AML… Capítulo 1… Solo

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    Se despertó de repente. Lo hizo solo. Ni siquiera el violento frío que recorría la estación en busca de víctimas desamparadas tuvo nada que ver.

    El dolor de cabeza lo dominaba. Hurgó en sus pantalones por acto reflejo. No tenía su teléfono. A parte de cinco euros en monedas recorriendo su bolsillo, encontró tres o cuatro papeles a los que no hizo mucho caso, deshaciéndose de ellos de inmediato… Pero cuando el viento mantuvo en el aire por unos segundos el último de ellos, de color beige, pudo distinguir que llevaba algo escrito en rotulador negro. Corrió desesperadamente tras él. Desafió al viento y a sus propias piernas, que no sabía por qué tenía tan entumecidas… Y perdió.

    El papel desapareció sobre un árbol que yacía junto a una de las taquillas.

    Maldiciendo en voz baja casi sin darse cuenta, se sentó en el suelo derrotado. Había corrido apenas unos metros y la cabeza le iba a estallar. Sus piernas temblaban como si estuviera a punto de entrar a oscuras en la cueva de cualquier oso hambriento.

    Su último recuerdo se remontaba a cuando cogió su teléfono móvil de la mesita junto a la puerta, dispuesto a salir, lugar donde lo había dejado solo media hora antes, tiempo suficiente para tomar una ducha rápida, comer lo primero que encontró en la nevera, que ni siquiera recordaba, y hacer una llamada de teléfono… Pero… ¿A quien? Tampoco lo recordaba.

    Miró a su alrededor con suma atención. No conseguía ver a nadie. No sabía que hora era. Los relojes de la estación estaban parados en las 04:56 de la madrugada. El dolor de cabeza aumentaba considerablemente, así que decidió levantarse y ponerse en marcha hacia cualquier sitio. Vislumbró un camino que parecía ser la salida más común por donde él iría si acabará de bajar del tren, pero a mitad de camino rectificó. Vio una señal de indicación que lo llevaría al centro de la ciudad, así que eligió ese camino, pero se detuvo súbitamente. Volvió a mirar el cartel… Y se dio cuenta que ponía “город”. De repente recordó que su compañero de universidad era ruso, y habían planeado mil y una vez una escapada a Rusia, viaje que nunca realizaron, y se dedicó a enseñarle palabras básicas para matar los pequeños descansos de sus largas horas de estudio.

    ¿Que hacía en Rusia? Estaba totalmente en shock. Su mente se paró. no le funcionaba ninguna capacidad motriz. Se dejo caer lentamente al suelo, abandonándose por segunda vez.

    Cuando empezó a notar el efecto del frío en sus manos, las escondió en los bolsillos de la chaqueta que llevaba puesta y se dio cuenta de que no era suya. Se la quitó lo más rápido que pudo para examinarla detenidamente sin demorarse demasiado para no seguir regalándole terreno al frío, que comenzaba a hacerse notar con extrema violencia… Nada. Tampoco encontró información en la chaqueta.

    Su cabeza todavía le daba vueltas al por qué de estar en Rusia cuando se aventuraba por una calle un tanto estrecha, siguiendo la estela de lo que parecía la típica luz brillante de hostal con sorpresa.

    Tiró de la puerta y no se abrió. Casi sintió un alivio, porque sabía perfectamente que con 5 euros no iba a ir muy lejos, y menos sin tenerlos cambiados a rublos, la moneda local. Aún así lo volvió a intentar… Nada. Siguió caminando unos 200 metros aproximadamente por calles que parecían lenguas viperinas. Todas lucían iguales, todas parecían no quererlo en su interior. Llegó al final de una de ellas que casi lo suelta en mitad de una carretera. La nieve era la total protagonista en el escenario, de hecho solo reconoció que era una carretera por las señales de tráfico y un triste semáforo impertérrito junto a un poste de luz. Pensó que no había visto a nadie en todo ese tiempo, pero a la misma vez le pareció bastante normal. Aunque no supiera qué hora era, no tenía aspecto de ser temprano y era evidente que el tiempo no acompañaba a nada… Él siguió caminando sin dirección.

     

     

    ( Un pasillo largo. La vista en primera persona le hacía creer que era él. Se notaba apresurado, nervioso. Corrió hasta el fondo y entró en una habitación. Excepto una cama de matrimonio y ropa abandonada sobre ella… No había nadie. Dio media vuelta, recorrió de nuevo el pasillo y llego a un salón amplio que no le habría resultado para nada familiar de no ser por un reloj. Yacía encima de una pequeña mesa. Ningún objeto lo acompañaba. Se disponía a cogerlo cuando un ruido a sus espaldas lo alertó. Dio media vuelta y… )

     

     

    Abrió los ojos hasta dolerle.

    Despegó la cabeza de la pared y sintió un dolor punzante en el cuello. Recuperaba la respiración poco a poco tras el repentino despertar…Se había quedado dormido. Lo había hecho contra lo que parecía un portal que coronaba un edificio en el que la pulcritud no parecía haberse presentado nunca. Al ponerse en pie, el frío le quebrantó cada uno de sus huesos. El dolor de cabeza parecía amainar pero seguía presente, al menos ya no le temblaba la vista.

    ¿Cuanto tiempo habré dormido? Pensó.

    A parte de que la noche fue cediendo terreno al día, pudo adivinar que la ciudad entraba en su primer horario cuando comenzó a escuchar movimiento a sus espaldas. Rodeó el edificio y salió a la que parecía ser la misma carretera pero unos metros más hacia delante que la última vez. Ahora los coches fluían por ella. La nieve ya no protagonizaba nada. Consiguió ver al fin gente a pie. Pensó inmediatamente en acercarse a ellos a preguntar… Pero, ¿A preguntar que? se dijo a sí mismo. Lo extraño que sonaría si alguien te preguntara… Perdone, ¿En que ciudad estamos? Por no hablar de… ¿Quien coño soy yo y qué hago aquí? Que evidentemente era la que más le apetecía hacer.

    Después de unos minutos fantaseando con cosas que le gustaría hacer… Comenzó a pensar en las que debería. Totalmente decidido, se puso en marcha hacía la primera persona que en ese momento se iba a cruzar con él. Se acercó suavemente y dijo…

     

    _ Por favor, necesito algo de dinero para hacer una llamada de teléfono…

     

    Repitió esa frase hasta la saciedad. Algunos le soltaban monedas a la vez que se apartaban por miedo. Otros sencillamente ni lo miraban… Hasta que le preguntó a un hombre alto, fornido, con barba cuidada. Un chaquetón enorme escondía bajo sí un traje que parecía lucir bastante caro.

     

    _ Hey, ¿Que te ocurre? No parece que solo necesites hacer una llamada de teléfono.

     

    Se quedó helado. No sabía qué decir. Alguien le había hablado y estaba pensando todo lo rápido que podía para no abrir la boca y desperdiciar la ocasión. El sujeto volvió a hablarle.

     

    _ ¿Necesitas llamar a la policía? Puedo hacerlo por ti si quieres.

     

    Cuando escuchó la palabra policía, su rostro se tensó y no sabía exactamente por qué. Lo cierto es que el sueño que había tenido hacía un rato lo tenía desconcertado. No sabía que pensar, no lo sabía interpretar ni tampoco podía decidir dejarlo como un sueño porque, ¿Y si era algo real? ¿Recuerdos tal vez? No estaba totalmente seguro de nada. Mientras se perdió en esos segundos de evaluación, el hombre de la barba decidió seguir su camino. Al reaccionar, dijo…

     

    _ No! No te vayas por favor.

     

    El individuo barbudo se volvió a girar hacia él. Lo miraba aún más extrañado.

     

    _ Necesito hacer una llamada a la embajada de España.

     

    De repente todo mejoró.

     

    _ No te preocupes, puedes usar mi teléfono.

     

    Tenía unas ganas tremendas de contárselo todo cuando se estableció el vínculo… Pero aguantó.

     

    _ Es que me han robado. Me han dado una paliza y me han dejado sin nada. Ni siquiera esta es mi ropa, supongo que la cogieron de cualquier vertedero y me la dieron para no cargar en sus conciencias con una muerte por frío_. No sabía qué estaba haciendo ni si iba en el buen camino.

     

    Cuando vio que el individuo no se marchó, cogió confianza.

     

    _ Déjame hacer una llamada. Solo una. Necesito hablar con la embajada española para contarles lo sucedido_. Dijo de carrerilla, casi sin respirar.

    _ Claro, sin problemas. Vamos a esa cafetería para que puedas resguardarte del frío y haces la llamada_.

     

    Le hizo gestos por si necesitaba ayuda para caminar. Él se negó, así que el hombre de la barba le señaló con su mano la cafetería para que comenzaran a caminar juntos. Se sentaron en una esquina, la camarera se acercó. El hombre barbudo habló en Ruso con ella. Acto seguido, ella vino con dos cafés humeantes.

     

    _ ¿Sabes el número de la embajada? Preguntó sin pensar.

    _ No te preocupes, te lo miró en un segundo en internet y te lo marco_. Contestó.

     

    Segundos después, el individuo le paso el móvil, que ya estaba llamando.

    Tras dos tonos de espera, una voz asomó al otro lado.

     

    _ Embajada española. ¿En qué puedo ayu…

    Colgó. Le pareció demasiado extraño que no hubiera salido primero un contestador automático para elegir opción. Era casi imposible que en un edificio gubernamental con tanta burocracia hablaras directamente con una persona sin dar más opciones… Y súbitamente se dio cuenta de que se estaba volviendo desconfiado, así que decidió ganar algo de tiempo para calmarse y poner las cosas en orden en su cabeza.

     

    _ ¿Donde está el baño? _. Preguntó.

    _ Tómate el café primero hombre, necesitas entrar en calor.

     

    Le saltó la alarma. Todo le sonaba raro. Todo le parecía sospechoso.

     

    _ No te preocupes, vuelvo enseguida_. Contestó en tono afable.

     

    Lo cierto es que no tenía pensamiento de volver. Pero necesitaba probar algo. Estaba muy inseguro, perdido, confuso. Entró en el baño, había una ventana, comprobó si podía abrirse… Se abría. A los pocos segundos, abrió la puerta de nuevo desde dentro, disimulando el haberla cerrado mal para poder ver si el tipo de la barba seguía allí. Cuando tuvo opción, levantó la cabeza mirando hacia la mesa y vio al tipo de la barba caminando hacia el baño, que hizo una breve pausa en su camino, sorprendido. Sus miradas se encontraron por última vez en aquella cafetería.

     

    Cerró la puerta de golpe. Echó el débil cerrojo y se aupó hacia la ventana. Tras un pequeño esfuerzo, logró colarse y saltar hacia el exterior. Al pisar suelo de nuevo, se dio cuenta de que el tipo de la barba aparecía corriendo por su lado derecho. Le había dado la vuelta al edificio bastante rápido. Comenzó a correr como si la vida se le fuera en ello, que quizás fuera verdad. Sus capacidades físicas estaban algo mermadas, pero estaban sacando fuerzas de flaqueza para correr como el viento.

    Giró por una calle amplia, cortó por una estrecha, atravesó una plaza. Resbaló con algo de nieve al doblar por la última columna pero se mantuvo en pie. Miró ligeramente hacia atrás… El tipo de la barba estaba más cerca. Entró de lleno en un patio encharcado y se chocó con varias mujeres que transportaban cestas con ropa. Se encontró dos caminos, uno seguía hacia delante y otro subía una escalera. Descartó las escaleras al instante, lo había visto siempre en películas y el final siempre era el mismo. Salió del callejón lanzado hacía una carretera estrecha de dos carriles y obligó a varios coches a detenerse para no atropellarlo. Dejó atrás gritos y gestos de ira para subir unas pequeñas escaleras que daban a un puente. Volvió a mirar hacia atrás y no veía al individuo, y eso le preocupó más. Era consciente que no estaba corriendo tan rápido como para dejarlo atrás. No sabía de qué huía y lo peor es que no tenía ni idea de qué quería el barbudo y como lo había reconocido… Aunque tampoco sabía de qué tenía que reconocerlo.

    Mientras cruzaba el puente, miraba a su alrededor. Agua a ambos lados pero ni rastro del tipo. Decidió pararse. Cogió un poco de aire y deshizo camino. Pensó que quizás el tipo estaría dando la vuelta para rodearlo, así que cambió de plan. No se equivocó. A los pocos segundos, el hombre apareció corriendo por el otro extremo del puente.

    No sabía donde ir. No se acordaba de cuantas calles había cruzado y donde llevaban. Le comenzó a doler mucho la cabeza y se le nubló un poco la vista. Siguió corriendo hasta chocar con una reja de dos metros de alta… Ni siquiera la vio. Comenzó a treparla y pudo escuchar a su espalda los pasos acelerados del tipo. Se apresuró lo que pudo, consiguió rebasarla más o menos rápido pero pagando el precio de darse de bruces contra el suelo. En ese preciso instante, el tipo se enganchó también a la verja y se disponía a treparla también… Casi sin pensarlo, se incorporó y le pegó una patada con todas sus fuerzas al barbudo a través de ella. El tipo cayó atrás. Lo hizo violentamente y con algo de infortunio. Su pantalón había quedado atravesado por un saliente de la valla y la primera parte que tocó el suelo en su descenso fue la cabeza…

     

    Sonó fuerte. Fue un impacto brutal. En cuestión de segundos, el suelo comenzó a colorearse de rojo, que quizás era más llamativo debido a la poca nieve que envolvía el lugar.

    Pudo escuchar como se acercaba gente rumoreando a la escena. No se permitió ni medio segundo de duda, y aunque no sabía siquiera que estaba pensando, comenzó a correr hasta el final de la calle, a la que salió lo más calmado que pudo para intentar camuflarse entre la gente. La desesperación lo dominó por completo y las lagrimas comenzaron a resbalar por su rostro… Era como una horrible pesadilla. No recordaba absolutamente nada. Ni un número de teléfono a quien llamar. Ni un rostro que le resultara familiar. Ni una dirección. Ni siquiera recordaba como era su casa… No estaba seguro de qué sitio era el que vio en sueños… No tenía nada, estaba como muerto.

     

    Dos horas después, aún le temblaban las manos cuando comenzó a contar el dinero que había robado de los gorros de los músicos callejeros y de la gente que estaba pidiendo en la calle. Fueron dos horas de carreras intensas y fatigas. Tuvo la suerte de salir ileso de momento y con algo de dinero en los bolsillos. Necesitaba comer. Se paró en el primer puesto que vio. Stolle se llamaba. La mayoría parecían empanadas, compró una para llevar. Se la comió camuflado en una callejuela con aspecto de recibidor de un burdel de mala muerte. Prácticamente la engulló.

    Seguía temblando. Cada vez era mas consciente de lo que había hecho, pero también lo era de que fue en defensa propia, aunque no supiera de qué se defendía en concreto. Era una situación crítica, nada tenía sentido, así que decidió no ser demasiado razonable con algunos aspectos, como por ejemplo, el de haber matado a una persona hacía escasas horas.

     

    Estaba anocheciendo cuando le pareció buena idea ir a una gasolinera, asearse un poco y cambiar de aspecto… Ya no se fiaba, como era normal. Encontró una rápido. Cruzó una autopista jugándose de nuevo la vida. Llegó, compró algo para cenar y pidió usar el baño. Le quedaban apenas unos rublos. Le dio la vuelta a la chaqueta. Hizo lo mismo con el jersey. No pudo hacer demasiado con los pantalones, pero cuando se miró detenidamente al espejo para ver que podía hacer para camuflar un poco su rostro… Se dio cuenta de que tenía una mancha rojiza pequeña en su ojo derecho. Por unos minutos permaneció mirándose al espejo, como odiándose. Como estaba ya siendo habitual, tampoco sabía que significaba eso, y no sabía por qué, no recordaba que lo tuviera de nacimiento, estaba casi seguro… Y de repente creyó que podía haber sido la razón por la cual el tipo barbudo lo reconoció.

     

    Al salir de los aseos, se acercó unos segundos a los contenedores más cercanos. Buscó y encontró un gorro algo roto, un paraguas destrozado y unos guantes que tampoco estaban demasiado nuevos. En el otro solo encontró una camiseta casi echa jirones y solo se le ocurrió usarla como bufanda.

    La gasolinera, al estar a las afueras, ofrecía buenos lugares de cobijo entre los bosques de alrededor y después de pensarlo detenidamente, llegó a la siguiente conclusión.

     

    _ Si por la razón que sea quieren cogerme y solo han mandado a un tipo, es que necesitan ser cautelosos y no llamar demasiado la atención. No creo que se monte ningún dispositivo de búsqueda con helicópteros ni nada por el estilo, así que buscaré un sitio cerca y lejos a partes iguales de la gasolinera para intentar dormir.

     

     

    Cuando se sentó contra un árbol, un soplo de viento frío pareció darle la bienvenida avisándole de que no sería una noche cálida… Pero trajo consigo algo más.

    Cuando pasó de largo la acometida, un papel de color beige se quedó chocando contra su pantalón aprovechando aún la poca brisa que había dejado atrás la ráfaga… Él se quedó helado en ambos sentidos. Cogió el papel. Tenía algo escrito en rotulador negro… AML

     

     

    Imagen bajo licencia “CC. By Nc Sa” cortesía de José Alejandro Carrilo Neira

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