La plaza no era grande, pero era bonita.
Se accedía a ella a través de 2 tramos de escaleras que surgían, a derecha e izquierda, de la pequeña iglesia de una sola nave que la presidía – de antigüedad relativa ya que la localidad obtuvo el tratamiento de Villa a mediados del siglo XVI – y también por una entrada en llano, justo enfrente de su puerta principal, que se alcanzaba cruzando la breve explanada que las separaba. Era más ancha y se utilizaba para sacar en procesión al santo local o, llegada la Semana Santa, los dos pasos que la componían.
Estaba rodeada la plaza de frondosos setos, verdes y vigorosos, y trufada en toda su extensión de pequeños rodales sembrados de flores de vivos colores e intenso aroma, así como unos cuantos árboles de gran tamaño y retorcidas ramas que regalaban su sombra, según la ubicación del sol, a la media docena de bancos que escoltaban el camino de la escalinata de la iglesia a la salida frontal.
El centro lo ocupaba una fuente de dudoso gusto ornamental pero que, junto con la abundante aunque humilde vegetación, hacían de la misma un lugar agradable para descansar y tomar el fresco a primera hora de las caniculares mañanas del verano castellano o a última de sus no menos sofocantes tardes.
Tradicionalmente en esta plaza, los muchachos, aprovechando la posición del Sol y a falta de mejor entretenimiento, jugaban a adivinar la hora en la que se encontraban utilizando, como manecilla de tan curioso reloj, la sombra que reflejaba la orgullosa torre de la iglesia. Pero eso era en otros tiempos, ahora ya no lo hacían…no quedaban niños en el pueblo.
Dicha torre se encontraba tocada con una cruz y un largo pararrayos, siendo su relleno dos campanas de tamaño desigual que, tañidas por el sacristán, avisaban lo mismo de la inminencia del inicio del culto como doblaban a muerto cuando correspondía, tristemente cada vez más a menudo.
Pese a que el calor era agobiante aquella tarde agosteña, allí se encontraban ellos.
En uno de los bancos, cubierto ya a esas horas por la sombra de uno de los enormes castaños de indias, Pascual y Remigio se contaban sus cuitas y reflexionaban sobre los tiempos que les había tocado vivir.
Era Pascual un castellano recio y corpulento pese a su edad, frisaba los 80.
La cabeza, proporcionada, le llevaba siempre cubierta con una desteñida boina y por debajo de ella, por la parte de las patillas y la nuca, podía verse su cabello cano y descuidado.
Su mirada, emitida por unos ojos pequeños e instalados sobre unas grandes bolsas, era azul como el mismo mar y se manifestaba a través de unas gruesas gafas redondas, de pasta, único remedio para su cansada vista. Estas encontraban acomodo en una generosa nariz, afilada y puntiaguda, así como en sus orejas, también de tamaño considerable, rematadas en su base por unos lóbulos largos y flácidos. Tanto de una como de las otras asomaban espesos manojos de pelo propios de la edad y del descuido.
Su rostro, aunque mal afeitado y surcado por unas profundas arrugas, aradas a sangre y fuego durante largos años por el duro trabajo del campo, destilaba dulzura. En la comisura izquierda de su boca, de labios finos, llevaba siempre una caña de cereal o cualquier ramita que encontrase, con el objeto de olvidarse del tabaco, retirado físicamente desde hacía años por prescripción facultativa pero nunca de su memoria.
Sus manos eran tenazas. Grandes, resecas y encallecidas.
Vestía camisa de color incierto, entre verde y marrón claro, casi transparente por el uso pero muy limpia y abotonada hasta el cuello. El pantalón, de tela basta azul como un mono de trabajo, se lo ajustaba con un cinturón negro que hacía años había vivido sus mejores tiempos y del que le colgaba un buen trozo de la última trabilla.
Calzaba gruesas botas, las mismas que en invierno, llenas de polvo y uso, motivo éste por el que contrastaban con la pulcritud del resto de su modesto atavío.
No era Pascual un hombre afortunado. Enviudó joven y no tuvo posibilidad de tener hijos, dedicando su vida desde entonces al trabajo en el campo y a atender una pequeña cerca aneja a su casa convertida en huerta y corral, en la que crecían frutas y verduras de temporada mientras media docena de ruidosas gallinas y un imponente gallo, picoteaban por el suelo y le dejaban su fruto sobre la paja del gallinero, ora en forma de huevo, ora en forma de pollo.
Contrariamente, Remigio era pequeño y su aspecto aparentaba buena salud, aunque nada más lejos de la realidad. Débil desde niño, enfermó de tuberculosis cuando apenas tenía 5 años y pese a curar, la enfermedad le dejó secuelas para el resto de sus días: problemas respiratorios acompañados de cuadros de asma que aliviaba con Ventolín y colon irritable, aunque de esto último siempre tuvo dudas de si se debía o no a la tuberculosis que padeció
Cinco o seis años más joven que Pascual, al contrario que éste no había nacido en Sebaneja sino en Madrigal de Tuera, localidad en la que su padre fue secretario del Ayuntamiento y de la que, por la enfermedad de Remigio, pidió el traslado porque tenía mala comunicación con la capital, detalle este que, debido a su estado de salud, podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte.
Apenas medía 1,60 y era regordete. Su redonda cabecilla, de la que surgían como pellizcos de carne dos pequeñas orejas, estaba cubierta de un pelo rizado, fosco y blanco, llevándola cubierta en verano por un sombrero de paja con cinta marrón y en invierno por una visera de tweed a cuadros.
La cara, mofletuda, gozaba de un saludable y engañoso tono sonrosado – “por exceso de sangre”, decía él siempre – completándola unos labios carnosos y siempre húmedos, una nariz pequeña y respingona así como unos ojos marrones, redondos y saltones. Los gruesos cristales de sus gafas estaban encastrados en una montura cuadrada y metálica que, de forma compulsiva, se la subía desde la punta de la nariz con el dedo corazón de su mano derecha.
Vestía ese día una camisa blanca y un pantalón milrayas en tonos azules, su sombrero de paja y unos zapatos marrones de rejilla…


español/peruano
No he entendido el uso de la negrita.
Cardamomo
En primer lugar muchas gracias por tu lectura y comentario y ahora paso a explicarte el motivo del uso de la negrita.
Al tratarse de un texto sin historia - al menos de momento, es el primero - ni más contenido que el expresado en el título - “Ejercicio descriptivo”, de ahí que lo haya incluido en el apartado de “Ensayo” - el uso de la negrita obedece a mi intención de resaltar aquellos pasajes en los que la descripción es más evidente, del mismo modo que cuando pongo en boca de Remigio una frase (“por exceso de sangre”) ésta la escribo en cursiva para diferenciar la contribución de la mano del autor de la “aportación” del personaje.
Entiendo que ambos recursos son válidos, están ahí para algo, y creo que especialmente en un texto de este tipo que no deja de ser un “ejercicio de estilo”, sin otro fin que el de utilizar las palabras para intentar componer algo bello sin más pretensiones, sin que necesariamente tenga que obedecer a una composición literaria al uso con su introducción, nudo y desenlace. En definitiva, explorar en la riqueza del lenguaje con el propio idioma como medio.
Un saludo.
Makuro.M.Clavier
Como “ejercicio descriptivo” está muy bien (pude detectar tan sólo una coma que quizá hace falta, pero fuera de eso, todo bien).
Me quedé con la duda del uso de negritas. ¿Es quizá lo que consideras esencial en tu texto, y de lo demás no te importaría prescindir? Si es así, estoy de acuerdo contigo, pues el texto a mi parecer está sobrecargado de descripciones.
Te he de ser honesto: en lo personal los textos que describen en exceso no son lo mío y me cansan rápido; esté sólo lo terminé de leer por la curiosidad de qué significaban las negritas. Ojalá nos compartas la respuesta.
Saludos y un abrazo cordial.
Cardamomo
Agradezco tu lectura y comentario.
El utilizar negrita si puede considerarse que obedece a resaltar lo que considero esencial, sin que ello suponga que del resto se pueda prescindir porque, al fin y al cabo, la suma de ambos completa el todo.
Me explico: atendiendo al propio título, lo que he intentado crear ha sido un texto cargado de descripciones porque sí, sin más pretensiones que utilizar el idioma para intentar dar forma a lugares, situaciones y personajes imaginarios, pero con el objetivo último de conseguir que cualquier lector del texto pueda “ver” el objeto descrito gracias a este ejercicio de estilo descriptivo, extremo que no sé si he llegado a conseguir.
Obviamente el fin justifica la sobrecarga de descripciones, siendo consciente no obstante de que corro el riesgo de cansar a algún tipo de lector aunque también, por qué no, de enganchar con su lectura a algún otro.
Quizás se podría clasificar este texto como una “boutade literaria experimental”, un manejo del lenguaje por el puro manejo, amasándolo con cuidado para intentar “darle forma física”. No hay más.
Un fuerte abrazo.
Makuro.M.Clavier
Entonces sí que le quedo al pelo la categoría de “otros generos”. Dada tu explicación, me parece que lograste tu cometido pues el texto da suficiente material para armar el escenario entero. Y estoy de acuerdo con lo que dices, enganchará a algunos, cansara a otros. Hay pa’ todos aquí.
Un saludo.
Crítico_Acérrimo
Prescindiendo de la afectación retórica barrocokilométrica: puedes leer eso que aparece en negrita como el micro relato esencial que da pie al tocho entero y sin todo el excipiente. Dicho recurso se utiliza a veces, hay que decirlo, a modo de GPS que marca coordenadas gráficas en el bloque de texto, aliviando así la tensión que produce en el ojo el recorrer la extensión de árida monotonía discursiva, manteniendo así la atención del lector sobre interminables chácharas bizantinas que carecen para él de un interés demasiado específico.
Cardamomo
Jajaja, ” afectación retórica barrocokilométrica”, jajaja ¡muy bueno!
De entrada agradecerte la lectura y comentario de y a este escrito.
Vuelvo a insistir, como antes hice a otro compañero, en que no es un texto al uso, nunca lo pretendí, sino que está gestado para provocar una serie de sensaciones diferentes a las habituales generadas por textos más, digamos, ¿clásicos? ¿comerciales? no sé, realmente no sé como adjetivarlos…dejémoslo en “normales”.
¿Has observado que el escrito no tiene argumento? Se limita a encadenar descripción tras descripción, así estaba pensado, y su objetivo era el de conseguir que el lector fuese capaz, gracias a esas descripciones, de “visualizar lo narrado”, lo que él está leyendo.
¿Conseguido? No lo sé, pero desde luego intentado.
Salvadas todas las distancias posibles, me viene a la cabeza “El Perfume” de Patrick Süskind, libro en el que, en ocasiones, casi parece que se pueda llegar a oler el aroma descrito por el autor.
Lo dicho, ha sido una boutade con la que me he divertido y, creo, merece la pena leer porque entiendo que no ofende al ojo, ni al conformista ni al critico, y tira de vocabulario cuidado, algo poco usual en estos tiempos, lamentablemente ¿No es así?
En cuanto al uso o no uso de negrita, muchas son las posibilidades y por ese motivo, difíciles las coincidencias de criterio.
Sin más, mis respetos y mi más afectuoso saludo