte de Ana, como si esa sola indicación concreta fuera capaz de activar algún mecanismo que ella, desde luego, desconoce. Toda esta absurda mecánica la agota. Las llamadas se dan a cualquier hora del día, incluso durante su horario laboral en un Centro Odontológico donde ella es asistenta de odontólogos que no siempre la tratan bien. Al respecto, su madre, que es peluquera y se ha mudado dos pisos más abajo de la misma urbanización de un barrio de Madrid, le ha dicho que una de las cosas más importante para una mujer es hacerse valer. Claro que ella lo ha intentado pero quienes allí trabajan, y son verdaderos profesionales, no parecen tener intención de cambiar de actitud.

    Es preciso indicar que, desde que su madre se ha mudado dos pisos más abajo de la misma urbanización de un barrio de Madrid, ella ha tenido que soportar con mayor o peor suerte una seguidilla de actividades extra laborales que su madre se empeña en realizar junto a ella. En los últimos años se han apuntado a clases de salsa, a talleres literarios y a un grupo de amantes del aire libre que cada tres semanas suelen explorar la sierra norte de Madrid en excursiones cada vez más extenuantes. En dicho grupo todos tienen pareja menos ella y, naturalmente, su madre. Sin lugar a duda, ella prefiere pasear por los grandes centros comerciales que por el campo.

    Varias veces ella ha preguntado, a los hombres del otro lado del aparato, qué es realmente lo que buscan o, más precisamente, a qué lugar suponen ellos que están llamando para que ella pueda realizar la reclamación correspondiente a la compañía telefónica, pero las respuestas son siempre evasivas y sin mucho sentido.

    Ella piensa que debería cambiar su teléfono porque, además, funciona muy mal debido a las más de tres mil imágenes que lleva acumuladas y que en su mayoría representan el código de seguridad que ha ido estableciendo con su madre durante mucho tiempo. A excepción de cuando están juntas, cada una de ellas debe registrar gráficamente el itinerario de acciones que realizan para, en caso de secuestro, contar con una indicación infalible de cara a las autoridades. Dichas acciones se resumen en fotografiar matriculas de taxis que utilizan, nombre y número de calles no conocidas, relojes amurados en recintos desconocidos, el rostro del ecuatoriano que, por ejemplo, han contratado para fijar la mampara del baño de ella y así sucesivamente.

    Sin embargo, ella no cambia de teléfono. Por el contrario, cuando el teléfono vuelve a sonar y un hombre, con una voz tímida y posiblemente arrepentida, le comenta que llama de parte de Ana, ella, simplemente, responde:

    —Sí, lo sé. Yo soy Paula…

    Y a continuación fijan un lugar y una hora.

    Cuando ella se despierta, tres horas más tarde, en una habitación del hotel Puerta de América de Madrid, se dirige a su bolso y, junto a su teléfono móvil que ha registrado veintiocho mensajes todos de su madre, toma uno de los tomates biológicos envueltos en un papel de diario de circulación gratuita que una clienta de la peluquería —cuya única característica es que no suele quitarse unos guantes amarillos de látex— le ha regalado a su madre y se lo come y saborea lentamente mientras observa el amanecer por la ventana del hotel.

    Finalmente, ella recoge los doscientos euros que el hombre le ha dejado por anticipado y en su lugar coloca el paquete de tomates envueltos en un papel de diario de circulación gratuita. A continuación, y pese a que el hombre aun sigue dormido, ella se esfuerza mucho en tomar una foto exacta que conjugue su rostro junto al logo impreso en la almohada donde dice «Hotel Puerta de América» y, antes de abandonar la habitación, se la envía a su madre.

     

    VI

    Lo primero que él se pregunta cuando atraviesa el pasillo del hospital es si alguna de las enfermeras, o compañeros de su equipo médico, se darán cuenta que lleva exactamente la misma ropa que el día anterior. Afortunadamente nadie parece prestar atención a ese detalle. Tampoco al hecho de que él no debería estar allí. Es temprano en el hospital, es esa extraña y única hora, le habría dicho un viejo psiquiatra con quien él suele compartir historiales clínicos, donde la soledad tiene sentido.

    Ya en su despacho abre la ventana, que da a otro cuerpo del edificio y a un techito donde algunos caños trepan, y se toma una pastilla de metanfetamina con el café que debería permitirle, al menos, permanecer otras doce horas despierto. Revisa su teléfono móvil y registra que tiene dos mensajes de su mujer: el primero le recuerda que lleve antihistamínicos para el niño y el segundo es una foto del niño con su nuevo jersey Ralph Lauren y una aclaración: «¡Setenta euros, un chollo!». Él gana un salario mínimo como residente en el área de psiquiatría del hospital, ella hace mucho que ha dejado su empleo en el Aeropuerto de Barajas para criar al niño y en ninguno de los mensajes su mujer le pregunta por qué hace dos noches que él no duerme en casa.

    Él, además de psiquiatra, es argentino. Hace dos semanas ha vuelto al lugar al que siempre vuelve y del que siempre se está yendo pero, esta vez, para enterrar a su padre a quien, paradójicamente, no ha visto morir. Tiene una imagen precisa del cajón cerrándose sobre sí mismo y perdiéndose irremediablemente en el interior del interior del interior de un nicho negro y frío. Ahora recuerda que, ante el inminente derrumbe que significó su primera partida diez años atrás, había sido su padre quien le había aclarado aquello de que no hay más centro del mundo que uno mismo. Algún día le hubiera gustado decirle algo parecido a su hijo pero comprende que para ciertos niños, cuya enseñanza está en manos de los curas, el único centro de todo es Dios.

    Ha pasado todo el día atendiendo a personas que siempre están al borde de algo. «Al borde» es una especie de lugar al que todos recurren cuando deben explicar este tipo de cosas. Son personas, según el protocolo hospitalario, en grave riesgo psicológico —con cánceres terminales, con sida, con quemaduras importantes… «Al borde»— y su tarea reside, fundamentalmente, en lograr que resistan en ese «borde» y no se arrojen a donde se supone que se arrojan las personas cuando ya no tienen nada.

    Su último paciente del día es un niño de trece años que permanece en la camilla con sus piernas vendadas y en completo silencio algo que, a esa hora del día, él agradece. El niño no lo registra cuando él entra al box de urgencias y se sienta en una silla de plástico.

    Ambos, el niño con las piernas vendadas cuyo expediente médico aclara que son heridas autoinflingidas con un destornillador de punta estrella, y él permanecen en silencio, uno al lado del otro. Cuarenta minutos después, él saca de su maletín dos tomates biológicos envueltos en un papel de diario de circulación gratuita que una mujer, cuyo nombre desconoce y con quien ha pasado la noche, le ha dejado en la habitación del «Hotel Puerta de América» y le ofrece uno al niño. Él observa la forma de comer del niño con la misma resignación con la que padece la inflexión del desamor y al final, muy al final de esos largos silencios, cuando él ha prendido un cigarrillo y se ha inclinado en su silla para contemplar el techo, el niño comenzará a tararear una canción de Carl Simon y le dirá que lamenta mucho no haber podido hacer el trabajo sobre los Mitos Griegos con sus compañeros del instituto.

    También le contará, con el mismo tono con que uno habla del clima o de comida, las increíbles manchas rojas que son capaces de dejar las piernas de una mujer al chocar contra un convoy del metro de Madrid, antes de despedazarse del todo bajo las ruedas y las vías de la estación Diego de León.

    Cuando el niño de trece años se vuelve a quedar en silencio son las nueve de la noche en el hospital y sus padres aún no han ido a buscarlo. Él piensa que, esa noche, tampoco dormirá en casa.

    Comentarios

    1. xailluz

      13 junio, 2013

      Hola Nicolás.
      Me ha gustado mucho tu relato. Interesante la concatenación de hechos y personajes que van dando origen al desarrollo de la historia, que no deja escapar al lector. Un abrazo.

    2. Avatar de RafaSastre

      RafaSastre

      13 junio, 2013

      Excelentes enlaces entre historias a través del viaje de un periódico gratuito y unos tomates ecológicos. Enhorabuena.

    3. Avatar de Orfeo

      Orfeo

      13 junio, 2013

      Estupendo relato, de lo mejor que he leído por aquí. Para mi gusto el remate final deja demasiadas interrogantes abiertas, seguro que el niño todavía tiene muchas más cosas que decir sobre lo sucedido aquel día.

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        13 junio, 2013

        Gracias por leer Orfeo, un placer.
        En relación al final, no siempre los traumas son plenamente explicables ni las causalidades son lineales!
        A veces explican más los silencios…
        Un abrazo!!

    4. Avatar de alfavara

      alfavara

      13 junio, 2013

      Todavía no puedo creer lo que acabo de leer. Magistral!
      Cuando entre a Falsaria tenía la idea errónea de que iba a ser solo un espacio donde publicaría mis textos, cómo me equivoqué! Los textos que leo de otros usuarios me enriquecen muchísimo, y el tuyo en particular me pareció uno de los mejores que he leído desde que me registré en la página. Gracias por compartirlo. Un abrazo.

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        13 junio, 2013

        No, Alfavara, gracias a ti por tomarte tiempo en leer y por tus hermosas palabras. También me pone contento que compartamos la idea de que Falsaria no es solo publicar e irse, es mucho más y es leyendo cuando más se aprende.
        Un fuerte abrazo!

    5. Avatar de Asunfer

      Asunfer

      13 junio, 2013

      ¡Vaya relato!, cualquier calificativo de elogio se queda corto, es perfecta la forma en que mantienes la imparcialidad del lector, en el sentido de mantenerse sin realizar juicios morales o tomar partido en los sentimientos de los personajes, leyendo sin pausa la sucesión de hechos hasta llegar al final y comprender que tu actitud es casi la misma que la del niño relatando el ‘accidente’ del metro. Sólo hay un punto en que me he perdido, ¿a la madre de la mujer del hotel también le han regalado tomates?, ahí me he despistado, dudando de quién estaba en el hotel, la madre o la hija, igual esa era tu intención. Un saludo¡

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        13 junio, 2013

        Hola Asunfer, gracias por tus palabras con las cuales coincido.
        En relacióna tu pregunta, tal vez el pasaje sea algo confuso (siempre hay tiempo para mejorarlo), dice: “…diario de circulación gratuita que una clienta le ha regalado a su madre y se lo come y saborea lentamente mientras observa el amanecer por la ventana del hotel”. Imagino que su madre, siendo peluquera, ha tenido como cliente aquella otra señora de guantes amarillos.
        Seguramente haya que mejorarlo.
        Muchas gracias.
        Saludos!

    6. Avatar de VOLIVAR

      VOLIVAR

      14 junio, 2013

      Nicolás Mattera: excelente publicación, que mantiene al lector muy atento. He admirado cómo uniste el inicio con el final, y con qué gracia literaria has manejado los personajes en una serie de sucesos en los que lleva un papel muy importante ese periódico de circulación gratuita etc.
      Un relato para estudiar lo que es la estilística, y todas las herramientas literarias para hacer una obra de arte literario.
      Mi voto y un saludo
      Volivar

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        14 junio, 2013

        Volivar, gracias por tu siempre fiel y atenta lectura.
        Te mando un fuerte abrazo!
        Nicolas

    7. silvia

      14 junio, 2013

      Es un relato maravilloso, sorprendente, y ese común denominador que une a los personajes en un texto sin desperdicios, excelentemente escrito. felicitaciones!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! vamos por más. Silvia

    8. Avatar de Mabel

      Mabel

      14 junio, 2013

      Me gusta mucho tu relato, un abrazo y mi voto

    9. Avatar de AquaVioleta

      AquaVioleta

      14 junio, 2013

      Hola Nicolás, buena idea la del recurso del engranaje para contar el relato. Interesante la secuencia y los personajes. Sólo un detalle, que me parece vale la pena comentar porque (quizás soy yo que no he prestado la debida atención) me perdí en ese mínimo punto: al inicio de la narración de la secuencia de hechos que llevaran al nene de 13 años a lastimarse con un destornillador de estría, se dice que se conocerá el por qué, sin embargo, sólo vi una concatenación de hechos, circunstancias que relacionan lo que hace un personaje en relación a otros, juntando elementos: el diario, la música, los tomates, etc., hasta que llegamos a la pobre y solitaria criatura que ya está en el hospital y que, termina concluyendo, seguirá solo. ¿Fui yo que me perdí de algo y no lo noté? ¿Acaso falta un ajuste chiquitito para que quede claro? Te dejo la inquietud. Mis grandotas felicitaciones por la creatividad y el buen trabajo. ¡Y mi voto, por supuesto!
      ¡Abrazote!

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        14 junio, 2013

        Hola Aquavioleta
        Gracias por la lectura! Pues volveré a leerlo a ver si logro encontrar una manera para que quede más claro. Creo que los cuentos o novelas no se explican, en el sentido que es el lector el que debe deducir la historia (de otro modo el cuento ha fracasado), me tomo esa impericia, sin embargo, para aclarar algún punto: el niño ha presenciado el suicidio de una mujer en la estación de metro algo que, evidentemente, lo ha traumatizado. Todo lo demás, y esa concatenación de cosas, es solo literatura, un juego de cómo, en una ciudad, muchas veces estamos unidos por detalles mínimos.
        Nuevamente muchas gracias por las sugerencias (¿no es acaso ese el espítitu de esta red?)!!
        Un abrazo!

        • Avatar de AquaVioleta

          AquaVioleta

          14 junio, 2013

          ¡Efectivamente, Nicolás! Coincido contigo. El texto no viene con manual de instrucciones y debe poder ser interpretado por sí mismo, es decir, debemos ingeniárnosla para que transmita con precisión lo que quisimos decir. Tomando en cuenta lo que comentas, creo que valdría la pena que hicieras algunos ajustes, porque, si te soy sincera, no me quedó claro que el nene presenció el accidente y que por eso quedó con el trauma, lo interpreté por otro lado o_O Y quizás con un mínimo ajuste esto pueda clarificarse. Tu prosa es lo suficientemente rica y fluida como para que puedas resolverlo. Cuando lo corrijas, estaré muy contenta de volverlo a leer y dejarte un comentario.
          ¡Un abrazote!

    10. Avatar de VOLIVAR

      VOLIVAR

      14 junio, 2013

      Nicolás Mattera: viendo lo que le expresas a Aquavioleta, de que es el lector el que debe deducir la historia, y como dices, en esta red estamos para compartir nuestras ideas y percepciones: te diré que el autor escribe para un ser sumamente sensible, delicado, al que debemos de darle todo digerido; si le dejamos tarea, seguramente no la hará. Esto, según el maestro Martín Vivaldi, cuyo libro de redacción es obligatorio en las universidades mexicanas.
      Atentamente
      Volivar (Jorge Martínez. México)

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        14 junio, 2013

        Hola Jorge
        Evidentemente estamos completamente de acuerdo, aunque, en mi opinión, el plano del contenido latente (aquello que no se dice y debe ser inferido por el lector) debe darse a nivel de la historia, es decir: quedarte pensando.
        No concuerdo con eso de “Todo digerido”, ese, a veces, es una camino a la chatura. Me tomo el atrevimiento de a pronunciar algo que me han comentado en su momento: la gran revolución de la literatura latinoamerica es cuando se pasa de un lector pasivo (“todo digerido”) a un lector implícito, aquel que debe formar parte de la historia. Al respecto, no hace falta aclarar que Cortazar es un ejemplo concreto.
        Distinto es si el escritor lo logra, que ya es otra historia, o si solo se queda en frases o cuentos que nadie entiende.
        Un fuerte abrazo!

    11. Avatar de Xailluz

      Xailluz

      14 junio, 2013

      No quisiera polemizar, ni mucho menos… pero estoy en desacuerdo con el comentario de Volivar respecto a que el autor debe darle todo digerido al lector. Si fuese así, el escrito caería en una mera descripción y creo, que ahí si el lector desertaría de la lectura. La literatura tiene la gracia de invitar al lector a imaginar, a pensar, a debatir, de lo contrario perdería su horizonte. La narrativa moderna, en cierta manera, busca incorporar al lector a la historia. De lo contrario, formas literarias como el microcuento y el microrelato no tendrían razón de ser y en la actualidad, el lector común y corriente (exceptúo a los fanáticos que disfrutamos de un buen escrito), busca la sencillez del lenguaje y la concisión . Obviamente, que la redacción es un punto importante en todo relato, pero la intención del autor es la que entrega el sello. En el caso de “Tomates” el objetivo de invitar al lector a debatir, ya sea en la intimidad o como colectivo, se cumple en forma fehaciente, considerando que en el relato su autor entrega todos los elementos (no queda nada al hacer), para encontrar la explicación al desenlace.

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        15 junio, 2013

        Xailluz, creo que no se podría haberlo dicho más claro, muchas gracias!. Un abrazo

    12. Avatar de AquaVioleta

      AquaVioleta

      14 junio, 2013

      Hola Nicolás, soy yo otra vez. Me encanta cuando un texto produce polémica ^_^. Te cuento que estuve meditándolo, porque soy así de quisquillosa, buscándole la quinta pata al gato y destaco tres puntos:

      1. El relato empieza en tercera persona con un narrador que observa (y describe) al nene clavándose el destornillador y qué no adelanta (ni siquiera someramente) de dónde viene el nene. Bien, hemos entrado por la ventana en este relato y eso es un enganche seguro.

      2. El narrador, que siguen en tercera, nos augura una aclaración del por qué ese nene hace lo que hace y comienza el desarrollo de la concatenación de flashes, desde el punto de vista de cada personaje.

      3. El desenlace, con el prometido por qué del principio, se hace con el mismo narrador en tercera, pero desde el punto de vista del psiquiatra. El nene pasa a segundo plano. Y sí, nos cuentan el por qué, pero de una forma que, a mi, particularmente, no me quedó claro. No significa que haya que explicarlo, eh.

      Entonces, hay dos cosas, al principio quizás habría que dar un ligero guiño al lector del lugar de dónde viene el nene. No decirlo directamente, eso no hace falta, darle todo digerido al lector es hacerlo flojo; lo que sugiero es un guiño (y lo tienes clarísimo, el relato entero está lleno de guiños) y luego, al final, hacer un ligero cambio en el orden en que entra lo que dice el nene, es decir, que primero tararee y haga referencia a eso que vio (la resolución del por qué prometido, es decir, el haber presenciado el suicidio de la mujer) y luego sí que se refiera a ese trabajo sobre Mitos Griegos que no llegó a hacer. Dos detalles más: nunca se dice cómo llegó el chiquilín ahí, asumo que solo, pero me parece un poquitín inverosímil dadas las circunstancias. Y, hay un cambio de tiempo verbal ligerísimo (de presente a futuro) que me parece que no hace falta. Entonces, ese último párrafo podría ser algo como:

      “… Él observa la forma de comer del niño con la misma resignación con la que padece la inflexión del desamor y al final, muy al final de esos largos silencios, cuando él prende un cigarrillo y se inclina en su silla para contemplar el techo, el niño comienza a tararear una canción de Carl Simon y le cuenta, con el mismo tono con el que uno habla del clima o de comida, las increíbles manchas rojas que son capaces de dejar las piernas de una mujer al chocar contra un convoy del metro de Madrid, antes de despedazarse del todo bajo las ruedas y las vías de la estación Diego de León. También le dice que lamenta mucho no haber podido hacer el trabajo sobre los Mitos Griegos con sus compañeros del instituto.
      Cuando el niño de trece años vuelve a quedar en silencio son las nueve de la noche en el hospital y sus padres aún no han ido a buscarlo. Él piensa que, esa noche, tampoco dormirá en casa.”

      Esto es sólo una sugerencia que, creo, le haría ganar al texto. Ah, y el “increíble” de “las increíbles manchas rojas” me parece que no es el adjetivo que te puede ayudar a reflejar el trauma del nene, quizás deberías probar con otro que refleje mejor esa sensación (de ¿temor? ¿repugnancia? ¿horror?) en función del contexto (¿tremendas?, ¿horribles?, ¿terribles?, ¿repugnantes?).

      ¡Un abrazote!

    13. Avatar de Lorenzo

      Lorenzo

      17 junio, 2013

      El relato es tan fuerte que despierta en cada uno una sensacion distinta. De eso se trata el arte que cada persona que se pare en él lo conmueva por si.
      Ya la obra pertenece a todos nosostros. Gracias por tu relato.

    14. Avatar de LuchoBruce

      LuchoBruce

      21 junio, 2013

      Lo único que puedo decir después de leer este texto es que a partir de este momento, un servidor, Lucho Bruce va a dedicar el resto de sus días a hacer macramé y a regar las plantas, un lujo Señor, voto y saludo, Lucho Bruce.

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        21 junio, 2013

        Jajjajajajajajaja, naaa, Lucho, siga escribiendo que lo hace extraordinariamente!
        Abrazo, gracias por tus palabras
        Nico

    15. Avatar de español/peruano

      español/peruano

      18 julio, 2013

      Interesante y buen relato. Mi voto y mi invitación a que bucees en mis relatos y me des tu opinión. Un saludo desde Perú de un español errante.

    16. Avatar de Érase.una.vez... (Rosi)

      Érase.una.vez... (Rosi)

      13 agosto, 2013

      He pasado aquí a leerte , definitivamente esta historia está genial, muy linda e interesante.. Mis felicitaciones y saludos ! Dejo mi voto, :)

    17. Avatar de Inquietud

      Inquietud

      7 septiembre, 2013

      Descubrir esos pequenos grandes secretos, las causas, los efectos, las pasiones discretas,palabras silenciosas, miradas que lo dicen todo….me encanta, tu obra tiene todos estos sabores deliciosos de la vida real y fantastica, gracias!! :)

      • Avatar de Nicolas.Mattera

        Nicolas.Mattera

        7 septiembre, 2013

        Gracias por tus palabras Inquietud, dulces y hermosas, nos leemos. Saludos!!

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