Una vez tuve un sueño en el que estaba en un vasta pradera, reconocí el paisaje por el verde llano ante mi vista. En lo que dura un parpadeo, todo comenzó a tornarse gris, la hierba se marchitaba, el cielo se cubría de nubes anunciando tormenta, la niebla nos envolvía y todo se colapsaba en un ambiente cargado, asfixiante. Del suelo empezaron a brotar pequeñas espigas verdes, de una tonalidad brillante y viva, al principio eran diminutas, del tamaño de mi dedo meñique. Sin embargo, poco a poco comenzaron a crecer, mientras otros brotes apenas mantenían su tamaño. Crecían con rapidez, como con prisa por vivir, o confiados de que no serían capaces de morir en un principio tan brillante. En breves segundos me di cuenta de que también se trataba de uno efímero. El verde de sus hojas se organizó en un perfecto cilindro, dejando un hueco en su interior. Esperé, minutos, incluso horas, hasta que algo crecía de cada uno de esos brotes de tamaños tan dispares, incluso llegaban a ser inmensos. Del interior de esa estructura, que completaba la planta ordenada de manera circular, empezaron a asomar de manera dentada, grisácea, como si fuera hierro o acero. Brillantes y mates, cada una distinta, pero todas iguales. Me acerqué a una de las más pequeñas y toqué la estructura que sobresalía, parecía el mango de una… Llave. Así era, había crecido una llave por cada brote, de un metal duro y frío al compás del tiempo. Fui recogiendo una a una las que crecían de aquellos centros germinales antinaturales, amontonándolas como pude en un claro del prado grisáceo, cubierto de tristeza.
Todas y cada una de esas llaves me desconcertaban, ¿cómo había podido ocurrir algo así? Pasé mis dedos confusos por la superficie ovalada de cada una de ellas, arrastrando mis manos sin intención de escoger ninguna en concreto. La crudeza de su tacto me dio escalofríos. Aun así, sentía que había algo más. Cogí la llave más pequeña de todas como al principio, la apreté fuerte entre mis dedos, cerrando mi puño sobre mi pecho, así como cerré mis ojos. Necesitaba encontrar respuestas en el fondo del abismo. De mi abismo. Un golpe me impactó y mi memoria hizo un retroceso a lo largo de los últimos años: la pérdida de mi casa, amores descarriados, una carrera que no me apasionaba, aficiones abandonadas por un futuro utópico y un intentar más que realizar cualquier tipo de objetivo. Al final nada. Mi vida se resumía en una nada en los últimos años. Me había impuesto tanto, que terminaría por ser nada realmente si continuaba de aquella forma. Lo comprendí todo, entonces vi que no necesitaba de psiquiatras, de Freud’s neófitos o psicólogos sacacuartos; simplemente necesitaba entenderme y hacer las paces con mis demonios, quizás encontrar a quien fuese capaz de entenderse con ellos. Esas llaves, una por cada una de las prohibiciones de mi vida, de las barreras, de los secretos escondidos que me impedían avanzar y me cerraban puertas de manera irremediable. Una llave por cada esperanza perdida, por cada obstáculo infundado.
“A veces simplemente se trata de coger el mundo entre los dedos y apretar con la suficiente fuerza como para sentir la presión y dejar de asfixiarte en esa bola hermética que llamas vida.” Quizás sea cierto, a veces se trata sólo de eso. Otras de tirarse al vacío y avanzar. Sólo recuerdo que a la noche siguiente, la pradera florecía y el cielo volvía a ser azul, brillante, lleno de vida.


español/peruano
Excelente. No debo decir más para no opacar tanta belleza. Mi voto y un saludo.
Beatriz Losilla
Siempre es menos, gracias y un saludo
nos leemos
VIMON
Muy buen texto, Beatriz, saludos y mi voto.
Beatriz Losilla
Gracias VIMON
saludos