Vecinos

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    Eran muy diferentes,

    sin embargo se amaron.

     

    Ella recibió la casa como un regalo, no sabe muy bien de quien. No era gran cosa: una pequeña sala con la cocina en un rincón, dos dormitorios más bien escasos y un aseo minúsculo con las piezas justas para sus necesidades y abluciones diarias. Por la contra, recibía mucha luz que en los días soleados invernales se colaba por los ventanales en el interior, alegrando las estancias; y la rodeaba un terreno que convirtió en un vergel. Su orgullo era el jardín que miraba al lago, su “patio umbrío” como lo llamaba, y no porque fuera lúgubre o tenebroso, sino por la sombra que en los calurosos días de veranos le procuraban multitud de plantas que de las pérgolas colgaban. En el que se sentaba todas las tardes con la tetera llena, o una jarra de limonada, y un libro que por lo general era una novela romántica. Le gustaba leer y se imaginaba mientras lo hacía que ella era la heroína de aquellas historias de caballerías. Reía cuando la protagonista era feliz, le caían las lágrimas cuando era desgraciada, se enfurecía de igual manera y cerraba el libro con fuerza para denotar su rabia. Después lo volvería a abrir para proseguir con la lectura, pero nunca antes de rezongar durante un buen rato hasta sentirse calmada.

    Él compró la casa porque estaba suficientemente alejada de bullicios que lo distrajesen y lo suficiente cerca de un pueblo para no sentirse un eremita total. Ni grande ni pequeña, lo que había le bastaba. Además, solo la utilizaría por temporadas; y lo mejor de ella: no tenía más que dar un salto y ya estaba metido en el agua. El lago había influido a la hora de decidirse a comprarla. El agente inmobiliario le había comentado que aquel era un lugar ideal para pescar, aunque él, urbanita de toda la vida, no tenía idea de cañas, sedales, cebos, aparejos y mucho menos de peces. Sin embargo, la idea adquirir una barca y adentrarse con ella en las tranquilas pero obscuras aguas lo seducía. Además decidió que remas sería bueno para ejercitar sus músculos entumecidos de escritor, o para cuando se le agarrotasen las ideas y quedase varado entre párrafos, líneas, palabras y letras. No había sido un buen hijo aplicado como sus hermanos; siempre anduvo metido en camorras y líos, o disperso por otros derroteros que llevaron a sus padres a augurarle que siempre sería un fracasado. No obstante, él era un rebelde que haría lo que fuera para llevarle la contra a sus progenitores. Así fue como descubrió que escribir se le daba bien, tan bien que con su primer libro alcanzó cierta fama, y al que seguirían otros con lo que cosecharía más éxitos que terminarían afianzándolo en el oficio. Pero ahora todo lo que había conseguido peligraba. Demasiados viajes, demasiadas juergas, demasiadas hembras… Todo en los últimos tiempos habían sido excesos y claro, su editor se había cansado de que le diera largas y se lo dejó bien claro: o cumplía con los términos del contrato y terminaba de escribir su última novela, o bye, bye, lad.

    Ella lo vio por primera vez una tarde lluviosa de abril e inmediatamente supo que se trataba del novelista del que tanto le hablaba Johnny, el chico que le traía la compra a casa; porque era obvio que solo un foráneo ignorante o un loco se metería en el lago arreciando una tormenta. Aunque bien ciertamente no debía de estar muy cuerdo si se atenía a las cosas tan espantosas que escribía. ¡Por San Patricio de Dios y del Divino Pastor! ¡Si aún sufría de estremecimientos cada vez que se acordaba! Y Johnny tampoco debía de estar en su sano juicio si calificaba aquella novela de “amor” que le había pedido que le trajese para hacerse una idea de cómo garrapateaba a quien ahora tenía por vecino. ¡Qué guarradas, Señor! ¡Pero qué guarradas…! Claro que Johnny era un gualdrapas de mucho cuidado que aún estaba en esa edad. Pero el escritor, Señor, ya estaba más que crecido. ¿En qué mundo de depravaciones había vivido? Aun así la tuvo en vilo toda aquella tarde de tormenta hasta que lo vio meterse en su casa sano y salvo y de una pieza. Entonces cruzó por su cabeza la idea de que le gustaría bailar con lobos, pero antes de que fraguara en su mente tamaña estupidez, puso agua a calentar para prepararse un té y mientras esperaba a que hirviera arremetió contra el deslucido culantrillo por ser tan delicado y fino.

    Él supo de su vecina por el espabilado chaval del súper del pueblo en el que se abastecía de mercancía; y todo lo que le había contado aumentó más su deseo de conocerla. Nunca sale… Renquea un poco al caminar; ya sabes tú (él no sabía nada de nada), y hace ya que se le pasó el arroz, le había dicho el lenguarón de crío dándoselas de entendido en materia femenina. Aunque si me dejara, disfrutaría mucho haciéndole un favor. Menudo cabroncete estaba hecho el figuras… La realidad es que él ya había reparado en la cabellera rojiza que se movía por los intramuros de su jardín, quedándose con las ganas de ver más. Por eso le había preguntado al chaval sobre ella. No entendía como una mujer en la flor de la vida se había encerrado en su pequeña fortaleza. ¿Que la había determinado a hacerlo? ¿A qué le temía o de qué tenía miedo? En aquel remoto lugar del mundo había pocas cosas con las que entretenerse y disfrutar, y muchas menos que llamaran su atención y lo motivaran. Pero justo esas se concentraban todas en una casa con jardín al lado del lago.

    Ella espiaba con sigilo al escritor. ¡Ay, señor! ¡La de cosas raras y más estúpidas que le había visto hacer! Como correr medio desnudo por el bosque, o subir a lo más alto de un árbol desde donde se tiraba en plancha al agua. ¿Acaso se creía que era una ardilla voladora? ¿Sería una ardilla voladora?

    Él terminó de escribir su novela antes del plazo señalado, dejando con ello muy complacido a su editor. Había regresado a su elegante apartamento en la urbe y podía ya seguir con su vida de juergas y excesos por una larga temporada.

    Ella leyó el último libro publicado de su vecino. Hmmm, el escritor seguía siendo un tío raro que la inducia a desear bailar con lobos. ¡Ay! ¡Maldito Johnny! ¿Por qué le traería un ejemplar sin pedírselo? Lo único que había conseguido con ello era que se acrecentara su melancolía. Desde que él se fuera se sentía tan lánguida como el culantrillo que ni poniéndole la primavera de Vivaldi lo hacía ya reverdecer. Era tal su añoranza, que a veces por la noche nadaba silenciosa hasta la casa de su vecino y se sentaba en el porche soñando con él hasta que la salida del sol la sorprendía. Disfrutaba mucho leyendo porque era muy parecido a soñar; porque soñar la acercaba al mundo mundano y humano al cual deseaba pertenecer. Pero sus sueños eran irrealizables porque su otro gran placer lo obtenía nadando en las aguas profundas del lago; cuando arropada por la luna se transformaba aflorando su verdadera naturaleza.

    Él regresó a su casa del lago tras comprobar que vivir en la ciudad ya no lo satisfacía, que ya no hallaba la libertad y el goce que ella antes siempre le había proporcionado, algo que ahora solo encontraba corriendo por el bosque, cantándole a la luna o espiando a su vecina. Probablemente sus padres tenían razón y era un fracasado. Pero ahora que había descubierto su verdadera naturaleza no estaba dispuesto a renunciar a lo que era, aunque hacerlo significara que jamás podría acercarse a su vecina y eso le desgarrara el corazón. El día en el que regresó encontró en su porche una pluma. Con ella y su sangre escribiría esa noche el primero de los poemas de amor que por Johnny haría llegar a su vecina.

    Ocurrió una vez que un lobo y un cisne se encontraron una noche de luna llena. El cisne nadaba en un lago, y al borde del mismo, el lobo lo miraba hechizado. Al descubrirlo, el cisne, aunque atraído por el fiero animal, se alejó de él atemorizado. Dicen que entonces el lobo aulló, y que fue tan lastimoso su aullido que la luna, testigo silencioso, se compadeció de aquellos dos y formuló un hechizo. Cuenta entonces la leyenda que hay lugares en la tierra en donde los lobos y los cisnes se aman y son felices sin renunciar a lo que son.

    FIN

    Comentarios

    1. volivar

      8 junio, 2013

      Mariav, soy el primero en felicitarte por este relato, que, como dices ¡Por San Patricio de Dios y del Divino Pastor! ¡Qué belleza la que nos has presentado!
      qué estilo, amiga, lindo en verdad, pues nos haces ver la alegría de ella sentada frente al lago, leyendo. Él arrojándose al agua desde un árbol; se va, y a ella le invade la nostalgia; él no puede vivir ya en la ciudad, y el amor se manifiesta, así, de lleno, cuando regresa, yo creo que no tanto por la delicia de su casa, sino por ese intenso amor que habia surgido entre los dos.
      Tomas la atención del lector desde el inicio, y terminada con un final tranquilo, feliz, esperado, invadido de amor. Uf, amiga, ¡el amor!
      Qué bello lo que nos has compartido.
      Mi voto y un saludo desde México de quien te admira: volivar (Jorge Martínez)
      P. D. ya no seas tan pinche, querida amiga; escribe más seguido, pues necesitamos tus relatos para alegrarnos, y pasar una tarde muy feliz.

    2. Lidyfeliz

      8 junio, 2013

      Excelente, MariaV. Qué prodigio de relato. Hermoso por donde se lo lea. Profundo y dulce. Mi voto, compañera

    3. FERNANDO ARRANZ PLATON

      9 junio, 2013

      Precioso. Mil felicitaciones. Mi voto

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